Inmanencia y trascendencia. Acerca del Uno.

(Comentario al artículo “Los dioses son dioses porque no piensan” de Ani Bustamante)

Por Martín Uranga 

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Quería retomar dos aspectos del artículo de Ani Bustamante “Los dioses son dioses porque no se piensan” escrito en torno a reflexiones mías publicadas como “Lenguaje-psicoanálisis-ateísmo-mesianismo”. En primer lugar su propuesta de pensar la trascendencia en la inmanencia. Creo que tiene la virtud de precaverse de la posibilidad de instituir la trascendencia como entidad supraestructural con posibles derivas místicas que desconozcan la raigambre pulsional. Por otro lado, pienso que padece del riesgo de que al situarla en la inmanencia misma,  la trascendencia pierda su carácter disruptivo y eternamente novedoso que desaliena del mundo cosificado de los significados perpetuos.

En segundo lugar, y en relación a lo antedicho: si el más allá del padre lo pensamos “como núcleo inmanente al padre mismo”, resulta difícil pensar justamente la perspectiva del más allá. Entiendo que sólo si ese núcleo real trasciende la inmanencia, como testimonio de la carencia misma del orden simbólico, es posible avizorar el atravesamiento siempre inacabado del fantasma del padre. Si lo real es inmanente al padre su “función se pluraliza” y su consecuencia es la fragmentación y el paganismo, el “Uno que estalla”. Prefiero pensar la dimensión múltiple del Uno en términos de lo que Lacan denominó “los nombres del Padre”, en tanto distintas modulaciones del Uno de la discontinuidad que rehúye tanto la fragmentación como la univocidad, cuya estructura podemos entrever en la trinidad del Dios cristiano (“tres personas, una misma sustancia”). Dice Joseph Ratzinger en “Introducción al cristianismo”: “La doctrina de la trinidad no pretende, pues, tener la comprensión de Dios. Es una declaración de límites, un gesto que apunta, que nos remite a lo innombrable…La fe trinitaria, que admite lo plural en la unidad de Dios, es fundamentalmente la exclusión definitiva del dualismo como principio de explicación de la multiplicidad junto a la unidad. Sólo así se consolida para siempre la valoración positiva de lo múltiple. Dios está por encima de lo singular y de lo plural; hace saltar ambas cosas.”

Lenguaje – Psicoanálisis – Ateísmo – Mesianismo

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Por Martín Uranga

Quiero presentar a los lectores algunas reflexiones acerca de temas que considero cruciales al momento de pensar las coordenadas de la subjetividad de nuestros tiempos. En épocas en que la posmodernidad ostenta la diversidad como uno de sus baluartes y conquistas más preciados, les hago llegar algunas apostillas que de modo fragmentario intentan constituir un entramado discursivo a ser tejido por los distintos aportes que pudieran ir surgiendo, buscando conjurar la proliferación imaginaria carente de horizonte ético, con enunciaciones que den cuenta de una apuesta por el compromiso subjetivo y la inscripción de la diferencia.

Las reflexiones en cuestión pueden padecer de cierto desorden estructural propio del estilo. Espero que la resonancia que pudieran generar, les haga encontrar un cauce de sentido a construir en el seno de una intertextualidad creativa y fecunda, que no rehúya los contrapuntos, el debate y la polémica.

Lenguaje – Psicoanálisis – Ateísmo – Mesianismo

–       Si bien el ateísmo le ha permitido a Freud, siendo un “judío sin Dios”, de acuerdo a la expresión legada a Pfister, la posibilidad de erigir el discurso psicoanalítico, en tanto el mismo tiende a la consideración de la ausencia de garantía real en el mundo simbólico, asimismo, su ateísmo ha constituido su obstáculo principal, su punto ciego por excelencia. Lacan decía que la no creencia de Freud en Dios le hacía actuar en la misma línea. Es decir, su ateísmo le llevó a no advertir las consecuencias últimas de su obra, dadas por el hecho de que el inconciente supone la radical trascendencia de una alteridad constitutiva. Así, su no creencia en Dios, lo condujo a situar al fenómeno religioso como subsidiario de la neurosis, con lo cual queda el evento del lenguaje, del cual el hecho religioso es su soporte fantasmático, subsumido al registro del sujeto. De este modo, las coordenadas simbólicas situadas por Freud no pueden prescindir de la consistencia paterna. El rechazo de Dios retorna en la teoría bajo la forma de la hegemonía del padre como constitutiva de la subjetividad. Lacan dice, así, que el complejo de Edipo es el contenido manifiesto del deseo de Freud de sostener al Padre.

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Comentario del libro La fe en el Nombre (Biblos, 2012), de José Milmaniene.

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Por Martín Uranga

La fe en el Nombre”, el nuevo libro de José Milmaniene, se inscribe dentro de la tradición más radical del legado freudiano: va al fundamento. Si Freud nos presenta en “Tótem y Tabú” y en “Moisés y la religión monoteísta” el corpus ético del psicoanálisis que se asienta sobre la égida de la Ley del Padre, es porque pensar las condiciones de efectuación del sujeto del inconciente remite de manera insoslayable a la estructura del lenguaje y a sus modos socio-históricos de expresión.

Así, consecuente con la labor de nominación de los significantes esenciales que Freud empezó a delinear al escuchar al sujeto de la modernidad que surge como efecto del discurso científico, Milmaniene emprende la imprescindible tarea de recrear las ficciones simbólicas esenciales, causa y efecto del progreso en la espiritualidad, en tiempos en los que la posmodernidad cuestiona las bases éticas que hicieron posible la emergencia del sujeto del deseo interpelado por la diferencia. Pareciera que el autor advierte que si en nuestra actualidad el lugar del Padre es cuestionado transgresivamente por las políticas de goce que promueven el retorno del protopadre, es necesario entonces encausar, a través de un ejercicio lúcido de escritura, un trabajo de simbolización que auspicie desde la inventiva y el creacionismo significante el reposicionamiento de los axiomas fundamentales puestos en cuestión por las recaídas pulsionales de nuestra época. De esta manera, Milmaniene no se contenta con reafirmar el lugar primordial del Padre en el abordaje del sujeto del inconciente, sino que entiende que es necesario situar el soporte escriturario que lo revela: el Nombre.

Si el psicoanálisis promueve la escucha atenta del sujeto causado por el encuentro con la diferencia, suposición inherente a la puesta en acto de la estructura simbólica, es necesario entonces situar aquello que nomina al lenguaje como tal. El nombre del lenguaje, escritura de imposible enunciación que entraña la potencialidad de la pronunciación de infinitos enunciados, constituye de este modo la instancia fundante de la letra. Así, inaugurando la revelación heterónoma de la alteridad, conmueve el universo narcisista y arroja al ser al exilio peregrinante que transcurre a través del mundo desiderativo escandido por el devenir significante. La revelación del nombre del lenguaje, expresado históricamente por los relatos que testimonian acerca de la singular experiencia del pueblo judío, implica, en términos de Freud, un salto cualitativo en el progreso en la espiritualidad, que supone el pasaje del mundo idolátrico y fetichístico de las imágenes que recrean un mundo cerrado en sí mismo, al encuentro traumático con la diferencia que se revela a través del tetragrama impronunciable signado por las letras del Nombre.

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Comentario del libro: Extrañas Parejas de José Milmaniene

Por Martín Uranga

Con la nueva edición del libro Extrañas parejas (Biblos, 2011) de José Milmaniene, asistimos a la renovada posibilidad de adentrarnos, a partir de la penetrante escritura de su autor, en el cotidiano universo de la psicopatología de la vida erótica. Si Milmaniene sitúa desde las primeras páginas del texto que el ordenamiento diferencial del mundo simbólico está signado por la oposición esencial entre lo masculino y lo femenino, es porque su abordaje del universo erótico constituido entre los seres parlantes, se ancla en el núcleo central de la teoría freudiana que ubica al complejo de castración como pivote nuclear del proceso de subjetivación. El acceso a la irreductible dimensión de la alteridad, auspiciada si y sólo si a través del reconocimiento de la diferencia sexual, habilita el devenir desiderativo neurótico, así como su recusación en sus diferentes modalidades da lugar a las posiciones existenciales propias de la perversión y de la psicosis.

El sujeto acontece como sexuado a partir de su inscripción significante que lo sitúa en torno a lo real del sexo y de la muerte. De esta manera, el pasaje por la castración simbólica, que evoca el núcleo no simbolizable de la polaridadmasculino/femenino, constituye el operador lógico que posiciona al existente como efecto de un discurso que padece de la insuficiencia estructural de dar cuenta de manera acabada del binarismo sexual signado por la diferencia sexual anatómica. Allí donde el neurótico reconoce la diferencia sexual, no sin un anclaje de un residuo fetichístico renegatorio que da cuenta de la imposibilidad de simbolizar la diferencia como tal, el perverso la reniega a través de la persistencia de la sustancialización del fetiche en el lugar de la falta. Mientras que el psicótico, por otro lado, no puede sino ver un pene en el Otro materno por la identificación indisoluble entre el falo y el órgano viril masculino que lo sumerge en un abigarrado mundo imaginario donde la simbolización de la diferencia no tiene lugar alguno. De esta manera, la oposición binaria masculino/femenino en tanto dato constitutivo de la diferencia esencial que inscribe el orden simbólico, puede sufrir distintos avatares según la modalidad de atravesamiento del complejo de castración. En este sentido, como efecto de las distintas posiciones existenciales que se entrecruzan dialécticamente desde las marcas singulares de cada sujeto, así como a partir de las diversas formas de elaboración subjetiva de los núcleos traumáticos que resisten la metabolización simbólica de lo real del sexo, se articula históricamente la enrevesada psicopatología de la vida erótica en la que Milmaniene propone situarnos a través de su lúcido texto.
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Clínica de la diferencia en tiempos de perversión generalizada






De José Milmaniene. Editorial Biblos. 2010

Por Martín Uranga

El nuevo libro de José Milmaniene nos convoca a reflexionar y a tomar posición acerca del malestar subjetivo de nuestros tiempos signado por la perversión generalizada que emerge como efecto de la disolución de las categorías diferenciales. Luego de la fecunda trilogía en la cual abordó la dimensión temporal, tópica y ética del sujeto, el autor nos sumerge, a través de la variada y polisémica intertextualidad a la cual nos tiene acostumbrados, en la problemática central que la contemporaneidad revela como amenaza cierta para las bases constitutivas de la existencia: el colapso de la diferencia. Así, Clínica de la diferencia en tiempos de perversión generalizadaresulta un testimonio elocuente de las vivencias devastadoras que padece el sujeto de nuestra época, como consecuencia de la degradación y destitución de la Ley del Padre y del auge de los goces anómicos y parasitarios gobernados por la pulsión de muerte desanudada del Eros. Si, tal cual el autor nos recordaba en La ética del sujeto, el sujeto se constituye como tal a partir de la asunción ética del compromiso con la preservación de la diferencia irreductible que el Otro evoca, ahora nos dirá, siguiendo los estrictos lineamientos freudianos, que el estatuto de esa diferencia es sexual. De esta manera, el no reconocimiento de la diferencia sexual, signada por la diferencia sexual anatómica, se erige en el articulador por excelencia de las “nuevas formas del síntoma” que aparecen descriptas y trabajadas en el texto. Milmaniene nos convoca, para pensar la subjetividad posmoderna, a revalidar una y otra vez el hallazgo freudiano referido a la condición sexuada del sujeto que aloja como punto traumático esencial la metaforización nunca acabada de la diferencia entre los sexos. Si la diferencia sexual es constitutiva es porque el sujeto adviene como sexuado, y es aquí donde la impronta levinasiana vigorosamente desarrollada en La ética del sujeto, se entrama de manera activa y fructífera con los aportes psicoanalíticos de Massimo Recalcatti que el autor realza en Clínica de la diferencia…. Ética y sexualidad se entraman de manera indisociable, siendo que el reconocimiento de la diferencia inasible del Otro dependerá de la posibilidad de subjetivar la diferencia sexual en el orden simbólico a partir de la consideración de lo real ineliminable de la condición anatómica. Es así como el texto resignifica la dimensión ética a partir de la mirada psicoanalítica. Los ecos de la firme explicitación acerca de la dimensión central de la ética que el autor nos legara en La ética del sujeto, no dejan de resonar en las consideraciones vertidas en su nuevo trabajo. Porque Milmaniene nos presenta la variedad polimorfa de los síntomas epocales, y en todos ellos se advierte la claudicación ética producto de la defección de la Ley simbólica instituyente. De esta manera, nos presenta los fenómenos de las “tribus urbanas”, el “apetito de muerte”, los variados trastornos alimentarios, las adicciones, en un entramado narrativo que nos sitúa la “perversión generalizada” como característica esencial de un tiempo en que “la suspensión de los ideales simbólicos, y la concomitante desintegración de la autoridad, ha derivado en su reemplazo por ideales imaginarios, signados por figuras superyoicas que gobiernan la vida y no permiten no gozar.” 

Es justamente a partir de la consideración de nuestra época bajo el signo de la perversión generalizada y del empuje al goce, que el autor recrea las posiciones transclínicas que había conceptualizado en El lugar del sujeto. Allí, nos hablaba de las posiciones narcisista, paranoide, depresiva, melancólica, fetichística, hipocondríaca, adictiva y sublimatoria, como expresiones transclínicas de la subjetividad. Ahora, a partir de la advertencia del lugar central y decisivo que ocupan la defección del lugar del Padre y el ataque pulsional a su Nombre en la constitución subjetiva posmoderna, es que necesita extremar las posiciones al punto de polarizar las manifestaciones transclínicas en dos modalidades: “las patologías tributarias de la falta en tanto vacío nombrado”, y “los cuadros en los cuales falta la falta”. Milmaniene sitúa en la desestimación de la Ley y de la diferencia que la misma evoca, el articulador central del padecimiento actual signado por la perversión generalizada, y es esta convicción la que lo conduce a situar la contradicción esencial de nuestros tiempos en términos binarios. En tiempos donde la “diversidad” es uno de los nombres del polimorfismo en auge, el autor siente la necesidad de recuperar el eje de la “Verdad necesaria” recuperando la lógica binaria que la perversión generalizada combate. Así, Milmaniene sitúa la contradicción dialéctica esencial de nuestra época sin dispersarse en nominaciones excesivas que podrían diluir lo esencial. Ubica de esta manera dos posicionamientos básicos como formas esenciales de manifestación del malestar actual, que atraviesan como formas epocales de expresión las clásicas estructuras de neurosis-psicosis-perversión. Si en nuestra época la verdad de la diferencia es sustituída por un “pluralismo” degradado que encubre la tiranía pulsional, el autor realza la necesidad de sostener el binarismo que sanciona la salud y la enfermedad, lo prohibido y lo permitido, lo sagrado y lo profano, lo masculino y lo femenino, los padres y el hijo.
La reivindicación de la lógica binaria permite introducirnos en un tema capital abordado en el primer capítulo del libro: la cuatriplicidad. Alli, el autor nos habla de los términos masculino/ femenino/padres/hijo introducidos por Milner como categorías diferenciales absolutas propias del Nombre judío. Milmaniene, retomando la necesidad de sostener la lógica binaria que se opone a la dualidad especular, nos recuerda de este modo que la única manera de propiciar el advenimiento del sujeto es a partir del reconocimiento del binarismo articulado por la diferencia que la terceridad evoca. Así, reconocerá el antijudaísmo como manifestación esencial de los tiempos, debido a que la Ley que sostiene el Nombre y la inscripción de las categorías diferenciales que le son inherentes, constituye el blanco de ataque de las políticas de goce en auge. La diferencia sexual y la generacional tienden a ser abolidas, y, con ellas, el binarismo que estructura los opuestos posibilitadores del universo desiderativo queda a merced del polimorfismo y de los extravíos imaginarios. 
Resulta de particular interés que así como el libro comienza con la denuncia del antijudaísmo posmoderno, culmina con claras referencias al mesianismo cristiano. Es que al autor no se le escapa que las grandes tradiciones universales portadoras de los mesianismos históricos inscriptos en el universo de la cultura, el judaísmo y el cristianismo, constituyen una referencia ineludible al momento de replantear la idea sostenida en La ética del sujeto acerca del carácter de mesianismo secular inherente al discurso y a la práctica del psicoanálisis. Así como sostendrá la necesidad de perseverar en la Ley, posición propia del judaísmo, nos hablará de la suspensión de la Ley característica del mesianismo cristiano, que lejos de negarla, considera a la Ley llegada a su plenitud por el advenimiento del Mesías, y que espera su cumplimiento radical al fin de los tiempos introduciendo la “espera mesiánica” que anula y hace inoperante en cada momento “la vida que efectivamente vivimos, para hacer aparecer en ella la vida por la que vivimos”. En este contexto, la advertencia que nos había hecho en La función paterna (2ª edición) acerca de “la despoetización del psicoanálisis”, alcanza toda su magnitud al pensar el evento poético del lenguaje como posibilidad sublimatoria auspiciada por la suspensión mesiánica de los significados y los intercambios habituales de sentido. La “espera mesiánica”, es un acontecimiento poético que habilita el devenir de los núcleos asemánticos de la palabra, “de modo tal que la lengua gira en vacío, mientras se dasactivan radicalmente los contenidos imaginarios del lenguaje.” Pareciera que para Milmaniene el pensamiento mesiánico constituyera la “ficción simbólica” esencial, que al sostener la nominación poética de la falta a partir del despliegue de la diferencia, precave de los “simulacros imaginarios” que sostienen el empuje al “vacío lleno de goce” que la Cosa presentifica. De esta manera, el mesianismo laico podrá inscribirse a partir de la promoción de un trabajo poético entramado en un decir sostenido en el evento placentero del lenguaje, que constituya un testimonio trascendente de la libidinización de la falta. 
En la consideración de los mesianismos históricos, el judío y el cristiano, el autor vuelve a reivindicar el pensamiento binario. El mesianismo, núcleo sintomático que aborda la diferencia en su dimensión radical, se expresa por dos vías históricas irreductibles entre sí. Ambas necesarias, como diría Rosenzweig, y al mismo tiempo atravesadas por una diferencia ineliminable debido a que allí se expresa la imposibilidad de lo real. Entre la observancia de la Ley propia del judaísmo, y la tensión hacia la destitución narcisista que el cristianismo auspicia, quizás sea posible articular la utopía psicoanalítica que permita sostener el “gesto metafísico”, en palabras de Zizek, para confrontar de manera creativa la “imbecilidad de lo real”. 

Clínica de la diferencia en tiempos de perversión generalizada es un libro que da cuenta de la necesidad perentoria e inexcusable de propiciar un desarrollo teórico y práctico acorde al rigor que los tiempos exigen. La cultura está cuestionada en sus bases fundacionales. El malestar en la cultura ha cedido su paso al cuestionamiento radical de la misma. Como bien nos recuerda el autor, la Ley no es producto de la cultura sino que constituye su fundamento. La prohibición del incesto y del parricidio, con la consecuente promoción de la interdicción del apego a lo Mismo y el auspicio de la libidinización de la diferencia, se erigen de este modo en pilares de la misma cultura así como de su malestar inherente. Por eso mismo, el ataque a las bases constitutivas de la Ley supone la degradación de la cultura, y con ella, la devaluación de las coordenadas esenciales del sujeto. El tiempo del sujeto del que nos hablara Milmaniene, queda de este modo colapsado por la pretendida inmortalidad del narcisismo que reniega de la finitud y de la trascendencia. El lugar del sujeto, entramado por la libidinización del vacío que se constituye en morada de la falta en ser, es sustituido por fuertes anclajes imaginarios de dimensión mortífera. Mientras que La ética del sujeto, queda obturada por el apego extremo a la mismidad que reniega de la diferencia. Los pactos perversos de los que Milmaniene nos hablara en Extrañas parejas, han perdido su rasgo esencial de ser secretos y esquivos a la mirada social para pasar a la demanda activa de reconocimiento. No para lograr la sanción simbólica en sí, lo cual entraría en contradicción con su propia estructura, sino para quitarle al orden sociosimbólico la potencialidad de legitimar la diferencia. En tiempos de perversión generalizada, se busca degradar la terceridad simbólica articulada en el ordenamiento sociojurídico al lugar del testigo que reafirme con su complacencia o su impotencia la consagración gozoza de la consistencia imaginaria. No basta ya con el “contrato secreto”. El auge militante, orgulloso y exhibicionista de los goces compactos, impulsa al plano público la transgresividad al nivel de la norma para quitarle a la legalidad toda eficacia simbólica auténtica. 

El nuevo libro de José Milmaniene nos propone el desafío de evitar caer en la trampa posmoderna de “abrir preguntas” que cuestionan la ética de lo simbólico en sus mismas bases constitutivas, para avanzar hacia la utopía de decir poéticamente las incógnitas esenciales que suponen la “Verdad necesaria”. Asertivo y poético al mismo tiempo, nos descubre que la suspensión de los efectos imaginarios y mortificantes del lenguaje requiere a su vez de posiciones firmes que en su mismo acto de afirmación permitan evocar con renovado placer y “dolor de existir” los inevitables núcleos indecibles de la condición humana. Transmisión y saber se anudan de modo fructífero, en un libro que no recurre a las conceptualizaciones esquemáticas ni al academicismo de los saberes construidos. Asimismo, no será a partir del recurso a la matematización desubjetivante del discurso que Milmaniene buscará despejar los núcleos imaginarios de sentido. Clínica de la diferencia… apela al sujeto, lo convoca a un ejercicio poético-narrativo portador de un plus de saber que se ofrece generosamente a quien se deja perder en su rica y polisémica trama intertextual. Su texto es en sí mismo una poesía, un acabado ejemplo sublimatorio de cómo puede el universo discursivo evocar las imprescindibles convicciones en un contexto elaborativo que recorre los temas eternos haciendo del acto de lectura un acontecimiento analítico en sí mismo. Milmaniene nos recuerda que la voz del Shofar supone el sin sentido radical y agónico del Padre a partir del cual la Ley se inscribe. Dejémonos tocar por la voz que recorre el texto, que en su sonoridad poética inclaudicable nos devuelve las convicciones esenciales de las “ficciones simbólicas” que una y otra vez hieren auspiciosamente nuestra existencia para recordarnos que estamos vivos y necesitados de escribir con poesía el imperecedero afán de trascendencia que nos anima.

(Fuente: Letra Viva)

Comentario del libro La ética del sujeto, de José Milmaniene

Por Martín Esteban Uranga

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José Milmaniene

El nuevo libro de José E. Milmaniene, La ética del sujeto (Biblos, Buenos Aires 2008), nos convoca a involucrarnos con una problemática crucial del psicoanálisis que la contemporaneidad devela con elocuencia: el sujeto y su estatuto ético en tanto fundamento y horizonte de nuestra praxis.
En El tiempo del sujeto el autor situó las coordenadas simbólicas que habilitan el devenir temporal del sujeto, mientras que en El lugar del sujeto nos habló del topos a partir del cual el existente realiza su aventura desiderativa. Ahora, en el cierre de la trilogía, con La ética del sujeto, Milmaniene aborda el hecho capital. Si el sujeto se realiza y adviene en el tiempo y el espacio, signado por la palabra, es en tanto y en cuanto su estatuto mismo es consustancial al universo discursivo y a la ética que la presencia del significante impone. El sujeto es tal, si y solo si se constituye éticamente.

El libro transcurre a partir del entrelazamiento de citas de diversos autores, como es habitual en la práctica escrituraria de Milmaniene. De este modo el autor se adentra como articulador de un coro polifónico de discursos, en la problemática de la eticidad de un sujeto que encuentra amenazada tal condición en el contexto de un escenario cultural que pregona la transgresión como normativa y el goce como única política posible. El nuevo malestar en la cultura testimoniado según una clasificación que hace el autor por el auge de las patologías del goce o vacío, las perversiones, la violencia, el fundamentalismo y el misticismo que se desentienden del Otro, conlleva el colapso subjetivo que denuncia a la vez que consuma la degradación del principio ético. La preocupación por la contemporaneidad se conjuga con la necesidad de reafirmación de los presupuestos fundacionales de la práctica analítica, y es consecuente con esta dinámica que el texto entrame las referencias de nuestra experiencia socio-cultural actual con los basamentos mismos del psicoanálisis. Es así como luego de ligar la ética del psicoanálisis a la tradición judaica nos dice: “Esta posición ética resulta más necesaria aun en la actualidad, dado que la pasión por lo real de los siglos XX y XXI ha entronizado la hegemonía de lo ilimitado en detrimento de la vigencia libidinal de la cuatriplicidad, como escribe Milner.”

La elaboración dialéctica y creativa que implica la puesta en relación de los fundamentos del psicoanálisis con sus desafíos actuales, así como la conceptualización de la contemporaneidad articulada a sus manifestaciones concretas de padecimiento subjetivo, es lo que evidencia que estamos ante un texto clásico y actual, teórico y clínico.

El esfuerzo y la rigurosidad con que Milmaniene sitúa las coordenadas éticas del sujeto lo relanzan una y otra vez a la clínica. Así como en los primeros capítulos del texto nos habla de las condiciones subjetivas de nuestro tiempo desde una mirada aguda y crítica sustentada en su posicionamiento ético y existencial. En el apartado “Ética y cura psicoanalítica” da cuenta de las encrucijadas clínicas concretas con que un analista se confronta en la relación con un analizante. Su posición frente a la relación con la muerte, con la diferencia sexual y con la paternidad, que considera como las tres problemáticas cruciales que deben atravesarse y elaborarse en un análisis, está impregnada de la densidad existencial con que piensa los fundamentos mismos de la subjetividad en términos éticos. Asimismo, la dimensión intertextual del libro, lo erige en un lugar que contribuye a reposicionar al psicoanálisis como ciencia conjetural del sujeto que requiere necesariamente del abordaje interdiscursivo. Ahora bien, si de pensar al sujeto y de intervenir terapéuticamente sobre él se trata, resulta indispensable interpelarlo en su propio fundamento. Adentrémonos entonces en el eje central del libro: la cuestión ética.

La ética del sujeto tal cual lo entiende el psicoanálisis, deriva para Milmaniene de la ética de la Ley simbólica introducida por el judaísmo. De esta manera, toma como paradigma el decálogo para dar cuenta del carácter externo y traumático de la imposición de la Ley. Fundado a partir de una alteridad que lo interpela, el sujeto enuncia “¡Heme aquí!” afirmando el mandato ético de cuidado y preservación de la otredad. Reconocimiento de la otredad y subjetivación de la Ley configuran de este modo los pilares fundacionales de la constitución del sujeto.

En su libro El Holocausto Milmaniene nos confrontó con la crueldad y la barbarie producto del odio forclusivo de la ley y del avasallamiento de la otredad que la sustenta. Ahora, en La ética del sujeto, nos advierte de la necesidad perentoria de la reconstitución de la dignidad subjetiva en una época como la nuestra que denuncia con su neopaganismo militante, las secuelas activas de la brutalidad de los dioses oscuros que reinaron en Auschwitz. De aquí la necesidad del autor de testimoniar el mal de su época denunciando las prácticas idolátricas y narcisistas que avasallan el basamento mismo del sujeto ético. El sujeto se constituye en acto, y siendo ético el estatuto del sujeto no puede ser sino ética la dimensión del acto que le es inherente. En referencia a la estructura del acto ético dice el autor, siguiendo los desarrollos de Slavoj Zizek: “Definimos entonces el acto ético como aquel que suspende la subjetivación forzada de la deuda simbólica, y su consumación decidida y responsable implica el momento en el cual uno se «desprende» transitoriamente del vínculo convencional con el «gran Otro»”. Queda dicho de este modo que el acto ético no supone la alienación en los enunciados morales, debido a que “…no sólo no se constituye como respuesta a ninguna súplica ni demanda del prójimo especular, ni tampoco como respuesta a la llamada del Otro insondable, sino que consiste en una intervención sorpresiva e inédita que cambia las coordenadas de la realidad existentes, así como la percepción de los parámetros de lo que era posible hasta ese momento tanto como la concepción de lo que se considera «el bien»”. Esta dimensión de “desprendimiento transitorio del Otro” es lo que hace que el acto sea en soledad ya que “en el acto que nos ocurre –sorpresivo, sin soporte fantasmático alguno, producido de la nada- el sujeto dividido se ubica a sí mismo como su propia causa, incapaz por ende de subjetivarla totalmente”. Ahora bien, el “sujeto que ha franqueado la tiranía de lo Mismo” no es sin el Otro. Se desprende la pregunta: ¿cómo conciliar la dimensión de otredad constitutiva y constituyente del sujeto con el hecho de que el acto subjetivo debe prescindir de la misma?

Estamos frente a un impasse que Milmaniene buscará atravesar sustentado sólidamente en la filosofía de Emmanuel Levinas. Volverá a acentuar una vez más el reconocimiento de la alteridad como inherente a la ética para enunciar: “Este reconocimiento de la alteridad, que distancia de toda tentación a la captura especular, supone lo «Absolutamente-Otro» levinasiano, e implica el nombre de la referencia simbólica absoluta (el Padre Muerto, Dios).” Es decir, el sujeto instituye su acto en soledad desprendiéndose transitoriamente del Otro de los enunciados, lo cual no implica que su soledad no esté signada por la presencia de la ausencia del Padre que en tanto muerto confirma desde su desvanecimiento el desamparo radical que el sujeto deberá confrontar con su acto. El acto ético, de este modo, supone la subjetivación de la inanidad del ser en tanto y en cuanto fue afectado por la palabra de lo “Absolutamente-Otro”. No se trata que lo “Absolutamente-Otro” se constituya en Otro del Otro sino más bien que lo “Absolutamente-Otro” queda delineado por el rastro/rostro evanescente que sitúa un inasimilable lugar de enunciación en el punto de desfallecimiento de los enunciados. Horizonte del puro decir que se abisma inasible y de modo radicalmente transontológico sobre la caída del cuerpo textual de los dichos. Dice Milmaniene: “La voz ética del Otro resulta entonces nada más que un llamado sin contenido positivo alguno, que no ordena ni garantiza nada, sólo una pura enunciación sin enunciado que convoca al sujeto a la entrega responsable, más allá de la culpa.”

No caben dudas que para el autor La Ética Del Sujeto tal cual lo aborda el psicoanálisis, es la secularización de la ética judía. Dice al respecto que “la ética secularizada retoma esta dimensión de la fe en el renovado pacto con la palabra”. El acto ético es redentor, y en este punto el autor conjuga de manera admirable la práctica analítica con la utopía mesiánica, “¿No se trata acaso en el análisis de una suerte de mesianismo laico, en el cual el sujeto se «redime» del goce y se libera de la culpa a través de sus actos, asentado en la convicción –que no es certeza- del deseo responsable como condición de la libertad?”. Milmaniene nos habla del “renovado pacto con la palabra”, pero ¿sobre qué dimensión de la palabra se asienta la redención? La “palabra de la ley” y la “palabra de la fe”, aparecen así desde la referencia a Agamben como puntos de tensión entre la ley y la gracia que será desplegada y enriquecida con las referencias hechas al cristianismo. Así como en su libro La función paterna Milmaniene nos familiarizó con los excesos inherentes a la ley expresados a partir de los complementos obscenos y superyoicos, en esta oportunidad nos habla de los excedentes de la ley pero no ya en el terreno patológico sino en términos de amor y gratuidad del don que actúan como sostén mismo de la ley. Dice el autor en referencia a la consumación mesiánica que equipara a la “utopía psicoanalítica”: “Se trata, en suma, de la ley basada en la promesa del amor redentor y en la gracia (hésed, en hebreo) que es bondad piadosa entendida como don, y que reemplazará a la ley de los mandamientos y las obligaciones. En tales circunstancias ya ninguna norma obligará al sujeto sino sus propias convicciones éticas, producto de la máxima interiorización lograda de la Ley, que ya es la Verdad del amor.” El acto redentor entonces, si bien implica “aceptar lo irremediablemente perdido” a partir de una lograda interiorización de le ley que implique el “complejo movimiento que en psicoanálisis se llama asunción de la castración”, se inscribe como tal “en el excedente irreductible de la ley que es la gracia (charis).” De este modo “se podrá crear un mundo en el que ya no habitará un sujeto alienado en el Otro, sino que será liberado en tanto habrá accedido a la máxima autenticidad, como lo postula la redención cristiana y lo sostiene también la utopía psicoanalítica”.

Milmaniene tiene la audacia de hablar de utopías en un universo cultural que pareciera haber renegado de ellas. Porque sabe que en palabras del poeta, “sin utopía la vida sería un ensayo para la muerte”. Su profundo humanismo apela a que desde una “posición existencial sublimatoria”, podamos trascender el ensayo para actuar de primera mano en el terreno de las realizaciones desiderativas sin especulaciones ni garantías subjetivando la finitud pero sin fetichizar la muerte. Absteniéndose de consuelos neuróticos frente al inexorable final pero enfrentando del mismo modo las posiciones melancolizantes, nos convoca a reproponer las utopías sin caer en un idealismo estéril. Porque la utopía psicoanalítica que inscribe en el linaje de las utopías mesiánicas, es la aspiración ideal pero concreta de la nunca del todo acabada asunción responsable de los deseos que requiere de la deposición dolorosa pero auspiciosa de los goznes del narcisismo con la pulsión de muerte. Milmaniene no escribe desde la fría mirada del académico, del tecnócrata o del crítico social, sino desde una profunda humanidad que da cuenta de alguien que involucra su propia existencia en aquello que escribe. Ya dio muestras de una exquisita sensibilidad en Clínica del texto que se relanza ahora con todo vigor y desgarro en un texto sin concesiones con los “cantos de sirenas” emitidos por los apologetas de la posmodernidad. Su existencialismo fundado en la ética monoteísta, repropone una ética de la responsabilidad que se erige con valentía, sabiduría y contundencia frente a los pregoneros de la conversión del psicoanálisis en una “ética de la libertad” fundada en última instancia en el narcisismo que aliena al ser.

Un libro imprescindible, urgente y necesario que nos hace sentir vivos y humanos en toda su dimensión. Confrontándonos con los lados mortíferos y oscuros del ser y la (des)cultura, nos alienta sobre todo a no ceder en nuestro imperecedero deseo de ética para poder transformar la ética del sujeto en un sujeto de la ética que asuma activamente la sumisión constituyente a la Ley y la gracia. Decía Miguel de Unamuno: “¿Queréis novedades? Leed a los clásicos.” José Milmaniene lo es. Busquemos en su generosa y lúcida escritura las eternas novedades pasibles de ser genuinamente anunciadas sólo desde una posición humanista como la suya, que desde la recreación permanente de los presupuestos fundacionales de la subjetividad nos propone una y otra vez aventurarnos responsablemente en la travesía ética de la existencia.

Fuente: El Sigma

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