La ficción, el amor y la muerte (parte I)*

El arte teatral, configura una forma estéticamente lograda de simbolizar la castración, dado que las escenas dramáticas plantean en su verdad los conflictos más esenciales y rodean los núcleos traumáticos residuales de la historia libidinal, con un placentero borde erógeno, hecho de bellas metáforas poéticas.

De modo que las prácticas artísticas posibilitan la resolución sublimatoria de   los goces residuales, que a través de su insistencia pulsional repetitiva, horadan la coraza defensiva del Yo y desestabilizan al sujeto.

Así, escribe Badiou (2005:89): “Aferrado desde lo alto a las formas más sofisticadas del debate de ideas, el teatro organiza la energía que proviene de abajo, del
pantano de las pulsiones, de todo lo real subjetivo que todavía no ha sido simbolizado”.

El teatro posibilita exponer en la escena, a través de las acciones dramáticas, los profundos conflictos existenciales irresueltos -efectos de   los deseos incestuosos reprimidos y los goces repudiados más esenciales- , que siempre pugnan por encontrar canales sintomáticos de expresión, cuando el sujeto carece de eficaces mecanismos sublimatorios de resolución.

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Resonancias adolescentes

Por Ani Bustamante

adolescencia

fotograma de “Los 400 golpes”. F. Truffaut

Muchas veces a la deriva y sin cadenas, el adolescente se encuentra en medio de escombros significantes, en ese lugar de umbral en el que los viejos nombres no cubren el despertar y su desasosiego, y lo nuevo no es aun conjugado con lo imposible de significar que adviene. Tiempo de salir de la casa paterna y abrirse al Otro social, no sin transitar por un incierto intervalo por el que resuenan los ideales y sus declinaciones. Lo que transita no cabe en el cuerpo del lenguaje, ni en el espejo que ahora parece opaco y hace evidente ese agujero en la representación que lo lanza al exilio. Exilio de la lengua que sin embargo puede ser también la posibilidad de un reanudamiento a través de la letra (La adolescencia en Rimbaud es paradigmática, pero no menos las versiones actuales a través del hip hop, como bien señala Lacadée)
Si el saber ya no se ampara en las garantías del Otro de la infancia, el adolescente transita entre la crisis de las identificaciones, los temblores pulsionales y la falta que puede traducirse en exceso de referentes. Lacadée deja clara la necesidad que tiene el adolescente de encontrar “el lugar y la formula”¹ a través de un vagabundeo que, a modo de acto, refleje el intento de separarse de los determinismos de un mundo colapsado, y la necesidad de fundar un nuevo lugar.
En este sentido, la famosa frase de Benjamin me deja sus resonancias:
“Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje. Los rótulos de las calles deben entonces hablar al que va errando como el crujir de las ramas secas”

Nuevos signos se revelan a un cuerpo en el bosque naciente, y se advierte la necesidad de encontrarse con la pérdida. La relativización de los ejes gramaticales descolocan al lenguaje como centro de gravedad y colocan la experiencia de la lalengua como posible punto a partir del cual orientarnos.
Deleuze, el filósofo de las líneas de fuga y la multiplicidad, propone al ritornelo como aquello que propicia el paso de un territorio al otro, produciendo el movimiento mismo de la vida.
“Un niño en la oscuridad, presa del miedo, se tranquiliza canturreando. Camina, camina y se para de acuerdo con su canción. Perdido, se cobija como puede o se orienta a duras penas con su cancioncilla. Esa cancioncilla es como el esbozo de un centro estable y tranquilo, estabilizante y tranqulizante, en el seno del caos”². Es muy posible que el niño, al mismo tiempo que canta, salte, acelere o aminore su paso; pero la canción ya es en sí misma un salto: salta del caos a un principio de orden en el caos, pero también corre constantemente el riesgo de desintegrarse.
Siempre hay una sonoridad en el hilo de Ariadna. O bien en el canto de Orfeo

El canturreo, ritornelo, como maneras de hacer en el exilio, de reanudar la marcha, como bien dice Lacadée: “La música a la que algunos se enganchan y que viene a anudar, como suplencia, lo que no puede decirse”³

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¹ Rimbaud en “Vagabundos”: “…y así vagábamos, alimentados con el vino de las cavernas y la galleta del camino, yo apremiado por encontrar el lugar y la fórmula.”

² Deleuze, G y Guattari, F. Mil mesetas, capitalismo y esquizofrenia, 2004 Valencia, Pre-textos, 322.

³ Lacadée, Philippe, El despertar y el exilio, 2010, Gredos

El sexo, el amor y la muerte. Nuevo libro de José Milmaniene

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Este libro trata de la búsqueda del objeto ausente que colme, en tanto figuración del amor edípico inolvidable, todos los deseos y repare todas las heridas. De modo que, en determinadas circunstancias –signadas por el determinismo azaroso de lo Real–, el ausente adquiere un rostro y un nombre, y con él que se entablan vínculos caracterizados tanto por la dimensión sublime del amor como por el goce letal de las pasiones. Aquí se despliegan las vicisitudes de estos singulares encuentros entre los cuerpos del deseo –destinados a las pérdidas y a los duelos– que configuran verdaderos campos de batalla ente el verbo que es promesa y la carne que es destrucción. Se exponen, así, los conflictos entre la dimensión simbólicamente estructurante de la sexualidad, que genera lenguajes, intercambios y pactos; y la desestructurante, inherente a la dimensión letal del orden pulsional. 
En estas páginas se trabaja el vínculo indisociable entre el deseo el amor y la muerte, en temas como la moda, la prostitución, el matrimonio, el teatro, la religión, el Padre, la Ley y la cura. José E. Milmaniene produce una interesante articulación entre el discurso psicoanalítico y otros campos del saber a partir de autores como Walter Benjamin, Giorgio Agamben, Jacques Derrida, Slavoj ŽZizek, Massimo Recalcati, Jean-Luc Nancy y Georges Didi-Huberman, entre otros.
Se trata, pues, de un texto que transmite con claridad la trascendencia del nombre teórico de castración, que da cuenta de todos los avatares y las vicisitudes de las diferentes condiciones existenciales y estructuras psicopatológicas, que derivan en última instancia de la tensa imbricación de la libido con la pulsión de muerte.

Ficha de Libro

La feminización del mundo contemporáneo, rasgo de nuestra época

 Por Andrea F. Amendoladanesa.jpg

 Nuestra época: el comité síntoma

En “El Otro que no existe y sus comités de ética” Miller y Laurent sitúan como propio de la época del Otro que no existe, la multiplicación de los comités. Se trata en los comités de debatir, declarar controversias, conflictos, disensiones, comunidad, atisbos de consenso, escepticismo sobre lo verdadero, lo bueno, lo bello, sobre las palabras y las cosas, sobre lo real.

La sociedad contemporánea advierte el carácter ficcional del Otro, del Nombre del Padre y de los ideales, entonces es el sentido mismo de lo real lo que se ha vuelto un interrogante.

Miller dice que nos vamos sumergiendo en “una sociedad deliberativa, cuya verdad es que quizás es una sociedad de debilidad generalizada” (1), en donde los comités de ética son la conversación de los débiles, esos que están desconectados del discurso del Otro. Surge un esfuerzo por hacer existir la comunidad en el lugar incesantemente ocupado por saber el valor exacto de lo que se dice. Entonces el comité, surge así, como síntoma del Otro que no existe.

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Del Piropo al Insulto

Por  Andrea F. Amendola

del piropo al insulto

Alfonso Alzamora – Menina Rojo Rodko

Del Piropo…

                                                  Del griego pyropus, que significa “rojo fuego”. Los romanos tomaron esta palabra de los griegos y la usaron para clasificar piedras finas, granates, de color rojo, rubí. El rubí simboliza al corazón, y era la piedra que los galanes regalaban a las cortejadas. Los que no tenían plata para los rubíes, regalaban palabras preciosas.

Cuando decir, no es hacer

                                             “¿tenés hora? Así le digo a mi psicólogo en qué momento me volví loco”

Hablar del piropo es introducirnos en la dimensión creativa. La significación se edifica desde el mismo sinsentido. Para Jacques A. Miller, el piropo es una situación concreta y ejemplar para captar en vivo la función del lenguaje. Dice en “Seminarios en Cararas y Bogotá”: “el piropeador no aspira a retener a esa mujer, y si hay allí una connotación erótica, hay al mismo tiempo, un desinterés profundo, que hace del piropo, cuando alcanza su forma excelente, una actividad estética. En el fondo, el piropo nos marca el corte entre el decir y el hacer”.

Que un hombre, en su andar por la calle, se detenga para decirle a una mujer, por ejemplo: “te quiero más que a mi madre, y siento que estoy pecando, pues ella me dio la vida y tú me la estás quitando” o “vos con esas curvas y yo sin frenos”, son ejemplos que nos permiten pensar cómo el acento está puesto en el decir, no en el hacer. Se trata de un decir cual almácigo de agudezas, en donde la equivocidad de la lengua da lugar a la invención. Lejos queda el interés de pasar a la acción, a excepción de que, el hombre en cuestión, se valga del piropo como artilugio, en donde se sirva de la agudeza, en medio de la casualidad, para que el decir devenga en un hacer.

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La redención psicoanalítica

Por José Milmaniene

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La práctica psicoanalítica consiste en hacer parcialmente inoperantes, durante las sesiones, los aspectos informativos y comunicativos del discurso habitual, para recuperar un decir que incluya una   dimensión poética   inédita, que es la que permite expresar las formulaciones más logradas de la experiencia de lo “más propio de sí”, y posibilita por ende el despliegue de las propias potencialidades subjetivas reprimidas.

Se instala así, durante el transcurrir del proceso psicoanalítico, una suerte de “tiempo sabático”, durante el cual se interrumpe el hablar instrumental cotidiano – ligado a la producción y a los intercambios-, lo que nos permite en consecuencia, existir transitoriamente como si no (hos mé) estuviéramos atrapados en las convenciones y en las apariencias.

Se posibilita así , merced a la “comunión mesiánica” con el Otro, durante el tiempo de la espera creyente que instala la transferencia , el despliegue de nuestra potencia de vivir “en la espiritualidad”,  y la vida vive solo (su) vivilidad, tal como escribe Agamben en relación al tiempo mesiánico (2008, Págs.433- 437): “ Así como el mesías ha llevado a cabo y, a su vez ha hecho inoperosa la ley (el verbo del que Pablo se sirve para expresar la relación entre el mesías y la ley –katargeîn– significa literalmente “volver árgos” , inoperosa), así el hos mé mantiene y, a su vez, desactiva en el tiempo presente todas las condiciones jurídicas y todos los comportamientos sociales de los miembros de la comunidad mesiánica[…] En el signo del “como si no”, la vida no puede coincidir consigo misma y se escinde en una vida que vivimos (vitam quam vivimus , el conjunto de los hechos y los acontecimientos que definen nuestra biografía) y una vida por la cual y en la cual vivimos (vita qua vivimus, lo que hace la vida vivible , le da un sentido y una forma). Vivir en el mesías significa precisamente anular y hacer inoperosa en cada instante y en cada aspecto la vida que vivimos, hacer aparecer en ella la vida por la que vivimos, […] Y la inoperosidad que aquí tiene lugar no es simple inercia o reposo, sino que por el contrario , es la operación mesiánica por excelencia.[…] La vida, que contempla la (propia) potencia de obrar, se vuelve inoperosa en todas sus operaciones, vive solo (su) vivilidad […] El sí, la subjetividad, es lo que se abre como una inoperosidad central en toda operación, como la viv-ilidad de toda vida. En esta inoperosidad, la vida que vivimos es sólo la vida a través de la cual vivimos, sólo nuestra potencia de obrar y de vivir, nuestra obra-bilidad y nuestra viv-ilidad”.

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El Nombre-del-Padre: una imposibilidad de creer

Por Andrea Amendola

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Los baches contemporáneos

Pensando en el marco de nuestra sociedad contemporánea me invade una imposibilidad de creer, más allá de la declinación de la función del nombre del padre, que avanza sin precedentes, en su pulverización. Si como Lacan nos enseña, el padre es una herramienta, un instrumento, del que hay que hacer uso para poder prescindir de él, el mundo actual nos muestra la falta de ese instrumento. Herramienta que permite armar un tejido de significaciones, carretera principal que orienta por entre los sinfines de callecitas que la interceptan proponiéndose como atajos, utilitariamente más convenientes y eficaces al punto de fragmentarla poniendo de manifiesto sus baches.

Su fragmentación se hace evidente en el empuje hacia modos de goce segregativos, en donde la “parentalidad” surge como aquel neologismo que pone en suspenso al significante de “paternidad”. Hoy la función paterna se constituye en una imposibilidad de creer.

Y por allí circulan los sujetos, entre las veredas de autoridades descoloridas y límites difusos, sobresaltados por tales baches y sin poner luz de giro toman los atajos del sendero de lo parental, siendo hoy la familia la que viene a reemplazar al padre y a la madre. Claro que esto no es sin consecuencias para el niño, ¿quién es la madre? ¿la que porta el óvulo?¿Quién lo dona? o ¿Quién lleva al niño en su vientre?… ¿y cómo accede un hombre a su función de padre si su deseo no está articulado a una mujer como causa de su deseo?

Las funciones madre padre se desvanecen ante el avance de lo parental y se impone la “mismidad” o la equivalencia intercambiable en lugar de la diferencia sexual, pues tal o cual callecita me deja bien, se cree llegar por diversos senderos al “mismo” lugar.

De lo imposible de creer a lo imposible de escribir

En nuestros tiempos globalizados de mismidad, considero pertinente que los analistas debemos preguntarnos e investigar acerca de los efectos de este Nombre-del-padre pulverizado, de qué modo se pone de manifiesto en la clínica y cuáles son sus consecuencias en la singularidad de cada analizante, así como también cuáles son las posibilidades de intervención a hacer.

Las consultas de madres y padres transmiten desorientación, en ocasiones, y en otras impotencia ante lo que debe hacerse o no con un hijo, se reitera el no saber qué hacer, el cansancio, incluso el “no se cómo ser padre”. Entonces, si un padre “suelta” a un hijo quizás lo que anude sea no el padre en sí, el de la realidad, sino el padre real de modo que el niño pueda valerse de una nominación.

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Son aquellas pequeñas cosas – reflexiones sobre el autismo

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En este escrito, la licenciada Yanina Gallo nos relata lo que ha sido una torsión en su práctica profesional con niños autistas, una pregunta en su análisis resquebraja su posición “¿soy psicóloga o qué?”. Inicialmente desarrollaba su labor como psicóloga en una institución de corte cognitivo conductual dedicada a la atención de niños con autismo. Inesperadamente, la angustia ante el posicionamiento del niño como objeto conmueve su orientación hacia la pregunta por el sujeto. Del adiestramiento educativo que adapta y fuerza sin escuchar al niño hacia ese singular valor llamado sujeto, en donde el psicoanalista oferta mucho más que su palabra, le brinda el espacio único, uno por uno, para que la singularidad de ese niño pueda asomar a su propia medida, propio de una orientación lacaniana en donde el divino detalle se esconde en “aquellas pequeñas cosas”. (Andrea Amendola)

 

“Son aquellas pequeñas cosas”

Encuentro dicha oportunidad para relatar mi experiencia y recorrido personal en la práctica clínica de personas con autismo.

Comencé mi acercamiento a la misma realizando integraciones escolares a niños y adolescentes diagnosticados con TGD, en diferentes escuelas del conurbano y la ciudad de Buenos Aires. El objetivo consistía en lograr una “adaptación” del niño al ámbito escolar, a través de la implementación de, por ejemplo: técnicas de motivación frente a los rasgos de desconexión y estereotipias, apoyos visuales ante las dificultades de comunicación, dadas de antemano por el hecho de encuadrar en el diagnóstico de TGD; técnicas de manejo conductual que “acallaban” berrinches, estereotipias, así como la adherencia a determinados objetos; y herramientas de “modelado” de frases y palabras, brindadas con el objetivo de que el niño pudiera comunicarse en diversas situaciones. A ello podríamos agregar, el forzamiento del contacto visual con otros, la estimulación de la interacción social, entre otras intervenciones.

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Los cambios que se observaban a los pocos meses resultaban atractivos, sobre todo para los padres, quienes notaban que sus hijos comenzaban a hablar y sus “conductas disfuncionales” (aleteo de manos, balanceo corporal, gritos estremecedores, etc.) se reducían o desaparecían.

No obstante, en el transcurso de mi experiencia con dicha orientación, comencé a indagarme acerca del Sujeto, y al lugar en el que el mismo quedaba frente a aquellas técnicas “educativas” que, a expensas de lograr una adaptación socio-cultural, no harían sino más que rehabilitar y “adiestrar”, acentuando el posicionamiento de ese niño como objeto, obturando de alguna manera, dos veces el ingreso a lo simbólico.

Actualmente me encuentro en una Institución de la Provincia de Buenos Aires, coordinando talleres (artísticos, lúdicos) para un grupo de adolescentes con autismo. Mi objetivo radica en habilitar y ofrecerles a estos jóvenes, frente al vacío de significación que los inunda (miradas perdidas, movimientos y sonrisas inmotivadas, palabras emitidas sin sentido alguno), un espacio en el que pueda emerger y advenir un cuerpo simbólico, un Sujeto capaz de desplegarse espontáneamente en su singularidad, sin forzamientos, y con sus propias marcas.

De allí el valor que adquiere cuando aquel joven, en lugar de aletear, se acerca y agarra un juguete o hace sonar un instrumento musical, cuando ocupa el espacio de la hoja para dibujar, cuando responde a un llamado por su nombre, o su mirada/sonrisa se dirige a otro. A estos ejemplos les confiero el carácter de “el valor de las pequeñas cosas”; en dicha clínica, lo pequeño se torna grande, lo que pareciera insignificante adquiere gran importancia, en tanto nos permite dar cuenta de que hay un Sujeto.

Para finalizar, resulta oportuno citar una frase de Jacques Lacan: “El hecho de que los autistas no nos escuchen es lo que hace que no los escuchemos. Pero finalmente, sin duda, hay algo para decirles”. Mi labor en la clínica del autismo consiste en suponer allí un Sujeto capaz de escuchar, de comprender y, sobre todo, de decirnos algo.

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Conferencia de Claudio Godoy (psicoanalista en Buenos Aires, miembro de la EOL y la AMP) en Lima.

 

Fuente: http://nellimablog.com/2014/11/19/angustias-femeninas/

La masacre de Newtown o lo que ya estaba escrito

por Andrea F. Amendola 

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Un niño de 7 años en entrevistas relata acerca de un juego de play station: “en el gta san andreas se puede hacer de todo, matar gente, matar a la policía, pegar a mujeres y bebés, matás para tener más armas, los chorros de sangre corren por todos lados. Ganás más dinero robando, nunca termina ese juego hasta que lo apagás. El asunto es matar gente y si te matan perdés. Jugás a que matás gente pero no matás”. *

Una  masacre más en la serie, pero no se trata precisamente de una serie del mundo del espectáculo aunque tenga vastas conexiones con el mismo, el goce del horror está en cartelera hoy y en nuestra contemporaneidad la ficción se ha llenado de fisuras por donde se le cuela la realidad.

Las masacres en los colegios de los Estados Unidos datan desde 1700, de hecho se han presentado cerca de cien asesinatos  y masacres en centros educativos. Estados Unidos es un país con más de trescientos millones de habitantes y  más de trescientos millones de armas sin impedimentos para comprarlas más que la mayoría de edad y el dinero suficiente para adquirirlas. Para estos ciudadanos tener un arma es parte del ser nacional, por eso el derecho a portarlas está plasmado en la Segunda Enmienda de la Constitución.

Nancy Lanza, madre del asesino,  era un claro ejemplo de ese tal ser, ella era preparacionista (personas que se preparan para futuras catástrofes nutriéndose de provisiones alimenticias y de armas). Nancy no sólo era una coleccionista de armas sino que atesoraba un arsenal de pistolas, escopetas de caza, rifles de asalto del ejército, similares a los que dieran fuego en Irak y Afganistán.

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