Aproximaciones audiovisuales a la película “Her” de Spike Jonze

Por Jean Paul Cartagena*

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Me gusta encontrar películas con un punto de vista de autor, que tienen algo que decir con recursos audiovisuales, con ganas de resolver un problema a través del arte. Son ese tipo de películas de las cuales uno sale diferente de cómo entro.

Por eso me entusiasma la última película de Spike Jonze “HER” contextualizada en un futuro no muy lejano; en donde los programadores y marketeros lograron crear un mundo horriblemente perfecto, adecuado a las necesidades de todos.

En “Her” la historia de amor es la de siempre: alguien se enamora de alguien. Y aquí se complica todo, porque ese otro es una computadora muy sofisticada que descifra las necesidades más íntimas.

 

A su director Spike Jonze lo recuerdo muy afinado trabajando video clips, soltando ideas frescas sobre los ritmos contemporáneos, pero también es reconocido por su fino hilado en la escritura del guión. Y en “Her” el desarrollo conceptual que parte del guión, es la fuerza que potencia toda la película. Uno termina de verla y se queda con esa sensación de encontrar algo patético en el desenmascaramiento de las coordenadas del “ser enamorado” dentro de los ejes del deseo y la necesidad.

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Sin Querer, un cortometraje de Graciela De Luca

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En Sin Querer, las pulsaciones del tiempo, nos introducen desde la primera toma, en una atmósfera teñida de un sentimiento imposible de nombrar.

Graciela De Luca nos lleva por esos pliegues a los cuales la palabra no llega; lo hace con el ritmo de sus tomas, con el color con el que parece velar la nada, con el compás repetitivo de un tempo que de pronto estalla y con la mirada puesta en el sesgo de lo representable. Mirada, diría yo, a lo femenino y su relación con el dolor, lo inabarcable de un cuerpo atravesado por las significaciones impuestas por el Otro.

Soledad Maidana deambula por la casa, como descolgada del deseo, del querer. Se puede sentir la gravedad de la carne, la densidad del tiempo, la rutina que ya no abriga un cotidiano desatado de sentido. La mirada perdida en objetos que, cotidianos, van desnudos, desfilando por espejos.

Este corto pone en evidencia una realidad difícil de nombrar y casi hecha de lado, la condición femenina en su dimensión estragada, es decir, cuando se deja tomar por los temporales del goce de un Otro que la devora a la vez que la expulsa. Ella, Soledad, sin querer, carcomida por llamados imperativos, empujes del tiempo que no perdona, rodeada de voces electrónicas. ¿Dónde queda el cuerpo? ¿Qué hacer con la imagen fragmentada? Sin llamada de amor, las voces surgen desde el super yo. Las imágenes avasallan. Intento de hacer cuerpo, choque, despertar. Despertar a la sexualidad y sus accidentes.

Imagen y gravedad, tiempo y peso. Estos son elementos con los que compone De Luca su escena de cámara.

La directora propone una estética finamente tramada para introducirnos en una experiencia en la que deseo, cuerpo y tiempo harán una figura cuyo anudamiento será comandado por el azar, por la irrupción de algo que pueda vérselas con el tiempo de otro modo.

Una nueva significación para el devenir.

 

Página oficial: http://sinquerer.weebly.com

Comentario a la película “Lobo de Wall Street”

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Por Andrea Amendola

De la mano de Martin Scorsese, es puesta en escena la historia autobiográfica de Jordan Belfort, interpretada en este film por el actor Leonardo Dicaprio, un corredor de bolsa que se niega a cooperar en un caso importante de fraude de valores, en el que están implicados Wall Street, las grandes corporaciones bancarias y la mafia. Mostrando la evolución desde el sueño americano a la codicia corporativa, Belfort pasa de las acciones especulativas y la honradez, al lanzamiento indiscriminado de empresas en Bolsa y la corrupción de finales de los ochenta. Con poco más de veinte años, su enorme éxito y fortuna como fundador de la agencia bursátil Stratton Oakmont le valió el mote de “El Lobo de Wall Street”. Un subtítulo antecede la película: “más, más… nunca es suficiente”. Desde una lectura lacaniana podemos situar el signo de un discurso que convoca a la compulsión insaciable, a un tiempo en continuo en donde la pausa contradice al ideal de un hedonismo añorado. Jordan corre detrás del éxito. Hanna, un corredor que lo inicia en la práctica, le propone reglas para lograrlo: el cliente no importa, la cocaína lo mantiene rápido y bien despierto de oídos, masturbarse mientras piensa en dinero, y es así como este lobo ingresa al parque de juegos en donde la rueda no para, no se detiene en los 365 días del año, en cada año, en cada década y en cada siglo. El protagonista se lanza hacia una alocada carrera hacia la multiplicación del dinero, el sexo y las mujeres, el consumo de cuanta droga estuviese presta a columpiar el cuerpo recortado para no parar, los objetos diversos se homogenizan por momentos en un uno indiscriminado, nombrados todos por un repetitivo “fuck you”, cual S1 que revela un rasgo actual de nuestra sociedad: la autoridad como principio de ley resulta ineficaz y se desgaja, ante la conducta de Jordan y su manada de lobos voraces de más. Estos objetos taponan la causa del deseo y la división del sujeto, no hay lugar para que la angustia muestre sus hilachas, son los objetos alternándose como partenaire de Jordan y sus compañeros. Jordan revela hasta qué punto quienes lo siguen han ubicado en sí el mismo objeto como ideal del Yo, él representa la sed del éxito a lograr en poco tiempo.de-la-coca-al-adderall-cronologia-de-la-drogadiccion-en-wall-street_150114_1389787652_28_

El placer está centrado en ir más allá de la ley, Jordan no quiere detenerse, su padre intenta persuadirlo para que se retire pero su decir queda sin efecto, a lo cual este padre continúa trabajando bajo el ala de su hijo acompañando sus decisiones y representando una función que no prohíbe ni se revela. Belfort encarna un discurso que refleja la propuesta de cómo ser un excelente hombre máquina que no se detenga y cabalgue hacia el rumbo de un matrimonio conveniente: producir y gozar más y más, pues el lema del lobo reza: “no aceptar el no como respuesta”. La elección amorosa de una duquesa está planteada como una adquisición más, es clave una pregunta que Jordan se hace antes de proponerle matrimonio a Naomi, y es la siguiente: “¿Qué haces cuando no sabes en qué gastar tu dinero?” y es ahí en donde un anillo de compromiso surge como un objeto representante de otros por venir alistándose en el sentido del “matrimonio”. Una escena hacia los finales del film nos permite pensar en el cuerpo amordazado por un goce feroz: arrastrándose por el suelo, anestesiados parcialmente sus miembros por exceso de drogas, Jordan descubre que puede reptar atravesando la selva de su éxtasis. Luego, una imagen lo orienta: es Popeye el marino consumiendo espinacas, desplegando su poderío se eleva y vuela…. Jordan cual pálido reflejo imita al marino y consume cocaína, y al modo del súper héroe salva a uno de sus secuaces. Gritos, sonidos guturales socavan la concavidad de un cuerpo estragándose la subjetividad…. El hombre en plena voluptuosidad de un goce que lo implosiona. “¿Qué tal es el paraíso sobrio?”-le pregunta Dennis Aburrido, horrible, demasiado, quiero matarme…-responde Jordan. Un film que retrata fielmente los síntomas actuales de la época y los tropiezos de la subjetividad moderna cuando se intenta ir más allá del principio del placer… sin haber leído a Freud.

 

Próximo lanzamiento de “Sin Querer” un cortometraje de Graciela De Luca

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Trazo Freudiano tendrá el honor de presentar próximamente el corto “Sin Querer” de la directora argentina Graciela De Luca.

Con esto afianzamos este espacio como lugar de encuentro. El cine en este caso será el disparador de reflexiones en torno a lo femenino, el maltrato y el destino, a través de la trama y propuesta visual de Sin Querer.

 

 

Sin  Querer  narra un pasaje en la vida de Soledad Maidana, quien movida por la necesidad de olvidar, toma una decisión que cambia el rumbo de su destino… sin imaginar que es el azar, a veces, el que decide todo…

Un canto que teje el cuerpo… La teta asustada

Por Ani Bustamante

Una herida transmitida de madre a hija, trazo a trazo y desde el vientre. El dolor fluye por la leche después del nacimiento. El dolor en el rostro gélido de Fausta, solo conmovible cuando el canto se apodera de sus labios.
Así transcurre “La teta asustada” película que, con golpe seco y poético, tocó mis entrañas peruanas, poniéndome en pantalla gigante, esa peculiar mezcla de dolor y poesía, de banalidad y hondura, que somos. Claudia Llosa nos entrega una peculiar visión de la realidad peruana y sus matices, recreando en los márgenes de una ciudad -que no ha sabido asumir su diversidad- un pueblo habitado por la pobreza y los efectos del terrorismo marcados en la piel. Un pueblo andino que mudó su ande por un gris cerro limeño, un pueblo andino desnudo de costumbres y ritos que, a modo de disfraz, máscara -o como quieran llamar a eso que hacemos los seres humanos para cubrir nuestra desnudez existencial con marcas y clichés, para no exponer el frágil cuero- construye una identidad a fuerza del colage más pintoresco: trozos del pueblo añorado, show yanqui, slogans y ficciones de la decadente burguesía.


En medio de este desierto y entre fiestas, cumbia y bodas, aparece, como testigo del dolor vivido, Fausta, quién no se puso la máscara y mantuvo con su canto el hilo de un decir -en lengua materna- y el tono de la ternura que quedó después de la barbarie.
Los habitantes de los márgenes dejaron el ande y con él las huellas y el recuerdo traumático; a cambio perdieron su singularidad y su riqueza cultural se transformó en la búsqueda del sueño americano. Qué difícil disyuntiva se produce en nuestra sociedad: o atravesar aquello que nos constituye y que trae consigo una herida, pagando el alto precio del recuerdo o, dejar de lado nuestros trazos, borrar las huellas en un cerro que ofrece aridez, olvido y la ficción de que nada nos ha pasado. Luego, cómo no, regresará con toda su violencia, el trauma. Regresará repetitivamente y al compás de la pulsión de muerte, desplegado con otros olores y otros paisajes, la misma escena, el mismo fantasma.
Si pensamos en el trauma del terror y la violación, parecería absurdo entrar en la dimensión del lenguaje pues lo primero que muchos dirían es: “pero si a esta persona le han destrozado el cuerpo, le han obligado a vivir lo impensable”. Y es cierto, es cierto que ese golpe marca el alma, pero también es cierto que esto ocurre en nosotros que somos seres hablantes ¿qué pasa con esto?
Quiero tocar el tema del trauma que se produce en el encuentro del cuerpo con el lenguaje. Lenguaje que situará cada experiencia del cuerpo, cada sensación de la piel o contracción de un órgano, determinando los límites del sentido. Es que el cuerpo también se marca con la palabra, es que el cuerpo toma forma desde ella, imprimiendo tanto la bella irrupción de la significación, como el límite de aquello que vibra sin nombre entre los pliegues del cuerpo, o más.
El decir, que se hilvana con el canto de Fausta, marca ese encuentro entre belleza y dolor, entre cuerpo y lenguaje. Ella canta su historia y su terror, aún sabiendo que no hay palabras que lo puedan describir completamente… la música y el arrullo se encargarán de hacer algo con ese resto imposible de significar.

¿Yo me llamo todos los días igual?

Por Ani Bustamante

Lunes por la mañana, ella amanece con una luz blanca y un recuerdo inventado en la memoria. ¿cuál es el hilo invisible que sostiene la continuidad de la identidad? El cuerpo es joven, el alma sin puntas para marcar los días. La lengua insípida deja el bello cuerpo desnudo y crudo, justo para ser presa de los goces mortíferos que arrasan con los nombres.

Al final, un campo abierto y la piel descolgando en pliegues.
Al comienzo, una habitación con luz, la búsqueda de una huella para empezar la ruta. Ausencia.

Al final, la mirada vidriosa, el paso frágil y lento. El cuerpo cayendo al abismo de la nada.
Al comienzo, la mirada brillante, el foco enceguecedor de un sueño húmedamente embriagador, el paso rápido, el cuerpo elevándose en la nada.

En el medio, la vida adulta y sus preocupaciones cotidianas. La estabilidad.


La semana pasada conversaba con los ancianos de una residencia en Madrid, los cuales fueron llegando a la reunión a regañadientes pues preferían quedarse viendo televisión o simplemente deambulando con el vuelo de una mosca. Sin embargo fueron llegando, poco a poco, despacito, arrastrando los pasos caídos más por el peso de la depresión que por el tiempo. La poeta recobraba el aliento al hacer oír su voz y su ritmo a los compañeros. El viejo decepcionado de la vida dijo: “yo me llamo todos los días igual”, mientras yo me preguntaba por ese nombre y esa huella… ¿qué sostiene el gastado hilo que recorre la supuesta identidad?

Una voz y un nombre.

Nada.

En el reverso Ellos, jóvenes y bellos responden al sin-sentido de la vida pinchando su elástica piel y mezclando sus hormonas con pastillas alucinadas. ¿Por qué creyeron que el amor haría las cosas más fáciles? se preguntaba ella.

En una semana presencié el encuentro de la adolescencia y la vejez a través de una película ferozmente bella “Better Things” de Duane Hopkins. En ella, con espléndida fotografía y gran uso del silencio, el director va desgarrando los velos imaginarios, los espejos, las identidades, dejándonos en una nada, que es cuerpo desprovisto de símbolos, que es cuerpo para la muerte y para el consumo.

¿Yo me llamo todos los días igual? ¿Todos los días igual?

Colegios, Residencias… lugares de normalización. Lugares para “todos igual”, donde el nombre no es creación íntima y peculiar, sino el sello determinante que viene dado por un Otro. La pasividad del viejo que es nombrado y clasificado “todos los días igual” se contrasta con el movimiento de otro viejo que un día entró en mi vagón de metro. Medio descuidado, medio delirante, se sentó a mi lado. Su cuerpo un tanto inclinado hacía adelante mirando la ventana del frente a la entrada de cada estación. De pronto la voz de una maquina sale por los altavoces del tren anunciando el nombre de la estación, ese día estábamos llegando a “noviciado”. El viejo, atento y mirando el cartel con el nombre, hablaba solo y decía: “¿no-viciado? claro, sin vicio, porque aquí no hay vicios… lo dice ahí: NO VICIADO, no viciado, no viciado”. Se le veía muy satisfecho, con su nuevo nombre y sus fachas descuidadas. Con sus fechas alborotando la línea del tiempo.

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