Lacan el judío

por Jean-Claude Milner
(Traducción: Hugo Savino)

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“La teoría de Marx es todopoderosa porque es verdadera.” Lenin escribió esta frase en 1913[1]. En Francia, en el  último cuarto del siglo XX, en la esfera de influencia de Louis Althusser, esta frase fue importante para algunos. Fui uno de ellos. Hoy, casi cincuenta años más tarde, preferiría invertir los términos: una teoría sólo es verdadera si no es todopoderosa. Más exactamente, una fórmula de lengua roza la verdad, si es suficientemente poderosa para afectar al operador todo.  O al menos suficientemente poderosa como para sacar a luz una de las grietas que la resquebrajan. Bajo el giro negativo “no todopoderosa”, oigo una afirmación, poderosa en cuanto al no todo.

Si grietas existen, eso sólo es posible con una condición. Es preciso que el operador todo,  en todos sus usos y bajo todas sus formas, no señale nunca una solución, sino siempre y por todas partes un problema. Problema de su propio equívoco, entre límites, sin límites y fuera de los límites. Problema  de la inexistencia del metalenguaje, de donde se desprende que todo cuando se menciona se pone rápidamente en uso y recíprocamente.  Problema de su estuche de sinónimos: todos en plural, todo en singular, artículo definido singular, universo, universal, infinito matemático, infinito no matemático, colectivo/distributivo, etc. También es oportuno, cuando se abordan declaraciones, sean las que sean, rastrear en ellas las vicisitudes del todo y los indicios que atestigüen que el problema no ha sido evitado.

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Una cita con Lacan – Documental de Gérard Miller

El Nombre-del-Padre: una imposibilidad de creer

Por Andrea Amendola

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Los baches contemporáneos

Pensando en el marco de nuestra sociedad contemporánea me invade una imposibilidad de creer, más allá de la declinación de la función del nombre del padre, que avanza sin precedentes, en su pulverización. Si como Lacan nos enseña, el padre es una herramienta, un instrumento, del que hay que hacer uso para poder prescindir de él, el mundo actual nos muestra la falta de ese instrumento. Herramienta que permite armar un tejido de significaciones, carretera principal que orienta por entre los sinfines de callecitas que la interceptan proponiéndose como atajos, utilitariamente más convenientes y eficaces al punto de fragmentarla poniendo de manifiesto sus baches.

Su fragmentación se hace evidente en el empuje hacia modos de goce segregativos, en donde la “parentalidad” surge como aquel neologismo que pone en suspenso al significante de “paternidad”. Hoy la función paterna se constituye en una imposibilidad de creer.

Y por allí circulan los sujetos, entre las veredas de autoridades descoloridas y límites difusos, sobresaltados por tales baches y sin poner luz de giro toman los atajos del sendero de lo parental, siendo hoy la familia la que viene a reemplazar al padre y a la madre. Claro que esto no es sin consecuencias para el niño, ¿quién es la madre? ¿la que porta el óvulo?¿Quién lo dona? o ¿Quién lleva al niño en su vientre?… ¿y cómo accede un hombre a su función de padre si su deseo no está articulado a una mujer como causa de su deseo?

Las funciones madre padre se desvanecen ante el avance de lo parental y se impone la “mismidad” o la equivalencia intercambiable en lugar de la diferencia sexual, pues tal o cual callecita me deja bien, se cree llegar por diversos senderos al “mismo” lugar.

De lo imposible de creer a lo imposible de escribir

En nuestros tiempos globalizados de mismidad, considero pertinente que los analistas debemos preguntarnos e investigar acerca de los efectos de este Nombre-del-padre pulverizado, de qué modo se pone de manifiesto en la clínica y cuáles son sus consecuencias en la singularidad de cada analizante, así como también cuáles son las posibilidades de intervención a hacer.

Las consultas de madres y padres transmiten desorientación, en ocasiones, y en otras impotencia ante lo que debe hacerse o no con un hijo, se reitera el no saber qué hacer, el cansancio, incluso el “no se cómo ser padre”. Entonces, si un padre “suelta” a un hijo quizás lo que anude sea no el padre en sí, el de la realidad, sino el padre real de modo que el niño pueda valerse de una nominación.

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“Si bailas con Joyce, la crítica será poética”.[1]

Entrevista a Zacarías Marco realizada por Hugo Savino.

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Hugo Savino: Empiezo por la palabra Tejido: Joyce como un tejido. En este caso el del Retrato del artista adolescente. ¿Para hurgar en la rajadura de la tela como dice el novelista argentino Néstor Sánchez? Un hurgar con extensiones a Molly, la mujer que dice sí, y a Bloom.

Zacarías Marco: Hurgar en la rajadura de la tela es una expresión que impacta, es una bella expresión, no he leído todavía nada de Néstor Sánchez, querría empezar por “Nosotros dos”. Sí, me parece que la expresión da por hecho la valentía de aquel que se acerca al territorio de la transgresión, quizás asumiendo que es un acto inevitable. Me hace pensar naturalmente en Lucio Fontana, pero habría que precisar que creo que aquí se trata de un sentido más bien opuesto, pues la tela ya está rota y en vez de romper, se trata de reparar, de cómo se repara el tejido, de cómo se teje reparando el descosido. Esta reparación no puede ser sino matizada, es a un tiempo fallida y exitosa. Evitar un desgarro mayor no se hace sin pagar un alto precio. Utilizo la metáfora en el título del libro porque fue utilizada por Lacan cuando habla del tipo de clínica que el concepto de sinthome alumbra y del que Joyce es el inspirador, pero, sobre todo, porque el propio Joyce la utiliza. Como sabes, le comentó una vez a su amigo Louis Gillet “cuando tu trabajo y tu vida hacen uno, cuando están entretejidos en la misma fábrica…”. Lo que yo hago es una labor de acompañamiento. Joyce hurga en su rajadura, la de su ser, y lo hace, como en esta cita, con inaudita precisión. Lo que a mí me sale es hacer un eco a esa precisión. No se trata de quedarse fascinado con el hallazgo de una fórmula reparadora sino de intentar escuchar aquello que anima a esa precisión. Partir siempre de preguntas sencillas es complicado, llegar a las preguntas más elementales es todavía más complicado. Casi espera uno que le vengan. Me pareció un reto empezar por escuchar alguna de las frases sencillas que aparecen en Retrato del artista adolescente y que te agarran por la garganta sin saber muy bien por qué. Las extensiones a Molly y a Bloom fueron inevitables al ser la expresión del proyecto artístico que desarrolla teóricamente en Retrato.

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La astucia musical de Chabuca Granda *

Por Ani Bustamante

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Llegaré a las orillas de un río de vino,

Llegaré

A borrar caminos a dormir olvidos, llegaré

En las orillas del sentido ruge un embriagado goce que no se deja negativizar. Objetando la ley de la castración se establece, así, un Otro territorio en el cual el cuerpo queda despojado de las envolturas simbólicas y los velos imaginarios. El goce que allí circula, al ser no-todo fálico, coloca al cuerpo más expuesto a lo real, al mismo tiempo que nos hace evidenciar la operación de la letra sobre la carne, como materia rítmica en la cual se forja, lo que Lacan llamó la “lalengua”.

En ese sentido, el análisis tiene que vérselas con ese sustrato material, poniendo en juego la voz, el ritmo, la escansión, de manera que podamos seguir a Lacan cuando dice que “las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir”.[1]

 Es con ese laleo con el que el sujeto trabaja en su experiencia analítica. Un análisis, dice Miquel Bassols: “tiene que hacerse con la palabra hablada, pasando por esa relación con la lengua en tanto materia fónica que atraviesa el cuerpo y que resuena en el cuerpo. Desde esta perspectiva el sujeto que habla en análisis está atravesado por la música de su lengua, por las resonancias y los ecos de la propia lengua. Cada sujeto tiene su propia lengua, su propia música, sus propias resonancias de las palabras que han ido sedimentándose en su historia.”

Siguiendo esto, cabe señalar que Lacan en el seminario 24 propone el canturreo como forma de interpretación y en “Función y Campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis” se referirá a la resonancia de la interpretación.

Me centraré en la importancia de la música que, como diría Deleuze, es la mejor vía para pasar de un territorio a otro, para demarcar ese Otro goce, femenino, vinculado al tiempo, la voz y el sonido en Chabuca Granda, con quien tejeremos una trama poético musical para mostrar el posible itinerario de una mujer frente al estrago y la salida por la vía de la astucia.

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Del goce femenino al sinthome

Por Marita Hamann

La noción del goce femenino como sustrato de todo goce es un nuevo paradigma del goce que JAM extrae de su lectura de la muy última enseñanza de Lacan, especialmente, de lo que se desprende del seminario XX en cuanto a la existencia de un goce no-todo atravesado por la función fálica, y del seminario XXIII, por cuanto las elaboraciones de Lacan en torno a Joyce permiten avizorar maneras de hacer con el goce que involucran una suerte de inconsciente real, allí donde la dimisión paterna es patente (lo que ocurre siempre en algún grado, en todos los casos).  Vale decir, no lo encontraremos explícitamente señalado por J. Lacan como tal.

Seguir leyendo:  Del goce femenino al sinthome[i].

El Nombre del Padre, su devenir y pluralización

Por Ani Bustamante

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Esta semana he empezado a dictar unos seminarios que tienen como motivo principal el estudio de las diferentes modificaciones que va sufriendo el concepto de “Nombre del Padre” en la obra lacaniana. Este asunto sirve para vertebrar el complejo y rico devenir teórico que va realizando Lacan de la mano de su clínica. Voy a escribir un texto que pueda servir a mis alumnos como brújula ante lo nuevo del discurso lacaniano para ellos. Esto me obliga a realizar un cambio en el compás de los dos artículos anteriores, salir de la escritura cotidiana, respirar profundo y abrir campo para este interesante tema.

Para iniciar la ruta, propongo llevar de equipaje la pregunta acerca de la locura…

A partir del concepto de Nombre del Padre -que empieza siendo la versión de Lacan del Complejo de Edipo freudiano- se puede seguir el hilo de la problemática del sujeto frente a aquello que lo sostiene, lo sujeta y lo libra de la psicosis. Un hilo que va sufriendo una serie de modificaciones. Así aquello que en un primer momento se proponía como “función paterna” luego pasa a ser entendido como un significante del padre y se formula como “Nombre del Padre” el cual permite la aparición de la cadena significante. Luego el Nombre del Padre pasará por una pluralización que traerá cambios importantes en la teoría lacaniana, como veremos mas adelante.

El Nombre del Padre aparece en un primer momento a la manera de un significante que garantiza la instalación de una ley en el sujeto, una ley simbólica que procura límites ante las arremetidas pulsionales, retirando al sujeto de ese lugar puramente imaginario que pretende que el yo sea macizo, completo y que la relación con el otro sea especular, es decir narcisista. A través de este significante paterno el sujeto consigue una mediación entre sus pulsiones y la realidad, a su vez que apacigua la carga de lo imaginario y su violencia. La falla o ausencia del significante del Nombre del Padre sería la causa de las psicosis. Esta primera propuesta no tiene concesiones, si no hay significante del Nombre del Padre no hay nada que pueda suplirlo y la psicosis es inevitable.

Lacan está empezando a teorizar sobre el lugar que ocupa el padre, en tanto metáfora, en tanto función, en tanto significante. Por estos años (del 53 al 63) el padre representa al Otro que garantiza la verdad y produce la castración fundamental en el sujeto. Lo que importa del padre es el nombre, es decir, se trata de la función de nominación. La primera referencia al Nombre del Padre la encontramos en: “Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis”, en ella dice Lacan:

“En el nombre del padre es donde tenemos que reconocer el sostén de la función simbólica que, desde el albor de los tiempos históricos, identifica su persona con la figura de la ley. Esta concepción nos permite distinguir claramente en el análisis de un caso los efectos inconscientes de esa función respecto de las relaciones narcisistas, incluso respecto de las reales que el sujeto sostiene con la imagen y la acción de la persona que la encarna” .

La función simbólica queda, así establecida, como aquella que atempera, con su ley, las relaciones narcisistas.

Como decía, en un primer momento Lacan propone un inconsciente basado en la idea de estructura; a este inconsciente le corresponde una base en el lenguaje y este lenguaje, como sistema ordenado de significantes, requiere de un significante fundamental que garantice el orden del sentido. Haríamos mal en pensar que el Nombre del Padre está referido a un padre concreto:

“La posición del padre como simbólico es algo que no depende del hecho de que la gente haya más o menos reconocido la necesidad de una cierta consecución de unos acontecimientos tan diferentes como un coito y un parto. Posición del nombre del Padre, como tal, calificación del padre como procreador, es un asunto que se sitúa en el nivel simbólico y que puede servir, que puede ser puesto en relación según las formas culturales, pues esto no depende de la forma cultural, esto es una necesidad de la cadena significante como tal; por el hecho de que ustedes instituyan un orden simbólico, algo responde o no a esta función definida por el nombre del padre, y en el interior de esta función, ustedes ponen allí las significaciones que pueden ser diferentes según los casos, pero que, en ningún caso, dependen de otra necesidad que de la necesidad de la función del padre, que ocupa el nombre del padre en la cadena significante” .

Es decir, el padre es una función de orden simbólico que produce la salida de la relación imaginaria primera del niño con la madre. No tiene que ver con el padre biológico sino con el hecho de que se introduzca una ley, a partir del hecho del lenguaje, que divida al sujeto de su plenitud imaginaria. Lo que está en juego en esta época es la idea de castración, de significación y de sentido.

Dentro de una clínica, como la de los primeros tiempos de Lacan, que tiene como base la estructura del sujeto a partir del significante, el problema del goce –que es aquello que no puede simbolizarse y que concierne al cuerpo- es colocado en segundo plano, pues el inconsciente de aquel tiempo es el que se propone como “estructurado como un lenguaje”. Luego no va a suceder que el paradigma basado en la estructura del lenguaje quede de lado, lo que se dará es una complejización en la medida en que el acento se coloque en el goce. La propuesta lacaniana variará entonces, abriéndose exploraciones sobre el campo de lo real -tan íntimamente relacionado al goce- en el cual ya no se operará dando prioridad a la significación y al sentido.

Esto nos lleva a pensar asuntos que sobrepasan el sistema de la lengua pero que, sin embargo, paradójicamente, constituyen al sujeto desde el goce y lo real. El concepto crucial llamado “Nombre del Padre” sufrirá una pluralización, por lo tanto la constitución del sujeto no sólo dependerá da la presencia de un significante paterno, sino que Lacan irá proponiendo otras maneras de estructuración que no pasaran ni por el significante ni por el Otro. Se termina, entonces, con este carácter Universal y hegemónico del significante del Nombre del Padre.

Y esta pluralización ¿a partir de qué experiencias y bajo qué condiciones clínicas es llevada a cabo?

Desde el punto de vista clínico, Lacan comprende que en algunas psicosis es posible que se den ciertas formas de restitución para lograr que el paciente adquiera una “prótesis” psíquica que le permita transitar con menos dolor y más orientado por la vida.

Desde el punto de vista teórico el viraje es llevado a cabo en el seminario 10: La Angustia, y específicamente a partir del hallazgo, del invento lacaniano llamado “objeto a”, el objeto a si bien ya ocupaba un lugar en la teoría, es en este seminario en donde se le vincula con la experiencia analítica y con la angustia. El objeto a representa al objeto perdido -es decir está en el lugar del vacío- y a su vez es la causa de deseo. En este sentido el “objeto a” divide al sujeto haciéndole saber de su pérdida. A partir de esto entonces, el Nombre del Padre como el significante ordenador es repensado y pluralizado, ya que su falla ya no es un asunto de vida o muerte, sino que se descubre que hay otros dispositivos que operan dividiendo al sujeto y circunscribiendo su vacío ya no a través de la castración sino a través del “a” como resto que crea deseo. En el seminario 10 Lacan propone que hay algo irreductible al significante, que llama objeto a: “ese objeto a es la roca de la que habla Freud, esa reserva última irreductible de la libido” . El objeto a opera desde lo que luego se teorizará como lo real que, en su imposibilidad, causa deseo:
“El objeto, el objeto a, ese objeto que no ha de situarse en nada análogo a la intencionalidad de un noema (pensamiento), que no está en la intencionalidad del deseo, ese objeto debe ser concebido por nosotros como la causa del deseo y, para retomar mi metáfora precedente, el objeto está detrás del deseo” .

A su vez, el “a” sirve para denominar aquello que queda como resto, como lo que queda por fuera de la significación.

No resulta extraño que sea a partir del seminario sobre la angustia que se teorice este “objeto a”, pues la angustia es el afecto que nos coloca cara a cara con lo innombrable, que no es otra cosa que este objeto a. Lacan apunta al respecto:
“designar como objeto a, el objeto hacia el que nos orienta al aforismo que promoví la vez pasada en relación con la angustia: que ella no es sin objeto. Por eso este año el objeto a viene a ocupar el centro de nuestras exposiciones. Y si efectivamente se inscribe en el marco de aquello cuyo título es la angustia, ello se debe a que esencialmente por ese sesgo resulta posible hablar de él, lo que significa, además, que la angustia es su única traducción subjetiva” .

Angustia y objeto a tienen una relación directa, de aquí en adelante no se puede pensar la angustia sin hacer alusión a él. Pensar el objeto a hace posible circunscribir el vacío de la angustia, pues no se trata de un agujero negro sin bordes, sino de un vacío enmarcado cuyo borde constituye un lugar en el que se realiza una constante búsqueda de inscripción de aquello imposible de inscribir. En el rodeo se construye la zona y los límites que posibilitan que el sujeto siga amarrado.

El objeto a mantiene una hiancia entre el otro y el sujeto, hace imposible reducir al otro al campo del Uno con lo cual queda garantizada la absoluta alteridad. Esto quiere decir que en la relación con el otro siempre quedará un resto, algo no simbolizado. Este resto a su vez causa deseo, pues este aparece ahí en donde algo hace vacío. Por otro lado al no tener nombre, el objeto a cuestiona el nombre de padre, así éste y su potencia de nombrar fracasan con la aparición del a. Esta pluralización significa que ya no se ordena la estructura a partir de un significante, sino que muchos pueden cumplir la función de nombre del padre.

Si al concepto de Nombre del Padre –como singular- corresponde un modelo estructuralista, su pluralización en Los nombres del padre corresponde no a la estructura sino a la lógica y a la topología. Esto porque en la estructura el Nombre del Padre es un significante que ordena la cadena, lo cual significa también que, bajo esta perspectiva estructural hay relaciones –la estructura se basa en eso- hay un encadenamiento, una relación entre significantes, entre el sujeto y el Otro. Mientras bajo la perspectiva plural de Los nombres del padre ya no se trata de un significante, ni de la relación entre ellos, sino de una función de anudamiento. No se trata de relaciones, sino de imposibilidad de relación ya que estamos bajo un paradigma que prioriza lo real y el goce y estos tienen que ver con lo que está por fuera de la cadena o con lo que se conceptualiza como el Uno. Este Uno es una fórmula que significa que ya no hay relación entre significante uno (S1) y significante dos (S2), quedándose el Uno separado y solo. Por lo tanto el concepto de Otro como garante de la verdad desaparece. El hecho de trabajar con la topología del nudo borromeo hace que lo que sostenga al sujeto no sea visto en términos de mantener ligada la cadena significante (S1-S2…) sino en la posibilidad de que Real, Imaginario y Simbólico estén anudados borromeanamente.

Hasta aquí hemos hecho este breve recorrido para poder señalar el movimiento de la obra lacaniana y su búsqueda e interrogación sobre aquello que posibilita que el sujeto se sostenga y pueda hacer algo con el vacío que lo habita. La pluralización en los nombres del padre tiene que ver con las múltiples formas que va encontrando Lacan para suplir la falla del Padre. Él propone en su seminario RSI que lo que hace posible que un nudo sea consistente es que exista un nombre del padre que lo mantenga unido:

“Nuestro Imaginario, nuestro Simbólico y nuestro Real quizá están para cada uno de nosotros todavía en un estado de suficiente disociación para que sólo el nombre del padre haga nudo borromeo y haga mantener junto todo eso, haga nudo de lo Simbólico, de lo Imaginario y de lo Real” .

Al final de su obra Lacan se ve en la necesidad de dar un paso más y plantear un cuarto nudo dentro del borromeo. De tal manera que si el nudo de a tres falla, si se desata o amarra mal, esto podrá ser reparado a través de lo que Lacan llama una suplencia. Hará falta un cuarto nudo para rearmar el nudo de tres y mantenerlo unido, ese cuarto nudo será pensado, en la última época de la teoría lacaniana, en el lugar del nombre del padre y lo llamará “sinthome”.

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