Goteo

Por Mónica Arzani

goteo

Nadie quería alcanzarme hasta el embarcadero de la quinta isla. Solución, terminé pagándole el doble a un pescador que desestimó los riesgos. Le indico por donde tiene que ir, me dijo, y me voy sin pisar tierra, aléjese rápido del agua, de noche la marea crece rápidamente, la familia que va a visitar perdió un hijo en la creciente de este año.

Desde la lancha divisé el camino, cubierto de malezas en algunos tramos. Sin intimidarme seguí sus movimientos de serpiente y juntos subimos la cuesta. El ocaso despojaba de color a la casa de la colina y los restos del día se fundían con los de ella, la misma que en el pasado había desplegado su soberbia sobre el bosque de álamos y que hoy se iba apagando como la tarde. Pensé que nunca más tendría recuerdo de otras tardes, como si esa hubiera quedado presa en mi memoria tapando las otras. Transcurría el otoño. Fui a buscar a Isolina, mi hermana me había escrito para pedirme que la acompañara al noviciado. Empujé la puerta de reja que estaba abierta. En el patio delantero un solcito tibio defendía su espacio entre mojones de sombra. Algunas flores comenzaban a cerrarse, la casa también, como si mi presencia le fuera ingrata. Era la casa de mi infancia, poblada de corredores muy largos, testigos mudos de cosas inconfesables. Miré el fondo, se había convertido en un matorral salvaje. La oscuridad se iba instalando, sin embargo pude distinguir en el patio de la pérgola una canilla que goteaba. El agua al caer creaba murmuraciones muy particulares. Entré al zaguán, mi sobrina oraba con tal consagración que sólo podía ser producto del destino. Soy sacerdote, conozco la devoción. Isolina no me escuchó entrar. Desde la sala llegaban balbuceos indescifrables, decían palabras que no terminaban de salir. Seguramente mi hermana había llevado la bandeja con la cena, había que comer temprano, deberíamos partir antes del alba, el convento quedaba muy lejos. El día caía como las gotas de la canilla del patio. Todo era silencio, todo se metía en la oscuridad. Observé a Isolina, su cabeza de niña era también su cabeza de anciana, coronada por la túnica blanca que ya no se sacaría. Las voces de la habitación contigua comenzaron a deslizarse de otra manera más comprensible y pude distinguir claramente la de mi hermana y la de mi cuñado. El toc, toc de la gota al caer acompañó el diálogo todo el tiempo y un clima de irrealidad envolvió la escena. Después recordé que había escuchado ese caer susurrante desde niño, porque era tan antiguo como la casa.

Las palabras comenzaron a llegarme a través de la pared que comunicaba el corredor con la sala, podía oírlas entre respiraciones entrecortadas: mejor ni lo pienses/ sí en estos casos…/.hay que recordar que la mujer que es ahora guarda la niña que fue/ parece agradable, si así se lo piensa/no, no podrá soportarlo, parece abrumada por la tristeza/es otra cosa lo que quema y quema/ mejor no pensar, fallarán las blasfemias y también los abrazos/ si se quedara allí dentro de ella podríamos…intentarlo/ ella está enferma de imaginación /cualquier pregunta parecería innecesaria/ ¿no? /se resiste a que alguien profane sus líneas tersas, su cuerpo no perdonaría ser profanado/ es frágil, se desliza por la vida/ él ya no está/ relativo, él fue el disfraz que le exigimos a cambio de nada, debemos retroceder, nuestra mano no debe pesar en sus decisiones/ él la rodeó hasta hacerla sentir que existe/ pero ella se condenó, no pudo crear el olvido…

Los pasos apurados de mi sobrina acallaron las voces. La penumbra del pasillo se estaba tragando todo. Las cosas evidentemente se mostraban a otros ojos, mejor no insistir.

Consumimos despacio una cena muda. Después, elegí para descansar el dormitorio que daba al patio de la pérgola. Siempre había sido el mío. Mañana los padres de Isolina nos mirarían bajar la cuesta camino al río, era el segundo hijo que no volverían a ver. Mi sobrina había elegido tomar lo hábitos en una orden de clausura.

La canilla goteó todo el tiempo, también el ardor de mi deseo goteó durante toda la noche.

Nunca debí volver.

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Zapato roto

Por Andrea Amendola

Vincent van Gogh-Un par de zapatos

Vincent van Gogh-Un par de zapatos

-Yo me voy con vos papá. -Levanto la cabeza y lo miro a los ojos, algún día creceré y seguro vaya a pasarlo. Con ocho años soy bastante alto, no me falta mucho para ser como él. Me gusta parecerme a él. Pero él no me mira, tiene el ceño fruncido, prende un cigarrillo, se lo mete entre los labios y lo aspira como quien huele por última vez un jazmín, un poco marchito, un poco caído de su tallo. Fuma, cada vez más. Revisa los billetes que tiene en su billetera. En mi casa todos fuman, menos yo porque soy chico. A veces me duele el pecho, pero creo que si respiro con la boca abierta, para que el humo no me entre por la nariz, los pulmones quedan más protejidos.

¿Conmigo? Pero… la idea era que te quedes con tu madre Augusto, donde me voy con Mari y las nenas de ella no hay mucho lugar.

-¡No papá! No me quiero quedar con mamá, me quiero ir con vos. Lo abracé por la cintura, él no me abrazó, pero se quedó quieto, seguro lo sorprendí.

-Listo, venite pero vamos viendo.

Me sentía tan feliz de que me quiera llevar con él… a veces, no se por qué siento que le molesto. Cuando almorzamos juntos, los dos solos, porque mamá está trabajando en el geriátrico, no me habla. Mira la televisión, el noticiero, siempre. Acomoda los cubiertos, bien derechos y pegaditos a los costados del plato. Me encanta cuando cocina pollo frito con ajo. A mí no me cae bien, el ajo. Pasa el pan por el plato, para que el aceite frito se meta adentro de la miga, junta el dedo pulgar derecho con el índice de la misma mano, aprieta el gajito de ajo, lo deja plano como mi almohada, que de tan gastada parece la etiqueta de mi cuaderno de tercero. Lo envuelve con la miga, y lo tira al fondo de su garganta, no lo veo masticar. Un vaso de vino y… ¡al centro! ¡Glup!

Allá en José C. Paz no era tan lindo como por mi barrio, Hurlingam, pero lo lindo era que estábamos todos juntos, las nenas, Diana y Lucía, mi papá y Mari, su nueva mujer. Mari iba todas las tardes a visitar a su mamá al geriátrico de mi tía, en donde trabajaba mi vieja. Pero ahora que mi papá la dejó no se qué pasará con doña Tita, tal vez se quede ahí o tal vez le busquen otro lugar, como a mí. Mi papá me buscó otro lugar.

Mi papá usa unos zapatos muy viejos, tanto como el colchón de mi nueva cama. Puedo sentir, como cada tirante de madera sostiene cada hueso de mi espalda. A veces, imagino que estoy recostado encima de las teclas de un piano gigante, tarareo las canciones que me gustan, pienso que es divertido dormir así, con ese colchón invisible. Mi padre tiene muchos gastos ahora que somos cinco.

Cuando comemos, me sirven último y, a veces, Mari no calcula bien la cantidad de sopa y me toca medio plato, o sólo un té con pan.

-¿Augusto, estás bien?

-Sí papá, es que no se por qué tengo tanto sueño, me siento flojo, no puedo hacer las tareas de la escuela. El pantalón que me traje de casa me queda grande, se me cae.

-Vení, vamos a acostarte, estás muy flaco.

-No trajiste mis remedios para el asma papá.

-Quedate tranquilo, acá se te va a pasar todo. Vos no tenés nada. Es tu madre la que te mete esas ideas estúpidas de maricón.

-Pero papá, el doctor Puig dijo que tengo grado severo de asma y…

-Ese tipo no sabe nada, vos haceme caso a mí.

Mi padre sabía mucho de todo, por eso yo lo seguía, porque levanto la cabeza y lo miro a los ojos, me gusta parecerme a él, saber mucho de todo. Sus zapatos viejos son número cuarenta, mañana cumplo nueve años y ya calzo treinta y nueve, dentro de poco vamos a calzar igual. Dentro de poco. Uno de sus zapatos, el izquierdo, tiene un agujero justo arriba del dedo gordo. La media puede verse sin problemas. La ropa me sigue quedando grande, cada vez más. Algo me pasa, no me siento el mismo de siempre. Debe ser que estoy creciendo. Últimamente tengo dolores de panza y mucha tos. Extraño el paf que el doctor Puig me daba, podía sentir cómo cada uno de mis pulmones se estiraban, dejando que el aire me refresque desde el pecho hasta el alma.

-Augusto ¿y estos zapatos?-Pregunta mi padre, mientras revisa la mochila que me traje de casa.

-Ah, sí, son los zapatos que me regaló la tía Elvira, me dijo que seguro dentro de poco podría usarlos, son cuarenta, como usás vos papá.

-Pero… ¡estos zapatos son de viejo, hijo! Mirá, vamos a hacer una cosa, yo te voy a dar los que tengo puestos, así vas practicando ¿sí? Y yo me voy a quedar con éstos, así cuando ya estés acostumbrado, te compro unos más de pibe.

-Buenísimo! ¡Gracias viejo! Estos zapatos, son “sus” zapatos. Y ese zapato roto ahora iría conmigo. A veces siento que le molesto a mi padre, pero espero que después de este trato de hombres, esté por fin orgulloso de mí. Levanto la cabeza y lo miro a los ojos, algún día creceré y seguro vaya a pasarlo. Con nueve años soy bastante alto, no me falta mucho para ser como él. Me gusta parecerme a él. Pero él no me mira, tiene el ceño fruncido, prende un cigarrillo, se lo mete entre los labios y lo aspira como quien huele por última vez un jazmín, un poco marchito, un poco caído de su tallo. Fuma, cada vez más. Revisa los billetes que tiene en su billetera. En mi casa todos fumaban, menos yo porque soy chico. A veces me duele el pecho, pero creo que si respiro con la boca abierta, para que el humo no me entre por la nariz, los pulmones quedan más protejidos.

Ha pasado el tiempo, soy de cuarenta y lo pasé de alto. No soy como él. Salvo por el pelo enrulado y la nuez prominente que asoma desde mi cuello. Hace tiempo no lo veo, no me gustaba que no me mirase. Creo que como padre ha estado bastante caído, como el tallo de un jazmín marchito. Recuerdo el zapato roto. Me descubro con el seño fruncido, sabiendo mucho más que él, sabiendo que fue en ese querido zapato roto, en donde clavé mi ancla y toda mi necesidad de hacerme de un padre. Me aferré al agujero de no tenerlo más que roto, como el zapato.

Hoy, como algunas tantas veces, me duele el pecho, pero creo que si respiro con la boca abierta, tal vez, me pueda doler menos.

El impostor

Por Mónica Arzani 

Prendergast, Revere Beach 1896

 Hoy no vino. No siempre viene, a veces pasan días, semanas, antes de que se aparezca. En cuanto lo veo mi pensamiento se agita. Ya conozco su procedimiento. Se pasea por el balneario, observa las carpas, los movimientos de los inquilinos y si hay alguna desocupada, se adueña de una mesa con la silla y comienza a escribir. Los vecinos lo conocen, pero ninguno repara en él. Su testimonio oscuro sale de la sombras y atraviesa el tiempo hasta volverse intemporal. Mudo y arcaico escribe, escribe. Parece una visión que desembarcó de un sueño. Alguien dijo una vez que se trataba de un agente de la KGB deportado a la Argentina. Su ritual nunca caduca, después de escribir unas pocas líneas, arranca la hoja del block y atrapado en un alud de ardor y pesar la destroza, para arrojarla al tacho de desperdicios. Se marcha enseguida, con paso enclenque a continuar con el ciclo del eterno retorno. Un día rescaté entre los demás secretos del cesto de residuos, lo que después descubrí era una carta sin terminar. Los caracteres pertenecían a la lengua rusa, la carta estaba fechada y contaba con dos nombres femeninos, Rusia e Irina. Fue suficiente. Mis manos redoblaron la apuesta, enlazarían los nombres y surgiría la historia, una historia de escaleras antiguas y silencios ásperos entre palabras. Tengo papel, tengo lapicera, solo necesito aislarme en mi imaginación.

Querida Irina: Creo ver tu rostro en el humo que produce la monotonía del calor en esta playa, tu recuerdo me está deshabitando fácilmente. Fueron muchos los grises intentos que trataron de rogarte el perdón, de esperar por una absolución que nunca llegaría. Mi frente está limpia de sudor y mis ojos cargados de llanto seco, todo a mí alrededor transcurre con la lentitud de una pesadilla. Yo no era libre Irina, me debía a la patria, ¡Cuánto hubiera dado por conocer un lenguaje donde la palabra patria no existiera! Las personas en nombre de los ideales somos capaces de grandes aberraciones. No pude retroceder, tuve que traicionar tu suave frescura de magnolia.

Esa mañana te veías serena, ni una lágrima, ni un temblor, el cuerpo enhiesto hasta que las balas cumplieron con su destino. Recuerdo que tus ojos me buscaron hasta atrapar lo míos, después dejaste caer tu mirada sobre la tierra.

Me siento avergonzado ante mi propia turbación. La culpa como un roedor maligno hizo de mí un animal avaro, arder es mi reposo. No retrocedas de mí Irina. Yo amé tu escote siempre desnudo y tu mirada de paloma entristecida. Debí hacerlo, hoy me alivia saber que pude, para eso me entrenaron. Pero no, no me hagas creer que fui yo, Irina. Me gustaría llorar bajo tu mano, mientras acaricias mi cabeza.

Él volvió a la playa unos días después, durante una tarde que parecía detenida por lo atemporal y quieta. Yo abandoné mi reposera, me acerqué y le tendí la carta. De su parte no hubo pregunta ni gesto alguno. De la mía tampoco. El hombre sabía que simplemente era lo que debía ser y lo aceptó.

Y yo me quedé mirando cómo se alejaba hacia el sur buscando la tormenta. En segundos lo enmarcó un cielo en sombras hasta que su figura se perdió en la oscuridad fría y amenazante.

Nunca lo volví a ver.

 

Ella tenía colillas de invierno en los ojos

Por Victor Pasco

Victor Pasco

Tu voz. Tus voces / Tu rostro. Tus rostros.

Vienes a mí con tus mil disfraces; eres la serpiente, la manzana, la locura hecha cápsula que se diluye en mi estómago a la hora en que el cemento deja de quemar y las criaturas atormentadas vagan por el mundo en busca de un instante de paz.

Vienes a mí y yo soy solo un cadáver. Un rinoceronte en descomposición que es presa de las viejas aves de rapiña. Solo eso, un esqueleto a tu disposición: nunca iré a ninguna parte.

Y sin embargo estoy yéndome en la marea que se acrecienta. Estos ríos nunca saben cuándo es suficiente y tú tampoco lo sabes. Si pudieras salirte de mi cabeza, dejarme solo y no hablar más. Pero sigues ahí, hablando tan fuerte y coherentemente que no me dejas otra salida que no sean los somníferos.

¡Mayday!, ¡Mayday! Estamos cayendo, tenemos un ala rota y estamos en picada. ¡Maydar! ¡Mayday!

El día hace un sonido perturbador al chochar con la noche. Y la luna y el sol se encuentran un instante en medio de esta estación perdida que no lleva a ninguna parte. Y las estrellas desorientadas ofrecen su mejor luz. Y en medio del choque alguien canta, alguien deja salir al demonio que lleva dentro y es puro color en medio de la nada…

Y las voces siguen su parloteo en mi cabeza. Siempre en el mismo tono demandante. Ahora que saben dónde debo cortar, dónde debo dejar caer la navaja, han aumentado sus reclamos.

¡Mayday! Estamos cayendo….

Vienes a mí y yo ya tengo el cañón en la boca. Eres la manzana loca que luego del primer mordisco me abandona en una ciudad perdida al sur del primer pecado y al oeste de la primera experiencia sexual a los trece años…

Vienes a mí y bailamos con las ninfas antes de su sacrificio. Coincidimos con Dionisio al destapar todos los pecados. Sin duda eres mi séptimo sello, el final de los buenos tiempos. Y sin embargo cuando me miras a los ojos te creo, creo que todo lo que dices es verdad.

¡Mayday! Nos estrellamos…

Playa Itzbu

Por Mónica Arzani 2675281

Recuerdo el día de la ceremonia, mi cuerpo desnudo frente al espejo, un cuerpo infantil, sin protuberancias femeninas, casi cubierto por mi cabello oscuro. La abuela me ayudó a colocarme la túnica y me acompañó hasta la entrada del bosque, era en la escollera de la playa Itzbu en donde debía esperarlo. En mi mano llevaba el ramo de novia, hecho de azucenas. Yo avanzaba despacio, tan serena y pálida como cualquier otra flor de mi ramo.

La luz cegaba mis ojos recién salidos del sueño, me había despertado apenas despuntaba el día. No sabía qué hacer con mi miedo y cuando miré el cielo con mirada de infancia, lo vi. Desplegaba una danza perdiéndose en las miles de formas que dibujaban las nubes, para volver a aparecer oscuro y vigoroso.

Él sabía perfectamente que hacer, a pesar de no ser de mi especie y hundió su pico en mi entrepierna para envestirme rítmicamente hasta flotar en la untuosidad de mi sangre.

Pasaba el tiempo y los sangrados se repetían con regularidad pero esta vez llenaban mi cuerpo de silencio y de tristeza. A pesar de que mi esposo cumplía ampliamente con los deberes maritales, yo no concebía. Un jardín sin frutos, como decía la abuela.

Hasta que un día las sábanas hablaron por si solas exhibiendo simplemente su blancura.

Sí, nuestra unión había sido bendecida por una maternidad múltiple. Después de empollar varios huevos, nacieron pajaritos muy pequeños, plumones amarillos en nada parecidos a mi fornido esposo pero como resultaron muy bulliciosos, decidimos no conservarlos. Por suerte el padre se ocupó de todo sin requerirme para nada.

Unos meses más tarde tuve un niño con características humanas, pero pasado un tiempo nos dimos cuenta que de su boca no más salían trinos y terminamos por regalarlo a un circo que un día de tantos apareció por el bosque.

A mi pájaro lo enojaron mucho estos tropiezos, parecía rasgar los cielos cuando volaba. Así fue que iba amaneciendo un día, cuando me dijo: te devuelvo a tu casa. Es demasiado temprano, le contesté. Te devuelvo igual.

Monté entonces su lomo esponjoso que guardaba todavía el aroma de mi cuerpo y del que me exiliaría para siempre y partí.

A vuelo de pájaro, fugaz como una ráfaga fui depositada en el umbral de la que volvería a ser mi casa, yo y mi pequeña vida. Y él se hundió sólo, en el horizonte púrpura del comienzo del día.

El resto de mi vida fue del color de los pétalos secados en la estufa. Transcurrió tranquila. Esposos, separaciones, hijos. Pero cuando el silencio y el espejo me amargan el día, me llego hasta la ventana y balbuceo su nombre mirando los cielos.

El umbral

Por Mónica Arzani

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…era, el nuestro un simple y silencioso matrimonio de hermanos.

Julio Cortázar

Estoy frente al umbral de la casa. Con una mirada en los ojos, espero. Traigo la sed de la viajera, pero será inútil golpear a la puerta. Probablemente esté esperándome Irene, ovillando la lana, como siempre. Él no sé si estará. Necesito salvarme de esta quemazón que no cesa y sé que puedo hacerlo atravesando el umbral para usar el llamador. Pero no. Voy a fingir. Simular que no tengo nudos en la sangre, que este cuerpo mío no se pone insoportable como viento en el desierto. Sé que Irene me abriría la puerta, se sentaría comodamente en el sillón, me pediría que le sostuviera la madeja para convertirla en un ovillo y después de decirme lo encantada que está de verme, me hablaría de su hermano. También podría entrar forzando el portón de atrás y hacer de esta casa mi morada, convertirme en la intrusa, acostarme en la cama y pasar a ser sólo una plegaria, para que él no me vuelva la cara y no busque una posición cómoda para dormirse sin hablarme.

El cuaderno

 Por Mónica Arzani

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La tarde se escurre entre el sonido del oleaje y la playa desvastada por los vientos y los guijarros. Estoy sentada en el banco de la galería, haciéndome preguntas, como siempre. Tengo sed de vida y eso me lleva a interrogarme. Ayer la familia, desoyendo mis palabras, vació el cuarto de la abuela. En el baúl, entre vestidos carcomidos y fotos que ya no recuerdan nada, apareció un cuaderno de tapas de hule y hojas amarillas y musgosas. Es justamente ese cuaderno el que hoy descansa entre los pliegues de mi falda y del que estoy tocando la viscosidad de sus páginas. Un goce blando me embiste, a pesar de que los caracteres del cuaderno resultan ilegibles en medio de esta galería ganada por las sombras. No me resigno, nunca lo hago y bajo al sótano para buscar una linterna. Ya estoy alumbrando la privacidad del cuaderno y aboliendo distancias, abro sus celosías y puertas imaginarias. Camino su intimidad y no puedo creer lo que frente a mí se muestra, bajo la maraña de la primera escritura hay otra. ¿Palimpsesto? Como un río subterráneo corre la otra historia. Van cayendo los velos. Todo cobra vida. Todo se convulsiona como antes en esta noche calma. Los golpes en la puerta de entrada, las amenazas, los rezos de la abuela, los pasos marciales buscando a Adrián por toda la casa, los llantos de mamá, la palidez y fragilidad de Adrián, escribiendo hasta último momento, guardando el cuaderno, para dejar su testimonio. Después el adagio de sus gritos vibrando hasta el final, aunque parecía no haber final para el dolor de su carne lacerada. Corro por la playa gritando tu nombre, Adrián, gritando por vos, por mí, por todos.

Casa de tormentas

Por Mónica Arzani

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 Cuando compré la casa estaba deshabitada. La había visitado dos veces, una de ellas fui con mi familia, mi esposa y el niño, para ser más preciso, bueno sin contar a tía Elena, una viejita pequeña, con huecos en su memoria y que solo pasaría una temporada con nosotros.

Era la casa pensada desde siempre, ni quejosa ni temible, todo lo contrario desde el momento en que la vi, la supe como un abrazo blando. El día que nos mudamos aprecié su empeño por mostrarse sola, desvelada, en medio de un cosmos inasible.

La música de los jardines abandonados se nos fue acercando como un reclamo, de pronto el cielo cobró una voluptuosidad de espuma y llovió. Llovió como una noche, como una respiración, como una fiebre. Llovió.

Llovió ese día y el otro y el otro. El pueblo estaba alejado y no había casas vecinas por tanto tardamos un tiempo en considerar que solo llovía en nuestro predio.

Mary y yo no estábamos dispuestos a renunciar a la casa aunque sabíamos que no se trataba de un simple fenómeno meteorológico; a la luz de los hechos esto era una condena que en nada se parecía a la realidad.

Una noche el cielo se cubrió de desmesuradas nubes clandestinas. Nosotros desoíamos los truenos con altivez, pensábamos resistir mientras acariciábamos la vida que dormía en su cuna. Los dos compartíamos la sabiduría del silencio. Claro está que no fue por mucho tiempo, esta vez llovía en la sala. Escampó en unas horas, dejando charcos sobreabundantes y la muda presión de las gotas de agua que se deslizaban por las paredes y los muebles,  una niebla agrisada y feliz nos fue expropiando todos los espacios de la casa, no hubo rincón que  quedase seco.

¿Y si hiciéramos ver los techos, total que llueva afuera que nos importa?, dijo Mary.

El insomnio y la propia desazón habían infectado su razonamiento. Yo por mi parte le escribí a tía Elena, que llegó dos días más tarde a fin de contarle lo sucedido. Las dos mujeres pensaban que se trataba de algún desperfecto, aún no descubierto. Ante la insistencia de ambas, decidí contratar personal para que examinara hasta la última teja del techo. No encontraron avería alguna. Ya nada quedaba por hacer. La casa parecía reclamar el goce de su soledad y su abandono. Salimos cuando atardecía, sin tía Elena. Ella argumentó, con su voz de campana silenciosa, que había tantas lagunas en su cabeza que podría sortear sin dificultad el agua encharcada en el piso de la casa. El desangre del poniente nos dio miedo. Un simulacro de canto de pájaro nos acompañó hasta salir a la ruta.

Inesperadamente equivocada

Por Mónica Arzani

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No sé si fue a causa de la mañana desierta o del sol tan gentil que había salido para cegarme o si fue que llevaba tres noches de insomnio, pero lo cierto es que ocurrió lo inesperado, lo terrorífico. No fue el desborde de un río, tampoco una tormenta ni un hecho de sangre: es que me equivoqué de tren. Y me di cuenta lo equivocada que estaba cuando el inspector me pidió el boleto. Señora este tren se dirige a, y dijo un nombre que no comprendí. ¿A dónde?, le pregunté, y me repitió lo que tampoco pude entender. No insistí con la pregunta. Simplemente en un silencio, quebrado por los cuchillos de los pasajeros, los gritos de los vendedores y los ruidos del tren, me limité a mirar por la ventanilla con ojos de perplejidad. El paisaje se extendía enrarecido y lúgubre. Llovía; era un sucio atardecer, gastado y turbio. Creo haber cabeceado, hasta que la cara me quedó oculta en la falda de mi vestido; tenía la piel húmeda como la de una fugitiva cuyos días son tan breves que apenas deja una huella liviana  sobre el sendero. Cuando abrí los ojos aparecieron algunas estrellas, casi invisibles, y el canto pantanoso de esa realidad me fue envolviendo lentamente.

Desperté cuando el tren dejó su latido férreo en una estación cualquiera. El cartel indicador estaba borrado. Igualmente bajé. Enviaré un telegrama, si es que lo aprueban, pensé, y me senté en el escalón a esperar el tren de vuelta. Lo tomé sin esperanzas. Soy una mujer que desafía la imposibilidad y que siempre pierde la partida. Estoy desanimada. Una pasión sin fin me corroe: repetir, repetir, repetir…….

El Ángel

Por Mónica Arzani

Cuando desperté, el Ángel estaba sentado en mi almohada, lo toqué con mis dedos de insensata y lo miré como una sonámbula en ebullición. Él se acercó puso sus labios sobre uno de mi oídos y me preguntó si podíamos procrear. Yo vi su sexo muy boscoso y algo interesante y accedí.

Pasaron las horas, los días, los meses, los años y yo sin poder parir ningún vástago.

Una mañana estaba recolectando la cosecha y a pesar de mi flaca visión vi desplazando jirones de nubes a una cuadrilla de ángeles hermosos, transparentes agrupados en racimos trémulos. Era a mi Ángel al que veía con una hembra sobre su lomo, rodeado de infantes gozosos de volar.

El silencio se cerró sobre mí, como una serpentina roja.

Un día un gemido extraño se paseó por mi boca, era como si me doliera o me dolía, abandoné entonces el lecho, me ubiqué en cuclillas sobre la alfombra y di a luz. El pequeño había permanecido oculto en mi cuerpo durante todos esos años, sin embargo no le guardé rencor, fue una chispita de sol en mi vida. No había terminado de devorar la placenta cuando vi suspendido en la atmósfera a mi Ángel con su hembra, en un centelleo tal que no los vi acercarse. Cuando pude distinguirlos me miraron acentuando una postura solemne. Nosotros vamos a criarlo como Dios manda les escuché decir y se zambulleron en su mundo con mi niño en los brazos, tan soberbios como un bloque de mármol blanquísimo.

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