La ficción, el amor y la muerte (parte I)*

El arte teatral, configura una forma estéticamente lograda de simbolizar la castración, dado que las escenas dramáticas plantean en su verdad los conflictos más esenciales y rodean los núcleos traumáticos residuales de la historia libidinal, con un placentero borde erógeno, hecho de bellas metáforas poéticas.

De modo que las prácticas artísticas posibilitan la resolución sublimatoria de   los goces residuales, que a través de su insistencia pulsional repetitiva, horadan la coraza defensiva del Yo y desestabilizan al sujeto.

Así, escribe Badiou (2005:89): “Aferrado desde lo alto a las formas más sofisticadas del debate de ideas, el teatro organiza la energía que proviene de abajo, del
pantano de las pulsiones, de todo lo real subjetivo que todavía no ha sido simbolizado”.

El teatro posibilita exponer en la escena, a través de las acciones dramáticas, los profundos conflictos existenciales irresueltos -efectos de   los deseos incestuosos reprimidos y los goces repudiados más esenciales- , que siempre pugnan por encontrar canales sintomáticos de expresión, cuando el sujeto carece de eficaces mecanismos sublimatorios de resolución.

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DEVENIR NIÑO*

 El niño, así como el filósofo, nos presenta la dimensión de apertura de la vida, un nuevo inicio se abre con cada pregunta que ambos: filosofo y niño producen. La infancia es apertura hacia lo nuevo, hacia lo que aun no tiene nombre, y en ese asombro empieza a rodar la vida, el deseo y la ilusión. No sin angustia iniciamos el relato, balbuceando una lengua extraña, que nos resuena en el cuerpo con sus partículas sonoras, aun indescifrables.

La vida latiendo, sonando, rugiendo. El niño en puro asombro abre la boca tomado por la sorpresa de lo nuevo…

Había una vez… y otra, y otra. Y en cada vez, un hilo que nos ayuda a tejer la trama. A su vez, los cuentos infantiles ponen en evidencia La eterna repetición de un nuevo comienzo, (lo que se repite es la diferencia) y esto nos lo enseñan los niños, en tanto inauguran en carne propia una vida aun con pocas codificaciones y sobredeterminaciones.

Pienso la infancia como una etapa de desarrollo por la que todos hemos pasado y cuyo recuerdo inventamos-narramos constantemente, pero también la pienso como una geografía, como una zona en la que podemos situarnos. Es en este punto en el que la literatura puede ser absolutamente imprescindible, en tanto a través de sus tránsitos y flujos nos lleva a la experiencia de apertura de zonas nuevas.

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“LA FOTOGRAFÍA TIENE UNA FUNCIÓN DE CONECTIVIDAD”. Entrevista a Alejandro León Cannock

Por Ani Bustamante

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El nuevo Portal El arte y el diván  es un espacio para explorar en las distintas artes, a partir de una mirada psicoanalítica, ya que, desde siempre, ambos quehaceres parten, a la vez que se dirigen, a interrogar eso extraño que habita en el centro mismo de la existencia, lanzándonos a una condición de extranjera con nosotros mismos.

Comporta hoy, una entrevista que hice al fotógrafo y filósofo Alejandro León Cannock, quién además tiene una columna en dicho portal


En la actualidad no interesa lo que representa la imagen sino lo que la imagen permite hacer en términos de conectividad en estas nuevas comunidades virtuales de las redes sociales, reflexiona en la presente edición de El arte y el diván, el filósofo y fotógrafo Alejandro León Cannock, quien categóricamente señala que la fotografía hoy en día es “tan cliché que sin duda colabora en mantener el pensamiento en una especie de opio”.

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Fuente: El arte y el diván

Homenaje a M. Duras (Lacan 1965)

Por Ani Bustamante

Empecé a leer el Arrebato de Lol V. Stein hace unos 15 años, muy entusiasmada por el hallazgo de una escritura que subvertía el orden clásico. Sus fragmentos me causaban, al comienzo, una suerte de vértigo que empujaba a más, sin embargo la lectura se me fue haciendo cada vez más cuesta arriba, la angustia aumentaba junto con la desorientación y, hacia la mitad abandoné la novela. Efectivamente, quedé perdida y no pude sostener ese “no saber quien es quien” que arma nudos y texturas constantemente en el texto.

Luego de haber dejado inconclusa la lectura, pasó algún tiempo (no serán 10 años) hasta que llegó a mis manos “Escribir”, un texto pequeño de M. Duras, lo leí casi embriagada, raptada porque ponía en acto aquello que dice Lacan en su Homenaje: “Que la práctica de la letra converja con el uso del inconsciente”, la letra de Duras roza lo imposible, gira alrededor de él:

“un libro abierto también es la noche”

Llega ahora el momento de reanudar el Arrebato, mediada por Lacan.

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Entre filosofía, psicoanálisis y arte. Conversación con Ani Bustamante.

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Libertad bajo palabra es un programa de radio de la universidad Antonio Ruiz de Montoya  conducido por Arturo Sulca y producido por Michael León. Hace unos días me entrevistaron y quedé gratamente sorprendida por encontrar un espacio así de rico, complejo y abierto, que apuesta por recorrer los saberes y sus bordes, sin temor a la marginalidad de aquello que no ha sido etiquetado por la academia, sino, más bien, sustrayendo de ese lugar, la palabra libre, que nos da siempre la posibilidad de recrearnos.

En esta emisión conversamos sobre Fernando Pessoa, Chabuca Granda, y otros “acontecimientos” que convocan mis pasos desde hace ya muchos, muchos, años. Cito un fragmento del programa:

“Pessoa, en su búsqueda de sentido para las sensaciones, descubre las grietas en la representación y la incapacidad estructural del sujeto para tener un conocimiento directo del mundo. La escritura de Pessoa puede entenderse como una suplencia del “nombre del padre” que opera sujetándolo ante la problemática de unos goces vertiginosos con la nada, la melancolía y el no-ser. Pessoa hace síntoma en la escritura, en ella crea otredades, divisiones, intervalos. Juega, despersonalizándose, a construir algo ahí en donde hay un vacío. Es decir, a través de la escritura se las arregla con el vacío asumiendo la falta estructural del sujeto y en ella hace obra.

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Resonancias adolescentes

Por Ani Bustamante

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fotograma de “Los 400 golpes”. F. Truffaut

Muchas veces a la deriva y sin cadenas, el adolescente se encuentra en medio de escombros significantes, en ese lugar de umbral en el que los viejos nombres no cubren el despertar y su desasosiego, y lo nuevo no es aun conjugado con lo imposible de significar que adviene. Tiempo de salir de la casa paterna y abrirse al Otro social, no sin transitar por un incierto intervalo por el que resuenan los ideales y sus declinaciones. Lo que transita no cabe en el cuerpo del lenguaje, ni en el espejo que ahora parece opaco y hace evidente ese agujero en la representación que lo lanza al exilio. Exilio de la lengua que sin embargo puede ser también la posibilidad de un reanudamiento a través de la letra (La adolescencia en Rimbaud es paradigmática, pero no menos las versiones actuales a través del hip hop, como bien señala Lacadée)
Si el saber ya no se ampara en las garantías del Otro de la infancia, el adolescente transita entre la crisis de las identificaciones, los temblores pulsionales y la falta que puede traducirse en exceso de referentes. Lacadée deja clara la necesidad que tiene el adolescente de encontrar “el lugar y la formula”¹ a través de un vagabundeo que, a modo de acto, refleje el intento de separarse de los determinismos de un mundo colapsado, y la necesidad de fundar un nuevo lugar.
En este sentido, la famosa frase de Benjamin me deja sus resonancias:
“Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje. Los rótulos de las calles deben entonces hablar al que va errando como el crujir de las ramas secas”

Nuevos signos se revelan a un cuerpo en el bosque naciente, y se advierte la necesidad de encontrarse con la pérdida. La relativización de los ejes gramaticales descolocan al lenguaje como centro de gravedad y colocan la experiencia de la lalengua como posible punto a partir del cual orientarnos.
Deleuze, el filósofo de las líneas de fuga y la multiplicidad, propone al ritornelo como aquello que propicia el paso de un territorio al otro, produciendo el movimiento mismo de la vida.
“Un niño en la oscuridad, presa del miedo, se tranquiliza canturreando. Camina, camina y se para de acuerdo con su canción. Perdido, se cobija como puede o se orienta a duras penas con su cancioncilla. Esa cancioncilla es como el esbozo de un centro estable y tranquilo, estabilizante y tranqulizante, en el seno del caos”². Es muy posible que el niño, al mismo tiempo que canta, salte, acelere o aminore su paso; pero la canción ya es en sí misma un salto: salta del caos a un principio de orden en el caos, pero también corre constantemente el riesgo de desintegrarse.
Siempre hay una sonoridad en el hilo de Ariadna. O bien en el canto de Orfeo

El canturreo, ritornelo, como maneras de hacer en el exilio, de reanudar la marcha, como bien dice Lacadée: “La música a la que algunos se enganchan y que viene a anudar, como suplencia, lo que no puede decirse”³

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¹ Rimbaud en “Vagabundos”: “…y así vagábamos, alimentados con el vino de las cavernas y la galleta del camino, yo apremiado por encontrar el lugar y la fórmula.”

² Deleuze, G y Guattari, F. Mil mesetas, capitalismo y esquizofrenia, 2004 Valencia, Pre-textos, 322.

³ Lacadée, Philippe, El despertar y el exilio, 2010, Gredos

Un nuevo amor . Comentario al libro de Mercedes de Francisco

Por Ani Bustamante

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“Un nuevo amor” no es un libro que pretenda una unidad, más bien se nutre de lo fragmentario, para producir en el lector acontecimientos que no podrían llegar a nacer si la pretensión fuera completar y cerrar una idea sólida.

La autora nos ofrece una mirada que pasa por Wong Kar Wai, Lars Von Trier, la escritura de Borges, Tolstoi, M. Duras, para tocar el amor. Un amor que no pase por el significado, que, siguiendo a Lacan se teja en la urdimbre de la letra para poner el énfasis en el rasgo, en aquello que está por fuera del sentido y que desde ese lugar produzca la contingencia del encuentro.

El libro de Mercedes de Francisco transcurre en una frontera que caracteriza aquellos textos que nos devuelven un afuera, una otredad que despliega el adentro del psicoanálisis, evitando su clausura. Esta otredad se pone de manifiesto en el diálogo que establece con el cine y la literatura, con lo cual, el libro se desplaza en los bordes del psicoanálisis, en un esfuerzo de la autora por escribir algo de eso “nuevo” en el amor. Quizá haya que apelar más que nunca a aquello que no está anclado en los viejos cimientos de lo nombrable y domesticado por el significante y sus articulaciones paternas. Este nuevo amor que como Mercedes dice “es un nuevo amor, no un amor nuevo” que atraviesa otra lógica. Un amor que es quizá también un acontecimiento de borde, o de litoral, entre lo imposible de la relación sexual, y la posibilidad de un decir amoroso (poético).

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S. Freud y S. Zweig: “La invisible lucha por el alma”

Por Ani Bustamante

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Leer la correspondencia entre Freud y Zweig, representa la recuperación de un género casi olvidado y, podríamos pensar que, dejado de lado al compás del declive de la función paterna.  Empiezo a dibujar, en la siguiente reflexión, las relaciones entre esta función paterna -con sus ejes fálicos- y lo femenino, para abrir la pregunta por  el lugar del padre, la letra y la escritura con ese Otro goce llamado femenino.

Freud y Zweig mantuvieron por 21 años una intensa correspondencia marcada por la admiración, la reverencia y el reconocimiento de los dones fálicos. Cada carta acompaña una escena histórica conmovedora. Así, el tiempo del trascendental hallazgo psicoanalítico, es también el tiempo de la celebración poética en la escritura de Zweig. La pluma de ambos avanza, entre los pliegues del inconsciente, en la búsqueda de un ideal de claridad (Freud) y de una narrativa que beba insaciable del descubrimiento de la psique freudiana (Zweig).

Ambos sabían de que el trabajo fundamental del ser humano es el del inconsciente,  el cual se desplaza, deambula entre el sentido, escribe, no cesa de escribir, busca un destino, una correspondencia. Es así que podemos ver en la relación epistolar Freud-Zweig una puesta en acto del trabajo del inconsciente, leer sus cartas es asistir a este trabajo, que implicará transferencia, intercambios (ambos se enviaron cada una de sus obras, y las leyeron con apasionada entrega), y, como herencia cartesiana, la búsqueda de claridad. Freud escribe en carta del 14/4/1925:

“ustedes sabe ajustar tanto la expresión al tema que sus más finos detalles se tornan accesibles”

Evidentemente, la búsqueda de claridad en Freud no es correlativa a la que ronda en estos tiempos de reflectores, pues si bien Freud buscó claridad, lo hizo alumbrando a la manera de la intermitente luz de las “luciérnaga”(1), sabiendo de ese destello evanescente que enmarca la oscuridad, mientras en nuestros tiempos la luz de los reflectores (negación de las luciérnagas) anula el lugar de lo íntimo y opaco.

Freud tuvo que abrirse camino entre el paradigma científico, por un lado, la religión y moral burgueses de su época, por otro; la dirección que le daba el faro de su pluma, le permitió abrir la pregunta por la sexualidad, el misterio de lo femenino, y las coordenadas fálicas. El encuentro de Freud con la literatura puede pensarse, también, como el encuentro con aquello que permita la construcción de un borde que nos haga saber de un lugar imposible de definir claramente, un territorio femenino evocado en las exploraciones del inconsciente freudiano. A pesar de la evidente lógica patriarcal que atraviesa esta correspondencia, podemos ver sus intermitencia gracias a la letra, la carta, la literatura que, junto con la histeria y el enigma de la sexualidad, fueron las herramientas con las que Freud nos dejó la señal para ubicar allí lo femenino. El encuentro con el Otro sexo evidencia la oscuridad -como condición de posibilidad de la “supervivencia de las luciérnagas”-, evidencia la existencia de  ese goce opaco, que constituye fuente poética, en este caso para la pluma de Freud y Zweig.

Si algo admiro en Freud es esa capacidad de tejer luz y opacidad, esa intimidad que nos acompaña cuando lo leemos. Ese placer que destilan sus cartas

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1.- Extraigo esta metáfora del trabajo de Georges Didi-Huberman en su libro: “Supervivencia de las luciérnagas

El sexo, el amor y la muerte. Nuevo libro de José Milmaniene

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Este libro trata de la búsqueda del objeto ausente que colme, en tanto figuración del amor edípico inolvidable, todos los deseos y repare todas las heridas. De modo que, en determinadas circunstancias –signadas por el determinismo azaroso de lo Real–, el ausente adquiere un rostro y un nombre, y con él que se entablan vínculos caracterizados tanto por la dimensión sublime del amor como por el goce letal de las pasiones. Aquí se despliegan las vicisitudes de estos singulares encuentros entre los cuerpos del deseo –destinados a las pérdidas y a los duelos– que configuran verdaderos campos de batalla ente el verbo que es promesa y la carne que es destrucción. Se exponen, así, los conflictos entre la dimensión simbólicamente estructurante de la sexualidad, que genera lenguajes, intercambios y pactos; y la desestructurante, inherente a la dimensión letal del orden pulsional. 
En estas páginas se trabaja el vínculo indisociable entre el deseo el amor y la muerte, en temas como la moda, la prostitución, el matrimonio, el teatro, la religión, el Padre, la Ley y la cura. José E. Milmaniene produce una interesante articulación entre el discurso psicoanalítico y otros campos del saber a partir de autores como Walter Benjamin, Giorgio Agamben, Jacques Derrida, Slavoj ŽZizek, Massimo Recalcati, Jean-Luc Nancy y Georges Didi-Huberman, entre otros.
Se trata, pues, de un texto que transmite con claridad la trascendencia del nombre teórico de castración, que da cuenta de todos los avatares y las vicisitudes de las diferentes condiciones existenciales y estructuras psicopatológicas, que derivan en última instancia de la tensa imbricación de la libido con la pulsión de muerte.

Ficha de Libro

Sobre La Clausura del Amor de Pascal Rambert

Por Ani Bustamante

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Pocas veces se experimenta en (y con) el teatro una entrega semejante a la que asistimos en La Clausura del Amor: estallidos de fibra sin-nombre, ecos de un decir que nunca logra pronunciarse del todo, desfallecimiento. Esto es lo que me deja la brillante obra de Pascal Rambert, dirigida por Darío Facal y actuada por Lucia Caravedo y Eduardo Camino.

La obra plantea un final, enunciado desde el título como “clausura”, que nos llevará por una experiencia que cruza el lenguaje y la existencia misma. Estamos delante de lo más crudo y cruel de la vida, de todo aquello que fue velado por obra y gracia del amor. Jacques Lacan dice que el amor funciona como suplencia de aquello que no hay, y hace que allí, en la falta misma, en la grieta que nos constituye, surja una posibilidad, un teatro quizá, en el que se ponga en juego un sentido.

A partir de la clausura del amor, todo el teatro y el sentido tambalea; y esto es lo que nos muestra magistralmente la obra, ya que, capa a capa, va destejiendo los hilos de la representación mientras la palabra de amor cesa y el mundo parece  derrumbarse. Este es el punto que me interesa y parece mejor logrado de la obra, el punto que hace de ella algo que va mucho más allá de la historia de una pareja y su separación.

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Empieza la representación

Luces blancas sobre un amplio escenario vacío.

Este es el final, dice él. Ella enmudece. 

A partir de aqui, Audrey y Stan llevan las palabras hasta el limite en el que éstas desfallecen, mientras sus cuerpos se enredan en los vacíos del lenguaje. Los protagonistas son una pareja de actores y la obra transcurre en un teatro, en medio de las luces blancas del ensayo. Escenario desnudo, teatro vacío.  Final.

¿Cuál es la representación? ¿Se puede representar un final?

¿Qué resta después de la escena del amor? ¿es el amor representable? ¿se puede seguir confiando en la representación para cobijar el cuerpo y velar nuestra desnudez?

Dice Stan: las cosas solo existen porque son dichas

¿Y qué sucede con lo imposible de representar, de decir, de nombrar?

Negro…

Se apagaron las luces, parecía no quedar rastro de nada, salvo un hueco en el pecho, una inmovilidad en el cuerpo. Desconcierto. Fin de la obra. Aplausos.

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