El sexo, el amor y la muerte. Nuevo libro de José Milmaniene

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Este libro trata de la búsqueda del objeto ausente que colme, en tanto figuración del amor edípico inolvidable, todos los deseos y repare todas las heridas. De modo que, en determinadas circunstancias –signadas por el determinismo azaroso de lo Real–, el ausente adquiere un rostro y un nombre, y con él que se entablan vínculos caracterizados tanto por la dimensión sublime del amor como por el goce letal de las pasiones. Aquí se despliegan las vicisitudes de estos singulares encuentros entre los cuerpos del deseo –destinados a las pérdidas y a los duelos– que configuran verdaderos campos de batalla ente el verbo que es promesa y la carne que es destrucción. Se exponen, así, los conflictos entre la dimensión simbólicamente estructurante de la sexualidad, que genera lenguajes, intercambios y pactos; y la desestructurante, inherente a la dimensión letal del orden pulsional. 
En estas páginas se trabaja el vínculo indisociable entre el deseo el amor y la muerte, en temas como la moda, la prostitución, el matrimonio, el teatro, la religión, el Padre, la Ley y la cura. José E. Milmaniene produce una interesante articulación entre el discurso psicoanalítico y otros campos del saber a partir de autores como Walter Benjamin, Giorgio Agamben, Jacques Derrida, Slavoj ŽZizek, Massimo Recalcati, Jean-Luc Nancy y Georges Didi-Huberman, entre otros.
Se trata, pues, de un texto que transmite con claridad la trascendencia del nombre teórico de castración, que da cuenta de todos los avatares y las vicisitudes de las diferentes condiciones existenciales y estructuras psicopatológicas, que derivan en última instancia de la tensa imbricación de la libido con la pulsión de muerte.

Ficha de Libro

Comentario del libro “Iluminaciones freudianas”, de José Milmaniene.

Por Martín Uranga

Jose Milmaniene

Editorial Biblos. Buenos Aires. 2014. 160 páginas

Milmaniene nos propone, no sólo pensar al psicoanálisis como ejercicio po(ético), sino recrear poéticamente al psicoanálisis mismo. Es como si advirtiera, a través de un gesto radical consecuente con la reafirmación de la dimensión de poieisis del análisis, que es necesario metaforizar poéticamente los fundamentos y categorías mismos del psicoanálisis, dejando en evidencia, de este modo, que el propio discurso freudiano no es sino una poesía que invita a una reinvención escrituraria permanente, sustentable en acto, si y sólo si, a través de la consideración irrecusable de la rigurosidad ética y científica que lo

Si la sociedad de consumo, al atentar en su afán realístico de goce contra las ficciones simbólicas esenciales, promueve la destitución de las identidades narrativas que constituyen el soporte de la subjetividad, no es sino a partir del realce de su praxis poética así como desde la recreación alegórica  de sus coordenadas esenciales de intervención y de sus fundamentos, que el psicoanálisis podrá  instituirse como discurso de resistencia respecto de la posmodernidad  signada por la perversión generalizada.  Éste es el desafío que encara José Milmaniene en su último libro Iluminaciones freudianas. El psicoanálisis en la sociedad de consumo. Así, en continuidad con  el gesto freudiano esencial que funda el anudamiento indisociable entre psicoanálisis y poesía  (Edipo, Narciso, Moisés, etc), el autor nos convoca a sostener creativamente la impronta ética de una poiesis que se torna cada vez más indispensable en tiempos de la “clínica del anti-amor.”

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La redención psicoanalítica

Por José Milmaniene

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La práctica psicoanalítica consiste en hacer parcialmente inoperantes, durante las sesiones, los aspectos informativos y comunicativos del discurso habitual, para recuperar un decir que incluya una   dimensión poética   inédita, que es la que permite expresar las formulaciones más logradas de la experiencia de lo “más propio de sí”, y posibilita por ende el despliegue de las propias potencialidades subjetivas reprimidas.

Se instala así, durante el transcurrir del proceso psicoanalítico, una suerte de “tiempo sabático”, durante el cual se interrumpe el hablar instrumental cotidiano – ligado a la producción y a los intercambios-, lo que nos permite en consecuencia, existir transitoriamente como si no (hos mé) estuviéramos atrapados en las convenciones y en las apariencias.

Se posibilita así , merced a la “comunión mesiánica” con el Otro, durante el tiempo de la espera creyente que instala la transferencia , el despliegue de nuestra potencia de vivir “en la espiritualidad”,  y la vida vive solo (su) vivilidad, tal como escribe Agamben en relación al tiempo mesiánico (2008, Págs.433- 437): “ Así como el mesías ha llevado a cabo y, a su vez ha hecho inoperosa la ley (el verbo del que Pablo se sirve para expresar la relación entre el mesías y la ley –katargeîn– significa literalmente “volver árgos” , inoperosa), así el hos mé mantiene y, a su vez, desactiva en el tiempo presente todas las condiciones jurídicas y todos los comportamientos sociales de los miembros de la comunidad mesiánica[…] En el signo del “como si no”, la vida no puede coincidir consigo misma y se escinde en una vida que vivimos (vitam quam vivimus , el conjunto de los hechos y los acontecimientos que definen nuestra biografía) y una vida por la cual y en la cual vivimos (vita qua vivimus, lo que hace la vida vivible , le da un sentido y una forma). Vivir en el mesías significa precisamente anular y hacer inoperosa en cada instante y en cada aspecto la vida que vivimos, hacer aparecer en ella la vida por la que vivimos, […] Y la inoperosidad que aquí tiene lugar no es simple inercia o reposo, sino que por el contrario , es la operación mesiánica por excelencia.[…] La vida, que contempla la (propia) potencia de obrar, se vuelve inoperosa en todas sus operaciones, vive solo (su) vivilidad […] El sí, la subjetividad, es lo que se abre como una inoperosidad central en toda operación, como la viv-ilidad de toda vida. En esta inoperosidad, la vida que vivimos es sólo la vida a través de la cual vivimos, sólo nuestra potencia de obrar y de vivir, nuestra obra-bilidad y nuestra viv-ilidad”.

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Iluminaciones freudianas, el psicoanálisis en la sociedad de consumo

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La sociedad de consumo se caracteriza por la declinación del Padre de la Ley, por la supresión de la dimensión de la falta y por la exclusión de las cosas del amor.

En consecuencia, los psicoanalistas debemos enfrentarnos con un discurso anómico – dado que se carece de códigos normativos sociosimbólicos claros, que operen como eje de referencia fálico, para ordenar los valores, instalar los límites e inscribir al sujeto en la Ley; nihilista, dado que se han devaluado las prácticas sublimatorias, de modo que    la creencia en la trascendencia del lenguaje y la potencia del Verbo han sido desplazadas por los goces pulsionales obscenos; y amoral, dado que la ética de la diferencia y el acogimiento hospitalario y responsable de la alteridad, han sido reemplazados por la exaltación maníaca de la mismidad del narcisismo.

La política del psicoanálisis –hacer consciente lo inconsciente- supone un acto de confrontación radical con la sociedad de consumo, dado que ésta exalta a la desmentida como su mecanismo defensivo fundamental: la experiencia del amor es desmentida por el encuentro fetichístico de los cuerpos cosificados ; la experiencia del saber por el mero incremento la información; la experiencia de la producción por la acumulación de capital; la experiencia del aprendizaje por la conquista de un título; la experiencia del placer por la posesión exagerada de objetos; la experiencia del arte por el coleccionismo; la experiencia del encuentro dialógico por la exaltación del solipsismo; la experiencia de la riqueza espiritual por la narcosis del ocio improductivo; la experiencia de la comunión social por la introversión; la experiencia del don por el egoísmo; la experiencia de la ética por la moral de circunstancias.

De modo que, si bien la industria cultural se ha apoderado del escenario socio-histórico y ha arrojado a los sujetos al circuito del consumo como si fueran mercancías, debemos considerar no sólo   el todo de un territorio mercantil, que no deja márgenes ni bordes exteriores a la masificación comercial que ha propuesto, sino que debemos también prestar atención a los espacios intersticiales y las aberturas en los que destellan las luces que irradian los discursos de resistencia a la pulsión de muerte , sean   poéticos, políticos y/o psicoanalíticos

 

 

Las imágenes en el mundo digital

Por José Milmaniene

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El lugar que deben ocupar, en las sociedades de consumo, el sujeto del inconsciente el discurso psicoanalítico que le es inherente, tiene que ser preservado del embate hegemónico de la tecnociencia y del mundo digital, que tienden a relegar la dimensión existencial-desiderativa del Ser.[1]

Ahora bien, el desarrollo y despliegue de los dispositivos técnicos y científicos, no se oponen en forma obligada a la emergencia de la singularidad subjetiva, a condición de que enfrentemos con serenidad (Gelassenheit) ‒sin enajenarnos‒ los beneficios de los instrumentos y objetos que nos ofrece el mundo científico y técnico.

Así, tal como piensa Heidegger[2], debemos dejar entrar a los artefactos técnicos en nuestras vidas cotidianas, al mismo tiempo que debemos mantenerlos afuera, es decir, tenemos que sostener con ellos un vínculo simultáneo de afirmación y de negación.

Se trata pues, de poner los instrumentos a nuestro servicio y no alienarnos en ellos. Solo si no nos sometemos a la tiranía de los objetos de consumo y no exaltamos la servidumbre que nos ata a los instrumentos técnicos y la virtualidad de las imágenes, podremos crear una relación más serena con las cosas, y evitar así que las crecientes políticas de goce desplacen a las prácticas sublimatorias. 

Finalmente, tal como lo sostiene Heidegger, debemos rescatar de la esencia de la técnica aquello mismo que salva. Creo que esta salvación se habrá de producir si y sólo si reivindiquemos una postura ética y sostengamos valores, que nos liberen de la dominación del dispositivo (Das Ges-tell[3]), que tiende a entronizar la alienación en la tecnología, en las imágenes y en los objetos de consumo.

Con respecto al fetichismo de las imágenes anclado y propiciado por el mundo digital-informático, debemos consignar el doble régimen del funcionamiento de las mismas, dado que éstas pueden operar tanto como imágenes-velo o como imágenes-jirón.

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Encuentros entre psicoanálisis y música (parte II)

Continua la conversación entre José Milmaniene y Ani Bustamante, con un recorrido por ciudades, afectos, estilos de vida,  para analizar cómo la canción popular produce identidades, a la vez que hace posible la elaboración de conflictos inconscientes.

Encuentros entre psicoanálisis y música (parte I)

Trazo Freudiano saca al aire la primera parte de una entrevista a José Milmaniene, entrevista que es también la celebración de un encuentro entre dos colegas y amigos convocados por ese ritmo que pulsa y que es capaz de tramar letra, pensamiento, memoria. En la canción popular confluyen una serie de caminos que son capaces de recorrer-nos, y transformar el cuerpo pulsional en música y letra acompasados.

Poder, autoridad y locura en la actualidad

Por José Milmaniene

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Los psicoanalistas nos enfrentamos en la actualidad a los efectos deletéreos de la declinación estructural de la figura del Padre, con el consiguiente debilitamiento dela Ley simbólica, el eclipse de los ideales, la degradación de los valores y la devaluación de la palabra.

Las severas fallas del padre en el ejercicio de su función y en la imposición de la Ley, derivan en conductas violentas y riesgosas, en actuaciones masoquistas, en el ataque a la diferencia sexual, en el desconocimiento de las jerarquías generacionales, en el exhibicionismo obsceno de la pornografía en la escena pública, en las adicciones y en los trastornos alimenticios.

Estas prácticas, que se inscriben en “el más allá del principio del placer”, evidencian los excesos inherentes a todo régimen pulsional, efecto de la carencia de los límites subjetivantes que impone el padre en el campo del principio del placer.

Impera pues la anomia, producto de padres ineficaces en el ejercicio de su función, y los hijos naufragan en un universo caótico, en el cual no se inscriben diferencias, y no se instala por ende la distinción la entre lo permitido y lo prohibido, lo normal y lo patológico y la entrega solidaria al otro del sacrificio masoquista. Se observa asimismo un reiterado rechazo de la lógica binaria, asentada sobre el par opositivo diferencial de masculinidad-feminidad[1], correlativo de la afirmación de la complejidad de un mundo que admite múltiples y equivalentes conductas sexuales. Entonces la carencia de referencias simbólicas claras, producto de la deconstrucción masiva de las significaciones esenciales, determina un modelo cultural basado en la desmentida de diferencia sexual y en el hedonismo a ultranza del “todo vale” y el “¿porqué no?” propios de las certezas perversas.

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Comentario del libro La fe en el Nombre (Biblos, 2012), de José Milmaniene.

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Por Martín Uranga

La fe en el Nombre”, el nuevo libro de José Milmaniene, se inscribe dentro de la tradición más radical del legado freudiano: va al fundamento. Si Freud nos presenta en “Tótem y Tabú” y en “Moisés y la religión monoteísta” el corpus ético del psicoanálisis que se asienta sobre la égida de la Ley del Padre, es porque pensar las condiciones de efectuación del sujeto del inconciente remite de manera insoslayable a la estructura del lenguaje y a sus modos socio-históricos de expresión.

Así, consecuente con la labor de nominación de los significantes esenciales que Freud empezó a delinear al escuchar al sujeto de la modernidad que surge como efecto del discurso científico, Milmaniene emprende la imprescindible tarea de recrear las ficciones simbólicas esenciales, causa y efecto del progreso en la espiritualidad, en tiempos en los que la posmodernidad cuestiona las bases éticas que hicieron posible la emergencia del sujeto del deseo interpelado por la diferencia. Pareciera que el autor advierte que si en nuestra actualidad el lugar del Padre es cuestionado transgresivamente por las políticas de goce que promueven el retorno del protopadre, es necesario entonces encausar, a través de un ejercicio lúcido de escritura, un trabajo de simbolización que auspicie desde la inventiva y el creacionismo significante el reposicionamiento de los axiomas fundamentales puestos en cuestión por las recaídas pulsionales de nuestra época. De esta manera, Milmaniene no se contenta con reafirmar el lugar primordial del Padre en el abordaje del sujeto del inconciente, sino que entiende que es necesario situar el soporte escriturario que lo revela: el Nombre.

Si el psicoanálisis promueve la escucha atenta del sujeto causado por el encuentro con la diferencia, suposición inherente a la puesta en acto de la estructura simbólica, es necesario entonces situar aquello que nomina al lenguaje como tal. El nombre del lenguaje, escritura de imposible enunciación que entraña la potencialidad de la pronunciación de infinitos enunciados, constituye de este modo la instancia fundante de la letra. Así, inaugurando la revelación heterónoma de la alteridad, conmueve el universo narcisista y arroja al ser al exilio peregrinante que transcurre a través del mundo desiderativo escandido por el devenir significante. La revelación del nombre del lenguaje, expresado históricamente por los relatos que testimonian acerca de la singular experiencia del pueblo judío, implica, en términos de Freud, un salto cualitativo en el progreso en la espiritualidad, que supone el pasaje del mundo idolátrico y fetichístico de las imágenes que recrean un mundo cerrado en sí mismo, al encuentro traumático con la diferencia que se revela a través del tetragrama impronunciable signado por las letras del Nombre.

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Comentario del libro: Extrañas Parejas de José Milmaniene

Por Martín Uranga

Con la nueva edición del libro Extrañas parejas (Biblos, 2011) de José Milmaniene, asistimos a la renovada posibilidad de adentrarnos, a partir de la penetrante escritura de su autor, en el cotidiano universo de la psicopatología de la vida erótica. Si Milmaniene sitúa desde las primeras páginas del texto que el ordenamiento diferencial del mundo simbólico está signado por la oposición esencial entre lo masculino y lo femenino, es porque su abordaje del universo erótico constituido entre los seres parlantes, se ancla en el núcleo central de la teoría freudiana que ubica al complejo de castración como pivote nuclear del proceso de subjetivación. El acceso a la irreductible dimensión de la alteridad, auspiciada si y sólo si a través del reconocimiento de la diferencia sexual, habilita el devenir desiderativo neurótico, así como su recusación en sus diferentes modalidades da lugar a las posiciones existenciales propias de la perversión y de la psicosis.

El sujeto acontece como sexuado a partir de su inscripción significante que lo sitúa en torno a lo real del sexo y de la muerte. De esta manera, el pasaje por la castración simbólica, que evoca el núcleo no simbolizable de la polaridadmasculino/femenino, constituye el operador lógico que posiciona al existente como efecto de un discurso que padece de la insuficiencia estructural de dar cuenta de manera acabada del binarismo sexual signado por la diferencia sexual anatómica. Allí donde el neurótico reconoce la diferencia sexual, no sin un anclaje de un residuo fetichístico renegatorio que da cuenta de la imposibilidad de simbolizar la diferencia como tal, el perverso la reniega a través de la persistencia de la sustancialización del fetiche en el lugar de la falta. Mientras que el psicótico, por otro lado, no puede sino ver un pene en el Otro materno por la identificación indisoluble entre el falo y el órgano viril masculino que lo sumerge en un abigarrado mundo imaginario donde la simbolización de la diferencia no tiene lugar alguno. De esta manera, la oposición binaria masculino/femenino en tanto dato constitutivo de la diferencia esencial que inscribe el orden simbólico, puede sufrir distintos avatares según la modalidad de atravesamiento del complejo de castración. En este sentido, como efecto de las distintas posiciones existenciales que se entrecruzan dialécticamente desde las marcas singulares de cada sujeto, así como a partir de las diversas formas de elaboración subjetiva de los núcleos traumáticos que resisten la metabolización simbólica de lo real del sexo, se articula históricamente la enrevesada psicopatología de la vida erótica en la que Milmaniene propone situarnos a través de su lúcido texto.
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