¿Yo me llamo todos los días igual?

Por Ani Bustamante

Lunes por la mañana, ella amanece con una luz blanca y un recuerdo inventado en la memoria. ¿cuál es el hilo invisible que sostiene la continuidad de la identidad? El cuerpo es joven, el alma sin puntas para marcar los días. La lengua insípida deja el bello cuerpo desnudo y crudo, justo para ser presa de los goces mortíferos que arrasan con los nombres.

Al final, un campo abierto y la piel descolgando en pliegues.
Al comienzo, una habitación con luz, la búsqueda de una huella para empezar la ruta. Ausencia.

Al final, la mirada vidriosa, el paso frágil y lento. El cuerpo cayendo al abismo de la nada.
Al comienzo, la mirada brillante, el foco enceguecedor de un sueño húmedamente embriagador, el paso rápido, el cuerpo elevándose en la nada.

En el medio, la vida adulta y sus preocupaciones cotidianas. La estabilidad.


La semana pasada conversaba con los ancianos de una residencia en Madrid, los cuales fueron llegando a la reunión a regañadientes pues preferían quedarse viendo televisión o simplemente deambulando con el vuelo de una mosca. Sin embargo fueron llegando, poco a poco, despacito, arrastrando los pasos caídos más por el peso de la depresión que por el tiempo. La poeta recobraba el aliento al hacer oír su voz y su ritmo a los compañeros. El viejo decepcionado de la vida dijo: “yo me llamo todos los días igual”, mientras yo me preguntaba por ese nombre y esa huella… ¿qué sostiene el gastado hilo que recorre la supuesta identidad?

Una voz y un nombre.

Nada.

En el reverso Ellos, jóvenes y bellos responden al sin-sentido de la vida pinchando su elástica piel y mezclando sus hormonas con pastillas alucinadas. ¿Por qué creyeron que el amor haría las cosas más fáciles? se preguntaba ella.

En una semana presencié el encuentro de la adolescencia y la vejez a través de una película ferozmente bella “Better Things” de Duane Hopkins. En ella, con espléndida fotografía y gran uso del silencio, el director va desgarrando los velos imaginarios, los espejos, las identidades, dejándonos en una nada, que es cuerpo desprovisto de símbolos, que es cuerpo para la muerte y para el consumo.

¿Yo me llamo todos los días igual? ¿Todos los días igual?

Colegios, Residencias… lugares de normalización. Lugares para “todos igual”, donde el nombre no es creación íntima y peculiar, sino el sello determinante que viene dado por un Otro. La pasividad del viejo que es nombrado y clasificado “todos los días igual” se contrasta con el movimiento de otro viejo que un día entró en mi vagón de metro. Medio descuidado, medio delirante, se sentó a mi lado. Su cuerpo un tanto inclinado hacía adelante mirando la ventana del frente a la entrada de cada estación. De pronto la voz de una maquina sale por los altavoces del tren anunciando el nombre de la estación, ese día estábamos llegando a “noviciado”. El viejo, atento y mirando el cartel con el nombre, hablaba solo y decía: “¿no-viciado? claro, sin vicio, porque aquí no hay vicios… lo dice ahí: NO VICIADO, no viciado, no viciado”. Se le veía muy satisfecho, con su nuevo nombre y sus fachas descuidadas. Con sus fechas alborotando la línea del tiempo.

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