Día 33 del virus

Doctora:

Me tomo el atrevimiento de escribirle estas líneas porque creo que es Ud. la única persona que me puede ayudar.

Hace unas semanas comenzó todo. El virus que al comienzo se mostraba inofensivo empezó a expandirse por todo mi cuerpo. Los primeros síntomas fueron insomnio y una ligera apatía. Ahora paso las noches sin poder dormir, sudando, temblando, creyendo poder oír a las sombras que se forman en las paredes de mi habitación.

No sé exactamente cómo empezó, pero tengo mis sospechas.

Al día de hoy me siento incapaz de sentir empatía por las personas. La fascinación del primer encuentro se desvanece al cabo de unas horas. ¿Cree Ud. que dentro de poco ya no podré mantener relación con el mundo exterior?

El virus es terrible; es una voz o muchas voces que hablan, gritan, murmuran, maldicen y nunca se callan. Voces que vienen de diferentes latitudes, como si mis otros yo de universos paralelos encontraran un punto en común para purgar sus pecados dentro de mi habitación y mi cabeza.

No creo poder seguir soportando estas visiones.

Por favor responda pronto, no importa la hora. Estaré a la espera de una respuesta.

 

Sociópata77

P.d.: No hay fondo, nunca hay fondo. No caeré lo suficientemente hondo como Alicia.

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Unos tragos y un Himno: Mi adiós a Samuel Beckett

Por John Montague

john_montegue-Beckett

Estoy en París y aunque alojado en Montparnasse, el escenario de la mayoría de nuestros encuentros y fiestas nocturnas, me siento renuente a llamar a Beckett. Su última nota decía que estaba “en una casa de vejestorios” pero que esperaba estar “dando una vuelta por el boulevard de nuevo por mis propios medios y apto para la compañía otra vez.”

Se sabe que está enfermo, muriendo incluso, y soy reacio a decir adiós a un viejo amigo, un amigo permanente durante un cuarto de siglo. Además tengo una pierna quebrada y apenas puedo moverme yo mismo. Pero también tengo una misión que cumplir: ponerlo en la lista del Gran libro de Irlanda.

Llega un mensaje de que quiere verme, por tanto cojeando me balanceo a la fila del taxi al lado del Dôme donde tan menudo nos hemos sentado bebiendo y conversando. Luego bajo por Raspail, otra de nuestras rutas, hasta al león de Denfert Rochereau. Por la noche se iría calle abajo por el Boulevard St. Jacques, mientras yo daba vuelta en la Rue Daguerre, con “Dios nos bendiga” como su último, extraño saludo, una expresión irlandesa familiar que se me hizo extraña por su reputación universal de ateo.

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