geografias




¿Cómo empezar a escribir sin un hilo conductor? no lo encuentro, he salido a su búsqueda y he encontrado una madeja, como cuando quedan restos de pelo entre las sábanas haciendo bolitas ingrávidas al salir el sol.









Saboreo el límite del tiempo, el borde de los días en Madrid.

Domingo dilatado, gris de invierno, los minutos se arrastran por el suelo, por las calles, las veredas. Mientras maletas y chocolate dejan el rastro necesario. 
Los minutos son ese espacio por el que palpo la orilla.
La orilla de las playas limeñas va ganando espacio al blanco de mis sábanas. Moja mis restos de pelo en la almohada,               
 arremete con espuma y aliento del Pacífico.


Puedo oler el acantilado.

Mi cuerpo es una construcción de mares, montañas, calles y veredas… gran vías y barrancos.
Malasañas-Miraflores
li-ma-ma-drid
mamamamamamama

Ayer en la exposición “Atlas” del Reina Sofía, encontré este fragmento en una de las paredes:



«¿y si el atlas no fuera sino el resultado –ignoto o calculado- de nuestros desplazamientos más íntimos? ¿de nuestras derivas pulsionales o conceptuales, visuales o corporales, sentimentales o políticas? ¿de nuestras autobiografías espacialmente reordenadas y acompasadas por los movimientos de nuestro cuerpo?»

No hay hilo conductor. Trazo, trazos y garabatos. Pelos, piel, cuerpo al viento de la escritura imposible… 





Clínica de la diferencia en tiempos de perversión generalizada






De José Milmaniene. Editorial Biblos. 2010

Por Martín Uranga

El nuevo libro de José Milmaniene nos convoca a reflexionar y a tomar posición acerca del malestar subjetivo de nuestros tiempos signado por la perversión generalizada que emerge como efecto de la disolución de las categorías diferenciales. Luego de la fecunda trilogía en la cual abordó la dimensión temporal, tópica y ética del sujeto, el autor nos sumerge, a través de la variada y polisémica intertextualidad a la cual nos tiene acostumbrados, en la problemática central que la contemporaneidad revela como amenaza cierta para las bases constitutivas de la existencia: el colapso de la diferencia. Así, Clínica de la diferencia en tiempos de perversión generalizadaresulta un testimonio elocuente de las vivencias devastadoras que padece el sujeto de nuestra época, como consecuencia de la degradación y destitución de la Ley del Padre y del auge de los goces anómicos y parasitarios gobernados por la pulsión de muerte desanudada del Eros. Si, tal cual el autor nos recordaba en La ética del sujeto, el sujeto se constituye como tal a partir de la asunción ética del compromiso con la preservación de la diferencia irreductible que el Otro evoca, ahora nos dirá, siguiendo los estrictos lineamientos freudianos, que el estatuto de esa diferencia es sexual. De esta manera, el no reconocimiento de la diferencia sexual, signada por la diferencia sexual anatómica, se erige en el articulador por excelencia de las “nuevas formas del síntoma” que aparecen descriptas y trabajadas en el texto. Milmaniene nos convoca, para pensar la subjetividad posmoderna, a revalidar una y otra vez el hallazgo freudiano referido a la condición sexuada del sujeto que aloja como punto traumático esencial la metaforización nunca acabada de la diferencia entre los sexos. Si la diferencia sexual es constitutiva es porque el sujeto adviene como sexuado, y es aquí donde la impronta levinasiana vigorosamente desarrollada en La ética del sujeto, se entrama de manera activa y fructífera con los aportes psicoanalíticos de Massimo Recalcatti que el autor realza en Clínica de la diferencia…. Ética y sexualidad se entraman de manera indisociable, siendo que el reconocimiento de la diferencia inasible del Otro dependerá de la posibilidad de subjetivar la diferencia sexual en el orden simbólico a partir de la consideración de lo real ineliminable de la condición anatómica. Es así como el texto resignifica la dimensión ética a partir de la mirada psicoanalítica. Los ecos de la firme explicitación acerca de la dimensión central de la ética que el autor nos legara en La ética del sujeto, no dejan de resonar en las consideraciones vertidas en su nuevo trabajo. Porque Milmaniene nos presenta la variedad polimorfa de los síntomas epocales, y en todos ellos se advierte la claudicación ética producto de la defección de la Ley simbólica instituyente. De esta manera, nos presenta los fenómenos de las “tribus urbanas”, el “apetito de muerte”, los variados trastornos alimentarios, las adicciones, en un entramado narrativo que nos sitúa la “perversión generalizada” como característica esencial de un tiempo en que “la suspensión de los ideales simbólicos, y la concomitante desintegración de la autoridad, ha derivado en su reemplazo por ideales imaginarios, signados por figuras superyoicas que gobiernan la vida y no permiten no gozar.” 

Es justamente a partir de la consideración de nuestra época bajo el signo de la perversión generalizada y del empuje al goce, que el autor recrea las posiciones transclínicas que había conceptualizado en El lugar del sujeto. Allí, nos hablaba de las posiciones narcisista, paranoide, depresiva, melancólica, fetichística, hipocondríaca, adictiva y sublimatoria, como expresiones transclínicas de la subjetividad. Ahora, a partir de la advertencia del lugar central y decisivo que ocupan la defección del lugar del Padre y el ataque pulsional a su Nombre en la constitución subjetiva posmoderna, es que necesita extremar las posiciones al punto de polarizar las manifestaciones transclínicas en dos modalidades: “las patologías tributarias de la falta en tanto vacío nombrado”, y “los cuadros en los cuales falta la falta”. Milmaniene sitúa en la desestimación de la Ley y de la diferencia que la misma evoca, el articulador central del padecimiento actual signado por la perversión generalizada, y es esta convicción la que lo conduce a situar la contradicción esencial de nuestros tiempos en términos binarios. En tiempos donde la “diversidad” es uno de los nombres del polimorfismo en auge, el autor siente la necesidad de recuperar el eje de la “Verdad necesaria” recuperando la lógica binaria que la perversión generalizada combate. Así, Milmaniene sitúa la contradicción dialéctica esencial de nuestra época sin dispersarse en nominaciones excesivas que podrían diluir lo esencial. Ubica de esta manera dos posicionamientos básicos como formas esenciales de manifestación del malestar actual, que atraviesan como formas epocales de expresión las clásicas estructuras de neurosis-psicosis-perversión. Si en nuestra época la verdad de la diferencia es sustituída por un “pluralismo” degradado que encubre la tiranía pulsional, el autor realza la necesidad de sostener el binarismo que sanciona la salud y la enfermedad, lo prohibido y lo permitido, lo sagrado y lo profano, lo masculino y lo femenino, los padres y el hijo.
La reivindicación de la lógica binaria permite introducirnos en un tema capital abordado en el primer capítulo del libro: la cuatriplicidad. Alli, el autor nos habla de los términos masculino/ femenino/padres/hijo introducidos por Milner como categorías diferenciales absolutas propias del Nombre judío. Milmaniene, retomando la necesidad de sostener la lógica binaria que se opone a la dualidad especular, nos recuerda de este modo que la única manera de propiciar el advenimiento del sujeto es a partir del reconocimiento del binarismo articulado por la diferencia que la terceridad evoca. Así, reconocerá el antijudaísmo como manifestación esencial de los tiempos, debido a que la Ley que sostiene el Nombre y la inscripción de las categorías diferenciales que le son inherentes, constituye el blanco de ataque de las políticas de goce en auge. La diferencia sexual y la generacional tienden a ser abolidas, y, con ellas, el binarismo que estructura los opuestos posibilitadores del universo desiderativo queda a merced del polimorfismo y de los extravíos imaginarios. 
Resulta de particular interés que así como el libro comienza con la denuncia del antijudaísmo posmoderno, culmina con claras referencias al mesianismo cristiano. Es que al autor no se le escapa que las grandes tradiciones universales portadoras de los mesianismos históricos inscriptos en el universo de la cultura, el judaísmo y el cristianismo, constituyen una referencia ineludible al momento de replantear la idea sostenida en La ética del sujeto acerca del carácter de mesianismo secular inherente al discurso y a la práctica del psicoanálisis. Así como sostendrá la necesidad de perseverar en la Ley, posición propia del judaísmo, nos hablará de la suspensión de la Ley característica del mesianismo cristiano, que lejos de negarla, considera a la Ley llegada a su plenitud por el advenimiento del Mesías, y que espera su cumplimiento radical al fin de los tiempos introduciendo la “espera mesiánica” que anula y hace inoperante en cada momento “la vida que efectivamente vivimos, para hacer aparecer en ella la vida por la que vivimos”. En este contexto, la advertencia que nos había hecho en La función paterna (2ª edición) acerca de “la despoetización del psicoanálisis”, alcanza toda su magnitud al pensar el evento poético del lenguaje como posibilidad sublimatoria auspiciada por la suspensión mesiánica de los significados y los intercambios habituales de sentido. La “espera mesiánica”, es un acontecimiento poético que habilita el devenir de los núcleos asemánticos de la palabra, “de modo tal que la lengua gira en vacío, mientras se dasactivan radicalmente los contenidos imaginarios del lenguaje.” Pareciera que para Milmaniene el pensamiento mesiánico constituyera la “ficción simbólica” esencial, que al sostener la nominación poética de la falta a partir del despliegue de la diferencia, precave de los “simulacros imaginarios” que sostienen el empuje al “vacío lleno de goce” que la Cosa presentifica. De esta manera, el mesianismo laico podrá inscribirse a partir de la promoción de un trabajo poético entramado en un decir sostenido en el evento placentero del lenguaje, que constituya un testimonio trascendente de la libidinización de la falta. 
En la consideración de los mesianismos históricos, el judío y el cristiano, el autor vuelve a reivindicar el pensamiento binario. El mesianismo, núcleo sintomático que aborda la diferencia en su dimensión radical, se expresa por dos vías históricas irreductibles entre sí. Ambas necesarias, como diría Rosenzweig, y al mismo tiempo atravesadas por una diferencia ineliminable debido a que allí se expresa la imposibilidad de lo real. Entre la observancia de la Ley propia del judaísmo, y la tensión hacia la destitución narcisista que el cristianismo auspicia, quizás sea posible articular la utopía psicoanalítica que permita sostener el “gesto metafísico”, en palabras de Zizek, para confrontar de manera creativa la “imbecilidad de lo real”. 

Clínica de la diferencia en tiempos de perversión generalizada es un libro que da cuenta de la necesidad perentoria e inexcusable de propiciar un desarrollo teórico y práctico acorde al rigor que los tiempos exigen. La cultura está cuestionada en sus bases fundacionales. El malestar en la cultura ha cedido su paso al cuestionamiento radical de la misma. Como bien nos recuerda el autor, la Ley no es producto de la cultura sino que constituye su fundamento. La prohibición del incesto y del parricidio, con la consecuente promoción de la interdicción del apego a lo Mismo y el auspicio de la libidinización de la diferencia, se erigen de este modo en pilares de la misma cultura así como de su malestar inherente. Por eso mismo, el ataque a las bases constitutivas de la Ley supone la degradación de la cultura, y con ella, la devaluación de las coordenadas esenciales del sujeto. El tiempo del sujeto del que nos hablara Milmaniene, queda de este modo colapsado por la pretendida inmortalidad del narcisismo que reniega de la finitud y de la trascendencia. El lugar del sujeto, entramado por la libidinización del vacío que se constituye en morada de la falta en ser, es sustituido por fuertes anclajes imaginarios de dimensión mortífera. Mientras que La ética del sujeto, queda obturada por el apego extremo a la mismidad que reniega de la diferencia. Los pactos perversos de los que Milmaniene nos hablara en Extrañas parejas, han perdido su rasgo esencial de ser secretos y esquivos a la mirada social para pasar a la demanda activa de reconocimiento. No para lograr la sanción simbólica en sí, lo cual entraría en contradicción con su propia estructura, sino para quitarle al orden sociosimbólico la potencialidad de legitimar la diferencia. En tiempos de perversión generalizada, se busca degradar la terceridad simbólica articulada en el ordenamiento sociojurídico al lugar del testigo que reafirme con su complacencia o su impotencia la consagración gozoza de la consistencia imaginaria. No basta ya con el “contrato secreto”. El auge militante, orgulloso y exhibicionista de los goces compactos, impulsa al plano público la transgresividad al nivel de la norma para quitarle a la legalidad toda eficacia simbólica auténtica. 

El nuevo libro de José Milmaniene nos propone el desafío de evitar caer en la trampa posmoderna de “abrir preguntas” que cuestionan la ética de lo simbólico en sus mismas bases constitutivas, para avanzar hacia la utopía de decir poéticamente las incógnitas esenciales que suponen la “Verdad necesaria”. Asertivo y poético al mismo tiempo, nos descubre que la suspensión de los efectos imaginarios y mortificantes del lenguaje requiere a su vez de posiciones firmes que en su mismo acto de afirmación permitan evocar con renovado placer y “dolor de existir” los inevitables núcleos indecibles de la condición humana. Transmisión y saber se anudan de modo fructífero, en un libro que no recurre a las conceptualizaciones esquemáticas ni al academicismo de los saberes construidos. Asimismo, no será a partir del recurso a la matematización desubjetivante del discurso que Milmaniene buscará despejar los núcleos imaginarios de sentido. Clínica de la diferencia… apela al sujeto, lo convoca a un ejercicio poético-narrativo portador de un plus de saber que se ofrece generosamente a quien se deja perder en su rica y polisémica trama intertextual. Su texto es en sí mismo una poesía, un acabado ejemplo sublimatorio de cómo puede el universo discursivo evocar las imprescindibles convicciones en un contexto elaborativo que recorre los temas eternos haciendo del acto de lectura un acontecimiento analítico en sí mismo. Milmaniene nos recuerda que la voz del Shofar supone el sin sentido radical y agónico del Padre a partir del cual la Ley se inscribe. Dejémonos tocar por la voz que recorre el texto, que en su sonoridad poética inclaudicable nos devuelve las convicciones esenciales de las “ficciones simbólicas” que una y otra vez hieren auspiciosamente nuestra existencia para recordarnos que estamos vivos y necesitados de escribir con poesía el imperecedero afán de trascendencia que nos anima.

(Fuente: Letra Viva)

Rompiendo el silencio

He pasado mucho tiempo escribiendo sobre el hecho mismo de escribir. La escritura escribiendo un síntoma, rodeando mis nadas y mis noches, tocando lo imposible de significar.
Llevo, sin embargo, muchos meses sin escribir nada en este blog.
Mis manos pesan, retroceden.
La lengua suena en otras geografías, aun sin traducción.
Debo pedir perdón a los que acompañaban el ritmo de los post de trazo freudiano, por este inesperado blanco, y por ese rugir que no alcanzo a escribir… todavía.
Algo surgirá de esta ausencia, y espero reencontrarlos con su generosa lectura, comentarios, intercambio y amistad.
Un abrazo

Tiempo y Amor (segunda parte)

Por Ani Bustamante

Voy a formular una primera pregunta que esbozaré como punto de partida de una larga tarea: ¿cómo es el tiempo en el amor? ¿cómo se articulan acontecimiento y sexuación?

Es necesario que los instantes y las duraciones se pongan en funcionamiento para entrar en cierta lógica temporal que relacionaré al encuentro con el otro. Para esto usaré algunas ideas que Lacan expone en su texto: El Tiempo Lógico o el aserto de certidumbre anticipada.
En él trabaja el tema de la reciprocidad entre sujetos y la manera como el movimiento temporal del otro determina mi propio movimiento y viceversa, en la búsqueda de saber quién soy.

Voy a articular los tiempos lógicos de Lacan a partir de la idea del amor.
Tenemos, entonces:

1) Instante de la mirada
2) Tiempo de comprender
3) Momento de concluir

¿Cómo juegan estos en el encuentro sexual?

Vamos a la escena del baile amoroso:
Pensemos en el movimiento de una pareja y sus primeras señas de amor: al comienzo del baile se requieren estas señas… se avanza, se intuye, luego hay una duda, una suspensión en la que pensamos ¿será que esas señas son para mí, o es que ha pasado una abeja por delante?.. se reinicia el juego, señas van, señas vienen…. vacilación. ¿Por qué lo hace? y así podemos entrar a un circuito infinito, mientras esperamos el dato perfecto, el cálculo infalible. Sin forma de concluir.

El amor se juega en el acto, justamente, en ese acto que pone en evidencia nuestro límite. Una vez bailado y pillado algunos movimientos se realiza la apuesta y se concluye. Este momento de concluir resignifica y reabsorbe los momentos anteriores.

Bajo algunas circunstancias podemos llegar a una conclusión a partir de un INSTANTE DE MIRAR, un golpe de percepción que me de una evidencia obvia. En este caso no hay interpelación al otro, al movimiento del otro (el otro está en condición de estatua a la que se mira congeladamente). Aquí no hay baile, ni movimiento que haga posible un enigma que dispare el deseo.
Podríamos decir que estamos capturados por la mirada, fascinados y congelados, pues no se pone en juego nada de la subjetividad.

Bajo otras condiciones es necesario un TIEMPO DE COMPRENDER para así llegar a un MOMENTO DE CONCLUIR.

EL TIEMPO DE COMPRENDER precisa de una detención para observar el movimiento del otro, que a su vez hace lo mismo con nosotros. Hay un reconocimiento, hay algo en el campo del otro que me dará la clave para saber quién soy. Esto traerá duda, movimiento y vacilación:

Chabuca Granda canta este enigma:

“Como sera mi piel junto a tu piel, cardo ceniza como sera..
Si he de fundir mi espacio frente al tuyo
Cómo será tu cuerpo al recorrerme
Y cómo mi corazón si estoy de muerte»

Luego llega un momento, un momento preciso que hay que pillar, un momento de CONCLUSIÓN. Para poder llegar a esta conclusión hay que dejar de mirar y abandonar la comprensión. Pues ya no hay nada que comprender.
De alguna manera este MOMENTO DE CONCLUIR es como el INSTANTE DE LA MIRADA, pero mediado por el encuentro con el reconocimiento del otro. Mediado por el movimiento, el lapso, el baile, el circuito libidinal.

Concluir es un ACTO en el que ya no se depende del movimiento del otro, y en el que se pone en juego una apuesta. Ahí está el sujeto solo con su acto. Ahí está la soledad del instante.

Como diría Octavio Paz:
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre.

Los tiempos del sujeto: Acontecimiento y Amor (Primera Parte)

 

Por Ani Bustamante

Introducir la posibilidad del acontecimiento es lo que interesa en psicoanálisis… y en la vida misma. Como aquello que rompe con la idea cronológica del tiempo, cambiando el pasado e interfiriendo sobre el futuro.

Si tomamos distancia de la línea cronológica que es la de la predicción, el cálculo y el control (anulación del amor, el arte y lo nuevo). ¿Con qué nos quedamos? ¿Cómo entendemos esta vida y sus cruces temporales? ¿Cómo entendemos que de pronto lo que creí haber sido se descoloque en el instante en que me encuentro con el amor, con un impacto estético o con la muerte?

Me interesa trabajar la manera como se puede articular estas dos dimensiones:

a) La duración: como aquello que se sostiene imaginariamente en una línea cronológica continua, predecible y sin fisuras. Que obtura el advenimiento de lo nuevo y por lo tanto nos deja presas de la repetición. Una duración que sería algo así como “un eterno retorno de lo MISMO”, una lógica del calco, de creer que lo que vivo ahora es un calco de mis relaciones tempranas, por ejemplo.

b) El instante: como aquello que introduce lo discontinuo, la irrupción de algo que escapa de una lógica causal, aquello que no entra en las conexiones y el cálculo y que por lo tanto nos puede angustiar y/o abrir a la creatividad. ¿Aquí podríamos pensar en un eterno retorno de lo diferente?

Hace varios años, una frase de Bachelard me inspiró:
“El tiempo sólo tiene una realidad, la del Instante. En otras palabras, el tiempo es una realidad afianzada en el instante y suspendida entre dos nadas. No hay duda de que el tiempo podrá renacer, pero antes tendrá que morir. No podrá transportar su » ser de uno a otro instante para hacer de él una duración. Ya el instante es soledad…”

Este tiempo al que hace referencia Bachelard, como tiempo efímero, como tiempo que se nos va de las manos desvaneciéndose ¿puede relacionarse con la idea de sujeto en psicoanálisis? Es decir, de sujeto en tanto suspendido entre dos significantes, como efecto de un intervalo, como evanescente?

Dice Octavio Paz
lo que pasó no fue pero está siendo
y silenciosamente desemboca
en otro instante que se desvanece. ( piedra de sol)

Lacan en el seminario 11 dice que “La función de algún modo pulsativa del inconsciente, en la necesidad de evanescencia que parece serle de alguna manera inherente: como si todo lo que por un instante aparece en su ranura estuviese destinado, en función de una especie de cláusula de retracto, a volver a cerrarse, según la metáfora usada por el propio Freud, a escabullirse, a desaparecer”

Como contrapartida a esta realidad del instante, de lo efímero y discontinuo, el sujeto de manera natural, intenta mantenerse en una línea diacrónica (entendida como imaginaria) que le permita estar en una lógica predictiva y calculadora que pretenda ver el futuro como aquello que es “posible” que se presente, para luego comprenderlo como “necesario” (evitando reconocer el carácter contingente de un acontecimiento)… ahí estamos cómodos, negando el hecho de que el tiempo puede introducir lo imposible (de pensar o prever) y que puede llevarnos a cuestionar o agujerear el sentido que teníamos establecido.

Así, el encuentro con un acontecimiento contingente es interpretado como “algo que estaba escrito”, como algo necesario, esto calma la angustia que ocasiona aquello que escapa al control y se presenta como imprevisto, no calculable, ni medible. Nuestra tendencia es buscar conexiones que borren el carácter contingente y reintroduzcan una causalidad.

¿De qué manera estas dos tendencias: la del instante discontinuo y la de la duración lineal pueden convivir? Busco una suerte de unidad en la discontinuidad, un cuerpo que cohesione la dispersión de los instantes. Una relación en medio de la “soledad del instante” que postula Bachelard.

Freud en su artículo “El poeta y la fantasía” (1908) postula que es la presencia del deseo la que hace resonar juntos presente-pasado y futuro… estos, dice: “son como las cuentas de un collar engarzado por el deseo”
Esto tiene que ver con la idea de una primera satisfacción de deseo que deja la huella de una pérdida (primera satisfacción del deseo como lugar mítico) que pone a andar el circuito del deseo y que instala una ilusión de un futuro en el cual ese deseo (que por estructura nunca se realiza) se realiza.
Aquí la fantasía de ese cumplimiento de deseo opera como articulador que cohesiona los acontecimientos. Sin embargo creo necesario buscar esos cortes en la fantasía que den lugar a lo nuevo, a lo impredecible. Y no introducirnos en el futuro como mera repetición del pasado (aunque este futuro prometa la satisfacción del deseo)

Badiou dice:
“El tiempo es múltiple en sí mismo. Yo diría que el tiempo es el ser-no-ahí del concepto… para mí resulta esencial pensar la verdad, no como tiempo, o como ser intemporal, sino como interrupción…. No se puede buscar lo verdadero del lado de la memoria”
Porque del lado de la memoria nos encontramos con esta linealidad y este imaginario que tapona. Pessoa decía que preferia el recuerdo porque en él no se veía acotado por límites temporales o espaciales.
Traslado esta idea de interrupción en Badiou a una elaboración lacaniana de la temporalidad basada en los primeros aportes freudianos sobre el efecto retroactivo.

Tenemos dos líneas:
La línea proyectiva y la línea retroactiva

La Línea Proyecctiva tiene que ver con:
La Sucesión
El Sentido único
La Predicción
La Proyección
La Espera

La Línea Retroactiva con:
La Interrupción
La Suspensión
Lo dicho (en el decir) como dimensión de la verdad
El Acontecimiento

Venimos hablando de la duración y del instante, y de cómo ante la necesidad de articular los distintos modos de presentación del tiempo vimos que Freud pone al deseo como lo que engarza. Lacan continuará esta idea construyendo este grafo. Podemos ubicare el acontecimiento, lo inesperado, en la intersección de estos dos tiempos (retroactivo y progresivo) y pensarlo a la manera de Niezsche: como una puerta, una puerta a la que llama INSTANTE y en la que se encuentran dos infinitos: el que viene del pasado y el que va hacia el futuro.
En ese preciso instante, en esa zona de umbral que agujerea el sentido ¿podríamos pensar que el tiempo adquiere carne?

Y aquí me arriesgo a proponer algo: LA NOVEDAD Y LA SECUENCIA DIACRONICA SE ARTICULAN SUBJETIVAMENTE EN EL CUERPO SEXUADO. EN EL AMOR (EL AMOR DESDE EL PUNTO DE VISTA DEL ACONTECIMIENTO)

Propongo esto basándome en que es el agujero la condición de posibilidad del deseo y lo que permite que la libido haga un recorrido en los bordes. Mantenerse en el acontecimiento sin reducirlo a lo necesario de la causalidad es introducirnos en lo imposible, en el encuentro con lo inesperado… lo cual trae tanta angustia, como el mismo hecho de desear, pero es a la vez posibilidad de instalación de la subjetividad en tanto creación de algo nuevo.

Este instante, como tiempo del acontecimiento y como puerta, sería un lugar vacío que sin embargo potencia que algo se concrete, que el tiempo tome cuerpo. Es en el cuerpo donde se anuda el éxtasis gozoso, con las huellas de la memoria, el lugar donde la memoria recorta sus pretensiones absolutas para alojarse en los pliegues de la carne.

Tenemos entonces este cuerpo sexuado, este cuerpo que sufre/goza los avatares del amor. Cuerpo como zona de umbral, como puerta que abre y cierra, que pulsa rítmicamente produciendo el encuentro con lo inconsciente.

Marcela Pernía. Una huella, un poema

Un largo trayecto de Trazo Freudiano y de Aniverso fue escrito en intenso y riquísimo intercambio con Marcela Pernía, autora de los blogs: «Itinerarios en el arte»,»Letra deriva» y «La máscara y el poema».
El texto compartido y sus comentarios acompañaban muchos de mis posts. Es dificil encontrar una escritura, un pensamiento y sensibilidad, tan finamente complejos.
La voz poética de Mar sostenía mi pluma cuando ésta desfallecia.
Ahora, en esta tan oscura noche, intento sostener con mis letras su irremediable ausencia.
Y aunque sé que este es un blog dedicado, básicamente, al psicoanálisis y la filosofía, no encuentro manera de acercarme a estos discursos sin la textura poética, sin pulsar el propio límite entre la teoría y la puesta en juego de la subjetividad… ella, la que se articula en la temporalidad, en la concatenación de instantes que juegan y fingen duración. Instantes que, de pronto, marcan el quiebre, la disrrupción. El corte.

Es la única manera que tengo de sostener este blog. Esta es mi posición.

Hoy son tuyas mis letras Marcela, tienes aquí un lugar.
Ahora que danzas en esos abismos imposibles en cuyos bordes escribias.
Déjame que inscriba uno de tus poemas:

XLI

En el latido que quiebra
la frágil envoltura de las apariencias
en el reverso de la palabra
y su conjuro
en la mirada y su distracción
del infinito
en el cuerpo acariciado
como tibio talismán contra la muerte
en la piel de la locura
más callada
en el fruto de las bocas colmando
el lenguaje del delirio
en la mímica del agua
como simiente de la urgencia de las manos
en el tibio despertar de las ofrendas
de este cuerpo mío
en la fidelidad de la ausencia
cual urdimbre de sutiles matices
en el reinventarme en corazón ajeno
bajo ecos de lejanas melodías
en el son del viento que despide
en suave aleteo
en libre paneo suspendido
la eternidad de lo efímero
Amor
para que sobrevivas
[yo no diré mi poema y he decirlo]
con su agua y su fuego
con su mar en las venas
palabra por palabra hasta echar andar al mundo
como acuerdo de dioses primigenios
palabra que se piensa hacia adentro
corazón espejo para mirarnos lo que somos
poema de agua para nadie
infinito en su humedad estremecido y frágil
como lluvia que confunde las palabras con agujeros o pájaros
como puntas de estrellas clavándose en la luna

Marcela Pernía.

Gracias Mar, por tu huella, por tu trazo.

La hija del carbonero

Pareciera que en la virtualidad de este espacio se conjugan tiempos e instantes procedentes de diversas latitudes. Hace un par de días llegó a mis manos desde Buenos Aires este cuento, de la psicoanalista Mónica Arzani, para ser publicado aqui. En el instante preciso en que mis preguntas se dirigían hacia el asunto de la temporalidad y el recuerdo, aparece, cual acontecimiento festivo, este texto que pone en acto y en letra, aquello que nos viene inquietando.


La hija de Carbonero

Por: Mónica Arzani

¿ O acaso hay algo más desesperado que el surco de una antigua felicidad, de haber tenido algo y haberlo perdido?
Yo que soy toda ojos, veo este sueño como una sombra que une el recuerdo y el olvido. Y aparece entonces la pregunta como un gesto leve y muy antiguo. Una pregunta sin destinatario, porque tendría que volver a cruzar esa línea fugaz que nos separó por años. Entrar en ese pasaje vacío, tan imposible como sus labios que ahora duermen. ¿ Qué puedo encontrar después de haber encontrado? Quizás mi memoria infiel genere alguna chispa breve que alumbre la precariedad de su imagen, su dolorida ternura, su cuerpo encarnado en el vestido rojo, la espesura de su pelo intensamente oscuro, capaz de conducir en una sola hebra la voluptuosidad y ebullición de la más perturbadora ceremonia. Es un alivio poder evocarla sin testigos porque así todas mis precisiones terminarán siendo ciertas a fuerza de creerlas.
Se la nombraba como la hija del carbonero y se la veía recorrer el río en las lanchas pescadoras con las rodillas y la cara tiznadas y los ojos falsamente ingenuos. Nunca pude mostrarla como a mis otras amigas.
Mi familia la veía con una mirada acusadora , sumergida en la duda. Duda que se reeditaba cada tarde en el llanto de su madre frente a las amarronadas aguas del río, penando , preguntándose por el paradero de su hija. O los improperios del carbonero que la maldecía mientras escondía las botellas de vino vacías entre los yuyos. Tísica de mierda, era la mejor definición que encontraba para su hija. Pero yo nunca me había inquietado con sus desapariciones, sabía que volvería por el patio de atrás y se refugiaría en la carbonería, hasta que su padre se durmiera por los efectos del alcohol y su madre se sentara a escuchar la novela de la tarde. Después como si nada pasara entraría a la cocina, sabiendo que no sería interpelada, que para ese entonces el fragor de la batalla se había desvanecido.
A pesar de todo esto y de mi propio pesar, fui la cómplice de su triste olor a barro mezclado con plantas húmedas y pescado y de su pelo enredado con las algas del río.
Ella me esperaba pasando los árboles, a la hora de la siesta. Entonces nos sentábamos en la ribera y yo le masajeaba y peinaba los cabellos, con cuidado, con celo, con caricias, mientras ella se sumergía en una calma estática, como la de un estanque se agua llovida. Y ya no había de que preocuparse, no se precisaba acudir a nada, a ella no le interesaban su madre aterrorizada ni su padre anónimo. A mí tampoco me signaban las categóricas palabras de mi abuela: Desde el primer día que la vi, supe que esa chica tenía un vicio. Nada, sólo nosotras en ese oxígeno único, en esa visión tan portentosa que da el desasimiento de lo mundano.
Todo se trastocó una tarde en la que ella llegó tan descalza como siempre, con la trenza atada con empeño sobre la nuca y su olor a pasto recién cortado. A veces los hechos, las conmociones, suceden a pesar de uno, ha de ser por eso que saqué una tijera escondida en mi vestido y con un estremecimiento profundo, le ordené: Cortala.
La trenza cayó a mis pies blandamente. Ella lloró contra el suelo, mordiendo las piedras, lloró con lágrimas perdidas, no compartidas con nadie.
En el ocaso de ese día abandoné el pueblo con mi secreto oculto en una valija.. Me instalé en la ciudad y nunca volví a verla.
Su rostro se fue alejando poco a poco de mi miedo. Sus cabellos en cambio permanecieron siempre conmigo, como su ofrenda más recóndita. Para gozar de su tersura confeccioné con ellos un tocado que me sujetó a su memoria como una urdimbre de rosas eclipsando su recuerdo. Guardé la reproducción celosamente, para que nadie turbara su eternidad.

Nunca la usé.

Alix

Duraciones discontínuas, o la insistencia del instante.

Como dije en anterior post (martes 6 de octubre), este blog ha sido tomado por el espíritu de la discontinuidad. De pronto… el blanco, el silencio y, un ritmo musical que parecia escribirse solo y por fuera de este espacio.
Hago uso de esta sensación para pensar el asunto de la temporalidad y el ritmo pues siempre me ha llamado la atención la pregunta por el instante.
En el instante me alojo, frente al titubuear arritmico de las teclas para preguntarme ¿qué es la duración? ¿qué el instante?
¿Acaso podemos pensar el tiempo del sujeto como una discontinuidad? Si esto fuera asi, las consecuencias en la idea de memoria serían relevantes. Bachelard dice en «La intuición de instante» que el recuerdo no está sostenido en la duración, sino solo en el instante (no sé por qué digo «solo»). Es decir, no recordamos duraciones.
Por otro lado Badiou piensa que «no se puede buscar lo verdadero por el lado de la memoria. La verdad es desmemoriada; es incluso, al revés de lo que piensa Heidegger, el olvido del olvido, la interrupción radical», pues finalmente el olvido en cuestión es «del propio tiempo», en un intento de afirmar inmortalidad.

Si la memoria se construye con trozos de sueños e imágenes fantasmáticas no podemos sostener el ser en ese supuesto hilo (el de la memoria), entonces ¿qué es lo que dura? ¿qué se mantiene?
¿acaso, justamente, el hecho de ser discontínuos? ¿acaso el ritmo entreverado intentando escribir en medio del silencio de la noche?

Muerte y resurrección en dos poemas místicos: un anónimo y un poema de Héctor Viel Temperley

Por Jorge Cabrera

Mas, no era también él,
otro viajero de la eternidad con un va y viene
de escamas de minutos
bajo las plumas de las nubes, que, a su vez,
palidecían hacia el olvido?
Juan L. Ortiz, El Gualeguay

Primer movimiento: Cristo o el cuerpo del hombre en la cruz

La imagen de Cristo en la cruz es la imagen fundante del desamparo, de la soledad del hombre que se ha entregado (que ha sido entregado) para salvar a los otros hombres. Jesús yace solo (“¿Por qué me has abandonado, padre?”) para que los demás (hijos) vivan y continúen el camino hacia la redención. Dios escribe (sería más acertado decir “dicta” porque Dios no escribe, hace escribir) su poema, el Génesis, en una semana; el hijo necesita treinta y tres años para completar su mejor obra: su muerte y su resurrección. El padre da el verbo, el hijo escribe (inscribe) con sus manos atravesadas sobre el madero. La imagen de Cristo en la cruz contrasta notablemente con la del hombre joven, pastor de almas, y que en algún momento predica: “… he venido para traer la discordia entre los hermanos”. Contrasta pero conviene ya que movimiento y quietud son las dos caras de la vida (¿tocamos o no tocamos dos veces el mismo río?). Los hombres, los hombres que escriben, suelen dejar su leyenda (leyenda: lo que debe ser leído), su inscripción funeraria, para que la letra quede una vez que el cuerpo del poeta ya no esté. Se escribe (siempre) para dar testimonio de lo que no está, de lo que no estará. Recuerdo, a continuación, el epitafio escrito por el poeta chileno Jorge Teillier, citado por el psicoanalista José Milmaniene en su libro Clínica del texto:

Me despido de una muchacha cuya cara suelo ver en sueños, iluminada por la triste mirada de linterna de trenes que parten bajo la lluvia. Me despido de la nostalgia –la sal y el agua de mis días sin objeto– y me despido de estos poemas: palabras –un poco de aire movido por los labios–, palabras para ocultar quizá lo único verdadero: que respiramos y dejamos de respirar.

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Tocando la Letra

A René,
por su compás y ladrido inolvidables

Llevo varios meses sin poder escribir, tengo este blog detenido, como detenidos están mis dedos frente a las letras que configuran algún sentido.
Hoy, leyendo un libro sobre filosofía de la música dije: “basta”.
Pero ¿cómo basta? cuando parece que estoy frente a aquello que no se puede inscribir. Lacan diría que esto tiene que ver con: “aquello que no deja de no inscribirse” y que nos coloca frente a lo real, es decir lo imposible de simbolizar o imaginarizar. Real que intentará significarse, una y otra vez, haciendo borde alrededor de un agujero.
Dedos detenidos frente a la articulación significante de las letras se ponen en marcha a través de la creación de sonidos y ritmos. Juego con la pulsación temporal de aquello que no alcanza un nombre.

Días atrás, estando todavía en Lima, inicié una aventura de sonidos y ritmos con el cajón peruano. La significación enmudecía mientras la madera tomaba cuenta de la pulsión. Mientras la textura y la sensación dejaban de lado a la “lógica del sentido”.

El acto de saber entrar en el compás, de sacar el ritmo en los márgenes de la consciencia, de entender que la incesante pulsación no para y que hacemos, ahí en donde el tiempo es el amo absoluto, una pirueta. Danza entre límites y sonido.
Justo ahí en donde la cultura negra peruana teje el dolor de la esclavitud con la fiesta por la advenida libertad. Festejo de cajones en medio de la pobreza, festejo que sabe salir del patrón (musical) para complejizarse en un transe mestizo que celebra la libertad (que no es otra cosa que el reconocimiento y respeto de la subjetividad). No hay más amo que el tiempo, y con él, se logra música.

Ahora, frente a la página en blanco, solo oigo el torpe teclear de mis dedos. Intento entrar y salir de la significación haciendo con cada letra una caricia de madera. Toco mi cajón escribiendo… “panalivio” entre la vida y la muerte, entre lo nombrable y lo innombrable (quizá lo que quiero decir se esconde entre un punto y otro… en el vacío de una línea)

En Madrid, trato de retomar mis ritmos negros, la marinera y el vals… el andar alegre de René mi perro, que partió en esos días limeños, entre toques de cajón y olor a canela.
Estoy al borde y no puedo… escribir.
No hay manera de cifrar la muerte, de domesticar el tiempo, de nombrar el goce y el festejo.
Algo no cesa de no escribirse en la textura de la madera, mientras las manos vuelan descubriendo un baile imposible.