Muerte y resurrección en dos poemas místicos: un anónimo y un poema de Héctor Viel Temperley

Por Jorge Cabrera

Mas, no era también él,
otro viajero de la eternidad con un va y viene
de escamas de minutos
bajo las plumas de las nubes, que, a su vez,
palidecían hacia el olvido?
Juan L. Ortiz, El Gualeguay

Primer movimiento: Cristo o el cuerpo del hombre en la cruz

La imagen de Cristo en la cruz es la imagen fundante del desamparo, de la soledad del hombre que se ha entregado (que ha sido entregado) para salvar a los otros hombres. Jesús yace solo (“¿Por qué me has abandonado, padre?”) para que los demás (hijos) vivan y continúen el camino hacia la redención. Dios escribe (sería más acertado decir “dicta” porque Dios no escribe, hace escribir) su poema, el Génesis, en una semana; el hijo necesita treinta y tres años para completar su mejor obra: su muerte y su resurrección. El padre da el verbo, el hijo escribe (inscribe) con sus manos atravesadas sobre el madero. La imagen de Cristo en la cruz contrasta notablemente con la del hombre joven, pastor de almas, y que en algún momento predica: “… he venido para traer la discordia entre los hermanos”. Contrasta pero conviene ya que movimiento y quietud son las dos caras de la vida (¿tocamos o no tocamos dos veces el mismo río?). Los hombres, los hombres que escriben, suelen dejar su leyenda (leyenda: lo que debe ser leído), su inscripción funeraria, para que la letra quede una vez que el cuerpo del poeta ya no esté. Se escribe (siempre) para dar testimonio de lo que no está, de lo que no estará. Recuerdo, a continuación, el epitafio escrito por el poeta chileno Jorge Teillier, citado por el psicoanalista José Milmaniene en su libro Clínica del texto:

Me despido de una muchacha cuya cara suelo ver en sueños, iluminada por la triste mirada de linterna de trenes que parten bajo la lluvia. Me despido de la nostalgia –la sal y el agua de mis días sin objeto– y me despido de estos poemas: palabras –un poco de aire movido por los labios–, palabras para ocultar quizá lo único verdadero: que respiramos y dejamos de respirar.


“Hay otros mundos, pero están en éste”, dice Paul Eluard. Y hay un momento en la historia de la tradición literaria española, en el que el verbo divino se hace carne, se funda en el cuerpo del poema: es el momento de la irrupción de la literatura mística, en los siglos XVI y XVII, y que tuvo su período de plenitud entre 1560 y 1600, durante el reinado de Felipe II. Los místicos no hacían distinción de género pero dadas las características propias de sus textos se diferencia a éstos de otras obras escritas en prosa o en verso.
Recordemos que la palabra “mística” proviene del griego mystikós, relativo a los misterios, arcano, secreto; y que por lo tanto designa las relaciones ocultas, secretas, por las cuales Dios eleva al hombre por sobre sus limitaciones naturales y le permite conocer un mundo superior. Por extensión, entonces, literatura mística es aquella mediante la cual los escritores, a través de la palabra, buscan describir el acercamiento y la unión con Dios. Encuentro que, si es posible alcanzarlo en vida, se sabe inefable, pues ¿cómo habrá de describirse la unión del alma con Dios?
Recordemos también que los tratadistas distinguen tres vías o momentos en el camino hacia la unión con la Divinidad:
• La VÍA PURGATIVA, en la que el alma se libera poco a poco de sus pasiones, renuncia y se purifica de sus pecados.
• La VÍA ILUMINATIVA, durante la cual el alma se ilumina, goza con la consideración de los bienes eternos y de la pasión y redención de Cristo.
• Y, finalmente, la VÍA UNITIVA, en la que se llega a la unión con Dios, según el modelo definido como «matrimonio espiritual».

El lugar más alto de toda la mística española y universal es el alcanzado por los escritores de la Orden del Carmelo: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. A ambos escritores excepcionales se les suele atribuir el Soneto a Cristo Crucificado, al que vamos a hacer referencia, pero en la versión más común el texto es considerado anónimo. Lo leo.

SONETO A CRISTO CRUCIFICADONo me mueve, mi Dios, para quererte,
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.Anónimo

La imagen de Jesús, estático, clavado, pro-mueve que el sujeto que le habla se con-mueva con él, es decir: lleve su propio cuerpo y su propia alma hacia el crucificado, hacia el hombre que no puede mover sus extremidades. El soneto, como sabemos, es una composición poética rígida, cuya estructura está cimentada en la cantidad estable de sus catorce líneas y en su distribución estrófica. El ritmo se apoya en la medida de los versos (por lo general de once sílabas) y en la rima consonante. Esa rigidez de la forma se corresponde, en este caso, con la rigidez del cuerpo desfalleciente del personaje. Pero el que está quieto hace que el otro se mueva. El Señor, o sea el hijo devenido padre, provoca en el yo que lo observa (ahora, el hijo), un sentimiento de conmiseración pero fundamentalmente de amor. Y ese amor es incondicional (“te amo porque te amo”, diría el sujeto que habla). No ha de haber ni premios ni castigos que tuerzan esta voluntad de entrega. Si la poesía lírica es el espacio en el que el yo se nos muestra, en este poema el yo es en tanto es para el otro. El yo no vive sino para contemplar, para aspirar a. El “Vivo sin vivir en mí” de Santa Teresa, se advierte aquí en toda su dimensión. El yo se desprende y se entrega porque ya no hay un yo en mí. Por supuesto que las reiteraciones rítmicas, entendiendo por ritmo el sistema de repeticiones en todos los niveles del lenguaje, le confieren al poema un clima de absoluto recogimiento. No parece haber nada más en el mundo que la escena del que contempla y del que es contemplado. El verbo “mover” acompañado del acusativo “me” es el verbo central del texto, por eso está desplegado en los cuartetos y desde allí tiñe con su connotación y sus aliteraciones sonoras todo el poema.
Segundo movimiento: Crawl o el cuerpo del hombre en el agua
Crawl es un extenso poema, libre de las ataduras del metro y de la rima pero se nota que ha sido delicadamente estructurado. Está dividido en tres cantos (los llamo “cantos” por su vinculación épica) en cuyos títulos confluyen tres elementos, a saber: EL ESPIGÓN MÁS LARGO, EL AVISO Y EL CRAWL; LAS ARENERAS, JESUCRISTO Y EL DESAGÜE; LA CASILLA DE LOS BAÑEROS, EL PISO Y EL HOMENAJE. A su vez, los dos primeros cantos tienen varias partes: el primero, cuatro; el segundo, tres. El último canto tiene una sola parte pero es la más extensa del texto. Lo significativo es que cada parte o movimiento se inicia anafóricamente con el mismo verso: “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis”
El poema se plantea como narrativo desde el comienzo (“Vengo de “, como movimiento concreto). El yo, el protagonista, arriba a la escena ya transformado porque ha incorporado el cuerpo de Cristo (“comulgar y estoy en éxtasis”, como movimiento simbólico). Pero además: si Hospital Británico, el último libro de Viel, es el texto de la fragilidad y el asombro frente a la muerte pero también el de la gracia de la fe, como indica Enrique Molina, Crawl es el poema del hombre que se mueve y se agita en el agua que lo purifica. El hombre mojado, bautizado, y que es doblemente otro porque lleva el cuerpo de Cristo en sus entrañas.
El programa poético de Crawl se acerca por momentos a la dispersión del sentido al modo surrealista, esos universos distantes que ¿producto del azar? vienen a convivir (otra vez ese verbo) en un mismo enunciado. Y ahí parecería aparecer un principio de contradicción, dado que sobre el final del libro, a modo de colofón, se puede leer lo siguiente: “CRAWL fue compuesto, en alabanza a la presencia misericordiosa de Cristo Nuestro Señor, entre el 1ero. de febrero de 1980 y el 24 de junio (Natividad de San Juan Bautista) de 1982.” Contradicción, digo, (tal vez debiera decir variación) porque un poema místico se deja llevar hacia otros campos de sentido, pierde su rigidez conceptual y se abre al juego de las significaciones. Esa deriva del texto no sería tal, sin embargo, si aceptamos el misterio de la comunión: el cuerpo del poema se encuentra en lo conocido (las reiteraciones ya mencionadas) y se pierde (se encuentra otro) en las diferencias.

Visualmente, porque éste es un poema para ver y no tanto para oír, la longitud tan variable de los versos y los grandes espacios en blanco en la hoja, parecen semejar el movimiento del crolista: el cuerpo se mueve, se sumerge y reaparece para respirar. Una curiosidad, ya que hablamos de un estilo de natación: con crolista se forma el siguiente anagrama: al cristo. Quiero decir: en esa otra escritura que es el inconsciente del texto, podemos encontrar una lectura. Los miembros crucificados de Jesús, están, en el poema de Viel, en pleno movimiento. El de Crawl es el cuerpo vivo de la resurrección. Leo a continuación, si es que puedo respirarla bien, la última parte del segundo canto:
poema1
poema2poema3

Tercer movimiento: El a-dios

Héctor Viel Temperley nació en Buenos Aires en 1933 y murió en esta misma ciudad en 1987. En 1997 y 2001 Ediciones del Dock reeditó Crawl y Hospital Británico. En 2004 la misma editorial publicó su Obra Completa.
El propio autor afirmó en un reportaje:

“–¿Un poeta religioso? No. De ninguna manera. Seré un místico, un poeta surrealista, cualquier cosa, pero no religioso. Hablo de marineros y de nadadores. Jesucristo aparece a través de un rufián, de un vago, de un bañero.”

Viel no dejó, que yo sepa, un epitafio, pero, para inquietarnos más, dejó este verso que bien podría funcionar como tal:

“Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo”

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