Jack Kerouac: viajero solitario

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Por Hugo Savino

Viajero solitario arranca en la voz. Como todos los libros de Jack Kerouac. Con una ficha introducción del propio Kerouac. Es el año 1960: está obligado a leerse – está solo – sus amigos duermen. Literariamente hablando. Queda la visión de alguna Mardou tejida en el flirt del mal. Alguna Joyce Johnson que lo sabrá leer cuarenta años después. Las mujeres saben leer muy bien a Jack Kerouac. El motivo de este libro es el viaje – solitario. Los trenes, las personas, el misticismo, la soledad hasta el solipsismo, la indigencia, la auto-educación. Los recovecos para ocultarse en la noche industrial norteamericana. La lectura tramada a la vida. La evocación de los libros amados. “Su alcance y su propósito son sencillamente la poesía, o la descripción natural”.

“De lo que habla la escritura de Jack Kerouac es de captar todo lo que está pasando incluso cuando nada parece estar pasando. No habla de un argumento (plot) o de una acción; con pocas excepciones, no habla siquiera de personajes. Habla sobre la percepción. Habla sobre la conciencia, y la mortalidad, y la compasión. Es una meditación sobre la vida.” (Helen Weaver – trad. Mariano Dupont).

Vale la pena repetirlo, para nada: lo que nunca se perdonó, lo que no se perdona, lo que no se perdonará – es la escritura sin argumento, el desacato a esa vaca sagrada llamada plot. Usan la palabra en inglés los cronistas de suplemento que creen que el súmmum del plot son las series de televisión. Kerouac logró novelas que no se pueden contar por teléfono. Sin argumentos. No se pueden filmar. O sólo John Cassavettes puede hacer algo. Kerouac medita en sus novelas como Monk medita en el piano. Pascal era uno de sus héroes. Y si empezamos a pensar seriamente en que el inglés era su segunda lengua, que dejó una nouvelle escrita en francocanadiense llamada La nuit est ma femme, en la que estaba trabajando un mes antes de escribir En el camino (Joyce Johnson), podemos seguir el impulso a Pascal. Y la palabra meditación usada por Kerouac se convierte en una larga frase de muchos libros. Línea francesa: Pascal-Balzac-Proust-Céline.  ¿Mucho? Los angustiados que quieren leer toda la literatura en unos meses dirán que es mucho. Jack Kerouac no retrocede frente a sus visiones alucinadas, les pone voz. Las ve con el oído. Kerouac anota. Todas las novelas de Kerouac salen de su sistema de notas. Escritor de cuadernos y libretas. “Miro mi libretita – y me concentro en las palabras de la  Biblia” – (Viajero solitario). La Biblia, que leyó en francés. Mientras mira a los vagabundos que duermen en “sus lechos de la eternidad”. Hay una eternidad Kerouac, y hay una eternidad Macedonio Fernández. No son la misma eternidad. Inventores de eternidad.

“Leí y estudié solo toda mi vida. En Columbia batí el record de inasistencia a las clases para quedarme en mi cuarto. Escribía una pieza teatral diaria y leía a, digamos, Louis-Ferdinand Céline en lugar de los “clásicos” del curso.” (Viajero solitario).

Y  de repente, se da cuenta de que los compañeros de las complicidades duermen. Como le pasó a Macedonio Fernández. Que se fue a tomar mate solo. Con sus cuadernos. Macedonio Fernández y Jack Kerouac: escritores del exorcismo: “La escritura infinita de Macedonio, todos sus libros, sus cartas, su obra entera, tiene algo de exorcismo por el cual un hombre escribe sin parar un interminable texto porque teme que, si deja de hacerlo se le escapará la Eterna, como se le escapó Elena al amante esposo Macedonio una noche de 1920 o se irá Consuelo a la que ahora tiene” (Álvaro Abos, Macedonio Fernández, la biografía imposible). Como se le escapó Mardou. Y Kerouac pone a sus Mardou en su escritura infinita. (Y las eternizó.) A sus vagabundos, a sus trenes, a esos ferroviarios que pasan. Va ligero como un fantasma por las colinas de San Francisco. Mira un zaguán y lo inventa Dickens: “el zaguán moteado de polvo en el viejo Lowell Dickens de ladrillo de 1830.” Anota los silencios del día. Los silencios del lenguaje. Todo Jack Kerouac es una larga rememoración de lo viajado, de lo Mardou amado bajando por la “curva de la eternidad”, por esa calle, ¿hacia el tren?, o escribir para no habitar “nunca en la farsa que es la vida real de este mundo lleno de ruido”.

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Cuaderno de hoja lisa

Por Hugo Savino

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Para Régine Blaig

Nos quedamos con los apuntes, con los cuadernos de notas tal cual o muchas veces camufladas adentro de novelas, o entre las páginas de inconcebibles diarios íntimos, o en epistolarios castigados por la infaltable supra-conciencia biográfica. – Néstor Sánchez, Márgenes.

Néstor Sánchez  re-trabajó sus deudas, asumió sus rupturas, sospechó de la ruptura, intuyó rápido que se venía la época de todos, en la ruptura,  supo que es inevitable una poética del rechazo, una idea del valor:

“-¿Qué quiere decir valor? Convengamos que el valor en sí, el culterano, lo dan los profesores y periodistas de todas las edades. Yo hablo como un tipo apasionado por lo que hace y por lo tanto arbitrario. Cuando uno quiere algo, conocer y convencerme a través de la escritura, cuando lo quiere todo el tiempo, no pide ni da cuartel; y tampoco lo merece.”

Las notas de Ojo de rapiña acompañaron la escritura de sus novelas, son  de su trabajo, de sus libros. Néstor Sánchez fue envolviendo el vacío, con sus novelas y con sus apuntes. Con sus entrevistas. Una continuidad. Rescato las dos palabras: notas y apuntes. Contra la idea de ensayo. No escribió ensayos. Ojo de rapiña era un proyecto de libro –Gabriel Rodríguez a Claudio Sánchez: “Tenés razón, hablaba de un proyecto “Ojo de rapiña”.”

Supo que lo precario no lo abandonaría  nunca, que se trataba de enriquecerlo. Escribía en el momento en que la sacrosanta ficción empezaba su reinado. El realismo llegaba. O se redefinía, para decirlo ampuloso a risa. Una escolaridad de la literatura ya se había instalado, una profesionalización ocupa todo el terreno. La maldición escolar. Todos empezaban a escribir la misma novela: “Lo cierto es que en este tipo de  novelas bastante parecidas entre sí y por lo general llamadas “realistas”, lo más fácil de comprobar es que el lenguaje, esa aventura artísticamente descomunal y bastante desacreditada, ha sido enajenada para otros fines”. En la guerra del lenguaje apareció la decisión de acabar con lo artístico descomunal. Liquidarlo. Ponerle la tapa. Había que impedir que Jarry, o podemos decir Macedonio Fernández, se repitieran. Un ejército de profesionales de la estética y de la enseñanza (la demencia universitaria dijo Samuel Beckett) se consagró a eso. Una guerra que todavía dura.

Entre libros permitidos y libros no permitidos.  Empezó de manera oficial la guerra contra el poema. Sánchez escribió toda su obra en el inicio de esta guerra. La vio venir. No se la ocultó. El imperativo de esos profesionales era decir algo, tener personajes claros, definidos, había que transmitir, había que saber lo que se iba a decir:

“El oro por ninguna parte, para desaliento de los acreedores de confianza: nada que transmitirle a nadie, ni convicciones para representar, ni la menor idea de lo que irá a decirse porque es demasiado incierto lo que querría decirse y sobre todo porque seguirá en pie eso de que no estamos en condiciones de merecerlo.”. Lo refractario Sánchez se escribía al costado del éxito social, del fracaso social. Dos cosas sin interés. Salvo que uno sea profesional. Sánchez ni siquiera fue profesional de nada. No quería que la Sociedad lo engrampara. Sólo eso. Pero, junto a su manera de escribir, su mayor pecado. Apostó aldesconcierto acumulado, no retrocedió. Un escritor librado “a su propio juego”, “haciendo todo lo posible por expresar aquello que no conozco”. Refractario a la mercadería transmisión: maestro transmite, alelado ingurgita, y después pía la lección sin cambiar una coma: “Una: hacerse divulgador por escrito, o titular de cátedra amenazada por el sentimiento inmediato del porvenir y por el tedio que implica toda convención hombre-que-supuestamente-sabe frente a hombre-que-supuestamente-escucha-o-lee.”. En fin, se entiende que la obra de Sánchez mueva el piso, que se la vigilecomo una amenaza al empleo, pero los dueños de la transmisión pueden no leerla, finalmente pueden darse esa libertad y salir un poco de la angustia de controlar todo. Dan ganas de decirles que su trabajo está más seguro que nunca. Tranquilizarlos. Pueden no leer a Néstor Sánchez: “no pide ni da cuartel; y tampoco lo merece”.

La  poética (del cambio) de Sánchez apuesta a la aparición de azares, encuentros, recovecos, cuchitriles tangueros, un paso de baile, una voz, a la pasión sostenida. Pavese y su Oficio de poeta no son una receta de oficio perdido, para Sánchez es una posibilidad de transformación, una anti-pedagogía. Una posibilidad contra el escritor que “desciende-al-pueblo”, contra esa falacia de creer que se le habla a una multitud. Enamorados de la multitud abstenerse de leer a Néstor Sánchez. Irritados y ofendidos, también. Gadda ayuda: “Todos estamos irritados, u ofendidos por algo… Pero la polémica franca, la diatriba, el grito, la injuria son preferibles a los términos seudo-narrativos de una pretendida objetividad… Puedo equivocarme…” Sánchez, como Gadda, hace bailar las preguntas en la oreja.

Carlo Emilio Gadda y Néstor Sánchez: una propuesta de deseducarse: “¿Es el lector que se educa en la reverencia hacia un ritmo?”.  De despojo: “Y lo cierto es que dentro de esta pobreza entrará también despojarse del prejuicio de vanguardia: zonas oscuras. Onírico, fronteras de la razón, automatismo: cualquiera sueña, está semiloco, asocia de la mañana a la noche, convive a su modo con ideas inconfesables. El ‘todo nos está permitido’ es siempre gestual, urgencia para volverse el cuco de las tías como si esas tías – o estos ‘burgueses’ – representaran la medida de algo, de algo que nos concierne.” Escrito en 1971. No perder de vista las fechas. Soltó amarras. Rechazo de todos los lugares comunes de mayo del 68, de las vanguardias, de la crítica triunfante. Sólo en un rincón. No servir. Imperdonable. Son frases que hacen mal, ofenden. Deseducan. Pueden caer en manos de lectores. Sánchez no es bueno para la clientela de los maestros.Verificación recontra empírica de ambición a tiempo propio, hace mal.

Ojo de rapiña no es un libro de aplicación, no da lecciones de estética, no habla sobre la belleza. Es verdad que no se preocupa del lector de “la convención narrativa”. Que desalienta “a los acreedores de confianza: nada que transmitirle a nadie”. Es un libro no permitido. Acelera el “impulso de ‘omisión’ voluntaria”. Manotea en lo desconocido. Temblores de poemas. Tienta al desacato: “ausencia de valores inculcados donde sentirnos y reconocernos pobres sin que intervenga el menor tipo de esfuerzo para ocultar esta pobreza. Mejor todavía: fomentando la verosimilitud ilimitada de su presencia.” Ir llegando a la voz propia: “Escritura que se escribe a sí misma, libro convertido en la historia un tanto secreta de una voz sin transcurso organizado de una cultura.” Botella al mar para lectores extremos, asociales. Secretos. Pero, la verticalidad de la poesía no soporta un poema escrito. No digo nada nuevo, pero lo machaco. Por gusto. De machacar. De tocarle con “un pelo de tío, caca de paloma, una uña de Quevedo” la nariz a la gallareta organizadora de literatura, sea hombre o mujer, aunque sé que gana ella, socialmente hablando, la gallareta, tocarle la nariz con citas de Néstor Sánchez.

Fuente: Palabras Amarillas

Figuras del Intervalo

nudos

Por Ani Bustamante
Figuras del intervalo,
línea, dedo, lazo,
cuerda con la que ato carne y agujero.
Allí acéfala, de-letreando con las manos el lugar del padre
y sus nombres imposibles.
Una letra,  el sonido del espanto sujetando el ovillo
A
aparta de mi esta lengua y sus mucosas
sujeta el mundo en tu nudillo.
Paso el dedo, hago nudo,
tensión en las muñecas.
Levanta el codo, baja la mano, cede tu tiempo en el tejido.
Fricción de cuerdas, amado aparato fonador
intrascendente
imagina, imagina que ruedas
arriba el índice del deseo, bajo la curva de la noche
a-cuerda-te
a-nuda-te
indicios de una extensión suspendida
en las manos nudas, cuerdas
los dedos frotan siglos de silencio.
Te construyes por efecto de nudos.
Huele a piel y fibra
mientras danzan las manos,
la extensión última del movimiento corporal,
el borde de los dedos,
tacto infinitesimal.
Explosión de nombres.
Babel dactilar multiplicando sentidos.
Amarra, sujeta con el pulgar la obra descubierta
tensa la cuerda, advierte el tendón.
Entre las cuerdas se abre la escena
agujero entre los dedos
Y vuelven las palmas a tocarse, como clamando al cielo por un velo
Un gesto
Frases que los hilos hacen decir a las manos.
Con intrincadas simetrías de nadie
bordas el espacio
punto
borde
       entre tú y yo
Se tensan los cordeles,
la metáfora es un espasmo
una contracción de la lengua
contra-dicción del padre y sus nombres imposibles
habla, ata, arrebata el nudo de mi dedo
hazlo tuyo, hazlo otro.
Anular
el uno
por Medio del dos
y del tres.
Somos muchas figuras de cordeles
y a la vez,
la medula más íntima
el abdomen de tu nombre de seda
y un texto como hilo surgiendo de las glándulas
del deseo
Compás del intervalo
re-cuerda
el espacio entre yo y yo
vértigo sin nombre
A
angustia
y una delgada línea haciendo equilibrio
en el agujero que nuestras manos moldea
Y vuelven los dedos a pensarse, como quien toca el borde de un abismo
entre tu y yo
se tensan los cordeles,
no hay tejido sin el nudo de tu nombre haciendo puntada.
Amarra, agarra,
sujeta la danza de mis cuerdas,
repara en el bucle donde el hilo al volver sobre sí mismo crea un punto de anclaje,
un lugar fijo, una agarradera.
Sólo el bucle permite tejer, sólo el nudo permite que haya texto.
Te construyes por efecto de nudos
¡Protégenos Madre Araña!
del enredo de la cuerda, del nudo en la garganta,
pon tu baba bendita en mis dedos
humedece esta lengua agujereada
Araña, el tormento de la locura,
los pliegues del laberinto.
No creas que por hablar ya es tuyo el mundo;
TU-YO
tu yo araña
¡Cuida pues de los agujeros de la lengua!
¡Y de las manos que a – nudan la cuerda!
trepa por la línea y su destino circular
avanza de revés en revés intentando el agujero
Objetos del alma
fibras del tiempo que raspa cotidiano
hasta la herida como variación de un intervalo
donde soy siempre otra bajo el tacto de la mirada
reanuda
avanza pliegue abajo, hacía mis poros
hasta tensar tu nombre con mis dedos,
soy solo un nudo que busca la yema de la noche
la sombra del silencio que cubra los nombres imposibles,
la letra que hilvane los restos de la piel abandonada.
El poema se inventa con las manos
para amarrar lo imposible a la mirada
y cubrir las figuras con un velo de eternidad
entre los dedos.
(Poema escrito para la muestra Nudos, de la artista plástica Eva Lootz)

Casa de tormentas

Por Mónica Arzani

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 Cuando compré la casa estaba deshabitada. La había visitado dos veces, una de ellas fui con mi familia, mi esposa y el niño, para ser más preciso, bueno sin contar a tía Elena, una viejita pequeña, con huecos en su memoria y que solo pasaría una temporada con nosotros.

Era la casa pensada desde siempre, ni quejosa ni temible, todo lo contrario desde el momento en que la vi, la supe como un abrazo blando. El día que nos mudamos aprecié su empeño por mostrarse sola, desvelada, en medio de un cosmos inasible.

La música de los jardines abandonados se nos fue acercando como un reclamo, de pronto el cielo cobró una voluptuosidad de espuma y llovió. Llovió como una noche, como una respiración, como una fiebre. Llovió.

Llovió ese día y el otro y el otro. El pueblo estaba alejado y no había casas vecinas por tanto tardamos un tiempo en considerar que solo llovía en nuestro predio.

Mary y yo no estábamos dispuestos a renunciar a la casa aunque sabíamos que no se trataba de un simple fenómeno meteorológico; a la luz de los hechos esto era una condena que en nada se parecía a la realidad.

Una noche el cielo se cubrió de desmesuradas nubes clandestinas. Nosotros desoíamos los truenos con altivez, pensábamos resistir mientras acariciábamos la vida que dormía en su cuna. Los dos compartíamos la sabiduría del silencio. Claro está que no fue por mucho tiempo, esta vez llovía en la sala. Escampó en unas horas, dejando charcos sobreabundantes y la muda presión de las gotas de agua que se deslizaban por las paredes y los muebles,  una niebla agrisada y feliz nos fue expropiando todos los espacios de la casa, no hubo rincón que  quedase seco.

¿Y si hiciéramos ver los techos, total que llueva afuera que nos importa?, dijo Mary.

El insomnio y la propia desazón habían infectado su razonamiento. Yo por mi parte le escribí a tía Elena, que llegó dos días más tarde a fin de contarle lo sucedido. Las dos mujeres pensaban que se trataba de algún desperfecto, aún no descubierto. Ante la insistencia de ambas, decidí contratar personal para que examinara hasta la última teja del techo. No encontraron avería alguna. Ya nada quedaba por hacer. La casa parecía reclamar el goce de su soledad y su abandono. Salimos cuando atardecía, sin tía Elena. Ella argumentó, con su voz de campana silenciosa, que había tantas lagunas en su cabeza que podría sortear sin dificultad el agua encharcada en el piso de la casa. El desangre del poniente nos dio miedo. Un simulacro de canto de pájaro nos acompañó hasta salir a la ruta.

Inesperadamente equivocada

Por Mónica Arzani

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No sé si fue a causa de la mañana desierta o del sol tan gentil que había salido para cegarme o si fue que llevaba tres noches de insomnio, pero lo cierto es que ocurrió lo inesperado, lo terrorífico. No fue el desborde de un río, tampoco una tormenta ni un hecho de sangre: es que me equivoqué de tren. Y me di cuenta lo equivocada que estaba cuando el inspector me pidió el boleto. Señora este tren se dirige a, y dijo un nombre que no comprendí. ¿A dónde?, le pregunté, y me repitió lo que tampoco pude entender. No insistí con la pregunta. Simplemente en un silencio, quebrado por los cuchillos de los pasajeros, los gritos de los vendedores y los ruidos del tren, me limité a mirar por la ventanilla con ojos de perplejidad. El paisaje se extendía enrarecido y lúgubre. Llovía; era un sucio atardecer, gastado y turbio. Creo haber cabeceado, hasta que la cara me quedó oculta en la falda de mi vestido; tenía la piel húmeda como la de una fugitiva cuyos días son tan breves que apenas deja una huella liviana  sobre el sendero. Cuando abrí los ojos aparecieron algunas estrellas, casi invisibles, y el canto pantanoso de esa realidad me fue envolviendo lentamente.

Desperté cuando el tren dejó su latido férreo en una estación cualquiera. El cartel indicador estaba borrado. Igualmente bajé. Enviaré un telegrama, si es que lo aprueban, pensé, y me senté en el escalón a esperar el tren de vuelta. Lo tomé sin esperanzas. Soy una mujer que desafía la imposibilidad y que siempre pierde la partida. Estoy desanimada. Una pasión sin fin me corroe: repetir, repetir, repetir…….

Invitación

Esta libro parte de la necesidad de otorgar nuevas maneras para representar al sujeto contemporáneo, pues éste, ya no responde a los modelos clásicos, ni se deja domesticas por un pensamiento sedentario que plantee una identidad fija, sólida y estable. La obra del poeta portugués Fernando Pessoa sirve de estructura para elaborar una topología que de cuenta de un sujeto que, al desaparecer, produce una explosión de personajes al interior del autor.
Freud nos mostró, al descubrir lo inconsciente, que no somos dueños de nuestra propia morada. Lo que se plantea en este libro es cómo esta condición de extranjería íntima en la que el sujeto se encuentra puede ser pensada a partir de la poesía y de la escritura, pues es ahí en dónde se hace evidente que no es desde el “yo” ni desde la consciencia que se produce el efecto poético. Así, de la mano de los desasosiegos de Pessoa, nos podemos preguntar ¿Cómo es que ‘yo’ me transformo en ‘otro’? explorando de esta manera la rica relación que se teje entre nuestro mundo inconsciente y el proceso de escritura.
Es magnífico ver cómo Pessoa da un paso más allá del enunciado de Rimbaud: “yo es otro”, pluralizándolo en: “yo es otros”, creando, además, una relación entre esos otros mientras “yo” desaparece.
La autora nos propone la obra de Pessoa como modelo que despliegue, poéticamente, estas vicisitudes del sujeto. Así, tanto la heteronímia como la peculiar escritura de Pessoa, dan las pistas para la constitución de un campo subjetivo y un vínculo social a partir de la confrontación y reconocimiento de un inconsciente que nos habita y que nos hace saber que viven en nosotros parcelas desconocidas que contienen, sin embargo, claves para el acceso a nuestro deseo, verdad y ética.

Ani Bustamante es doctora en psicoanálisis por la Universidad Complutense de Madrid. Se dedica a la docencia, la clínica y la investigación de las relaciones entre arte, filosofía y psicoanálisis. Es autora del libro: Adolescencia, la revuelta filosófica y de numerosos artículos en revistas especializadas. 



El Ángel

Por Mónica Arzani

Cuando desperté, el Ángel estaba sentado en mi almohada, lo toqué con mis dedos de insensata y lo miré como una sonámbula en ebullición. Él se acercó puso sus labios sobre uno de mi oídos y me preguntó si podíamos procrear. Yo vi su sexo muy boscoso y algo interesante y accedí.

Pasaron las horas, los días, los meses, los años y yo sin poder parir ningún vástago.

Una mañana estaba recolectando la cosecha y a pesar de mi flaca visión vi desplazando jirones de nubes a una cuadrilla de ángeles hermosos, transparentes agrupados en racimos trémulos. Era a mi Ángel al que veía con una hembra sobre su lomo, rodeado de infantes gozosos de volar.

El silencio se cerró sobre mí, como una serpentina roja.

Un día un gemido extraño se paseó por mi boca, era como si me doliera o me dolía, abandoné entonces el lecho, me ubiqué en cuclillas sobre la alfombra y di a luz. El pequeño había permanecido oculto en mi cuerpo durante todos esos años, sin embargo no le guardé rencor, fue una chispita de sol en mi vida. No había terminado de devorar la placenta cuando vi suspendido en la atmósfera a mi Ángel con su hembra, en un centelleo tal que no los vi acercarse. Cuando pude distinguirlos me miraron acentuando una postura solemne. Nosotros vamos a criarlo como Dios manda les escuché decir y se zambulleron en su mundo con mi niño en los brazos, tan soberbios como un bloque de mármol blanquísimo.

Sostiene Tabucchi

Comentario al Libro "Los Pliegues del Sujeto"

 Por Miguel Ángel Alonso
 
 

Los heterónimos
Estamos ante el escenario dramático de los heterónimos, pero quizá no todos están familiarizados con la lectura de Fernando Pessoa. Por eso, quizá convenga aclarar qué son los heterónimos. Son personajes que el escritor portugués sentía nacer realmente dentro de su ser, ya desde muy temprana edad, independientes de su voluntad, con su fisonomía, sus fechas de nacimiento y de muerte, diferentes de las del mismo Fernando Pessoa, y lo que es más relevante, con sus voces propias y sus obras propias, con las cuales entran en conexión recíproca, tanto amistosa como polémica, así como paternal, a través de presentaciones y comentarios que unos realizan sobre la posición de los otros en el mundo, pero también participan de forma muy viva en la realidad social, muchas veces creando polémicas que     sacuden el ámbito cultural y político portugués.
Son autores siempre relacionados con la escritura, literarios, prosistas, poetas, filósofos, etc. Los principales heterónimos son los poetas Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, el prosista y semi-heterónimo Bernardo Soares (Fernando Pessoa dice sobre Bernardo Soares: “soy yo menos el raciocinio y la afectividad”), y el poeta ortónimo, el nombre propio Fernando Pessoa, además de toda una pléyade de personajes que fueron apareciendo a lo largo de su vida, como Caballero de Pas, surgido cuando todavía era un niño de seis años, Alexander Search, el heterónimo que escribía en inglés, o el filósofo Antonio Mora, por citar alguno de los más significativos. A todos ellos se refiere Ani Bustamante, y de los principales, los cuatro primeros que mencioné, realiza un exhaustivo, brillante y didáctico análisis en el final del libro.
Hay que decir que todos ellos trasmiten una poderosa sensación de ser personajes reales, tanto para el propio Pessoa como para quien los lee. De ello puede darnos buena cuenta el hecho de que el mismo José Saramago haya escrito una novela O ano da morte de Ricardo Reis en la cual el poeta Ricardo Reis, uno de los heterónimos, regresa de Brasil, y se encuentra con su creador Fernando Pessoa, con el cual mantiene un amplio contacto y un suculento diálogo hasta el momento de su muerte.

Entrevista sobre el libro "Los Pliegues del Sujeto"

A partir de la publicación del libro «Los Pliegues del Sujeto», algunos medios han tenido la generosidad de entrevistarme y hacer notas al respecto.
aquí, Roberto Limo del diario El Correo:

CORREO libro 17.03.11