El Ángel

Por Mónica Arzani

Cuando desperté, el Ángel estaba sentado en mi almohada, lo toqué con mis dedos de insensata y lo miré como una sonámbula en ebullición. Él se acercó puso sus labios sobre uno de mi oídos y me preguntó si podíamos procrear. Yo vi su sexo muy boscoso y algo interesante y accedí.

Pasaron las horas, los días, los meses, los años y yo sin poder parir ningún vástago.

Una mañana estaba recolectando la cosecha y a pesar de mi flaca visión vi desplazando jirones de nubes a una cuadrilla de ángeles hermosos, transparentes agrupados en racimos trémulos. Era a mi Ángel al que veía con una hembra sobre su lomo, rodeado de infantes gozosos de volar.

El silencio se cerró sobre mí, como una serpentina roja.

Un día un gemido extraño se paseó por mi boca, era como si me doliera o me dolía, abandoné entonces el lecho, me ubiqué en cuclillas sobre la alfombra y di a luz. El pequeño había permanecido oculto en mi cuerpo durante todos esos años, sin embargo no le guardé rencor, fue una chispita de sol en mi vida. No había terminado de devorar la placenta cuando vi suspendido en la atmósfera a mi Ángel con su hembra, en un centelleo tal que no los vi acercarse. Cuando pude distinguirlos me miraron acentuando una postura solemne. Nosotros vamos a criarlo como Dios manda les escuché decir y se zambulleron en su mundo con mi niño en los brazos, tan soberbios como un bloque de mármol blanquísimo.

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