El Nombre-del-Padre: una imposibilidad de creer

Por Andrea Amendola

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Los baches contemporáneos

Pensando en el marco de nuestra sociedad contemporánea me invade una imposibilidad de creer, más allá de la declinación de la función del nombre del padre, que avanza sin precedentes, en su pulverización. Si como Lacan nos enseña, el padre es una herramienta, un instrumento, del que hay que hacer uso para poder prescindir de él, el mundo actual nos muestra la falta de ese instrumento. Herramienta que permite armar un tejido de significaciones, carretera principal que orienta por entre los sinfines de callecitas que la interceptan proponiéndose como atajos, utilitariamente más convenientes y eficaces al punto de fragmentarla poniendo de manifiesto sus baches.

Su fragmentación se hace evidente en el empuje hacia modos de goce segregativos, en donde la “parentalidad” surge como aquel neologismo que pone en suspenso al significante de “paternidad”. Hoy la función paterna se constituye en una imposibilidad de creer.

Y por allí circulan los sujetos, entre las veredas de autoridades descoloridas y límites difusos, sobresaltados por tales baches y sin poner luz de giro toman los atajos del sendero de lo parental, siendo hoy la familia la que viene a reemplazar al padre y a la madre. Claro que esto no es sin consecuencias para el niño, ¿quién es la madre? ¿la que porta el óvulo?¿Quién lo dona? o ¿Quién lleva al niño en su vientre?… ¿y cómo accede un hombre a su función de padre si su deseo no está articulado a una mujer como causa de su deseo?

Las funciones madre padre se desvanecen ante el avance de lo parental y se impone la “mismidad” o la equivalencia intercambiable en lugar de la diferencia sexual, pues tal o cual callecita me deja bien, se cree llegar por diversos senderos al “mismo” lugar.

De lo imposible de creer a lo imposible de escribir

En nuestros tiempos globalizados de mismidad, considero pertinente que los analistas debemos preguntarnos e investigar acerca de los efectos de este Nombre-del-padre pulverizado, de qué modo se pone de manifiesto en la clínica y cuáles son sus consecuencias en la singularidad de cada analizante, así como también cuáles son las posibilidades de intervención a hacer.

Las consultas de madres y padres transmiten desorientación, en ocasiones, y en otras impotencia ante lo que debe hacerse o no con un hijo, se reitera el no saber qué hacer, el cansancio, incluso el “no se cómo ser padre”. Entonces, si un padre “suelta” a un hijo quizás lo que anude sea no el padre en sí, el de la realidad, sino el padre real de modo que el niño pueda valerse de una nominación.

Respecto del significante Nombre-del-Padre Lacan a lo largo de su enseñanza irá dando cuenta de la desaparición de este significante del padre articulado a la realidad para ir dejando lugar al nombre. El padre real es aquel que nomina y lo propio de la nominación es el nombrar, “nombrar es un acto”. En RSI dice: “”Es preciso lo simbólico para que aparezca individualizado en el nudo ese algo que yo  no llamo tanto el complejo de Edipo, yo llamo a eso el Nombre del Padre, lo que no quiere decir nada más que el padre como nombre, no solamente el padre como nombre, sino el padre como nombrante”. Esta perspectiva nos señala un estatuto diferente para el padre, ubicado ahora en el lugar de S1, a diferencia  de la metáfora paterna, donde advenía como S2 en tanto nombrado por la madre.

¿Cuál es el valor del niño si el objeto a, tal como lo plantea Jacques A. Miller en “Punto Cenit” es la brújula de la civilización de hoy?

Y surge allí una imposibilidad de creer pues si lo real es confiado a la ciencia, lo real de la reproducción se encontraría así separado de lo simbólico de la filiación.

Y en la insistencia de esta imposibilidad de creer, un bello texto de Macedonio Fernández considero ilustrará cómo la sexualidad y la muerte se revelan como aquello imposible de escribir por más que la ciencia lo intente y en ello considero que es el síntoma en donde el psicoanálisis tiene su condición, su chance de posibilidad y eficacia.

Relata Macedonio:

“Yo, que creo profesar esa escueta limitación del Conocimiento, después de muchos largos años de experiencia me encuentro con que padezco también ciertas imposibilidades de creer, en el renovado asaltarme cotidiano de la experiencia se me presenta vaga y luego acentuadamente una situación en que me es imposible creer sentida, efectivamente que no sobreviva ningún lapso activo, sentido, de conciencia, en las muertes corporales de dos personas que perecerían hallándose sus almas torturadas por los sentimientos y en las circunstancias que paso a describir.

Un padre y un niño de doce años caminan paseándose por una ribera de mar. Cuando ya algo cansados habían de abandonar su paseo, en un impulso del niño por alcanzar una mariposa se desprende de la mano del padre y resbala al mar. El padre se lanza al agua y logra asir al niño por los cabellos y retenerlo, pero muy poco nadador y molestado por la ropa pronto está extenuado y húndese, se ahoga y suelta los cabellos del niño. Perecen los dos.

Y bien: habiendo tantos, científicos y no científicos, que se escandalizarían porque una molécula se tornara en nada y un movimiento o ímpetu cesara en absoluto tornándose en nada, yo, que no creo desde hace mucho sino en un Conocimiento tan limitado como el que he definido antes, yo, en el momento de representarme esforzadamente el suceso imaginado y después también de nuevos esfuerzos en diversos días, descubro que mi persona psíquica no logra vencer una verdadera imposibilidad de creer que el padre y el niño, sus personas psíquicas, no tengan nada en el mundo y en toda la eternidad, que decirse todavía del doloroso suceso y actuación que he descrito.

¿Nunca sucederá, en el minuto inmediato y en todo el futuro, que ese niño logre comunicarse al padre, decirle: —Padre mío, ¿cómo es que me soltaste de la mano? ¿Es que ya no me querías?; y el padre le diga: —Yo morí antes que tú y mi mano muerta te soltó.

Cesar eternamente la personalidad del padre sin poder decir al hijo que no esté en él el horror de creer que su padre lo dejó morir, qué tormento en el padre, qué desmayo en el hijo de toda fe en su padre. No lo puedo creer.

En toda mi experiencia no conocí resurrecciones. Y acaece netamente en mi persona psíquica creer firmemente en continuación conciencial. No puedo no creer.

Y usted también, lector, si se representa cariñosa, detalladamente el martirio de esos seres, no puede creer que entre ellos no hubiera nunca comunicación, una explicación que aclare y compense la amargura del sentimiento, de la punzada desesperada de perder la fe en el padre el niño, como momento último de su existir, de adivinar el padre en su último momento esta abrumación del hijo con ese desmayo de su fe filial.

No hablo de las muertes: que las almas mueran también no siento que sea perjuicio ni injusticia.

Pero que la Realidad rehúse a los seres de mi ejemplo un instante más de esta pobre vida para una mutua explicación y unos días compensativos de vida sin tal negrura en el alma.

No lo puedo creer”.  

La política de lo real: no cesa de no escribirse

El padre que no puede decir al hijo pues la realidad de la muerte irrumpe como el trauma, aquello irreversible en la experiencia subjetiva, como el lenguaje que blande sobre el cachorro humano los trazos del lenguaje y, de ese modo, serán la sexualidad y la muerte los dos huesos de su vida que no cesarán de no escribirse, de no representarse en él, trozos de un real cual agujeros que habitan a un sujeto en particular.

Jean Claude Milner habla de la política de las cosas, de lo real y plantea que hoy lo que está en juego es una escritura por lo real. Produce clases a partir de las letras del discurso de la ciencia, a través de la escritura de un ser real biológico que se desarrollará cada vez más, por ejemplo, en la genética. Es una política muy pragmática en el sentido del avance de lo real tal y como lo produce la ciencia. Pero una contradicción se presenta, porque si como dice Lacan en “Nota sobre el Padre” hay una tensión entre un empuje a la globalización, universalización que es propia del discurso de la ciencia y que vale para todos por igual y una tendencia a más reivindicación de pueblos múltiples, cada uno por su cuenta, cada uno con su parroquia: gay, feminista, vasca, etc., tenemos así más reivindicación y reconocimiento de esa particularidad, y un movimiento de empuje a lo global, tenemos entonces que pensar cómo esta tensión adviene como estigma propio de la pulverización del Nombre-del-Padre y de los modos actuales de goce, cuyo rasgo distintivo en nuestra época es un empuje a la satisfacción en forma ilimitada, sin ley.

Entonces, ¿cómo pensar el nombre pulverizado del padre? En “Piezas sueltas” Miller refiere, en relación a la reducción del síntoma, que “el Nombre-del-Padre es leve en relación a lo real”, “lo real es un trozo, un cogollo, una pieza suelta”, Lacan dice que el pensamiento “teje historias” en torno de lo real que no se enlaza con nada. Por lo tanto, el analista deberá estar orientado por los cogollos, por esas piezas sueltas que lalengua asoma cuando se destejen los bordados.

El sínthoma: una posibilidad de creer.

Pulverizado el nombre del padre, ¿cuál es la vía por la cual cada sujeto podrá orientarse por entre las callecitas que se bifurcan para desde allí tomar algo que le permita funcionar como el sendero propio?

En esta época del Otro que no existe y del ascenso al cenit social del objeto a, propongo que el analista desde su lugar como objeto causa, deberá interiorizarse acerca de cómo funcionan las nuevas bifurcaciones de estos andares, es decir, cómo un sujeto ya sin esa herramienta, función del nombre del padre, podrá valerse de un significante propio que le permita orientarse.

El síntoma se constituye en ese tesoro divino pues en él se articula aquello que va a contramano de nuestra modernidad, él crea la diferencia y repele la mismidad, es siempre singular y rebelde a la universalización, disidente por esencia él comporta el goce y así también la letra. En esa letra que comporta el síntoma algo de lo propio hará las veces de carretera principal.

El síntoma como goce de la letra nos presenta a la letra como objeto ella misma y, si es el mismo significante el que causa el goce incidiendo sobre el cuerpo, será éste el sendero por el cual el analista encuentre su chance.

Por el camino de la cadena significante que lo conecta al inconsciente del sujeto, el analista ubicará ese elemento que se goza en el síntoma: la letra.

Finalmente si la función de la cultura hoy es “crear necesidades nuevas” el analista está inmerso en ella y justamente su deseo lo lleva a estar presto a recibir aquello que la sociedad de consumo expulsa: lo singular, lo que no marcha, el déficit, en definitiva… la castración.

Más allá del traje que viste nuestra época, más allá de la pulverización del Nombre-del-Padre, el psicoanálisis encuentra su vigencia en el síntoma, pues aquello íntimo que nos constituye como seres del lenguaje es lo que nos lleva a un analista y es el analista el que permite hacer lugar a la creencia en que un síntoma algo quiere decir. El sujeto cree que ese síntoma “es capaz de decir algo” añadiéndole así, “puntos suspensivos” o… una posibilidad en el creer.

El sinthome: una imposibilidad de creer.

Si a la entrada de un análisis la creencia en el síntoma implica creer que aquello que al sujeto le molesta “es capaz de decir algo”, es “añadirle puntos suspensivos” al decir de Lacan en donde es interrogada la no-relación, hacia el final asistimos a una caída de esta creencia en donde ya no se buscan los sentidos sino que emerge el fuera de sentido, se diluyen los puntos suspensivos y emerge la increencia, en donde el uno de la letra no llama al dos de la cadena, el síntoma es reducido a lo indescifrable con la consecuente conversión de goce implicada desde el inicio hacia el final.

Dice Miller “el Nombre-del-Padre aparece como un instrumento del cual podemos prescindir. Sobre todo podemos prescindir de creer en él (…) pero en el psicoanálisis tal como está construido su aparato, al menos por ahora, ese Nombre-del-Padre forma parte de los muebles, está en la máquina, es uno de los engranajes de la máquina psicoanalítica, es el S1 que les permite fabricar sentido con goce lo que ayuda a volver legible el goce (…) Pero el paso del sinthome consiste en pensar el goce sin el S1 que lo vuelve legible.”

De este modo, si Lacan “suelta la mano de Freud y se aventura más allá” del padre, la pulverización del Nombre-del-Padre nos introduce en la dimensión de una imposibilidad de creer, es decir, poder prescindir de creer en él, introduce su imposibilidad de creer para “centrarse en la nominación”, dice Miller “la nominación es distinta de la comunicación porque precisamente en la nominación, al decir de Lacan, “el parloteo se anuda con lo real””. Y continúa: “la nominación, el decir lo que es, el decir lo que hay, es una función distinguida en lalengua y la función propia de lalengua es el goce, no la comunicación (…) El analista, su silencio hace aparecer, desnuda, que la finalidad de lo que se dice no es comunicación sino goce, goce de lalengua.”

Finalmente, a la luz de la última enseñanza de Lacan podemos decir que, más allá de la pulverización del Nombre-del-Padre y de sus efectos que llegan a la clínica psicoanálitica, la imposibilidad de creer en él se torna como la vía regia por donde los analistas deberán orientarse en su labor, considerando como dice Lacan, al sinthome como suplencia del padre, de modo que convoque al analizante hacia la lectura de esas marcas productos del encuentro entre lalengua y el cuerpo. Hacia lalengua “concebida como una secreción de cierto cuerpo, ocupándose menos de los efectos de sentido que de esos efectos que son afectos”, de modo que cada cual sitúe la letra cuya secreción es de lectura ilegible.

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Comments

  1. Juan Bustamante says:

    Hola. Interesante la opción de suplencia, de modalidad sujeta a condición. De remedio y solución temporal. No se debería aceptar la derrota sin más, la debacle de occidente y todo ello no es evidente. Al intento de proponer múltiples soluciones le fue aparejado también, proponer nuevos dilemas que reemplazaran a los antiguos quasi al infinito, hasta el punto de que seamos tan ingenuos para querer que no se caiga ningún mueble en el cataclismo.

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