Policía al desnudo, o cuando la ley es gozar.

Por Ani Bustamante

Leyendo el diario El Comercio me entero de una noticia que ha circulado velozmente desde la intimidad del dormitorio de unas jóvenes policías, hasta el lobby globalizado por el que deambulamos. Que este gesto, tan contemporáneo, de pasar de lo íntimo a lo público en un solo clic -así como la captura de la imagen y sus usos totalitarios- tenga como protagonistas a la policía, pone sobre el tapete los hilos sociales que enlazan la ley y su transgresión.

Tres mujeres policías fueron grabadas desde un teléfono móvil cuando salían de la ducha. Ante el gran ojo electrónico ellas desplegaron su escena. Detonador suficiente para que la máquina social perversa se active.
Estoy hablando del mandato y su reverso, de la ley y su transgreción.
Me interesa seguir la línea que señala cómo justo ahí, donde los mecanismos de coerción, de vigilancia y de castigo se llevan a cabo, justo ahí es donde somos más susceptibles de caer en los laberintos de la transgresión. Como dice Lacan, es el superyo el que manda gozar. Ejemplo cotidiano de esto lo vemos cuando nos sentimos en la obligación de divertirnos, porque es sábado o porque tenemos un dinerito de más, o porque los modelos de televisión así nos lo lanzan a la cara.

Sin embargo, esto que parece tan sexi y posmoderno, esto que suena como ‘living la vida loca’, ofreciendo un sin-limites para la pulsión, es decir para el gozar, trae su lado oscuro y su reverso.

Relaciono esto al reciente escándalo de las policías peruanas, no para dictaminar sino porque nos sirve de metáfora para pensar cómo el lugar del mandato se asocia al imperativo de gozar. Cómo, al momento en que los altos mandos sancionan a estas mujeres, se activa la maquinaria social vouyerista, el circo absurdo, la ausencia de responsabilidad ética.

¿En qué momento la mirada erótica se transforma en vigilancia?

Estas jóvenes mujeres policías se rindieron ante el encanto de una ‘inocente’ cámara personal, ellas, las que vigilan las calles, pasan ahora por el castigo. Este castigo, como buen engranaje de la maquina, seguirá haciendo rodar la parodia, manteniendo vivas las ganas de ‘ver’ y de gozar.
Cuando lo social se pone en juego en términos de ‘Vigilados y Castigados’ -para seguir la idea del libro de Foucault ‘Vigilar y Castigar’ – es importante ubicar las consecuencias que a todos nos competen.

Fuente fotografía: http://www.elojodelpanoptico.com.ar/


Pessoa, Vila Matas y la pasión por desaparecer

Por Ani Bustamante

Lejos de las tesis narrativas que proponen que la escritura es un dispositivo que permite la integración del yo, Fernando Pessoa muestra como, a través de ella, el yo se desgarra y multiplica, generando un universo de personajes, cada uno de los cuales con personalidad y literatura propia. Asi pone en juego la experiencia de la otredad en uno mismo, juego que, en el caso Pessoa, es literario y no un brote esquizofrénico. Es interesante ver el punto en que locura y escritura se cruzan, punto en el que, si ponemos los dos pies, probablemente caigamos en el abismo de la identidad.

Hace unos días terminé de leer el Doctor Pasavento de Enrique Vila Matas, el libro me capturó desde la primera página, ni bien empecé a leerlo me encontré con la pregunta: «¿De dónde viene tu pasión por desaparecer?». Me sentí involucrada, cuestionada, pues el pulso de esta pregunta ha acompañado mi investigación sobre la obra de Pessoa. Para mi era motivo de celebración el encontrarme con un libro que inicia su ruta con una interrogación que invita a caminar por los laberintos del Libro del Desasosiego en el cual Pessoa ensaya ese devenir-otro, esa despersonalización que luego explotará y tomará forma de obra heterónima:

«Yo, realmente yo, soy el centro que no hay en todo esto sino como una geometría del abismo; soy la nada en torno a la cual gira este moviemiento sólo por girar, sin que ese centro exista por otra razón que no sea la de que todo círculo lo tiene. Yo, verdaderamnete yo, soy el pozo sin paredes, pero con la viscosidad de las paredes, el centro de todo con la nada en torno» (El Libro del Desasosiego)

La escritura, como movimiento de significantes alrededor de un abismo, es un asunto trabajado por Lacan y cuya puesta en acto encontramos en escritores como los aqui citados. Esta escritura, en su devenir, produce otredades. De tal manera que al terminar una línea encontremos que lo escrito no es nuestro, que es de un otro que habita en nosotros. Sabemos con el psicoanalisis que eso ‘otro’ es justamente lo inconsciente, aquello íntimo que, sin embargo, nos es ajeno. Vila Matas, con su Doctor Pasavento busca un ‘escribir para ausentarse’, para dejar atrás el nombre que lo predetermina etiquetándolo entre los vapores de la fama y la imagen. Ausencia que, sin embargo, tiene como revés, la búsqueda de un otro reconocimiento.

 Vila Matas hace un recorrido delicioso por ese hilo que a traves de la historia ha ido tejiendo y destejiendo la idea de identidad. Desde Montaige y la aparcición del sujeto moderno construido a partir el ensayo, hasta Walser y la escritura de la desposesión, lo insignificante y la desaparición.
La escritura será el eje de esta novela, la escritura y su imposibilidad. Imposibilidad, también, de encontrarnos como seres humanos completos. Es precioso ver el tejido que hay entre identidad y escritura, resaltar cómo en estos tiempos, asi como el libro ya no es más un ‘libro cerrado’ como unidad completa, sino más bien, libro abierto y diseminado, el sujeto es vivido de similar manera, abierto, plural y fragmentado -este asunto lo trataré en un próximo post-

Fernando Pessoa y Vila Matas nos muestran la desaparición del sujeto como intrínseca al acto de escribir. La paradoja consiste en que ahí en donde el yo desaparece, irrumpe un otro (otro de lo inconsciente) para escribir algo que irá rodeando siempre los agujeros de la realidad. La escritura, como el camino, no pueden separarse del abismo, como dice Vila Matas en una entrevista en el blog de Kevin Heredia:

El abismo, en una primera lectura, suena como si fuera el final del camino. Pero cada vez estoy más convencido de que el abismo es el propio camino. Es decir, que no hay camino sin abismo.


El Nombre del Padre, su devenir y pluralización

Por Ani Bustamante

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Esta semana he empezado a dictar unos seminarios que tienen como motivo principal el estudio de las diferentes modificaciones que va sufriendo el concepto de “Nombre del Padre” en la obra lacaniana. Este asunto sirve para vertebrar el complejo y rico devenir teórico que va realizando Lacan de la mano de su clínica. Voy a escribir un texto que pueda servir a mis alumnos como brújula ante lo nuevo del discurso lacaniano para ellos. Esto me obliga a realizar un cambio en el compás de los dos artículos anteriores, salir de la escritura cotidiana, respirar profundo y abrir campo para este interesante tema.

Para iniciar la ruta, propongo llevar de equipaje la pregunta acerca de la locura…

A partir del concepto de Nombre del Padre -que empieza siendo la versión de Lacan del Complejo de Edipo freudiano- se puede seguir el hilo de la problemática del sujeto frente a aquello que lo sostiene, lo sujeta y lo libra de la psicosis. Un hilo que va sufriendo una serie de modificaciones. Así aquello que en un primer momento se proponía como “función paterna” luego pasa a ser entendido como un significante del padre y se formula como “Nombre del Padre” el cual permite la aparición de la cadena significante. Luego el Nombre del Padre pasará por una pluralización que traerá cambios importantes en la teoría lacaniana, como veremos mas adelante.

El Nombre del Padre aparece en un primer momento a la manera de un significante que garantiza la instalación de una ley en el sujeto, una ley simbólica que procura límites ante las arremetidas pulsionales, retirando al sujeto de ese lugar puramente imaginario que pretende que el yo sea macizo, completo y que la relación con el otro sea especular, es decir narcisista. A través de este significante paterno el sujeto consigue una mediación entre sus pulsiones y la realidad, a su vez que apacigua la carga de lo imaginario y su violencia. La falla o ausencia del significante del Nombre del Padre sería la causa de las psicosis. Esta primera propuesta no tiene concesiones, si no hay significante del Nombre del Padre no hay nada que pueda suplirlo y la psicosis es inevitable.

Lacan está empezando a teorizar sobre el lugar que ocupa el padre, en tanto metáfora, en tanto función, en tanto significante. Por estos años (del 53 al 63) el padre representa al Otro que garantiza la verdad y produce la castración fundamental en el sujeto. Lo que importa del padre es el nombre, es decir, se trata de la función de nominación. La primera referencia al Nombre del Padre la encontramos en: “Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis”, en ella dice Lacan:

“En el nombre del padre es donde tenemos que reconocer el sostén de la función simbólica que, desde el albor de los tiempos históricos, identifica su persona con la figura de la ley. Esta concepción nos permite distinguir claramente en el análisis de un caso los efectos inconscientes de esa función respecto de las relaciones narcisistas, incluso respecto de las reales que el sujeto sostiene con la imagen y la acción de la persona que la encarna” .

La función simbólica queda, así establecida, como aquella que atempera, con su ley, las relaciones narcisistas.

Como decía, en un primer momento Lacan propone un inconsciente basado en la idea de estructura; a este inconsciente le corresponde una base en el lenguaje y este lenguaje, como sistema ordenado de significantes, requiere de un significante fundamental que garantice el orden del sentido. Haríamos mal en pensar que el Nombre del Padre está referido a un padre concreto:

“La posición del padre como simbólico es algo que no depende del hecho de que la gente haya más o menos reconocido la necesidad de una cierta consecución de unos acontecimientos tan diferentes como un coito y un parto. Posición del nombre del Padre, como tal, calificación del padre como procreador, es un asunto que se sitúa en el nivel simbólico y que puede servir, que puede ser puesto en relación según las formas culturales, pues esto no depende de la forma cultural, esto es una necesidad de la cadena significante como tal; por el hecho de que ustedes instituyan un orden simbólico, algo responde o no a esta función definida por el nombre del padre, y en el interior de esta función, ustedes ponen allí las significaciones que pueden ser diferentes según los casos, pero que, en ningún caso, dependen de otra necesidad que de la necesidad de la función del padre, que ocupa el nombre del padre en la cadena significante” .

Es decir, el padre es una función de orden simbólico que produce la salida de la relación imaginaria primera del niño con la madre. No tiene que ver con el padre biológico sino con el hecho de que se introduzca una ley, a partir del hecho del lenguaje, que divida al sujeto de su plenitud imaginaria. Lo que está en juego en esta época es la idea de castración, de significación y de sentido.

Dentro de una clínica, como la de los primeros tiempos de Lacan, que tiene como base la estructura del sujeto a partir del significante, el problema del goce –que es aquello que no puede simbolizarse y que concierne al cuerpo- es colocado en segundo plano, pues el inconsciente de aquel tiempo es el que se propone como “estructurado como un lenguaje”. Luego no va a suceder que el paradigma basado en la estructura del lenguaje quede de lado, lo que se dará es una complejización en la medida en que el acento se coloque en el goce. La propuesta lacaniana variará entonces, abriéndose exploraciones sobre el campo de lo real -tan íntimamente relacionado al goce- en el cual ya no se operará dando prioridad a la significación y al sentido.

Esto nos lleva a pensar asuntos que sobrepasan el sistema de la lengua pero que, sin embargo, paradójicamente, constituyen al sujeto desde el goce y lo real. El concepto crucial llamado “Nombre del Padre” sufrirá una pluralización, por lo tanto la constitución del sujeto no sólo dependerá da la presencia de un significante paterno, sino que Lacan irá proponiendo otras maneras de estructuración que no pasaran ni por el significante ni por el Otro. Se termina, entonces, con este carácter Universal y hegemónico del significante del Nombre del Padre.

Y esta pluralización ¿a partir de qué experiencias y bajo qué condiciones clínicas es llevada a cabo?

Desde el punto de vista clínico, Lacan comprende que en algunas psicosis es posible que se den ciertas formas de restitución para lograr que el paciente adquiera una “prótesis” psíquica que le permita transitar con menos dolor y más orientado por la vida.

Desde el punto de vista teórico el viraje es llevado a cabo en el seminario 10: La Angustia, y específicamente a partir del hallazgo, del invento lacaniano llamado “objeto a”, el objeto a si bien ya ocupaba un lugar en la teoría, es en este seminario en donde se le vincula con la experiencia analítica y con la angustia. El objeto a representa al objeto perdido -es decir está en el lugar del vacío- y a su vez es la causa de deseo. En este sentido el “objeto a” divide al sujeto haciéndole saber de su pérdida. A partir de esto entonces, el Nombre del Padre como el significante ordenador es repensado y pluralizado, ya que su falla ya no es un asunto de vida o muerte, sino que se descubre que hay otros dispositivos que operan dividiendo al sujeto y circunscribiendo su vacío ya no a través de la castración sino a través del “a” como resto que crea deseo. En el seminario 10 Lacan propone que hay algo irreductible al significante, que llama objeto a: “ese objeto a es la roca de la que habla Freud, esa reserva última irreductible de la libido” . El objeto a opera desde lo que luego se teorizará como lo real que, en su imposibilidad, causa deseo:
“El objeto, el objeto a, ese objeto que no ha de situarse en nada análogo a la intencionalidad de un noema (pensamiento), que no está en la intencionalidad del deseo, ese objeto debe ser concebido por nosotros como la causa del deseo y, para retomar mi metáfora precedente, el objeto está detrás del deseo” .

A su vez, el “a” sirve para denominar aquello que queda como resto, como lo que queda por fuera de la significación.

No resulta extraño que sea a partir del seminario sobre la angustia que se teorice este “objeto a”, pues la angustia es el afecto que nos coloca cara a cara con lo innombrable, que no es otra cosa que este objeto a. Lacan apunta al respecto:
“designar como objeto a, el objeto hacia el que nos orienta al aforismo que promoví la vez pasada en relación con la angustia: que ella no es sin objeto. Por eso este año el objeto a viene a ocupar el centro de nuestras exposiciones. Y si efectivamente se inscribe en el marco de aquello cuyo título es la angustia, ello se debe a que esencialmente por ese sesgo resulta posible hablar de él, lo que significa, además, que la angustia es su única traducción subjetiva” .

Angustia y objeto a tienen una relación directa, de aquí en adelante no se puede pensar la angustia sin hacer alusión a él. Pensar el objeto a hace posible circunscribir el vacío de la angustia, pues no se trata de un agujero negro sin bordes, sino de un vacío enmarcado cuyo borde constituye un lugar en el que se realiza una constante búsqueda de inscripción de aquello imposible de inscribir. En el rodeo se construye la zona y los límites que posibilitan que el sujeto siga amarrado.

El objeto a mantiene una hiancia entre el otro y el sujeto, hace imposible reducir al otro al campo del Uno con lo cual queda garantizada la absoluta alteridad. Esto quiere decir que en la relación con el otro siempre quedará un resto, algo no simbolizado. Este resto a su vez causa deseo, pues este aparece ahí en donde algo hace vacío. Por otro lado al no tener nombre, el objeto a cuestiona el nombre de padre, así éste y su potencia de nombrar fracasan con la aparición del a. Esta pluralización significa que ya no se ordena la estructura a partir de un significante, sino que muchos pueden cumplir la función de nombre del padre.

Si al concepto de Nombre del Padre –como singular- corresponde un modelo estructuralista, su pluralización en Los nombres del padre corresponde no a la estructura sino a la lógica y a la topología. Esto porque en la estructura el Nombre del Padre es un significante que ordena la cadena, lo cual significa también que, bajo esta perspectiva estructural hay relaciones –la estructura se basa en eso- hay un encadenamiento, una relación entre significantes, entre el sujeto y el Otro. Mientras bajo la perspectiva plural de Los nombres del padre ya no se trata de un significante, ni de la relación entre ellos, sino de una función de anudamiento. No se trata de relaciones, sino de imposibilidad de relación ya que estamos bajo un paradigma que prioriza lo real y el goce y estos tienen que ver con lo que está por fuera de la cadena o con lo que se conceptualiza como el Uno. Este Uno es una fórmula que significa que ya no hay relación entre significante uno (S1) y significante dos (S2), quedándose el Uno separado y solo. Por lo tanto el concepto de Otro como garante de la verdad desaparece. El hecho de trabajar con la topología del nudo borromeo hace que lo que sostenga al sujeto no sea visto en términos de mantener ligada la cadena significante (S1-S2…) sino en la posibilidad de que Real, Imaginario y Simbólico estén anudados borromeanamente.

Hasta aquí hemos hecho este breve recorrido para poder señalar el movimiento de la obra lacaniana y su búsqueda e interrogación sobre aquello que posibilita que el sujeto se sostenga y pueda hacer algo con el vacío que lo habita. La pluralización en los nombres del padre tiene que ver con las múltiples formas que va encontrando Lacan para suplir la falla del Padre. Él propone en su seminario RSI que lo que hace posible que un nudo sea consistente es que exista un nombre del padre que lo mantenga unido:

“Nuestro Imaginario, nuestro Simbólico y nuestro Real quizá están para cada uno de nosotros todavía en un estado de suficiente disociación para que sólo el nombre del padre haga nudo borromeo y haga mantener junto todo eso, haga nudo de lo Simbólico, de lo Imaginario y de lo Real” .

Al final de su obra Lacan se ve en la necesidad de dar un paso más y plantear un cuarto nudo dentro del borromeo. De tal manera que si el nudo de a tres falla, si se desata o amarra mal, esto podrá ser reparado a través de lo que Lacan llama una suplencia. Hará falta un cuarto nudo para rearmar el nudo de tres y mantenerlo unido, ese cuarto nudo será pensado, en la última época de la teoría lacaniana, en el lugar del nombre del padre y lo llamará “sinthome”.

Los trazos de una ciudad: Chabuca Granda, Walter Benjamin, Fernando Pessoa

Por Ani Bustamante

“Y, si la oficina de la Rua dos Douradores representa para mi la vida, este mi segundo piso, donde vivo, en la misma Rua dos Douradores, representa para mí el Arte. Sí, el Arte, que vive en la misma calle que la Vida, aunque en un sitio diferente, el Arte que alivia la vida sin aliviar el vivir… Sí, esta Rua dos Douradores encierra para mi todo el sentido de las cosas, la solución de todos los enigmas, salvo el hecho de la existencia misma de los enigmas, que es lo que no puede tener solución” (Fernando Pessoa, El Libro del Desasosiego).

Ayer estuve intercambiando con amigos en España versiones diversas de La Flor de la Canela de Chabuca Granda. Ante mi necesidad de explicarles las sensaciones y los olores limeños se me ocurrió mandarles videos y canciones de Chabuca. Mis amigos dejan que les cuente y que en ese contar descubra los olores de canela sobre mi piel. Ahora que aún perfuma el recuerdo y que vivo apasionada por los signos y caminos de cada ciudad. Ahora que ya pasié Lisboa de la mano de Pessoa, y recorrí los pasajes parisinos con Benjamin, ahora… contándoles y cantándoles a mis amigos la Flor de la Canela, me doy cuenta de esos hilos que trama lo inconsciente y que van dibujando el camino de nuestros afectos, nuestros deseos y opciones vitales. Y luego de las ruas en Lisboa y los pasajes en Paris, (re)encuentro a esta narradora peruana de los caminos, las flores, los olores, los puentes y ríos, de los balcones limeños, los faroles, las casonas, y todos esos aromas de mixtura que Chabuca nos sabe contar. No sabía, no sabía que ese caminito alegre con luz de luna o de sol que he de recorrer cantando por si te puedo alcanzar… alcanzaba, en su cadencia, el ritmo de mis pasos.

Estas son marcas que caminamos sin pensar. Benjamin nos propone acercarnos a la arquitectura de la ciudad como a una semiotica en la que podemos encontrar en la materialidad de las calles, pasajes, luces y demás detalles la expresión de un inconsciente. La fisiognomía muestra en lo particular del detalle externo, una dimensión interna. Benjamin propone esta exploración concreta de lo cercano, de aquello que está al alcance de la mano y que en su materialidad es capaz de abrir una dimensión profunda de la historia y del deseo. Así como Benjamin, Proust nos muestra la memoria evocada desde el sabor de una magdalena y Chabuca el olor de los jazmines, el jacarandá y la canela como disparadores de un ensueño que evoca la memoria.
Este carácter material a partir del cual se abre el tiempo y el espacio podemos vincularlo a algunas líneas psicoanalíticas como por ejemplo las que aparecen con el concepto de rasgo unario. Este es una marca constitutiva del sujeto que otorga una singularidad que está ahí previa a la significación, emparentada a las pulsiones y al cuerpo. Este primer trazo, que es pura materialidad ausente de sentido, sirve como soporte para que la ruta significante abra camino. Lacan apunta a esto cuando plantea la necesaria demarcación de la “letra” como lugar en el que algo de lo imposible de simbolizar en el sujeto sea señalado, circunscribiendo su materialidad como punto a partir del cual algo pueda trazarse. Esto lo compara con el trazo chino:

“El Trazo no es una simple línea. Por medio de un pincel, embebido en tinta, el artista coloca el Trazo sobre el papel. Por su pleno y su perfil, su Yang y su Yin, el empuje y el ritmo que implica, el trazo es virtualmente y a la vez forma y movimiento, volumen y tinte. Constituye una célula viviente, una unidad de base de un sistema de vida” Cheng, François; Lacan y el pensamiento chino.

La letra, con su son, su cadencia y su ritmo, toca una materialidad que araña nuestro cuerpo y los misterios de sus formas de gozar. A esto sólo se puede llegar con la palabra poética. En los últimos tiempos descubro que, con Chabuca Granda, tenemos la descripción de una Lima que, no es sólo anécdota, sino que contiene trazos que atraviesan a los que nacimos en esta mixtura limeña de sabores y colores. Creo que hay algo de nuestra historia y de nuestro espacio que no puede ser pensado, el impasse lo sentimos en diversas problemáticas de poder, racismo y violencia en Lima. Hay una ruta que propone Benjamin y que sigue Chabuca, a ella tenemos la posibilidad de acercarnos para olfatear las calles y los rincones, escuchar el pulso y la cadencia. Colocar algunas puntuaciones necesarias. Saborear, disfrutar y saber hacer uso de un buen gozar.

Lima, un mapa

Por Ani Bustamante

Llegar a Lima en pleno invierno, húmedo y gris, redescubrir sus costas y su acento es una experiencia que he decidido volcar hoy en algunas palabras, quizás porque el cuerpo a cuerpo con mi ciudad me sobrepasa.
Pienso en Lima como en un mapa, y no puedo evitar empezar a dibujar mi deseo en él, así, entre la gastronomía (orgullo nacional) y el añorado mar, me interrogo por el lugar que ocupa el psicoanálisis en este país.
De pronto, entre bienvenidas y preguntas, surgen sugerencias proponiendo formulas para el éxito y la pose. En medio de un país que intenta resurgir y tener voz propia, las preocupaciones por el estatus disuelven las singularidades. Grupos cerrados, discursos trasnochados sobre la pertenencia coagulan identificaciones que nos tornan viejos aislados en sus sueños grandiosos.
Pensar es perderse continuamente, como diría Benjamin: “importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje.” Y es este el aprendizaje que creo, debemos intentar. Pensar, decía, es perderse, perder las propias identificaciones, perder la idea sólida que tenemos de nosotros mismos (como un yo narciso y solo) y de lo que creemos nos pertenece.
Estoy intentando aprender a perderme en mi ciudad de origen.
Hablar sin predeterminar el discurso a un a priori doctrinario ¿será posible? En todo caso sacudirme el polvo (si es que todavía no se han creado rocas y piedras inútiles) y pasear un poco, hablar buscando una diferencia, escribir para perder.

Poética en psicoanálisis

Por Ani Bustamante

La palabra en psicoanálisis tiene la peculiaridad de ser aquella que cumple la función de constituir al sujeto. Es una palabra que, en su decir, va bordeando lugares no representados. Palabra capaz de mantener la oscilación propia de lo humano haciendo, de ese movimiento, un desplazamiento deseante. Esta palabra, por lo tanto, crea un lugar, demarca un territorio, hace frontera y despliega significantes. Y este movimiento es pues, lo que a mi modo de ver, genera subjetividad.

Así, el lugar del sujeto, en tanto sujeto del inconsciente, está en relación a su posición deseante y a la manera como se articularán este deseo con la ley y los límites. Este lugar es el que marca el itinerario de nuestra vida y de nuestros vínculos. Lugar que no responde a la lógica de la razón sino a un rasgo característico y no estandarizable de cada ser humano, este es: su peculiar forma de gozar.

El goce a diferencia del placer, pide siempre más. No es descarga sino carga pulsional que no acepta límites y que, de no ser acotada lleva hasta la muerte. Es por esto que el goce deviene dolor, siempre instalado en el cuerpo. El deseo, por otro lado, responde al orden simbólico, está modulado por la mediación de la palabra, supone límites y da acceso a la posibilidad de sublimación.
Uno de los aportes de Lacan consiste en entender las producciones inconscientes como aquellas que generan goce, es decir, como aquellas que pretenden ir siempre más allá del principio del placer. El sujeto pues, se construye en la medida en que pueda transformar la violencia del acto en sublimación subjetiva y la crudeza pulsional en erotismo.
El trabajo en psicoanálisis implica el reto de ligar la palabra con la sexualidad. Así nos encontramos haciendo trama entre sentido y sinsentido, tejiendo palabras que hacen borde con lo irrepresentable y desde allí, adquieren dimensión erótica y significante. Las preguntas que se abre son las siguientes: ¿Cómo es ese decir propio del analista? y ¿cómo se puede llegar con la palabra poética a tocar el cuerpo de la pulsión?
Un punto importante que introduce Lacan es el descolocamiento del eje del sentido, para darle un lugar fundamental al sin sentido. Así la tensión entre ambos es generadora de movimiento y creación. Para el ser humano la búsqueda de sentido es inagotable, la cadena significante puede desplazarse hasta el infinito si es que no aceptamos un corte que detenga el desplazamiento para brindarnos un significado provisional, siempre incompleto (la forma y el momento de colocar el punto es lo que retroactivamente da un significado a la cadena). El sentido recorre y abre nuevas rutas, se pierde para volverse a retomar, se cierra y se abre y en ese latido se introduce un lugar y un tiempo para el sujeto.
Es por lo tanto importante darle un lugar a aquello que esta fuera del sentido en el texto de un paciente, sin intentar otorgarle de inmediato una interpretación, sino más bien mantener un momento de vacilación, de incertidumbre en donde aquello que no hace cadena, que no hace sentido, sobresalga, resalte, como un trazo material que hay que reconocer para, a partir de él, construir. Oír entonces ese ritmo dado por la puntuación, señalar esa métrica que, tartamuda, muestra un tono, y… seguirlo.
Dejar que la letra, como materialidad del lenguaje carente de significación, tenga un lugar y pueda ser acogida en ausencia de significación.
(Allí donde no hay significación se instala un goce muy particular)
Esta letra-cuerpo, esta letra-goce, es el asiento pulsional (que nunca accede a la representación) a partir del cual creamos sentido.
Lo que descubre lacan es que solo con la interpretación, con la búsqueda de desentrañar contenidos ocultos, no se logran cambios profundos en el paciente. Es decir, la comprensión de lo que acontece en la vida, el llenar todo desde lo simbólico, no solo no logra modificar la posición del sujeto sino que puede hacer, con él, alianza obsesiva.
Es pues un pensamiento marcado por la paradoja, el sentido trae su sinsentido, la cadena significante se desplaza abriendo camino, atravesando las posiciones rígidas de un yo que no quiere salir de si-mismo. Este trabajo metonímico, es decir de desplazamiento constante, es el que caracteriza al inconsciente, y lo podemos descifrar en la estructura misma del lenguaje.
Ahora bien, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de sin-sentido?
El sentido siempre se nos escapa, se desplaza en una metonimia buscando significantes nuevos, no se queda pues capturado en ningún significante. El sentido así como el deseo están siempre en fuga: “la fuga de sentido es una propiedad de estructura de sentido” (Miller) y esta fuga nos hace oscilar dentro y fuera del orden simbólico. Colocarse en una posición exclusivamente simbólica, interpretativa, es llevar la cadena significante hasta el infinito, pues siempre hay algo más que decir, algo más que interpretar
(*problema del “análisis interminable”).
Por ello es importante darle un lugar en la clínica a aquello irrepresentable. Freud explica esto cuando dice que hay una dimensión imposible (de representar) en el sueño, a la que llama: “ombligo del sueño” y cuando nombra como “roca viva del inconsciente” a aquello que marca un límite en el análisis.
A pesar de no darle un claro lugar teórico, Freud nos deja sus intuiciones acerca de esta materialidad del lenguaje cuando afirma que el relato de un sueño es un “Texto Sagrado” que debe ser tomado en forma literal.
Ese lugar al que no podemos llegar con la razón, está inscrito sin embargo en lo psíquico a la manera de una huella, a la manera de un trazo, pura letra, que insiste, que se repite una y otra vez, en este mecanismo propio del inconsciente que es la repetición y que tiene que ver con aquello que no es representable pero que desde su materialidad pulsional regresa… como goce, como dolor, como muerte.
La letra para Lacan es el significante fuera de su función de producir significaciones, la letra es aquello que tiene consistencia material. Es aquello que retorna y se repite, insistiendo en inscribirse en la vida del sujeto.
Vayamos al aporte de Julia Kristeva sobre el estatuto material del lenguaje: para ella es importante analizar en el texto del paciente tanto el sentido y la significación, como aquello que se captura a través de la voz, del tono, del acento, y que llama “materialidad del lenguaje” (la letra para Lacan)
Esta dimensión material se encuentra de manera privilegiada en la poesía. Así Kristeva dice: “El lenguaje poético interrumpe el significado o, al menos, permite toda una variedad de nuevos significados e incluso nuevas formas de comprensión”. El lenguaje poético interrumpe e irrumpe en el significado creando una fuga de sentido.
Insisto en que la palabra analítica no tiene como única finalidad la comprensión, ni siquiera la metaforización de los contenidos psíquicos, ni de los síntomas. Insisto en que lo peculiar del trabajo analítico es darle un lugar a eso que no es representable que se arraiga en el cuerpo y que toma forma de síntoma o de goce.
Si nos adentramos en esta paradoja que se instala en el momento en el que el sentido fuga y se encuentra con el sinsentido, casi como en reversibilidad, podemos abrir una zona que llamaré “intervalo”. Este intervalo sería el lugar en donde surge el erotismo.
(Así, de la misma manera como Winnicott propone un “Espacio Potencial” en donde se estructura el self desde el juego, yo propongo una “Zona de Intervalo” en donde se construye el sujeto desde el erotismo)
Barthes explora bellamente este lugar que les propongo:
“¿el lugar más erótico del cuerpo no está acaso allí donde la vestimenta se abre?… es la intermitencia, como bien lo ha dicho el psicoanálisis, la que es erótica: la de la piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el pulóver), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga); es ese centelleo que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición-desaparición”
Y así como la vestimenta se abre, el lenguaje también lo hace, produciendo erotismo. Erotismo ENTRE la palabra que llena de sentido y la palabra-letra que escapa de toda significación. Erotismo que surge cuando al abrirse el lenguaje cual polifonía, rodea la desnudez del sinsentido, creando modulaciones de una belleza tal que hace temblar al sujeto sexualizándolo.
Es esa aparición-desaparición la que está en juego en psicoanálisis, la tensión entre ser y no ser, el intersticio que da paso a lo nuevo, que irrumpe fuera del control del yo. Aparición-desaparición del sentido, que hace oscilar al sujeto, haciendo de la oscilación un ritmo que genera movimiento y transformación.
Traigo aquí la poética como manera a través de la cual el terapeuta accede a esa zona de intervalo en la que el sujeto se construye (y deconstruye) anudando sexualidad y deseo con razón y lógica, de tal manera que no queden deshilvanados produciendo los serios desordenes y fragmentaciones que vemos en la clínica.
Lo que importa es descubrir cual es la forma particular con la que cada paciente configura sus goces, esa arquitectura es la que constituye su subjetividad y nada tiene que ver con una arqueología racionalizante exenta de la dimensión sexual. El discurso tiene la función tanto de dar sentido como de vérselas con el vacío y con lo irrepresentable. La manera como el sujeto se relacione con este vacío, es decir con su condición incompleta es lo que se explora en el lenguaje.
Lenguaje y goce se relacionan de la siguiente manera:
El goce de dar sentido es llamado por Lacan: Goce fálico[1]. Este tiene que ver con la creación de una cadena que conecte significante tras significante, dando consistencia simbólica.
El goce de estar fuera de sentido es llamado: Goce del Otro. Este goce da la espalda a lo simbólico y se arraiga en el cuerpo. Es el lugar de la perversión.
La palabra en psicoanálisis transita por estos goces, anudándolos. El paciente llega a consulta con su versión singular (con subversión) inconsciente, y nos muestra sus síntomas. La propuesta analítica es la de recorrer, como un hilo a través del tejido del lenguaje, el texto del paciente y anudar sentido con sinsentido, palabra con cuerpo. La costura adecuada permitirá que lo pulsional alcance el lugar del deseo y por lo tanto que el sujeto desplace su posición en un devenir deseante, que es a su vez devenir creativo, social y vincular en la medida en que pone en juego una palabra que circula y hace lazo.
Al goce del fuera de sentido se amarra el goce de dar sentido. En esa articulación se produce un momento de sublimación y una renuncia a la búsqueda del Todo y lo Imposible.
Julia Kristeva dice:
“El acto de nombrar implica abandonar el placer y el dolor de la identificación carnal, de la textura carnal”
Y este nombrar del analista lleva en sí articulados dentro y fuera de sentido. Palabra en análisis que rasguña la significación a la vez que late, suspira, corta, colocando al analista en ese borde necesario para llegar a la textura mas profunda del paciente y tejer en ella la piel con el deseo y la palabra.
Kristeva sigue:
“al sentar estas palabras, al repetirlas, al puntuarlas, les damos una consistencia de símbolos cosificados, las acercamos a las representaciones de cosas… el análisis trabaja primeramente juegos sensoriales, después palabras: pero palabras-placeres, palabras-cosas, palabras fetiche. Para calificar esta nominación a la que el terapeuta se abandona, podemos decir que es un arte de producir, partiendo de la carne de los signos, objetos transicionales”
Estas palabras hacen pliegue y permiten llegar al cuerpo del síntoma, ese síntoma que va mostrando la manera singular que tiene el sujeto de gozar y de asumir la castración. Estas palabras hacen pues, transitar de lo obsceno a lo sublime, modelando la pulsión y accediendo al deseo.
La sublimación atempera la descarga obscena pulsional a través de un impacto estético. El efecto del lenguaje poético es la irrupción de la belleza que se introduce allí en donde el sujeto se pierde, desaparece en un exceso de goce, en un exceso de sin-sentido, que termina siendo una cara de la muerte. La belleza es pues ese instante en el que lo insoportable puede sostenerse y volverse obra.
Rilke dice:
«Pues la belleza no es nada sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente desdeña destrozarnos…»
Es esta terrible-belleza (oxímoron que muestra el anudamiento vida-muerte, dolor-placer) la que a través de la poesía puede sostenerse. La belleza es, el momento justo de la sublimación, cuando en es ese centellear, ese parpadear podemos darle un lugar a lo terrible en tanto envuelto por la capacidad poética y moduladora del lenguaje.
Kristeva dice sobre esto:
“La belleza, por ejemplo, sería necesaria para el crecimiento psíquico y para la eclosión de los pensamientos, pero no puede existir mientras el analista que conduce este proceso no sea capaz de crear, por su propia cuenta tanto como por la del otro, una belleza y un goce similares”
El analista tiene, pues, que ser capaz de explorar la forma como estructura su propio goce y, darle lugar a esta belleza que surge cuando el síntoma se transforma en obra.
[1] Para Lacan el significante fálico es el que funciona como eje, organizando la cadena significante.