Comentario del libro La ética del sujeto, de José Milmaniene

Por Martín Esteban Uranga

la ética del sujeto

José Milmaniene

El nuevo libro de José E. Milmaniene, La ética del sujeto (Biblos, Buenos Aires 2008), nos convoca a involucrarnos con una problemática crucial del psicoanálisis que la contemporaneidad devela con elocuencia: el sujeto y su estatuto ético en tanto fundamento y horizonte de nuestra praxis.
En El tiempo del sujeto el autor situó las coordenadas simbólicas que habilitan el devenir temporal del sujeto, mientras que en El lugar del sujeto nos habló del topos a partir del cual el existente realiza su aventura desiderativa. Ahora, en el cierre de la trilogía, con La ética del sujeto, Milmaniene aborda el hecho capital. Si el sujeto se realiza y adviene en el tiempo y el espacio, signado por la palabra, es en tanto y en cuanto su estatuto mismo es consustancial al universo discursivo y a la ética que la presencia del significante impone. El sujeto es tal, si y solo si se constituye éticamente.

El libro transcurre a partir del entrelazamiento de citas de diversos autores, como es habitual en la práctica escrituraria de Milmaniene. De este modo el autor se adentra como articulador de un coro polifónico de discursos, en la problemática de la eticidad de un sujeto que encuentra amenazada tal condición en el contexto de un escenario cultural que pregona la transgresión como normativa y el goce como única política posible. El nuevo malestar en la cultura testimoniado según una clasificación que hace el autor por el auge de las patologías del goce o vacío, las perversiones, la violencia, el fundamentalismo y el misticismo que se desentienden del Otro, conlleva el colapso subjetivo que denuncia a la vez que consuma la degradación del principio ético. La preocupación por la contemporaneidad se conjuga con la necesidad de reafirmación de los presupuestos fundacionales de la práctica analítica, y es consecuente con esta dinámica que el texto entrame las referencias de nuestra experiencia socio-cultural actual con los basamentos mismos del psicoanálisis. Es así como luego de ligar la ética del psicoanálisis a la tradición judaica nos dice: “Esta posición ética resulta más necesaria aun en la actualidad, dado que la pasión por lo real de los siglos XX y XXI ha entronizado la hegemonía de lo ilimitado en detrimento de la vigencia libidinal de la cuatriplicidad, como escribe Milner.”

La elaboración dialéctica y creativa que implica la puesta en relación de los fundamentos del psicoanálisis con sus desafíos actuales, así como la conceptualización de la contemporaneidad articulada a sus manifestaciones concretas de padecimiento subjetivo, es lo que evidencia que estamos ante un texto clásico y actual, teórico y clínico.

El esfuerzo y la rigurosidad con que Milmaniene sitúa las coordenadas éticas del sujeto lo relanzan una y otra vez a la clínica. Así como en los primeros capítulos del texto nos habla de las condiciones subjetivas de nuestro tiempo desde una mirada aguda y crítica sustentada en su posicionamiento ético y existencial. En el apartado “Ética y cura psicoanalítica” da cuenta de las encrucijadas clínicas concretas con que un analista se confronta en la relación con un analizante. Su posición frente a la relación con la muerte, con la diferencia sexual y con la paternidad, que considera como las tres problemáticas cruciales que deben atravesarse y elaborarse en un análisis, está impregnada de la densidad existencial con que piensa los fundamentos mismos de la subjetividad en términos éticos. Asimismo, la dimensión intertextual del libro, lo erige en un lugar que contribuye a reposicionar al psicoanálisis como ciencia conjetural del sujeto que requiere necesariamente del abordaje interdiscursivo. Ahora bien, si de pensar al sujeto y de intervenir terapéuticamente sobre él se trata, resulta indispensable interpelarlo en su propio fundamento. Adentrémonos entonces en el eje central del libro: la cuestión ética.

La ética del sujeto tal cual lo entiende el psicoanálisis, deriva para Milmaniene de la ética de la Ley simbólica introducida por el judaísmo. De esta manera, toma como paradigma el decálogo para dar cuenta del carácter externo y traumático de la imposición de la Ley. Fundado a partir de una alteridad que lo interpela, el sujeto enuncia “¡Heme aquí!” afirmando el mandato ético de cuidado y preservación de la otredad. Reconocimiento de la otredad y subjetivación de la Ley configuran de este modo los pilares fundacionales de la constitución del sujeto.

En su libro El Holocausto Milmaniene nos confrontó con la crueldad y la barbarie producto del odio forclusivo de la ley y del avasallamiento de la otredad que la sustenta. Ahora, en La ética del sujeto, nos advierte de la necesidad perentoria de la reconstitución de la dignidad subjetiva en una época como la nuestra que denuncia con su neopaganismo militante, las secuelas activas de la brutalidad de los dioses oscuros que reinaron en Auschwitz. De aquí la necesidad del autor de testimoniar el mal de su época denunciando las prácticas idolátricas y narcisistas que avasallan el basamento mismo del sujeto ético. El sujeto se constituye en acto, y siendo ético el estatuto del sujeto no puede ser sino ética la dimensión del acto que le es inherente. En referencia a la estructura del acto ético dice el autor, siguiendo los desarrollos de Slavoj Zizek: “Definimos entonces el acto ético como aquel que suspende la subjetivación forzada de la deuda simbólica, y su consumación decidida y responsable implica el momento en el cual uno se «desprende» transitoriamente del vínculo convencional con el «gran Otro»”. Queda dicho de este modo que el acto ético no supone la alienación en los enunciados morales, debido a que “…no sólo no se constituye como respuesta a ninguna súplica ni demanda del prójimo especular, ni tampoco como respuesta a la llamada del Otro insondable, sino que consiste en una intervención sorpresiva e inédita que cambia las coordenadas de la realidad existentes, así como la percepción de los parámetros de lo que era posible hasta ese momento tanto como la concepción de lo que se considera «el bien»”. Esta dimensión de “desprendimiento transitorio del Otro” es lo que hace que el acto sea en soledad ya que “en el acto que nos ocurre –sorpresivo, sin soporte fantasmático alguno, producido de la nada- el sujeto dividido se ubica a sí mismo como su propia causa, incapaz por ende de subjetivarla totalmente”. Ahora bien, el “sujeto que ha franqueado la tiranía de lo Mismo” no es sin el Otro. Se desprende la pregunta: ¿cómo conciliar la dimensión de otredad constitutiva y constituyente del sujeto con el hecho de que el acto subjetivo debe prescindir de la misma?

Estamos frente a un impasse que Milmaniene buscará atravesar sustentado sólidamente en la filosofía de Emmanuel Levinas. Volverá a acentuar una vez más el reconocimiento de la alteridad como inherente a la ética para enunciar: “Este reconocimiento de la alteridad, que distancia de toda tentación a la captura especular, supone lo «Absolutamente-Otro» levinasiano, e implica el nombre de la referencia simbólica absoluta (el Padre Muerto, Dios).” Es decir, el sujeto instituye su acto en soledad desprendiéndose transitoriamente del Otro de los enunciados, lo cual no implica que su soledad no esté signada por la presencia de la ausencia del Padre que en tanto muerto confirma desde su desvanecimiento el desamparo radical que el sujeto deberá confrontar con su acto. El acto ético, de este modo, supone la subjetivación de la inanidad del ser en tanto y en cuanto fue afectado por la palabra de lo “Absolutamente-Otro”. No se trata que lo “Absolutamente-Otro” se constituya en Otro del Otro sino más bien que lo “Absolutamente-Otro” queda delineado por el rastro/rostro evanescente que sitúa un inasimilable lugar de enunciación en el punto de desfallecimiento de los enunciados. Horizonte del puro decir que se abisma inasible y de modo radicalmente transontológico sobre la caída del cuerpo textual de los dichos. Dice Milmaniene: “La voz ética del Otro resulta entonces nada más que un llamado sin contenido positivo alguno, que no ordena ni garantiza nada, sólo una pura enunciación sin enunciado que convoca al sujeto a la entrega responsable, más allá de la culpa.”

No caben dudas que para el autor La Ética Del Sujeto tal cual lo aborda el psicoanálisis, es la secularización de la ética judía. Dice al respecto que “la ética secularizada retoma esta dimensión de la fe en el renovado pacto con la palabra”. El acto ético es redentor, y en este punto el autor conjuga de manera admirable la práctica analítica con la utopía mesiánica, “¿No se trata acaso en el análisis de una suerte de mesianismo laico, en el cual el sujeto se «redime» del goce y se libera de la culpa a través de sus actos, asentado en la convicción –que no es certeza- del deseo responsable como condición de la libertad?”. Milmaniene nos habla del “renovado pacto con la palabra”, pero ¿sobre qué dimensión de la palabra se asienta la redención? La “palabra de la ley” y la “palabra de la fe”, aparecen así desde la referencia a Agamben como puntos de tensión entre la ley y la gracia que será desplegada y enriquecida con las referencias hechas al cristianismo. Así como en su libro La función paterna Milmaniene nos familiarizó con los excesos inherentes a la ley expresados a partir de los complementos obscenos y superyoicos, en esta oportunidad nos habla de los excedentes de la ley pero no ya en el terreno patológico sino en términos de amor y gratuidad del don que actúan como sostén mismo de la ley. Dice el autor en referencia a la consumación mesiánica que equipara a la “utopía psicoanalítica”: “Se trata, en suma, de la ley basada en la promesa del amor redentor y en la gracia (hésed, en hebreo) que es bondad piadosa entendida como don, y que reemplazará a la ley de los mandamientos y las obligaciones. En tales circunstancias ya ninguna norma obligará al sujeto sino sus propias convicciones éticas, producto de la máxima interiorización lograda de la Ley, que ya es la Verdad del amor.” El acto redentor entonces, si bien implica “aceptar lo irremediablemente perdido” a partir de una lograda interiorización de le ley que implique el “complejo movimiento que en psicoanálisis se llama asunción de la castración”, se inscribe como tal “en el excedente irreductible de la ley que es la gracia (charis).” De este modo “se podrá crear un mundo en el que ya no habitará un sujeto alienado en el Otro, sino que será liberado en tanto habrá accedido a la máxima autenticidad, como lo postula la redención cristiana y lo sostiene también la utopía psicoanalítica”.

Milmaniene tiene la audacia de hablar de utopías en un universo cultural que pareciera haber renegado de ellas. Porque sabe que en palabras del poeta, “sin utopía la vida sería un ensayo para la muerte”. Su profundo humanismo apela a que desde una “posición existencial sublimatoria”, podamos trascender el ensayo para actuar de primera mano en el terreno de las realizaciones desiderativas sin especulaciones ni garantías subjetivando la finitud pero sin fetichizar la muerte. Absteniéndose de consuelos neuróticos frente al inexorable final pero enfrentando del mismo modo las posiciones melancolizantes, nos convoca a reproponer las utopías sin caer en un idealismo estéril. Porque la utopía psicoanalítica que inscribe en el linaje de las utopías mesiánicas, es la aspiración ideal pero concreta de la nunca del todo acabada asunción responsable de los deseos que requiere de la deposición dolorosa pero auspiciosa de los goznes del narcisismo con la pulsión de muerte. Milmaniene no escribe desde la fría mirada del académico, del tecnócrata o del crítico social, sino desde una profunda humanidad que da cuenta de alguien que involucra su propia existencia en aquello que escribe. Ya dio muestras de una exquisita sensibilidad en Clínica del texto que se relanza ahora con todo vigor y desgarro en un texto sin concesiones con los “cantos de sirenas” emitidos por los apologetas de la posmodernidad. Su existencialismo fundado en la ética monoteísta, repropone una ética de la responsabilidad que se erige con valentía, sabiduría y contundencia frente a los pregoneros de la conversión del psicoanálisis en una “ética de la libertad” fundada en última instancia en el narcisismo que aliena al ser.

Un libro imprescindible, urgente y necesario que nos hace sentir vivos y humanos en toda su dimensión. Confrontándonos con los lados mortíferos y oscuros del ser y la (des)cultura, nos alienta sobre todo a no ceder en nuestro imperecedero deseo de ética para poder transformar la ética del sujeto en un sujeto de la ética que asuma activamente la sumisión constituyente a la Ley y la gracia. Decía Miguel de Unamuno: “¿Queréis novedades? Leed a los clásicos.” José Milmaniene lo es. Busquemos en su generosa y lúcida escritura las eternas novedades pasibles de ser genuinamente anunciadas sólo desde una posición humanista como la suya, que desde la recreación permanente de los presupuestos fundacionales de la subjetividad nos propone una y otra vez aventurarnos responsablemente en la travesía ética de la existencia.

Fuente: El Sigma

La escritura del desasosiego

Por Ani Bustamante

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Es un hallazgo haber encontrado en la obra de Fernando Pessoa asuntos que se tejen con algunas de las propuestas más interesantes en psicoanálisis. En este trabajo voy a explorar la relación entre la escritura pessoana del Libro del desasosiego y temas como la angustia y lo real.
Pessoa fue un poeta portugués, su característica más conocida es la de haber realizado una obra en la cual se despersonaliza para crear diferentes personajes llamados “heterónimos”. Los heterónimos son personalidades ficticias creadas con total singularidad y diferencia respecto del autor, así, cada uno tiene una fecha y lugar de nacimiento, una posición filosófica y un estilo literario particular. Lo significativo no es solamente la radical alteridad que se genera dentro de él sino la manera como los heterónimos se relacionan, sus puntos de acuerdo y desacuerdo, sus filiaciones y conflictos.
A lo largo de su vida Pessoa crea unos 70 personajes, la mayoría de los cuales no alcanzan el grado de heterónimo pues su singularidad no termina de construirse, sin embargo esto si sucede con cuatro de ellos, a saber: Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Fernando Pessoa (tratado como un heterónimo más).
Ahora bien, partir de esta breve reseña del universo heterónimo quiero pasar a analizar el tipo de escritura puesta en juego en el Libro del Desasosiego. Libro que puede entenderse como el laboratorio en el cual Pessoa fue explorando las diferentes maneras de transformarse en otro.


El Libro del desasosiego está escrito por el semi-heterónimo Bernardo Soares (“semi” porque no alcanza una singularidad bien delimitada) sobre él Pessoa dice, en unos escritos relativos al Libro del Desasosiego, que: “no siendo su personalidad la mía, es, no diferente a la mía, sino una simple mutilación de ella” . ¿Una mutilación de ella? Es fantástico que Pessoa haya usado una palabra que nos invita a pensar que hay algo que queda por fuera del cuerpo que a su vez permite la aparición de Bernardo Soares, personaje a través del cual accedemos casi al diario del mismo Fernando Pessoa. Es entonces desde la mutilación del autor que se produce la Obra.
El Libro del Desasosiego está escrito de una manera fragmentaria, en él la dispersión y disolución de la identidad de Bernardo Soares está constantemente puesta en juego. Por ejemplo, al ir leyendo encontramos que la secuencia de ideas se corta dejando siempre algo incompleto, de tal manera que pareciera que el autor lo que hace es un “ordenamiento de fragmentos” que se reúnen sin una secuencia narrativa. Lo que quiero señalar es que esta es una escritura que en lugar de producir sentido, produce agujeros y “restos” (a los que Lacan llamaría “objetos a”) que muestran la imposibilidad estructural que reside en el mismo lenguaje y la ruptura de la idea de Verdad del relato. Es esta pues una escritura que nos introduce a una experiencia del límite y al recorrer las páginas vamos percibiendo una serie de estados de ánimo inconexos. En el Libro del Desasosiego Pessoa dice sobre este tema:
“En estas impresiones sin nexo, ni deseo de nexo, narro indiferentemente mi autobiografía sin acontecimientos, mi historia sin vida. Son mis Confesiones, y, si en ellas nada digo, es porque nada tengo que decir”.

A partir de este libro se pueden indagar las relaciones entre angustia, escritura y aquello que llamamos Lo Real. Para preguntarnos ¿cómo es esta escritura que parece abrir agujeros en el sentido? ¿Qué sucede con ese resto imposible de significar que deja cada fragmento? ¿De qué manera la escritura pessoana sujeta al autor? ¿será que en el ejercicio de transformarse en otro consigue hacer algún tipo de lazo para no quedarse en un aislamiento que bordea la psicosis?
Sería bueno en este punto repasar algunas ideas psicoanalíticas sobre la angustia: por ejemplo, mientras que en Freud la angustia está vinculada a la pérdida del objeto, para Lacan la angustia se produce “cuando falta la falta”, es decir, cuando no hay lugar para la falta y no se pasa por la pérdida rellenándose esta en un orden totalizador en donde todo es cubierto ya sea por lo imaginario (estadio del espejo) o por la significación (sin quedar espacio para alguna partícula que se escape del sistema significante). En la clínica constantemente observamos pacientes que tienen una hipertrofia de pensamiento, un exceso de sentido que para nada apacigua la angustia, pues esta no cesa llenándose con más interpretaciones que alimentan la búsqueda interminable de significación. Lacan nos enseña, con el dispositivo del corte, a trabajar acotando los goces y drenando el sentido excesivo para producir una nueva posición subjetiva.
La introducción de una falta sería el equivalente a la idea freudiana de castración que limita el goce del sujeto.
En este sentido es posible pensar que el afecto llamado por Pessoa desasosiego, es efecto de una pretensión ilimitada de sensaciones, de una necesidad de ser todos y de sentirlo todo, asunto que una y otra vez expresan sus heterónimos, sobre todo Álvaro de Campos cuando dice en un poema:
“Sentirlo todo de todas las maneras.
Sentirlo todo excesivamente…

Cuanto más sienta, cuanto más sienta como varias personas,
cuanto más personalidades tenga,
cuanto más intensamente, estridentemente, las tenga,
cuanto más simultáneamente sienta con todas ellas,
cuanto más unificadamente diverso, dispersamente atento,
esté, sienta, viva, sea,
más poseeré la existencia total del universo,
más completo seré a lo largo del espacio entero.
más análogo seré a Dios, sea Dios quien sea,
porque sea Dios quien sea,
porque sea quien sea ciertamente lo es Todo
y fuera de Él sólo hay Él, y Todo para Él es poco”.

En este poema vemos como, a través de uno de sus heterónimos, Pessoa plasma la necesidad de ser TODO negando así la castración, sin embargo será la propia obra (con todos sus matices) la encargada de recortar tal pretensión. Lo interesante es que Pessoa hace de estos goces y esta angustia un Libro que cumple la función de enmarcarla acotándola. Es decir, puede hacer algo con la angustia, puede llevarla al acto de escribir.
La angustia es un afecto que no engaña porque escapa del juego de significación que siempre está bajo las leyes del desplazamiento, pues finalmente lo que engaña es la relación significante significado. El alivio de la angustia suele aparecer a partir de una puesta en acto, es por esto que la angustia, lacanianamente hablando es productiva, lleva al sujeto a hacer algo con ella (más allá de si esto es bueno o malo) Y Pessoa es llevado por el desasosiego a escribir su magnífica obra.
La particularidad de este acto de escritura es que Pessoa decide explorar sus dolores y placeres más íntimos en este libro creado a partir de fragmentos, que a la manera de otros grandes como Roland Barthes y Walter Benjamin, ponen de manifiesto la condición misma de la razón en tanto desarticulada, en tanto atravesada por lo inconsciente. La escritura de un libro hecho de fragmentos hace patente la imposibilidad de una unidad integrada, cohesionada, capaz de organizarse desde el sentido y, a su vez, permite que entre fragmento y fragmento se abran brechas que produzcan un movimiento de flujos que nos hagan saber (pero no desde el sentido sino desde la ruptura, la puntuación, el ritmo, el son) que ahí, en las palabras, se está jugando algo más, se está jugando un gozar intraducible que sólo se vislumbra en el intersticio. Pessoa se adelanta a su época, anticipa lo que luego será trabajado por Lacan cuando éste introduce el orden de lo real dentro del mismo sistema simbólico e intuye lo que será la deconstrucción derridiana al desmontar el eje del logocentrismo.
Siguiendo las propuestas psicoanalíticas, esta escritura del Libro del Desasosiego nos hace pensar también en la relación que establece Lacan entre escritura y resto, es decir, para Lacan la escritura es un ordenamiento de restos, entendiéndose por resto aquello que queda por fuera del sistema de la lengua, aquello que no puede significarse, que hace agujero en el lenguaje mismo y regresa para seguir intentando significar. Lacan piensa que la escritura toca más lo real que la palabra hablada, la escritura entendida como cuerpo, como trazo.. Y esta escritura del desasosiego nos hace patente lo real, que puede entenderse como lo extraño o como eso Otro dentro de nosotros que Freud llamó Lo Siniestro.

Algo queda articulado a partir de este acto de escritura, algo sucede en el momento en que Pessoa pone en juego la pérdida de sentido… la pérdida… algo aparece en el agujero de la falta. Esto que aparece es un peculiar objeto llamado “a” que funciona como causa de deseo. A mi modo de ver, esta operación de escritura desde el desasosiego le permite a Pessoa introducir una falta a partir de la cual acceder al deseo y recomponer un cierto lazo social.

El desasosiego junto con la obra heterónima
Vemos en Pessoa una constante búsqueda de quedar a la deriva, en una suerte de nomadismo desorientado. Este goce se satisface acotadamente en la escritura, que por un lado vehiculiza la pulsión y por otro sirve de punto para frenar el goce metonímico, otorgando un anclaje fálico. En un pasaje del Libro de Desasosiego Pessoa dice:

“Y, en medio de todo esto, voy calle adelante, adormilado en mi vagabundeo como una hoja. Algún viento suave me barrió del suelo, y voy errante, como un final de crepúsculo, entre los acontecimientos del paisaje. Me pesan los párpados en los pies arrastrados. Quisiera dormir porque ando. Tengo la boca cerrada como para que los labios se peguen. Naufrago mi deambular”.

Me parece que esta es una obra riquísima pues nos muestra, por un lado, un estado de goce en el desasosiego y por otro la recuperación del sujeto en el acto de escribir. Es decir, el mero hecho de devenir-otro llevado al extremo y sin un punto que abroche, lanzaría al sujeto a un vagabundear metonímico, al desplazamiento incesante que vemos en algunas psicosis. Pienso que es fundamental pensar a este poeta en la complejidad de su movimiento, pues de esta fuga abierta a la pluralización de personalidades logra hacer una obra heterónima que reúne, sostiene y sirve como punto de capitón a esta multiplicidad de yos, en una suerte de cuerpo textual que da consistencia ante la amenaza de dispersión absoluta. En el Libro del Desasosiego Pessoa explora sus devenires y el acontecimiento de esa extrañeza íntima que Lacan llama extimidad. Dice Pessoa:
“He creado en mí varias personalidades. Creo personalidades constantemente. Cada sueño mío es inmediatamente, en el momento de aparecer soñado, encarnado en otra persona, que pasa a soñarlo, y yo no.
Es decir, este desasosiego que busca lo ilimitado y la dispersión es resuelto con una maravillosa fórmula, la cual consiste en hacer de la dispersión una obra heterónima que amarra las diferentes personalidades. Por otro lado esta heteronimia también se puede entender como una manera de hacer nacer una alteridad, una manera de salir del aislamiento creando vínculos entre heterónimos. Entonces tenemos un libro que produce restos, estos restos causan deseo y esto termina haciendo posible lo heterónimo.
En ese sentido la escritura es en Pessoa la irrupción de lo Otro dentro de él, en ella desaparece para volver a surgir, al compás de sus otredades. ¿No es este movimiento el que da la posibilidad de que lo inconsciente sea posible? ¿No es acaso esta su manera de dividirse (es decir castrarse) para constituirse como sujeto?
Algunas de las preguntas vitales que animan la obra pessoana aparecen en el Libro del Desasosiego cuando Bernardo Soares dice:
“Dios mío, Dios mío, ¿a quién asisto? ¿Cuántos soy? ¿Quién es yo? ¿Qué es ese intervalo que hay entre mí y mi?”.
El libro del desasosiego, al igual que la angustia, no aparece para otorgar sentido, sino para mostrar la aparición de lo real del goce como ese hueso duro irrepresentable que queda cuando se termina con las capas de la interpretación, esto es pura pulsión que puede enmarcarse y sujetarse con un síntoma, que en el caso de Pessoa es su escritura.

Lo que importa en este autor es la irrupción de una fuga de sentido en la que se rompe la articulación de la cadena significante, y ahí hace su entrada el desasosiego como “afecto que no engaña” pues no presenta la duda intrínseca a la significación, sino que está ahí con carácter de certeza. Fuera de la significación la escritura se vuelve una línea, un número, un trazo y aparece este concepto lacaniano llamado “La letra” que es justamente eso, la materialidad del lenguaje sin soporte significante. Al no haber lógica significante queda la letra impregnada en el cuerpo o en el organismo como dice Pessoa, dejando al sujeto “como arrojado a un lado, trapo caído en el camino”.

Fernando Pessoa se adelanta a estos conceptos lacanianos que apelan a un trabajo por fuera de la interpretación clásica que se apoya en el sentido y dice: “Las cosas no tienen significación sino existencia”
La letra es el sustrato material, es el cuerpo desde el cual Lacan empezará a operar, cuerpo que es pulsión y que nos muestra su imposibilidad de ser representado completamente. En ese sustrato corporal ligado a lo real no encontramos la relación entre significantes sino una suerte de caos pulsional que luego se anudará con lo simbólico y lo imaginario.
Lo escrito tiene que ver, para Lacan, con la letra, y es lo que se pone en juego en la escucha psicoanalítica. Dice Lacan:

“La letra es algo que se lee… es bien evidente que en el discurso analítico no se trata de otra cosa, no se trata sino de lo que se lee, de lo que se lee más allá de lo que se ha incitado el sujeto a decir” .

Es decir, el psicoanálisis busca leer algo que sea del orden del cuerpo, de las pulsiones y no quedarse entrampado en la búsqueda de sentido.

Pessoa nos muestra en el Libro del Desasosiego esa escritura hecha de restos, hecha de letras, que dejan en un segundo plano la intención de significar algo trascendente. Sobre esto dice:

“Me gusta palabrear. Las palabras son para mí cuerpos tangibles, sirenas visibles, sensualidades incorporadas (…) escribo sin querer pensar, en un devaneo exterior, dejando que las palabras me hagan fiestas, como niño que llevaran al cuello. Son frases sin sentido, corriendo mórbidas, con una fluidez de agua sentida, un olvidarse de riachuelo donde las olas se mezclan y confunden, siempre trasformadas en otras, sucediéndose a sí mismas”.

Y en otro fragmento:
“Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre del sentir. Lo que confieso carece de importancia, pues no hay nada que tenga importancia… Me desarrollo como una madeja multicolor, o hago conmigo mismo figuras de cordel, como las que se tejen con las manos extendidas y se van pasando de un niño a otro. Me preocupo sólo de que el pulgar no falle el nudo que le toca. Después vuelvo la mano y la imagen queda diferente. Y vuelvo a comenzar”.

La puerta, de Magda Szabó.

Liter-a-tulia es una interesante y bella propuesta, a la que tenemos acceso gracias a la iniciativa de unos colegas que decidieron abrir una tertulia mensual de psicoanálisis y literatura. La fecundidad de la propuesta a llevado a plasmar la experiencia a un blog y a construir discursos y textos a partir del encuentro.
Alberto Estévez, uno de los creadores de liter-a-tulia, a tenido la gentileza de enviar para Trazo Freudiano un artículo que escribió a propósito del libro La puerta, de Magda Szabó.

LA PUERTA, DE MAGDA SZABÓ
Por Alberto Estévez

Jacques Lacan, psicoanalista francés, encargado de que el legado que Sigmun Freud nos dejó, el psicoanálisis, siga existiendo en nuestros días, gracias a la lectura que hizo su obra, transmitía dicha lectura año tras año, en el seminario que dictaba a sus alumnos.
En el que impartió en 1954, dedicado al concepto del yo, existe un capítulo casi acabando el curso, titulado Psicoanálisis y cibernética, en el que hace una de sus curiosas y agudas reflexiones, en este caso acerca de un aparato simple, en el que basta hacer girar un picaporte: una puerta.
Una puerta, dirá a sus alumnos, no es algo totalmente real; considerarla así podría llevarnos a extraños malentendidos. Si al observar una puerta concluimos que produce corrientes de aire, es posible que acabemos llevándonosla al desierto para refrescarnos.

Retomará una serie de frases hechas alrededor de la puerta justamente para poder distanciarla de su condición de objeto real; una puerta a, una puerta que se nos niega, o que por el contrario se nos ofrece, incluso en esta matización llegará a ofrecer una evidencia que resulta simple pero muy pertinente a lo que quiero mostrar: Lacan dirá que la puerta no cumple la misma función instrumental que la ventana.
Una puerta debe estar abierta o cerrada, y esto no es equivalente.
La puerta es, por naturaleza, del orden simbólico, y se abre a algo. Hay disimetría pues entre la apertura y el cierre: si la apertura de la puerta regula el acceso, el cierre, lo obstaculiza. La puerta es un verdadero símbolo, el símbolo por excelencia, aquel en el cual siempre se reconocerá el paso del hombre a alguna parte, por la cruz que ella traza, entrecruzando el acceso y el cierre. Se trata de la relación del acceso y el cierre. Termina la cita de Lacan.

La Puerta es el título de la obra que nos ocupa hoy. Una obra que relata los avatares de la relación entre la autora de la novela y su señora de la limpieza, Emerenc Szeredás. La Puerta es real, por llevar la contraria a Lacan: en la casa de Emerenc, es la que da acceso a su habitación, o más bien habría que decir la que lo impide, ya que esta mujer prohíbe terminantemente que nadie penetre en su intimidad, salvo la propia escritora, bien avanzada la novela, en circunstancias muy particulares, ya que en la primera ocasión que la autora tiene la ocurrencia de sacudir el picaporte, recibe una furiosa reprimenda; la amenaza es tan desproporcionada que la autora teme la agresión física por parte de aquella mujer.
Pero esta anécdota le permite ir dibujando el carácter simbólico del objeto puerta, enseguida nos dirá que es una puerta que protege, protege de las miradas, incluso de la propia muerte.
Y nos toca a nosotros pensar en la escena. ¿Porqué se angustia tanto Emerenc, qué significa para ella que alguien pueda atravesar ese umbral? El celo con el cual cada uno de nosotros guardamos determinados aspectos, elementos, circunstancias de nuestras vidas no parece encajar con la reacción que muestra esta mujer. Hay algo del lado del exceso que nos lleva a valorar la escena de otra manera. También es así para la escritora, que escapa de allí aterrorizada pensando que Emerenc está medio chiflada, es víctima de una mente perturbada.
¿Es cierto esto?¿Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que estamos ante una psicosis? Sea como fuere, lo que personalmente me ha causado gran admiración del relato es el material que Magda Szabó va eligiendo para dibujar una estructura psíquica tan compleja como resulta esta. La sutileza en los detalles, reparar como ella hace en pequeñas cosas que ocurren y que podrían ser desestimadas o calificadas como simples manías o caprichos de Emerenc, no es así, y tiene efecto en el lector: es una valoración de dichos elementos como si estos en realidad fuesen claves a descifrar. Esto es consecuencia directa de haber demostrado una finura, como si de un clínico experimentado se tratase, en el análisis del carácter de su empleada.
Con una prosa envidiable, la vemos detenerse en hechos que para ella son significativos: Emerenc no tiene cama, no se acuesta ni se tumba, ya que eso le provocaba debilidad y un vértigo inaguantable. Por otro lado, la autora percibe un obstáculo en la relación, que define de la siguiente manera: Emerenc no dialoga, sentencia. Podemos decir que está sostenida por la certeza. Algunos de estos hechos no provienen de lo que Emerenc le cuenta, sino de la propia observación del entorno, eso le lleva a decir que todo el mundo se fiaba de Emerenc, pero Emerenc no se fiaba de nadie. Esto se hacía todavía más extremo en el caso de la relación con los hombres; salvando alguna excepción, con ellos había que estar muy alerta, cualquiera podría ser el barbero, aquel desaprensivo que le robó todo. Emerenc con su argumentación pretende convertir en evidente que partiendo de una situación como esa lógicamente se derive una consecuencia como la siguiente: nunca más volvería a tocarla ningún hombre. Nos va dejando datos que tienen todo el interés.
Son 20 años de relación, es mucho tiempo, y no ha sido un tiempo perdido. La autora ha podido hacer acopio de la sabiduría que esta mujer le ha ido transmitiendo, una sabiduría que es el saldo de lo que ha sido una vida de supervivencia, sabiduría que se hacía necesaria para conservar la vida en unas circunstancias en muchas ocasiones catastróficas, y en alguna en concreto, verdaderamente aterradora. Entonces no debe resultarnos extraño que alguien que pasa por eso enuncie frases del tipo “todos estamos solos, queramos o no, aunque compartamos la vida con otro” O también “al que quiera irse hemos de dejar que se vaya. Quien no se deja sacar del agujero allí se queda”. “Si amamos también tenemos que saber matar”, Los curas mienten, los doctores son ignorantes y codiciosos, los letrados cínicos, los ingenieros ladrones, y los mafiosos abundan por doquier.
La visión política de Emerenc merece un capítulo aparte, aunque yo en esta exposición me limite a citarla porque me parece soberbia: “el mundo se divide en dos clases de personas: los que barren y los que no”
Pero podemos diferenciar otro tipo de enseñanza, más concreta, más funcional para el caso, que la autora extrae y atañe directamente a la posibilidad de relación con su empleada, como una guía que le sirve para bien llevarse con ella y no poner en peligro el vínculo que las une; un saber en consonancia con la verdad del sujeto, que distribuye las posiciones de cada uno para afrontar el esperado buen encuentro con el otro. En un primer momento, el hermetismo de la autora no facilita, más bien impide que esto se produzca; primero debe abrir su puerta para que la empleada abra la suya. Las pistas para salir de esa situación las percibe cuando toma conciencia de que Emerenc consigue hacer equivaler sus ausencias con la ruina, hasta el punto de que la vida del matrimonio sin ella no funciona.
El sacrificio que Emerenc realiza por el otro sólo se producirá si se trata de existencias ruinosas, es la salvadora incondicional hasta la locura, y cuando en los primeros momentos, comprobamos que la relación que la autora tiene con ella no responde a ese molde, la cosa no marcha. Es efectivamente cuando la autora le muestra algo de su ruina yendo a su casa para decirle simplemente, tengo hambre, cuando se produce el milagro. Emerenc no iba a olvidar dicho acto jamás y es en ese momento cuando empieza a quererla de verdad. No quiero dejar de mencionar aquí la idea del marido, abunda en esto, él también tomó conciencia de por dónde debe cruzar la relación para que pueda darse, un personaje que, por otra parte, pasa por la acción sin tener mucho que ver ni que aportar, sin embargo aquí propone una muy lúcida vía para no perder la relación con Emerenc: “vivir en continua agonía para que acuda a salvarnos, es lo más conveniente para su economía afectiva”
Y así podemos entender mejor la clave de la relación de Emerenc con su hija, porque así llama a la autora aunque ella lo desconociera. Magda debe permitir que Emerenc se convierta en la protagonista principal de su vida: “a mí me da todo o no quiero nada”.

Salvar vidas: pobre Emerenc, que en una misma noche había visto cómo delante de sus ojos se escapaban las vidas de sus dos hermanitos y de su madre sin que pudiera, bloqueada por el espanto, hacer nada para remediarlo. Como tampoco nada puede hacer, por mucho que se lo reproche desde su moral cristiana, la autora, con la circunstancia final de la vida de Emerenc. Destinos ligados, circunstancias repetidas, vidas que se cruzan, sueños que se repiten. Sueños en los que la puerta está cerrada impidiendo la salida, provocando la impotencia de nuestra soñante. Y es que los que pierden, son los que se quedan.

Blanca Varela, la subversión de la letra

Por Ani Bustamante


«Llegamos con la puntual indiferencia del nuevo día
saltando sobre la desgracia con precisión de atletas.
Hemos dormido bajo las estrellas
hemos
perdido el tiempo.»
(Blanca Varela, Palabras para un canto)

Hemos perdido a Blanca Varela, murió ayer después de una larga enfermedad. Su brutal precisión con la palabra, su golpe seco, implacable, nos deja una herida abierta a fuerza de bella poesía y, la tristeza de este día enredando el aire.
Empecé a leerla en la universidad, llevaba un libro conmigo para abrirlo en el primer espacio que Kant o Heidegger dejaran libre. A partir de ese encuentro no pude desligar más filosofía de poesía. No había metafísica, ni existencialismo, ni ser-para-la-muerte, que no se rindiera ante las palabras de Blanca.
Supe que «Ese puerto existe» y que la filosofía que me interesaba tenía como centro un vacío, un entre líneas que sólo la poesía podía rozar. Que el psicoanálisis que me proponía seguir tenía que partir de «la letra», cuyo motivo principal no sea llenarlo todo de sentido, sino imprimir una marca, un trazo, una huella. Para permitir la ausencia y transformarla en poesía.
Este es un personal homenaje a la poeta, mi gran maestra. Te iré a buscar, ya no por las calles de Miraflores o Barranco, sino por librerias, abismos de tiempo y alguna que otra cosa que pueda escribir….

SIN FECHA (Blanca Varela)
a Kafka

Suficientes razones, suficientes razones para colocar primero
un pie y luego otro.
Bajo ellos, no más grande que ellos ni más pequeña, la
inevitable sombra que se adelanta y voltea la esquina, a
tientas.
Suficientes razones, suficientes razones para desandar,
descaer, desvolar.
Suficientes razones para mirar por la ventana. Para observar
la mano que cuenta a oscuras los dedos de otra mano.

Poderosas razones para antes y después. Poderosas razones
durante.
La hoja de afeitar enmohecida es el límite.
Lasciate ogni speranza voi ch’entrate.
No se retorna de ningún lugar. Y la regla torcida lo confirma
sobre el aire totalmente recto, como un cadáver.
Y hay otras.
Palidez, sobresalto, algo de náusea.
Misterioso, obsceno chasquido del vientre que canta lo que
no sabe.
La luz a pleno cuerpo, como un portazo. Adentro y afuera.
No se sabe dónde.
Y las demás. ¿Existen?

Infinitas para la duda, evidentes para la sospecha.
Dejarse arrastrar contra la corriente, como un perro.
Aprender a caminar sobre la viga podrida.
En la punta de los pies. Sobre la propia sombra.
No más grande que ellos ni más pequeña.

Uno, dos, uno, dos, uno, dos, uno.
Uno atrás, otro adelante.
Contra la pared, boca abajo, en un rincón.
Temblando, con un lívido resplandor bajo los pies, no más
grande que ellos ni más pequeño.
Tal vez, tal vez la estancada eternidad que algún alma
inocente confunde con su propio excremento.

Malolientes razones en la boca del túnel.
Y a la salida.
A la postre tantas razones como cuellos existen.

Defenderse del incendio con un hacha. Del demonio con
un hacha, de dios con un hacha.
Del espíritu y la carne con un hacha.

No habrá testigos.
Se nos ha advertido que el cielo es mudo.

A la más se escribirá, se borrará. Será olvidado.
Y ya no existirán razones suficientes para volver a colocar
un pie y luego el otro.
No obstante, bajo ellos, no más grande que ellos ni más
pequeña, la inevitable sombra se adelantará.
Y volteará la misma esquina. A tientas.

Policía al desnudo, o cuando la ley es gozar.

Por Ani Bustamante

Leyendo el diario El Comercio me entero de una noticia que ha circulado velozmente desde la intimidad del dormitorio de unas jóvenes policías, hasta el lobby globalizado por el que deambulamos. Que este gesto, tan contemporáneo, de pasar de lo íntimo a lo público en un solo clic -así como la captura de la imagen y sus usos totalitarios- tenga como protagonistas a la policía, pone sobre el tapete los hilos sociales que enlazan la ley y su transgresión.

Tres mujeres policías fueron grabadas desde un teléfono móvil cuando salían de la ducha. Ante el gran ojo electrónico ellas desplegaron su escena. Detonador suficiente para que la máquina social perversa se active.
Estoy hablando del mandato y su reverso, de la ley y su transgreción.
Me interesa seguir la línea que señala cómo justo ahí, donde los mecanismos de coerción, de vigilancia y de castigo se llevan a cabo, justo ahí es donde somos más susceptibles de caer en los laberintos de la transgresión. Como dice Lacan, es el superyo el que manda gozar. Ejemplo cotidiano de esto lo vemos cuando nos sentimos en la obligación de divertirnos, porque es sábado o porque tenemos un dinerito de más, o porque los modelos de televisión así nos lo lanzan a la cara.

Sin embargo, esto que parece tan sexi y posmoderno, esto que suena como ‘living la vida loca’, ofreciendo un sin-limites para la pulsión, es decir para el gozar, trae su lado oscuro y su reverso.

Relaciono esto al reciente escándalo de las policías peruanas, no para dictaminar sino porque nos sirve de metáfora para pensar cómo el lugar del mandato se asocia al imperativo de gozar. Cómo, al momento en que los altos mandos sancionan a estas mujeres, se activa la maquinaria social vouyerista, el circo absurdo, la ausencia de responsabilidad ética.

¿En qué momento la mirada erótica se transforma en vigilancia?

Estas jóvenes mujeres policías se rindieron ante el encanto de una ‘inocente’ cámara personal, ellas, las que vigilan las calles, pasan ahora por el castigo. Este castigo, como buen engranaje de la maquina, seguirá haciendo rodar la parodia, manteniendo vivas las ganas de ‘ver’ y de gozar.
Cuando lo social se pone en juego en términos de ‘Vigilados y Castigados’ -para seguir la idea del libro de Foucault ‘Vigilar y Castigar’ – es importante ubicar las consecuencias que a todos nos competen.

Fuente fotografía: http://www.elojodelpanoptico.com.ar/


Pessoa, Vila Matas y la pasión por desaparecer

Por Ani Bustamante

Lejos de las tesis narrativas que proponen que la escritura es un dispositivo que permite la integración del yo, Fernando Pessoa muestra como, a través de ella, el yo se desgarra y multiplica, generando un universo de personajes, cada uno de los cuales con personalidad y literatura propia. Asi pone en juego la experiencia de la otredad en uno mismo, juego que, en el caso Pessoa, es literario y no un brote esquizofrénico. Es interesante ver el punto en que locura y escritura se cruzan, punto en el que, si ponemos los dos pies, probablemente caigamos en el abismo de la identidad.

Hace unos días terminé de leer el Doctor Pasavento de Enrique Vila Matas, el libro me capturó desde la primera página, ni bien empecé a leerlo me encontré con la pregunta: «¿De dónde viene tu pasión por desaparecer?». Me sentí involucrada, cuestionada, pues el pulso de esta pregunta ha acompañado mi investigación sobre la obra de Pessoa. Para mi era motivo de celebración el encontrarme con un libro que inicia su ruta con una interrogación que invita a caminar por los laberintos del Libro del Desasosiego en el cual Pessoa ensaya ese devenir-otro, esa despersonalización que luego explotará y tomará forma de obra heterónima:

«Yo, realmente yo, soy el centro que no hay en todo esto sino como una geometría del abismo; soy la nada en torno a la cual gira este moviemiento sólo por girar, sin que ese centro exista por otra razón que no sea la de que todo círculo lo tiene. Yo, verdaderamnete yo, soy el pozo sin paredes, pero con la viscosidad de las paredes, el centro de todo con la nada en torno» (El Libro del Desasosiego)

La escritura, como movimiento de significantes alrededor de un abismo, es un asunto trabajado por Lacan y cuya puesta en acto encontramos en escritores como los aqui citados. Esta escritura, en su devenir, produce otredades. De tal manera que al terminar una línea encontremos que lo escrito no es nuestro, que es de un otro que habita en nosotros. Sabemos con el psicoanalisis que eso ‘otro’ es justamente lo inconsciente, aquello íntimo que, sin embargo, nos es ajeno. Vila Matas, con su Doctor Pasavento busca un ‘escribir para ausentarse’, para dejar atrás el nombre que lo predetermina etiquetándolo entre los vapores de la fama y la imagen. Ausencia que, sin embargo, tiene como revés, la búsqueda de un otro reconocimiento.

 Vila Matas hace un recorrido delicioso por ese hilo que a traves de la historia ha ido tejiendo y destejiendo la idea de identidad. Desde Montaige y la aparcición del sujeto moderno construido a partir el ensayo, hasta Walser y la escritura de la desposesión, lo insignificante y la desaparición.
La escritura será el eje de esta novela, la escritura y su imposibilidad. Imposibilidad, también, de encontrarnos como seres humanos completos. Es precioso ver el tejido que hay entre identidad y escritura, resaltar cómo en estos tiempos, asi como el libro ya no es más un ‘libro cerrado’ como unidad completa, sino más bien, libro abierto y diseminado, el sujeto es vivido de similar manera, abierto, plural y fragmentado -este asunto lo trataré en un próximo post-

Fernando Pessoa y Vila Matas nos muestran la desaparición del sujeto como intrínseca al acto de escribir. La paradoja consiste en que ahí en donde el yo desaparece, irrumpe un otro (otro de lo inconsciente) para escribir algo que irá rodeando siempre los agujeros de la realidad. La escritura, como el camino, no pueden separarse del abismo, como dice Vila Matas en una entrevista en el blog de Kevin Heredia:

El abismo, en una primera lectura, suena como si fuera el final del camino. Pero cada vez estoy más convencido de que el abismo es el propio camino. Es decir, que no hay camino sin abismo.


Un canto que teje el cuerpo… La teta asustada

Por Ani Bustamante

Una herida transmitida de madre a hija, trazo a trazo y desde el vientre. El dolor fluye por la leche después del nacimiento. El dolor en el rostro gélido de Fausta, solo conmovible cuando el canto se apodera de sus labios.
Así transcurre “La teta asustada” película que, con golpe seco y poético, tocó mis entrañas peruanas, poniéndome en pantalla gigante, esa peculiar mezcla de dolor y poesía, de banalidad y hondura, que somos. Claudia Llosa nos entrega una peculiar visión de la realidad peruana y sus matices, recreando en los márgenes de una ciudad -que no ha sabido asumir su diversidad- un pueblo habitado por la pobreza y los efectos del terrorismo marcados en la piel. Un pueblo andino que mudó su ande por un gris cerro limeño, un pueblo andino desnudo de costumbres y ritos que, a modo de disfraz, máscara -o como quieran llamar a eso que hacemos los seres humanos para cubrir nuestra desnudez existencial con marcas y clichés, para no exponer el frágil cuero- construye una identidad a fuerza del colage más pintoresco: trozos del pueblo añorado, show yanqui, slogans y ficciones de la decadente burguesía.


En medio de este desierto y entre fiestas, cumbia y bodas, aparece, como testigo del dolor vivido, Fausta, quién no se puso la máscara y mantuvo con su canto el hilo de un decir -en lengua materna- y el tono de la ternura que quedó después de la barbarie.
Los habitantes de los márgenes dejaron el ande y con él las huellas y el recuerdo traumático; a cambio perdieron su singularidad y su riqueza cultural se transformó en la búsqueda del sueño americano. Qué difícil disyuntiva se produce en nuestra sociedad: o atravesar aquello que nos constituye y que trae consigo una herida, pagando el alto precio del recuerdo o, dejar de lado nuestros trazos, borrar las huellas en un cerro que ofrece aridez, olvido y la ficción de que nada nos ha pasado. Luego, cómo no, regresará con toda su violencia, el trauma. Regresará repetitivamente y al compás de la pulsión de muerte, desplegado con otros olores y otros paisajes, la misma escena, el mismo fantasma.
Si pensamos en el trauma del terror y la violación, parecería absurdo entrar en la dimensión del lenguaje pues lo primero que muchos dirían es: “pero si a esta persona le han destrozado el cuerpo, le han obligado a vivir lo impensable”. Y es cierto, es cierto que ese golpe marca el alma, pero también es cierto que esto ocurre en nosotros que somos seres hablantes ¿qué pasa con esto?
Quiero tocar el tema del trauma que se produce en el encuentro del cuerpo con el lenguaje. Lenguaje que situará cada experiencia del cuerpo, cada sensación de la piel o contracción de un órgano, determinando los límites del sentido. Es que el cuerpo también se marca con la palabra, es que el cuerpo toma forma desde ella, imprimiendo tanto la bella irrupción de la significación, como el límite de aquello que vibra sin nombre entre los pliegues del cuerpo, o más.
El decir, que se hilvana con el canto de Fausta, marca ese encuentro entre belleza y dolor, entre cuerpo y lenguaje. Ella canta su historia y su terror, aún sabiendo que no hay palabras que lo puedan describir completamente… la música y el arrullo se encargarán de hacer algo con ese resto imposible de significar.

¿Yo me llamo todos los días igual?

Por Ani Bustamante

Lunes por la mañana, ella amanece con una luz blanca y un recuerdo inventado en la memoria. ¿cuál es el hilo invisible que sostiene la continuidad de la identidad? El cuerpo es joven, el alma sin puntas para marcar los días. La lengua insípida deja el bello cuerpo desnudo y crudo, justo para ser presa de los goces mortíferos que arrasan con los nombres.

Al final, un campo abierto y la piel descolgando en pliegues.
Al comienzo, una habitación con luz, la búsqueda de una huella para empezar la ruta. Ausencia.

Al final, la mirada vidriosa, el paso frágil y lento. El cuerpo cayendo al abismo de la nada.
Al comienzo, la mirada brillante, el foco enceguecedor de un sueño húmedamente embriagador, el paso rápido, el cuerpo elevándose en la nada.

En el medio, la vida adulta y sus preocupaciones cotidianas. La estabilidad.


La semana pasada conversaba con los ancianos de una residencia en Madrid, los cuales fueron llegando a la reunión a regañadientes pues preferían quedarse viendo televisión o simplemente deambulando con el vuelo de una mosca. Sin embargo fueron llegando, poco a poco, despacito, arrastrando los pasos caídos más por el peso de la depresión que por el tiempo. La poeta recobraba el aliento al hacer oír su voz y su ritmo a los compañeros. El viejo decepcionado de la vida dijo: “yo me llamo todos los días igual”, mientras yo me preguntaba por ese nombre y esa huella… ¿qué sostiene el gastado hilo que recorre la supuesta identidad?

Una voz y un nombre.

Nada.

En el reverso Ellos, jóvenes y bellos responden al sin-sentido de la vida pinchando su elástica piel y mezclando sus hormonas con pastillas alucinadas. ¿Por qué creyeron que el amor haría las cosas más fáciles? se preguntaba ella.

En una semana presencié el encuentro de la adolescencia y la vejez a través de una película ferozmente bella “Better Things” de Duane Hopkins. En ella, con espléndida fotografía y gran uso del silencio, el director va desgarrando los velos imaginarios, los espejos, las identidades, dejándonos en una nada, que es cuerpo desprovisto de símbolos, que es cuerpo para la muerte y para el consumo.

¿Yo me llamo todos los días igual? ¿Todos los días igual?

Colegios, Residencias… lugares de normalización. Lugares para “todos igual”, donde el nombre no es creación íntima y peculiar, sino el sello determinante que viene dado por un Otro. La pasividad del viejo que es nombrado y clasificado “todos los días igual” se contrasta con el movimiento de otro viejo que un día entró en mi vagón de metro. Medio descuidado, medio delirante, se sentó a mi lado. Su cuerpo un tanto inclinado hacía adelante mirando la ventana del frente a la entrada de cada estación. De pronto la voz de una maquina sale por los altavoces del tren anunciando el nombre de la estación, ese día estábamos llegando a “noviciado”. El viejo, atento y mirando el cartel con el nombre, hablaba solo y decía: “¿no-viciado? claro, sin vicio, porque aquí no hay vicios… lo dice ahí: NO VICIADO, no viciado, no viciado”. Se le veía muy satisfecho, con su nuevo nombre y sus fachas descuidadas. Con sus fechas alborotando la línea del tiempo.

Actualidad del legado de Dr. Sigmund Freud.

Por Manuel Pombo Sánchez

El 150 Aniversario del nacimiento del padre del Psicoanálisis es motivo suficiente para comenzar este artículo formulando un interrogante que pueda servirnos como punto de partida para establecer el hilo argumental de estas páginas: ¿ Por qué Sigmund Freud ? En la respuesta, necesariamente inconclusa, se puede advertir la pertinencia de la pregunta.
En principio ya podemos decir que Sigmund Freud fue un ilustrado al tiempo que un crítico de la Ilustración. Y, por decirlo con Roland Jaccard, fue también un conquistador.
Ciertamente, la vasta obra de Sigmund Freud marca un antes y un después en la historia del pensamiento. Asi, por ejemplo, si, con sus respectivos hallazgos científicos, Copérnico señaló la herida cosmológica y Darwin la herida biológica, Sigmund Freud insistió en la herida psicológica conformando, de este modo, las tres ofensas históricas que pusieron en cuestión el injustificado y desmesurado orgullo y narcisismo del ser humano.

La lectura de los textos freudianos nos invita, como mínimo, a indagar dos ámbitos fundamentales del saber:

1/ Los caminos de exploración del inconsciente: Estructura profunda del ser humano y las leyes rectoras de su forma de ser y de estar en el mundo.
2/ Una reflexión sobre los fenómenos más relevantes de la cultura de la que el Dr. Freud da cuenta en los denominados “libros culturales”.

En efecto, a la luz de su obra, la interpretación y comprensión de la condición humana y de la civilización ganó en riqueza, complejidad y profundidad. Sirva como testimonio de ello la cita de Virgilio que aparece al inicio de La interpretación de los sueños y que, por lo demás, cita Freud en una carta a W. Fliess con fecha 4 de diciembre de 1896: Fléctere si nequeo súperos, aqueronta movebo. Esto es: Si no puedo conciliar a los dioses celestiales, moveré a los del infierno.

Una de las tareas fundamentales del Psicoanálisis consiste en luchar contra el demonio de la irracionalidad de una manera serena para que tal demonio se reduzca a un comprensible objeto de ciencia, según escribe S. Freud a S. Sweig en carta fechada el 14 de abril de 1925.
Insistiendo en la pregunta inicial podemos decir con Thomas Mann que “la fusión, la identidad de sujeto y objeto, el conocimiento intuitivo de la unidad misteriosa del mundo y el yo, del destino y el carácter, del padecer y del hacer, el conocimiento intuitivo, por tanto, del misterio de que la realidad es una obra del alma, esto constituye el alfa y el omega de toda iniciación psicoanalítica.”

Podemos plantearnos, a partir de aquí, el desarrollo del ser humano y su dimensión conflictiva en su doble vertiente individual y social. Dicha carga de conflicto es inherente al corpus doctrinal del Psicoanálisis por cuanto trata de esclarecer los enigmas de la condición humana escondidos bajo el manto de un discurso filosófico de corte conciencialista que identifica lo psíquico con lo consciente. Se trata, pues, de elucidar la problemática que atraviesa al ser humano en el proceso de construcción de su subjetividad.

Creo que se puede advertir ya, que una de las pretensiones que guía mi discurso es la reivindicación del Dr. Sigmund Freud como filósofo, como arqueólogo del alma , de la cultura y de la civilización. Bruno Bettelheim supo ver muy bien esta cuestión en su texto Freud y el alma humana. Obsérvese, para dar cuenta de la diferencia que queremos señalar: Alguien puede decir te quiero con toda mi alma (pero no con toda mi mente). He aquí el fuerte componente afectivo que, por lo demás, ya podemos observar en los textos platónicos, componente afectivo nunca exento de conflicto o contradicción.

La doctrina psicoanalítica, por tanto, no es sólo un método terapéutico y una teoría de la vida psíquica sino que también conforma un nuevo ámbito del saber acerca de las distintas realidades sociales y culturales, al tiempo que un método de investigación incompatible con los modelos experimentales y adaptativos al uso que pretenden ignorar la dimensión irracional del alma humana donde se entrecruzan amor y odio, vida y agresión, libido y muerte.
La envergadura del legado freudiano es evidente por todo cuanto tiene que ver con las sombras de la Ilustración dado que el modus operandi de Sigmund Freud consiste en un abordaje a contracorriente de la civilización y de la cultura con el fin de descubrir los espejismos y los deseos ocultos que están en sus orígenes. De ahí la gran influencia de su doctrina en la sociología, la psicología, el arte, la literatura, la medicina, la educación… tal como podemos observar en muchos de sus textos entre los cuales cabe mencionar aquí Múltiple interés del Psicoanálisis.

Sigmund Freud, pues, hace de la Ilustración objeto de su crítica para desvelar las sombras y excrecencias generadas bajo las distintas apariencias de desarrollo y de progreso:
Es, en este sentido, el legado freudiano una expresión de los desórdenes de la cultura y, también, una radicalizada respuesta al reconfortante mito del progreso bajo el cual se esconden toda suerte de contradicciones y conflictos. Cuestiones éstas, por lo demás, no ajenas a los desarrollos llevados a cabo por los autores de la Escuela de Frankfurt.
Dicho esto, no es exagerado afirmar que el Dr. Sigmund Freud tiene todos los títulos para ser incluido en la nómina de los filósofos de la sospecha.
El proyecto ilustrado, como marco cultural propio del Psicoanálisis, nos invita, por tanto, a reflexionar sobre cuestiones tales como la identidad, la libertad, el sufrimiento, y, también, a preguntarnos por los principios que han de servir de guía al desarrollo intelectual, moral y psicológico de modo que el retorno de lo reprimido no suponga un peligro que socave los cimientos sobre los que se sostiene la civilización. En este sentido me parece muy pertinente no olvidar aquí la noción de salud moral del también judío Spinoza por cuanto actualmente escuchamos por doquier apelaciones y discursos acerca de la salud física y psíquica –de suyo importantes- al tiempo que se descuida totalmente el señalamiento de la no menos importante salud moral a la que nos acabamos de referir.

Razón tuvo Sigmund Freud cuando escribió que sólo la estupidez es más gravosa que la enfermedad. Quizás, como dice G. Steiner en La barbarie de la ignorancia el hombre es un ser muy perezoso y de gustos muy primitivos: Tal afirmación nos puede ayudar a comprender, al menos en parte, el fracaso del proyecto ilustrado y a ver en la educación un factor necesario pero, tal vez, insuficiente para la prevención de la barbarie.
Ciertamente, como supo ver Freud, hay algo que pertenece al registro del displacer en ese complejo proceso que introduce al hombre en el desfiladero de la civilización
Ello es así porque el componente pulsional del sujeto no le predispone, de entrada, a la civilización ya que la pulsión, al contrario que el instinto, carece de una meta prefijada y, en consecuencia, ha de ser buscada a riesgo de no ser encontrada. Por tanto, el hombre es, por definición, un ser desiderante, esto es, un ser, de alguna manera, siempre insatisfecho.

Es en este contexto donde encontramos algunas de las aportaciones más relevantes de Sigmund Freud sobre la cuestión de la sexualidad (que no sexología). Seguramente, uno de los descubrimientos freudianos de más hondo calado fue que el infante desarrolla su sexualidad desde que nace dando cuenta así de su condición perverso-polimorfa, auténtica piedra de escándalo que vino a poner en entredicho la reconfortante y tranquilizadora percepción de un mundo infantil gobernado por la inocencia: El niño quiere saber de eso de lo que precisamente nada quiere saber. Esto es así porque, como dice Oscar Masotta, en la sexualidad hay algo de enigmático. El Psicoanálisis es, en efecto no-sexología. Si así no fuese no existirían personas histéricas y neuróticas.

Esta cuestión, entre otras, ha de ser enmarcada en la inscripción del sujeto en el orden simbólico de la ley (proceso de triangulación edípica) de modo que pueda dar cuenta de una vida placentera -sensu aristotélico – para evitar así la caída mortífera en lo real del goce (por decirlo con Lacan) donde el sujeto no es sino víctima de su propia autodestrucción.
Concluimos de todo ello que el alcance de la vida placentera sólo es posible después de haber transitado por el problemático y displacentero desfiladero de la civilización. Estamos hablando, en efecto, de la canalización de las pulsiones con el consiguiente grado de malestar en la cultura. El propio Freud, al dar cuenta de estas cuestiones, se refiere a las consideraciones que Platón pone en boca de Aristófanes en El Banquete: Los seres andróginos habrán de ser seccionados, cortados para que puedan caminar erectos, es decir, para que puedan ser propiamente humanos.

Bruno Bettelheim en su magnífica obra Las heridas simbólicas supo ver de modo singular la complejidad que abarca toda esta temática. Quiere decir todo ello que a partir del primer corte real (cordón umbilical) el ser humano está llamado a sufrir distintas heridas o cortes, ahora simbólicos, que lo sustraigan de esa fusión indiferenciada con la madre, de esa omnipotencia y sentimiento oceánico de la vida.
Nos encontramos aquí ante un campo abonado para abordar, por sus resonancias, temas tales como el complejo de Edipo, de castración… (Recuérdese el proceso de triangulación edípica en el que emerge la figura paterna en su función de corte). No hemos de olvidar que Edipo sólo pudo ver (eidein), saber y responder de sus actos después de arrancarse los ojos, metáfora de la castración. Por eso escribe Sófocles que allí donde reposen los restos de Edipo no acontecerán males. Transitar por el pasaje edípico supone, entonces, nada menos que el difícil y complejo proceso de que cada ser humano aprenda a ser y hacerse responsable de sus actos.

En el ámbito que estamos tratando no es baladí referirnos a ciertos relatos de los cuales da buena cuenta la historia de la literatura. Nos referimos, en efecto, a relatos bíblicos tales como la pérdida del paraíso que tiene su reverso en la tierra prometida. No olvidemos que el hombre fue propiamente humano fuera del paraíso, esto es, una vez que pudo experimentar la falta (carencia, culpa, pecado…) y el consiguiente sentimiento de pudor y de vergüenza .
Nótese que la falta referida también a la diferencia anatómica de los sexos apunta a una falta de derecho y no de hecho. Oscar Masotta ilustra esta cuestión con un ejemplo muy gráfico: Ante la expresión tan común y extendida A esta mujer no le falta nada, Masotta responde: ¿Es que existe acaso alguna mujer a la que algo le falte?.
Más allá de la pretensión imposible de ser y reconstruir con el otro la unidad primigenia, primordial, el Psicoanálisis nos enseña que el amor consiste en dar al otro eso que no se tiene. O dicho de otra manera, la pretensión de serlo todo responde a un narcisismo primario y a un sentimiento de omnipotencia que tendrá que ser abandonado para siempre. De ahí que la expresión “tú lo eres todo para mí” sólo puede ser tomada como razonable bajo la premisa de la previa aceptación de la falta.
La tierra prometida constituye por su parte la aspiración, a su vez imposible, de reencontrar en ella el paraíso perdido. Podemos señalar en todo ello importantes y abundantes fuentes literarias en las cuales bebe el Psicoanálisis. No en vano Shakespeare y Goethe son los autores más citados por Sigmund Freud por cuanto los personajes de las obras de dichos autores constituyen valiosos objetos de estudio en los textos freudianos.

Por lo que atañe a los antecedentes filosóficos del Psicoanálisis, más allá de las alusiones platónicas señaladas anteriormente, encontramos en la Poética de Aristóteles claras referencias a la catarsis, término, como se sabe, muy propio del psicoanálisis.
Si efectuamos un legítimo salto en la historia no hemos de olvidar la importancia del racionalismo cartesiano que Freud hace objeto de su crítica al impugnar un discurso conciencialista de modo que ya no resulta posible identificar psiquismo y conciencia. Esto es tanto como decir que ese sujeto que considera que se percibe en su yo de manera transparente no hace sino captarse de un modo abortado.
En este sentido toma cuerpo la afirmación freudiana Donde era Ello tiene que advenir el Yo, o, por decirlo con Lacan, salvando los matices que sea menester, Ahí donde pienso no soy; por tanto soy donde no pienso.

Por su parte, la noción leibniziana de mónada durmiente nos sugiere, al menos en esbozo, la noción freudiana de inconsciente.
A su vez, el conatus spinozista nos marca el camino de lo que Freud habrá de denominar pulsión, término que, por lo demás, tiene mucha proximidad con lo que escribe Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación. Se puede observar desde aquí la proximidad entre los términos pulsión y errancia. Errancia que deviene de la añoranza del útero materno –metáfora del paraíso perdido-. Lo cual nos conduce al establecimiento de una diferencia fundamental para lo que aquí nos interesa decir, esto es, la distinción entre cuerpo biológico y cuerpo erógeno ya que el niño erogeniza su cuerpo en la fusión indiferenciada (incestuosa) con la madre -ese territorio de leche y miel-, el mejor lugar posible, pero también ese lugar que alguna vez ha de ser abandonado para siempre.

Por lo que se refiere a los antecedentes sociales del Psicoanálisis, es preciso destacar, entre otros, el florecimiento de la burguesía, la moral puritana como criterio de buen gusto con el consiguiente grado de hipocresía y represión (vicios privados, públicas virtudes) como generadores de síntomas neuróticos.
En este contexto es pertinente confrontar la filosofía del deber-ser (imperativo categórico kantiano) con la psicología de lo que llega a ser deber –por decirlo con C. Castilla del Pino- de modo que el imperativo categórico kantiano nos conduce a lo que podemos denominar en la obra de Freud imperativo psicoanalítico.
Con fecha 12 de diciembre de 1897 escribe Freud a Fliess: “¿Puedes imaginarte lo que son mitos endopsíquicos? El más reciente engendro de mi trabajo mental. La oscura percepción interna del propio aparato psíquico incita a ilusiones cognitivas que naturalmente son proyectadas hacia afuera, al futuro y al más allá. La inmortalidad, la recompensa, todo el más allá son tales figuraciones de nuestro interior psíquico. ¿Chifladuras? Psico-mitología.”
Los mitos se refieren a la pérdida del paraíso, al pecado original, a Dios, a la inmortalidad, al Bien, al Mal. Son para Freud creaciones del inconsciente con las que el sujeto trata de apaciguarse y resarcirse de la deficiente satisfacción de sus deseos tal como podemos advertir, entre otros textos, en El porvenir de una ilusión.
A partir de aquí podemos intuir cómo la metafísica kantiana se torna en Freud Metapsicología. Todo ello nos abre nuevos ámbitos de reflexión que exceden en mucho lo que aquí se quiere y se puede decir. Así, por ejemplo, la noción de un superyó tiránico, la distinción entre culpa y responsabilidad , etc.
Sigmund Freud, por otra parte, subraya la marcada tendencia a desenmascarar la voluntad de poder que se manifiesta bajo numerosos disfraces: personajes que llevan una vida ficticia, alienada, cosificada, que al fin es descubierta.
También subraya la costumbre de mentir y, a partir de aquí, descubrir una realidad oculta que determina la conducta humana.
Sigmund Freud se refiere a una verdad que poco o nada tiene que ver con lo verbalizado conscientemente por el sujeto y que más bien apunta a eso otro del lenguaje que permanece velado en el discurso. Valga el siguiente ejemplo a título ilustrativo: Supongamos que alguien dice “Dios me libre de mentir”. Es obvio que el sujeto que así se expresa afirma de manera consciente su desprecio por la mentira; pero justo ahí donde se reconoce como sujeto sincero está ocultando su deseo inconsciente (no reconocido) de mentir ya que si así no fuese, ¿por qué tal apelación a un ser omnipotente que libre a dicho sujeto de algo que no quiere hacer o decir?

En cuanto a los antecedentes psicológicos del Psicoanálisis, si nos remontamos en el tiempo podemos hallar algunos elementos ciertamente arcaicos que nada tienen que ver con la episteme psicoanalítica: Así, por ej. la hechicería, extracción del objeto-enfermedad, exorcismo, confesión pública…

Cabe citar a Mesmer y sus teorías sobre la influencia astral y el magnetismo animal. Pero, sin duda, uno de los factores más determinantes para el nacimiento de la nueva ciencia del inconsciente fue la estancia de Sigmund Freud en el Hospital de La Salpetrière con su maestro Charcot desde octubre de 1885 hasta febrero de 1886 y también su formación en la Escuela de Nancy con sus maestros Liebault y Bernheim. A partir de aquí el hipnotismo, el método catártico y la asociación libre constituyen los cimientos sobre los que se erige la nueva ciencia psicoanalítica.
Por decirlo con Erich Fromm, al luchar por hacer consciente lo inconsciente el Dr. Freud representa la culminación del racionalismo al tiempo que le asesta un golpe fatal al demostrar que las fuentes de los actos humanos son inconscientes. La misión histórica de Freud consistió, pues, en crear una síntesis entre racionalismo y romanticismo.

Como se sabe, Estudios sobre la histeria constituye el primer texto fundacional del Psicoanálisis, pero la importancia que Sigmund Freud habrá de conceder a la sexualidad en la génesis de las neurosis le lleva a un progresivo alejamiento intelectual de J. Breuer.
Por lo demás, no hay motivos para ver en el Psicoanálisis un pansexualismo ni un pandeterminismo. Más importante que la sexualidad es el alimento. Respecto a éste la perversión es una excepción, justo al revés de lo que sucede con la sexualidad: ésta puede pervertirse porque no es un instinto sino una pulsión y, como se sabe, la pulsión carece de objeto predeterminado.
Será a partir de 1920, con la publicación de Más allá del principio del placer cuando el Dr. Freud abandona definitivamente la denominada primera Tópica para elaborar la segunda Tópica (Ello, Yo, Superyó), y construir lo que se dio en llamar Metapsicología.

Al afirmar que hay un más allá del principio del placer Freud pone en entredicho la afirmación comúnmente aceptada de que el hombre busca el placer y huye del displacer. Adquiere sentido ahora la expresión compulsión a la repetición (tan presente, por lo demás, en las neurosis traumáticas) que nos ayuda a comprender que el ser humano es un sujeto errante y que, además, yerra.
Se ponen así de manifiesto a la vez que resultan inteligibles las conductas sádicas y/o masoquistas según podemos observar en textos como El problema económico del masoquismo y en Personajes psicopáticos en el teatro.
A partir de aquí, como es fácil advertir, aparece a nuestros ojos el sujeto habitado por dos pulsiones antagónicas: Eros y Thánatos. Más allá de las resonancias platónicas y salvando las distancias y dualismos que sea menester, ahí donde Platón escribió que el buen filósofo es el que se prepara para morir, Sigmund Freud habrá de decir: Si quieres vivir, prepárate para morir. Vivir comporta, pues, aceptar todas las servidumbres de la vida (la enfermedad, las catástrofes naturales, el mal, la muerte…).

Por todo ello la civilización deviene como un conflicto necesariamente trágico ya que tal conflicto tiene lugar en el interior del propio sujeto, ser agonal, habitado por pulsiones antagónicas que no dejan de tironearle constantemente. Las líneas que cierran El malestar en la cultura son muy ilustrativas al respecto cuando el propio Freud escribe que no tiene consuelo que ofrecer.

Esta disertación quedaría, en efecto, incompleta sin la pertinente referencia a los autores de la Escuela de Franckfurt, autores que recogen las aportaciones más valiosas de Hegel, Heidegger, Max Weber, Schopenhauer, Nietzsche y, cómo no, Sigmund Freud.
T. Adorno, M. Horkheimer, W. Benjamin, H. Marcuse, y demás miembros de la Escuela son, al igual que Freud, de origen judío y están marcados por el terror y la persecución nazi. Llevan a cabo un estudio de la sociedad industrializada moderna y una crítica de la razón en su función social e histórica. La llamada Teoría crítica constituye un proyecto de radicalizada negatividad al tiempo que un análisis de la sociedad administrada y funcionalizada.
Todos los miembros de la Escuela ponen el acento en la doctrina del Mal,
-que, como se sabe atraviesa la obra de Freud- en la incapacidad para nombrar el bien y en los límites de la razón y de la condición humana: son plenamente conscientes de que el sueño de la razón produce monstruos.
En su obra Dialéctica de la Ilustración, Adorno y Horkheimer realizan una interpretación de la Odisea: es decir, de la razón y su patogénesis. Ulises como paradigma de la historia humana y de su negación, como paradigma del sujeto que ha perdido su identidad.
Por su parte, si Nietzsche afirmó que Dios ha muerto, Foucault nos anunció también la muerte del sujeto por cuanto el sujeto de la modernidad ya no puede decir como Don Quijote “yo sé quien soy”.

En definitiva, los autores de la Escuela de Franckfurt señalan el triunfo de la razón instrumental frente al fracaso de la razón ilustrada. Fracaso que podemos resumir en los siguientes puntos:
1/ Derrota del proyecto de autonomía del ser humano.
2/ Violencia como deporte y deporte como violencia.

3/ Obsesión compulsiva por el goce como forma de autodestrucción individual y colectiva.
4/ Culto ciego al mercado que sustrae al individuo de su condición de ciudadano para convertirlo en súbdito y en consumidor consumido por la lógica perversa del propio mercado.
5/ Corrupción política generalizada.
6/ Profundo grado de anomia y obediencia ciega con el consiguiente déficit de desarrollo y autonomía moral.
7/ Auge del pensamiento único potenciado por unos poderes que escapan al control de los ciudadanos y que pone de manifiesto la vigencia de las tesis defendidas por Marcuse en El hombre unidimensional.
8/ La reacción que sustituye a la razón como norma de conducta.

¿Qué nos queda a partir de aquí? Dos cuestiones básicas, a saber:
1/ Una filosofía más humilde en sus pretensiones ya que cuando ésta quiso rebasar los límites de la razón las consecuencias siempre han sido devastadoras.

2/ No ceder en el empeño de una posible, aunque siempre problemática, articulación entre el bien y el deseo para que el retorno de lo reprimido no constituya una forma de amenaza para la civilización. Como dijo el Dr. Freud se empieza por ceder en las palabras y se termina por ceder en los hechos.

Como se sabe, después de graves padecimientos provocados por un cáncer de mandíbula, el padre del Psicoanálisis muere en su exilio londinense el 23 de septiembre de 1939. Con él desaparecía uno de los más grandes sabios de la Humanidad. Aunque sólo fuese por una cuestión de elemental honestidad intelectual, considero necesario recordar aquí las palabras pronunciadas por el eminente escritor Stefan Zweig ante el lecho de muerte de su amigo Sigmund Freud: “Permítanme ustedes que diga en presencia de este féretro glorioso unas palabras de emocionada gratitud en nombre de los amigos vieneses, austríacos y del mundo entero, y en aquella lengua que Sigmund Freud ha enriquecido y ennoblecido tan extraordinariamente con su obra.
Sean ustedes conscientes, ante todo, de que los que aquí nos encontramos reunidos en comunidad de dolor vivimos una ocasión histórica como a ninguno de nosotros volverá el destino a deparársela una segunda vez. Recordémoslo: para los demás mortales, casi para todos, en el intervalo de un minuto escaso, cuando se enfría el cuerpo, termina definitivamente la vida, su presencia entre nosotros. Mas para éste, por el contrario, para este ser irrepetible y único dentro de la época pesimista en que vivimos, ante cuyo féretro nos hallamos reunidos, la muerte no significa otra cosa que una manifestación fugaz y casi ilusoria. Ahora, este separarse de nosotros no es ningún final, ningún término abrupto, sino sólo un apacible tránsito de la mortalidad a la inmortalidad. A cambio de lo corporal y perecedero, que hoy dejamos con dolor, se salva lo imperecedero de su obra y de su ser. Todos los que nos encontramos en este lugar, y respiramos, vivimos, hablamos y oímos aún, todos los aquí reunidos, no poseemos ni la milésima parte de la vida de este gran difunto que yace aquí en su estrecho y terreno ataúd. (…) Moral, educación, filosofía, poesía, psicología, todas y cada una de las formas de creación espiritual y artística y de comprensión anímica, desde hace dos, desde hace tres generaciones, han sido enriquecidas y revalorizadas por él como por nadie más. (…) Sin él, cada uno de nosotros, los hombres del siglo veinte, habría sido distinto en su pensamiento y en su comprensión; cada uno de nosotros juzgaría, pensaría y sentiría con más estrechez, con menos libertad, con menos justicia, si no le hubiese precedido su pensamiento, sin aquel poderoso impulso hacia dentro que él nos ha dado. (…) Gracias por este ejemplo, querido, venerable maestro; y gracias por tu grandiosa vida creadora, gracias por tus acciones y tus obras, gracias por lo que has sido y lo que de ti has depositado en nuestras propias almas; gracias por los mundos que nos descubriste y que nosotros, ahora, sin guía, recorremos, siempre fieles a ti, siempre recordándote con reverencia, a ti, el inestimable amigo; a ti, el maestro amadísimo, Sigmund Freud.”

Al inicio de este artículo he citado a Thomas Mann. Quiero cerrarlo también con otra cita de este autor correspondiente a su conferencia Freud y el povenir pronunciada en Viena el 8 de mayo de 1936 con motivo del ochenta cumpleaños del padre del Psicoanálisis:
“Este psicólogo médico será honrado como el precursor de un humanismo del porvenir que nosotros presentimos y que habrá de atravesar por muchas cosas de las que nada supieron los humanismos anteriores, de un humanismo que con las fuerzas del inframundo, del inconsciente, mantendrá unas relaciones más libres y serenas, más maduras artísticamente de las que pudo mantener una humanidad como la nuestra, perseguida por la angustia neurótica y por el odio nacido de ella. El saber psicoanalítico -continúa Thomas Mann- es algo que transforma el mundo. Con él vino al mundo una suspicacia serena, una sospecha desenmascaradora que descubre los escondites y los manejos del alma. Esta sospecha, una vez despertada, no puede volver a desaparecer nunca del mundo. Se infiltra en la vida, socava su tosca ingenuidad, le quita el pathos de la ignorancia en la medida en que educa el gusto para la expresión suave en vez de exagerada, para la cultura de la palabra normal, no hinchada, para la palabra que busca su fuerza en lo moderado. La modestia (Bescheidenheit) -no olviden Vdes. que en alemán esta palabra viene de tener noticia (Bescheid wissen) -, no olviden que modestia tiene este sentido, y que sólo a través de este primer sentido adquirió el segundo, el de moderatio. Modestia nacida de un tener noticia. Vamos a suponer que ése será el talante básico de un mundo de paz, de un mundo sereno. Tal vez la ciencia del inconsciente esté llamada a contribuir a que ese mundo llegue.”

Estas palabras de Stefan Zweig y Thomas Mann constituyen, en efecto, un extraordinario referente a la hora de proseguir la senda marcada por la pregunta que nos hemos formulado al inicio de estas páginas. Con todo, esta disertación y seguramente muchas otras no serían suficientes para dar cabal respuesta al interrogante central de la misma: ¿Por qué Sigmund Freud?.

MANUEL POMBO SÁNCHEZ.
Licenciado en Filosofía y Psicología por la Universidad de Santiago de Compostela.
Profesor Titular de Filosofía en el Instituto de SAR de Santiago de Compostela.
Doctor en Filosofía Sobresaliente cum Laude con la Tesis “El pensamiento de Sigmund Freud en el contexto de la filosofía de la Ilustración”. Publicada en formato CDrom por dicha Universidad.

Otras publicaciones:
Medicina y desarrollo tecnológico: una reflexión ética. Actas del “Curso de actualización en ventilación mecánica” organizado por la Sociedad Española de Anestesiología y Reanimación y la USC. Celebrado en Santiago de Compostela el 16 y 17 de noviembre de 2001.
La ventilación mecánica: un enfoque filosófico. Actas del II “Curso de ventilación mecánica” organizado por la Sociedad Española de Anestesiología y Reanimación y la USC, celebrado en Santiago de Compostela el 26 y 27 de marzo de 2004.

Sigmund Freud. Vixencia e interese da súa obra. Baía Edicións, A Coruña, 2005. Prólogo de Manuel Cruz.
J. M. López Nogueira e a súa obra “Dialéctica existencial y Psicoanálisis” en Diccionario-Enciclopedia do pensamento galego. (en prensa).
Pronunció conferencias en diversos foros y mesas redondas sobre temas relacionados con el Psicoanálisis Aplicado.

Creador y promotor de la Asociación “Amigos de Xoroi” de la librería Xoroi de Barcelona.

El Nombre del Padre, su devenir y pluralización

Por Ani Bustamante

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Esta semana he empezado a dictar unos seminarios que tienen como motivo principal el estudio de las diferentes modificaciones que va sufriendo el concepto de “Nombre del Padre” en la obra lacaniana. Este asunto sirve para vertebrar el complejo y rico devenir teórico que va realizando Lacan de la mano de su clínica. Voy a escribir un texto que pueda servir a mis alumnos como brújula ante lo nuevo del discurso lacaniano para ellos. Esto me obliga a realizar un cambio en el compás de los dos artículos anteriores, salir de la escritura cotidiana, respirar profundo y abrir campo para este interesante tema.

Para iniciar la ruta, propongo llevar de equipaje la pregunta acerca de la locura…

A partir del concepto de Nombre del Padre -que empieza siendo la versión de Lacan del Complejo de Edipo freudiano- se puede seguir el hilo de la problemática del sujeto frente a aquello que lo sostiene, lo sujeta y lo libra de la psicosis. Un hilo que va sufriendo una serie de modificaciones. Así aquello que en un primer momento se proponía como “función paterna” luego pasa a ser entendido como un significante del padre y se formula como “Nombre del Padre” el cual permite la aparición de la cadena significante. Luego el Nombre del Padre pasará por una pluralización que traerá cambios importantes en la teoría lacaniana, como veremos mas adelante.

El Nombre del Padre aparece en un primer momento a la manera de un significante que garantiza la instalación de una ley en el sujeto, una ley simbólica que procura límites ante las arremetidas pulsionales, retirando al sujeto de ese lugar puramente imaginario que pretende que el yo sea macizo, completo y que la relación con el otro sea especular, es decir narcisista. A través de este significante paterno el sujeto consigue una mediación entre sus pulsiones y la realidad, a su vez que apacigua la carga de lo imaginario y su violencia. La falla o ausencia del significante del Nombre del Padre sería la causa de las psicosis. Esta primera propuesta no tiene concesiones, si no hay significante del Nombre del Padre no hay nada que pueda suplirlo y la psicosis es inevitable.

Lacan está empezando a teorizar sobre el lugar que ocupa el padre, en tanto metáfora, en tanto función, en tanto significante. Por estos años (del 53 al 63) el padre representa al Otro que garantiza la verdad y produce la castración fundamental en el sujeto. Lo que importa del padre es el nombre, es decir, se trata de la función de nominación. La primera referencia al Nombre del Padre la encontramos en: “Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis”, en ella dice Lacan:

“En el nombre del padre es donde tenemos que reconocer el sostén de la función simbólica que, desde el albor de los tiempos históricos, identifica su persona con la figura de la ley. Esta concepción nos permite distinguir claramente en el análisis de un caso los efectos inconscientes de esa función respecto de las relaciones narcisistas, incluso respecto de las reales que el sujeto sostiene con la imagen y la acción de la persona que la encarna” .

La función simbólica queda, así establecida, como aquella que atempera, con su ley, las relaciones narcisistas.

Como decía, en un primer momento Lacan propone un inconsciente basado en la idea de estructura; a este inconsciente le corresponde una base en el lenguaje y este lenguaje, como sistema ordenado de significantes, requiere de un significante fundamental que garantice el orden del sentido. Haríamos mal en pensar que el Nombre del Padre está referido a un padre concreto:

“La posición del padre como simbólico es algo que no depende del hecho de que la gente haya más o menos reconocido la necesidad de una cierta consecución de unos acontecimientos tan diferentes como un coito y un parto. Posición del nombre del Padre, como tal, calificación del padre como procreador, es un asunto que se sitúa en el nivel simbólico y que puede servir, que puede ser puesto en relación según las formas culturales, pues esto no depende de la forma cultural, esto es una necesidad de la cadena significante como tal; por el hecho de que ustedes instituyan un orden simbólico, algo responde o no a esta función definida por el nombre del padre, y en el interior de esta función, ustedes ponen allí las significaciones que pueden ser diferentes según los casos, pero que, en ningún caso, dependen de otra necesidad que de la necesidad de la función del padre, que ocupa el nombre del padre en la cadena significante” .

Es decir, el padre es una función de orden simbólico que produce la salida de la relación imaginaria primera del niño con la madre. No tiene que ver con el padre biológico sino con el hecho de que se introduzca una ley, a partir del hecho del lenguaje, que divida al sujeto de su plenitud imaginaria. Lo que está en juego en esta época es la idea de castración, de significación y de sentido.

Dentro de una clínica, como la de los primeros tiempos de Lacan, que tiene como base la estructura del sujeto a partir del significante, el problema del goce –que es aquello que no puede simbolizarse y que concierne al cuerpo- es colocado en segundo plano, pues el inconsciente de aquel tiempo es el que se propone como “estructurado como un lenguaje”. Luego no va a suceder que el paradigma basado en la estructura del lenguaje quede de lado, lo que se dará es una complejización en la medida en que el acento se coloque en el goce. La propuesta lacaniana variará entonces, abriéndose exploraciones sobre el campo de lo real -tan íntimamente relacionado al goce- en el cual ya no se operará dando prioridad a la significación y al sentido.

Esto nos lleva a pensar asuntos que sobrepasan el sistema de la lengua pero que, sin embargo, paradójicamente, constituyen al sujeto desde el goce y lo real. El concepto crucial llamado “Nombre del Padre” sufrirá una pluralización, por lo tanto la constitución del sujeto no sólo dependerá da la presencia de un significante paterno, sino que Lacan irá proponiendo otras maneras de estructuración que no pasaran ni por el significante ni por el Otro. Se termina, entonces, con este carácter Universal y hegemónico del significante del Nombre del Padre.

Y esta pluralización ¿a partir de qué experiencias y bajo qué condiciones clínicas es llevada a cabo?

Desde el punto de vista clínico, Lacan comprende que en algunas psicosis es posible que se den ciertas formas de restitución para lograr que el paciente adquiera una “prótesis” psíquica que le permita transitar con menos dolor y más orientado por la vida.

Desde el punto de vista teórico el viraje es llevado a cabo en el seminario 10: La Angustia, y específicamente a partir del hallazgo, del invento lacaniano llamado “objeto a”, el objeto a si bien ya ocupaba un lugar en la teoría, es en este seminario en donde se le vincula con la experiencia analítica y con la angustia. El objeto a representa al objeto perdido -es decir está en el lugar del vacío- y a su vez es la causa de deseo. En este sentido el “objeto a” divide al sujeto haciéndole saber de su pérdida. A partir de esto entonces, el Nombre del Padre como el significante ordenador es repensado y pluralizado, ya que su falla ya no es un asunto de vida o muerte, sino que se descubre que hay otros dispositivos que operan dividiendo al sujeto y circunscribiendo su vacío ya no a través de la castración sino a través del “a” como resto que crea deseo. En el seminario 10 Lacan propone que hay algo irreductible al significante, que llama objeto a: “ese objeto a es la roca de la que habla Freud, esa reserva última irreductible de la libido” . El objeto a opera desde lo que luego se teorizará como lo real que, en su imposibilidad, causa deseo:
“El objeto, el objeto a, ese objeto que no ha de situarse en nada análogo a la intencionalidad de un noema (pensamiento), que no está en la intencionalidad del deseo, ese objeto debe ser concebido por nosotros como la causa del deseo y, para retomar mi metáfora precedente, el objeto está detrás del deseo” .

A su vez, el “a” sirve para denominar aquello que queda como resto, como lo que queda por fuera de la significación.

No resulta extraño que sea a partir del seminario sobre la angustia que se teorice este “objeto a”, pues la angustia es el afecto que nos coloca cara a cara con lo innombrable, que no es otra cosa que este objeto a. Lacan apunta al respecto:
“designar como objeto a, el objeto hacia el que nos orienta al aforismo que promoví la vez pasada en relación con la angustia: que ella no es sin objeto. Por eso este año el objeto a viene a ocupar el centro de nuestras exposiciones. Y si efectivamente se inscribe en el marco de aquello cuyo título es la angustia, ello se debe a que esencialmente por ese sesgo resulta posible hablar de él, lo que significa, además, que la angustia es su única traducción subjetiva” .

Angustia y objeto a tienen una relación directa, de aquí en adelante no se puede pensar la angustia sin hacer alusión a él. Pensar el objeto a hace posible circunscribir el vacío de la angustia, pues no se trata de un agujero negro sin bordes, sino de un vacío enmarcado cuyo borde constituye un lugar en el que se realiza una constante búsqueda de inscripción de aquello imposible de inscribir. En el rodeo se construye la zona y los límites que posibilitan que el sujeto siga amarrado.

El objeto a mantiene una hiancia entre el otro y el sujeto, hace imposible reducir al otro al campo del Uno con lo cual queda garantizada la absoluta alteridad. Esto quiere decir que en la relación con el otro siempre quedará un resto, algo no simbolizado. Este resto a su vez causa deseo, pues este aparece ahí en donde algo hace vacío. Por otro lado al no tener nombre, el objeto a cuestiona el nombre de padre, así éste y su potencia de nombrar fracasan con la aparición del a. Esta pluralización significa que ya no se ordena la estructura a partir de un significante, sino que muchos pueden cumplir la función de nombre del padre.

Si al concepto de Nombre del Padre –como singular- corresponde un modelo estructuralista, su pluralización en Los nombres del padre corresponde no a la estructura sino a la lógica y a la topología. Esto porque en la estructura el Nombre del Padre es un significante que ordena la cadena, lo cual significa también que, bajo esta perspectiva estructural hay relaciones –la estructura se basa en eso- hay un encadenamiento, una relación entre significantes, entre el sujeto y el Otro. Mientras bajo la perspectiva plural de Los nombres del padre ya no se trata de un significante, ni de la relación entre ellos, sino de una función de anudamiento. No se trata de relaciones, sino de imposibilidad de relación ya que estamos bajo un paradigma que prioriza lo real y el goce y estos tienen que ver con lo que está por fuera de la cadena o con lo que se conceptualiza como el Uno. Este Uno es una fórmula que significa que ya no hay relación entre significante uno (S1) y significante dos (S2), quedándose el Uno separado y solo. Por lo tanto el concepto de Otro como garante de la verdad desaparece. El hecho de trabajar con la topología del nudo borromeo hace que lo que sostenga al sujeto no sea visto en términos de mantener ligada la cadena significante (S1-S2…) sino en la posibilidad de que Real, Imaginario y Simbólico estén anudados borromeanamente.

Hasta aquí hemos hecho este breve recorrido para poder señalar el movimiento de la obra lacaniana y su búsqueda e interrogación sobre aquello que posibilita que el sujeto se sostenga y pueda hacer algo con el vacío que lo habita. La pluralización en los nombres del padre tiene que ver con las múltiples formas que va encontrando Lacan para suplir la falla del Padre. Él propone en su seminario RSI que lo que hace posible que un nudo sea consistente es que exista un nombre del padre que lo mantenga unido:

“Nuestro Imaginario, nuestro Simbólico y nuestro Real quizá están para cada uno de nosotros todavía en un estado de suficiente disociación para que sólo el nombre del padre haga nudo borromeo y haga mantener junto todo eso, haga nudo de lo Simbólico, de lo Imaginario y de lo Real” .

Al final de su obra Lacan se ve en la necesidad de dar un paso más y plantear un cuarto nudo dentro del borromeo. De tal manera que si el nudo de a tres falla, si se desata o amarra mal, esto podrá ser reparado a través de lo que Lacan llama una suplencia. Hará falta un cuarto nudo para rearmar el nudo de tres y mantenerlo unido, ese cuarto nudo será pensado, en la última época de la teoría lacaniana, en el lugar del nombre del padre y lo llamará “sinthome”.