Tocando la Letra

A René,
por su compás y ladrido inolvidables

Llevo varios meses sin poder escribir, tengo este blog detenido, como detenidos están mis dedos frente a las letras que configuran algún sentido.
Hoy, leyendo un libro sobre filosofía de la música dije: “basta”.
Pero ¿cómo basta? cuando parece que estoy frente a aquello que no se puede inscribir. Lacan diría que esto tiene que ver con: “aquello que no deja de no inscribirse” y que nos coloca frente a lo real, es decir lo imposible de simbolizar o imaginarizar. Real que intentará significarse, una y otra vez, haciendo borde alrededor de un agujero.
Dedos detenidos frente a la articulación significante de las letras se ponen en marcha a través de la creación de sonidos y ritmos. Juego con la pulsación temporal de aquello que no alcanza un nombre.

Días atrás, estando todavía en Lima, inicié una aventura de sonidos y ritmos con el cajón peruano. La significación enmudecía mientras la madera tomaba cuenta de la pulsión. Mientras la textura y la sensación dejaban de lado a la “lógica del sentido”.

El acto de saber entrar en el compás, de sacar el ritmo en los márgenes de la consciencia, de entender que la incesante pulsación no para y que hacemos, ahí en donde el tiempo es el amo absoluto, una pirueta. Danza entre límites y sonido.
Justo ahí en donde la cultura negra peruana teje el dolor de la esclavitud con la fiesta por la advenida libertad. Festejo de cajones en medio de la pobreza, festejo que sabe salir del patrón (musical) para complejizarse en un transe mestizo que celebra la libertad (que no es otra cosa que el reconocimiento y respeto de la subjetividad). No hay más amo que el tiempo, y con él, se logra música.

Ahora, frente a la página en blanco, solo oigo el torpe teclear de mis dedos. Intento entrar y salir de la significación haciendo con cada letra una caricia de madera. Toco mi cajón escribiendo… “panalivio” entre la vida y la muerte, entre lo nombrable y lo innombrable (quizá lo que quiero decir se esconde entre un punto y otro… en el vacío de una línea)

En Madrid, trato de retomar mis ritmos negros, la marinera y el vals… el andar alegre de René mi perro, que partió en esos días limeños, entre toques de cajón y olor a canela.
Estoy al borde y no puedo… escribir.
No hay manera de cifrar la muerte, de domesticar el tiempo, de nombrar el goce y el festejo.
Algo no cesa de no escribirse en la textura de la madera, mientras las manos vuelan descubriendo un baile imposible.

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