Especial: Chabuca Granda

Ciudades Heterónimas

Por Ani Bustamante

En medio de saudades, de cartas que evidencian lejanías y afecto, veo dibujarse entre ausencias y letras, una suerte de personaje-ciudad. Hoy desperté con una cartografía que me llevó a caminar por Corrientes, cruzar Gran Vía y llegar hasta malecón Armendariz. Una vez ahí, frente a mis bordes limeños, decidí continuar, con paso lento, para sentir en los pies la textura de la extrañeza de las olas al rozar la playa de la infancia.

Seguí caminando mirando al mar de reojo, un sonido llevó mis pupilas a llenarse de azul para  divisar un barco que llevaba consigo una banda de músicos delirantes.

Terminé el desayuno,

ya sin galletas ni mermelada, mis manos vacías buscaron el cotidiano ejercicio de las teclas, el sonido y las palabras.

El buzón de entrada trae noticias Argentinas.

Es evidente el espacio que se abre entre el muelle y el navío, y en él invento una ciudad con fragmentos de las ciudades queridas, recorridas. Una ciudad que, así como yo, es muchas. Con puentes, ríos y alamedas construidos entre aviones y cartas.

Me pregunto por lo que inspira a formar esta recolección de fragmentos urbanos que es una manera de ganar territorios… perdiéndolos.

Una manera de territorializarse a costa de desterritorializarse.

La lógica del no-todo parece asomar.

Me faltan palabras para dar cuenta de esta sensación. Para dar, lo que no tengo.

Me faltan.

Asomo por la ventana buscando nuevos aires.

Pasa por Larco un hombre perdido, se le ve joven e inquieto. Camina con un pie en la vereda y otro en la pista. Mira hacia arriba y toca mi mirada, señala un afiche que dice: “despenalizar la marihuana” y dibuja cenizas con sus manos.

Miro hacia dentro del cuarto, está encendido el fuego sagrado de la música.

-Tenías razón Lucho,  digo entre cita y cita, qué bien suenan las cuerdas cuando la loca sale a escena.

¿La loca? ¿quién es ella que habita en los intersticios? ¿dónde vive?

– Un quieto fingidor de árbol, dice: ella vive en el volcán.

Mientras las cenizas pluralizan la tierra una, en ciudades de fuego, en suspiros de España, en Aires del puerto de Lisboa.

pliegues de tiempo con piel



De la frontera al pliegue, hago un giro conceptual, generando, re-generando, géneros.
Se trata del espacio, del lugar que ocupa un cuerpo en devenir y de este giro conceptual que me lleva a pensar lo profundo como superficie: “lo más profundo es la piel” dice Paul Valery, y yo, recorro superficies y giro.
¿Cómo es que se construye un yo? y, ¿A través de qué mecanismos yo devengo otro?
Hacer de la frontera un pliegue, un pliegue que se desliza en un plano de inmanencia, un pliegue que va creando interioridad y exterioridad a partir de las modulaciones que crean sus movimientos.

No hay nada que descubrir, no hay arqueología posible para desenterrar lo profundo. Lo profundo es la piel, he dicho. Y el adentro es un pliegue del afuera. Como la nave de los locos de Foucault, este encierro de la locura en el afuera absoluto del océano. El afuera absoluto. El pensamiento del afuera. ¿Qué sería de un yo sin un afuera? ¿Sin lo abierto que en su extremo deviene encierro? Yo soy un otro, y pienso con Pessoa que “somos algo que sucede en el entreacto de un espectáculo”.
No el espectáculo, sino el entre-
Acto que hace pliegue, pliegue que es movimiento. Superficie, piel.
Hago un giro conceptual,
¿Género?
Un pliegue en el cuerpo. Ser mujer, abrirse hasta navegar el encierro, hasta la locura.
Un pliegue, mujer, espacio.
Un pliegue, carne, huella, muerte, tiempo.

Me pidieron que escriba, cuando no podía hacerlo.
Escribir
No puedo
Nadie puede
Hay que decirlo
No se puede
Pero se escribe
Una y otra vez regresa este párrafo del libro “Escribir” de Marguerite Duras. Una y otra vez, ese compás de imposibilidad, de generar algo desde la imposibilidad… yo, genero.

El café comercial, Madrid. Un encuentro para la tarea compartida de analizar la disgregación del sujeto a partir de “Escribir”. Raquel obsesionada con la lectura adorniana yo, intentando Lacan.
Raquel escribe desesperadamente, hojas y hojas alrededor del café y los cigarros, todo es humo en el aire del Comercial. Humo y calor, voces que se mezclan con el olor a churros y tiempo. Diarios y tertulias, habla madrileña compulsiva, acelerada, atropellada.

       la muerte de una mosca es la muerte, ahí está la fuerza del materialismo filosófico. Todo el universo se concretiza en esa mosca muerta.
Yo estoy pasmada, antimetafisicamente pasmada. Momento para reir.
La muerte y punto.

Escribir, no se puede. Pero escribimos.

A través de la ventana se abre la ciudad, desde la esquina del Comercial, la Glorieta de Bilbao, la boca de metro, el Kiosco de la esquina. Uno se puede pasar horas mirando el movimiento anónimo. El camarero llega con las cartas, no hay espacio en la mesa.

– Yo no puedo comer nada que tenga ojos -dice Raquel-  así que venga, un pincho de tortilla.
Raquel encuentra siempre un argumento provocador ante las decisiones límite en la vida.
– un mixto de jamón y queso, pido yo, sin pretensiones políticas.
Comimos, escribimos, tejimos permanencias.


Madrid se despliega vertiginosamente a través de frases y de encuentros, a través de bares y de calles. La barra de un bar, dijo Cristina, es ese pliegue del que tu hablas Ani, ¿te das cuenta? Ahí están moebianamente lo público y lo íntimo. Lo más extraño y anónimo enlazando discursos, tejiendo continuidades, creando intimidad. La barra de un bar es el umbral donde la embriaguez hace razón.

– Vente un año sabático aquí, a escribir la tesis
– Eso es lo que quiero
– No te olvides de lo que dice Blake: “aquel que desea y no actúa, engendra peste”.

Escribo.


Tengo una obsesión por los pliegues que me recuerda la frase de Barthes: “Padezco una enfermedad, veo el lenguaje”.
Pliegue-espacio
Pliegue-Tiempo
Pliegue-sexo-muerte


Escribo.

Algo sucede en el entreacto y empieza a llover. Una llamada en medio del espectáculo académico, y todo el saber se hace trizas. La muerte tiene cara de mujer. La muerte obscena irrumpe en Madrid.

Escribo.


Entro y salgo de la clase de Marinas, intento frenar a la bestia. Quiebro las alas metafísicas.
La muerte de una mosca es la muerte.
Entro al salón de clases, algo hace sentido, un coqueteo poético, la agudeza de Marinas, retomo el texto, le saco punta a las palabras.
Punto.
Cuando empieza a llover ya todo ha terminado, camino por las calles sin paraguas, solo lluvia y  piel.


Luego, escribo.

Caminar por las calles, como por un texto que se lee a sobresaltos, teniendo a la vuelta de la esquina la extrañeza de un instante. Escribir como quien camina por una ciudad nueva y descubre, en la siguiente palabra, que ya no es uno quien escribe, que Yo dejó paso a lo Otro para, irremediablemente desaparecer. ¿Qué sucede entre palabra y palabra?  Un intervalo doloroso diría Pessoa.

Fernando en la Rua Garret me espera atemporal y poeta. Yo me dirijo a él desorientada, timón en mano de un auto cuya dueña, copiloto, duerme sin imaginarse que hemos pasado de largo la entrada a Porto y tomamos autopista a Lisboa. Sin planos, sin planes. Solo la noche, un disco de fados acompañando y, el sueño cómplice de una amiga.
Lisboa esta hecha para perderse, las calles, curvas, señales, todo te va llevando al lugar que menos te imaginas. Ella decide, tú debes pactar.

Yo pacté para llegar hasta el poeta. Lisboa guió mis pasos a cambio de unas alas metafísicas rotas que llevaba en la cartera.
Hasta ahora me pregunto qué es lo que haría Lisboa con mis alas. Yo con el poeta aprendo antimetafísica.
Una tarde conversando sobre filosofía me dijo: piensa en esto no como quien piensa, sino como quien respira.
Y respiré. Y pensé en eso, y lloré.
Es cierto que cuando me lo dijo, Fernando tenía una sombra en el rostro, una otredad en la voz. Es cierto también que cuando lo escuché, se abrió algo en mi piel, un pliegue quizá, no sé, pero ya no eran necesarias las alas.
Por cierto ¿qué haría Lisboa con ellas?

Creo que Fernando y Lisboa se citan algunas noches de verano, Lisboa le canta fados eternos, le muestra las alas, lo pierde en sus curvas. Fernando se abre en heterónimos para recorrer, a la misma vez, las calles y los vientos, los muros y las sombras, con cuerpo, con mar, con saudades.

Lisboa pertenece al afuera, Lisboa se hunde en el Tajo, Lisboa me lleva hasta el poeta.

Volver a Madrid luego de un encuentro así no puede ser fácil. El camino se cierra, las pistas pierden los colores y el puente Vasco de Gama parece desaparecer entre la lluvia que se desata al iniciar el día. Una vez que conseguimos dar con el puente, cruzarlo nos tomo minutos que se volvieron horas, que se volvieron días. Fueron como tres los días  que transcurrieron cruzándolo, las aguas modulaban olas y tiempos por debajo de nosotras.

Yo tenía en Madrid una cita con el secretario de la facultad de filosofía, sin embargo a esa hora seguía atravesando el puente Vasco da Gama, un puente que no cree en el tiempo. Timón en mano, sin conducir nada. Regresar a la temporalidad con las manos vacías resultaba mas complicado de lo que los versos de Pessoa mostraban.

Mi amiga no dejaba de hurgar en el mapa tratando de encontrar una solución.
Lisboa esta fuera del tiempo, le dije, tenemos que pactar.

De regreso a Madrid, una película empezaba a las nueve de la noche en los Renoir de la Plaza de los Cubos,  caminando por Princesa rumbo al cine, las calles empiezan a estirarse, la esquina mas cercana se vuelve de una lejanía inalcanzable. Lo cercano se torna objeto de ausencia, la melancolía lo tiñe todo, ¿llegaré a tiempo?
Esta extraña saudade me alejaba de aquello que empezaba a ser deseado. Cuanto más rápido caminaba mayor era la dilatación del asfalto, de las líneas que forman la vereda. Todo se alargaba perdiéndose en un horizonte sin mar. Planos, planos, solo planos sobre los que mi cuerpo se desplaza absurdamente. Pierdo la noción del tiempo. Paro. Se me acerca una esquina y la doblo, la doblo. Ahora mi paso regresa al tiempo, alcanzo las líneas, algo es posible.
Giro, reversos del tiempo, mis manos se arrugan al señalar la ruta, pliegues de las calles madrileñas que camino con nostalgias del poeta. Pacto de tiempo con piel.

Entrevista pessoana

Entrevista sobre el libro "Los Pliegues del Sujeto"

A partir de la publicación del libro “Los Pliegues del Sujeto”, algunos medios han tenido la generosidad de entrevistarme y hacer notas al respecto.
aquí, Roberto Limo del diario El Correo:

CORREO libro 17.03.11

Los Pliegues del Sujeto, Una lectura de Fernando Pessoa

Por José Milmaniene

En este logrado texto Ani Bustamante  despliega una rigurosa revisión de   la teoría psicoanalítica del sujeto, a la que enriquece con el estudio de la obra poética de Fernando Pessoa, la que opera como ejemplo alegórico privilegiado de la misma.

La autora está persuadida que el psicoanálisis actual debe repensar  la subjetividad  a la luz de los renovados aportes filosóficos, artísticos y literarios,  que no sólo exponen en acto lo enunciado conceptualmente, sino que aportan  la riqueza existencial que deriva de la conjunción del Saber con la Belleza.

 Se trata pues de un texto que propone una intertextualidad fecunda entre el campo freudiano y el evento del lenguaje, lo que genera un efecto inédito de placer, que deviene del plus de sentido que se  gesta cuando se articula  la teoría con  el decir poético de Fernando  Pessoa.

En la primera parte la autora desarrolla con lucidez el complejo proceso de constitución subjetiva, a la luz de los aporte de Freud, Lacan, Winnicott y Deleuze.

Además de una exhaustiva exposición de los lineamientos teóricos de estos autores, Bustamante despliega el original concepto de pliegue subjetivo. Si bien se trata de un  nombre teórico de filiación deleuziana, Bustamante  lo articula con el corpus freudo -lacaniano, lo que le otorga una mayor potencia clínico-existencial.

Los pliegues  definen la particular arquitectura simbólica del sujeto, constituido por  bordes, torsiones, cortes, discontinuidades, corrientes libidinales, intervalos significantes, litorales, nombres y vínculos objetales.

Esta compleja estructura se despliega en ejes temporales signados por la resignificación a posteriori,  en un espacio fantasmático que si bien se puede formalizar  por modelos topológicos, encuentra en las metáforas poéticas su campo de expresión privilegiado.

Se trata de  un sujeto facetado, hecho de heterónimos- sean estos latentes o manifiestos –  y de rostros múltiples, que no acepta ninguna totalización ni síntesis unificada.

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Paraje “Las tunas”

Por Mónica Arzani

La memoria es una gran embaucadora, pero no se puede prescindir de ella; la definiría entonces como un manchón de tinta ya seco, que no se puede lavar, pero sí en cambio bautizarlo de palabras con ese acto heroico que es el escribir. El recuerdo de la mujer está mojado por las sombras, no aparecen sus facciones por más que insista. Su presencia es toda ausencia. Tendré que atarla entonces a lo que puedo imaginar de ella.

La mujer  ya olvidada estaba oculta bajo una armadura, arropada en su deseo, en esa calma feroz y ardiente de la siesta en las sierras. Toda ella era falta de cordura, insensatez. Vestía un overol de lona color naranja con camisa de mangas largas ceñida en los puños y cuello alto cerrado con un botón apretando la garganta. Las botamangas de los pantalones le cubrían los zapatos y los ruedos absorbían cualquier fluido grasiento  de la estación de servicio y barrían  también los desperdicios. Su cabeza lucía rapada y su rostro exudaba agua y vapor en una dilapidación gozosa justificada por los cuarenta grados  de temperatura a la sombra.

En el almacén anexo a la estación, su perra  color ocre se arrojaría sobre cualquier alma que atravesara el umbral para herir la quietud de las dos de la tarde.

La estación estaba atendida sólo por mujeres. En el otro surtidor se podía ver una jovencita con un gorro en la cabeza y un vestido flojo de empeñosa desprolijidad, era hermana de la otra, evidentemente no eran mujeres de mirarse en los espejos  ni de cifrar sus esperanzas en flores.

También hubo otra hermana que ejercía el oficio más antiguo. Se fue en un colectivo prostibulario que regenteaba un polaco, simplemente un colectivo estacionado en un basural y con las ventanas y las puertas cubiertas por trapos de dudosa higiene. Las tres eran las hijas del Belga y de su mujer, si así puede llamársele porque desde la consumación carnal del matrimonio no volvió a dirigirle la palabra al hombre que ella nombraba como esposo y que un día desapareció sin dejar rastro.  Esas dos hijas y esa madre vivían en el paraje Las Tunas. Un camino pedregoso, oloroso y plagado de inmundicias (desovaban allí los camiones de basura), las llevaban desde el pueblo hasta el galpón que siempre habitaron.

Compartían el mismo lecho. Antes que el padre y la hija que ejercía el antiguo oficio partieran, la madre distribuía cuidadosamente los lugares en donde reposarían los cuerpos. Al belga no lo quería al lado de ella. Podían dormir junto al padre la hija que trabajaba en la estación de Servicio, a quién la madre no consideraba una mujer, la más pequeña que no tenía formas femeninas aún, y al lado de ella como para ser custodiada durante el sueño se acostaba  la puta, porque nunca se sabe, pensaba la madre de las tres, estas putitas provocan y el hombre es siempre un hombre y a tres cuerpos de distancia no les va resultar fácil trenzarse.

Un día, para sorpresa de todos , volvió el Belga y se acostó en la cama como siempre. Las tres mujeres  juntaron sus cuerpos para cederle un poco de lugar ( la putita ya había huido). Cuatro cuerpos y una cama, y una mujer que seguía enojada con él y a él que no le importaba, total nunca le había hablado.

Sólo fueron conjeturas acerca de cómo atravesó el amor la armadura de esa muchacha que sólo  aflojaba un poco para poder dormir o se despojaba de ella por partes para someterse a una higiene rápida y dudosa. El embarazo no fue detectado ni por los familiares ni por los clientes, más que nada por la imposibilidad de intuir bajo las ropas de faena, un cuerpo que  obrara de morada. Los dolores de parto comenzaron en la estación de servicio, hizo todo el camino caminando y parió sola en el galpón, como acostada no pudo, probó entonces agachada sobre el piso de tierra.

Su madre tuvo entonces un  motivo para dejar de hablarle también a ella. El Belga en cambio se sintió feliz de tener en sus brazos a un niño, la inservible de su mujer solo le paría hembras; también se sintió feliz de tener que hacer medio espacio más en la cama, porque cada baja en la cama significaba dormir más tranquilo, pero al belga no le importó por que siempre había soñado con ese momento.

Un día la mujer de la estación de servicio  notó al acostarse que en la cama faltaban  un cuerpo y medio, y presintió que no volvería a ver ni a su padre ni a su hijo.

La mujer buscó en vano por la terminal y la estación de trenes, nadie supo informarle sobre el destino de los desaparecidos. Entonces salió de sí  y dejó las sombras a las que estaba habituada, el trabajo, el galpón, la armadura. Se vistió entonces con el único vestido que dejó su hermana, la puta, y que le ceñía el cuerpo denunciando sus formas femeninas, y así, con la clausura deshecha, marchó por las calles desiertas como una guerrera de cabellos de heno y mirada azul, tan hermosa como el alba primigenia. Los madrugadores dicen que la vieron tomar un micro en la terminal. 

 

 

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