Poder, autoridad y locura en la actualidad

Por José Milmaniene

Bacon

Los psicoanalistas nos enfrentamos en la actualidad a los efectos deletéreos de la declinación estructural de la figura del Padre, con el consiguiente debilitamiento dela Ley simbólica, el eclipse de los ideales, la degradación de los valores y la devaluación de la palabra.

Las severas fallas del padre en el ejercicio de su función y en la imposición de la Ley, derivan en conductas violentas y riesgosas, en actuaciones masoquistas, en el ataque a la diferencia sexual, en el desconocimiento de las jerarquías generacionales, en el exhibicionismo obsceno de la pornografía en la escena pública, en las adicciones y en los trastornos alimenticios.

Estas prácticas, que se inscriben en “el más allá del principio del placer”, evidencian los excesos inherentes a todo régimen pulsional, efecto de la carencia de los límites subjetivantes que impone el padre en el campo del principio del placer.

Impera pues la anomia, producto de padres ineficaces en el ejercicio de su función, y los hijos naufragan en un universo caótico, en el cual no se inscriben diferencias, y no se instala por ende la distinción la entre lo permitido y lo prohibido, lo normal y lo patológico y la entrega solidaria al otro del sacrificio masoquista. Se observa asimismo un reiterado rechazo de la lógica binaria, asentada sobre el par opositivo diferencial de masculinidad-feminidad[1], correlativo de la afirmación de la complejidad de un mundo que admite múltiples y equivalentes conductas sexuales. Entonces la carencia de referencias simbólicas claras, producto de la deconstrucción masiva de las significaciones esenciales, determina un modelo cultural basado en la desmentida de diferencia sexual y en el hedonismo a ultranza del “todo vale” y el “¿porqué no?” propios de las certezas perversas.

Las severas fallas en la función paterna[2] –signadas por la incapacidad del padre para operar el corte que separa al hijo de la madre y trascender así el riesgo de toda simbiosis fusional patógena– dificulta la operación del parricidio simbólico, necesaria para la constitución del sujeto del deseo.

La existencia deficitaria de la autoridad normativa, determina que el sujeto no tenga siquiera la opción de rebelarse frente a ella, para poder configurar así su propio destino y construir su propia historia. De modo tal que el marcado déficit de referencias simbólicas claras y definidas, suele determinar restituciones autoritarias, preferibles a la desolación generada por la ausencia de la legalidad parental.

La genuina crítica a los sistemas patriarcales represivos ha llevado al cuestionamiento del orden socio-simbólico mismo, con la ilusión de que la supresión de los límites normativos que éste impone, habrá de allanar el camino a la libertad que procura la plena consumación desiderativa. Se desconoce así que por fuera de la Ley, no existen nada más que flujos libidinales caóticos presimbólicos, con la consiguiente abolición de los circuitos sublimatorios.

A los sistemas autoritarios se los ha buscado superar pues a través de regímenes extremadamente permisivos, asentados en “pedagogías libertarias”, los que han que han elevado a la trasgresión a la categoría de ley[3].

Se ha reemplazado la autoridad por una simetrización “fraterna de roles”, y entonces la ausencia pacificante de la terceridad simbólica suele derivar en una violenta agresividad y franca rivalidad narcisística, expresadas en la exclusión y segregación discriminatoria del diferente (xenofobia y racismo).

Entonces la declinación de la figura del padre y la inconsistencia del orden simbólico, producen entre otros efectos:

1          – Recaídas en conductas sacrificiales masoquistas, las que persiguen reestablecer el reconocimiento amoroso del padre ausente en la infancia, aún bajo la forma del castigo y el sometimiento a figuras autoritarias.

2          – La inoperancia de la función paterna deja libradas a las pulsiones a sus excesos inherentes, y el sujeto naufraga en prácticas transgresivas y desafiantes, las que resultan expresiones de la pulsión de muerte no atemperada por el orden libidinal y pacificante que instala la Ley. En tal sentido se observa además una legitimación social de las conductas destructivas, tal como lo evidencia el empuje comercial a la anorexia, para tener la imagen corporal de moda.

3          – El ocaso de los ideales de alto gradiente simbólico, ha sido reemplazado por la valoración fanática de líderes deportivos, la devoción por ídolos musicales y la adhesión a “marcas” comerciales. Los lazos sociales ya no se establecen en torno a ideas que suponen una posición sublimatoria ligada al propio deseo y al reconocimiento de la alteridad, sino se basan en una comunión entre identificación y goce, en torno a objetos adictivos de consumo.

4          – Patologías del vacío: Las posiciones subjetivas transclínicas que se nos presentan en la actualidad –adicciones, transgresiones, trastornos alimenticios severos tales como anorexia-bulimia– están signados por prácticas masturbatorias y autoeróticas, que tienden a desconectar al sujeto del encuentro e intercambio desiderativo con el Otro sexo, sobre el trasfondo de un universo pulsional habitado por una angustia excesiva e innominada, expresión de una deficitaria arquitectura simbólica y una defectuosa consolidación narcisista.

Entonces el sufrimiento no se tramita por metáforas sintomáticas, y el vacío existencial se busca ocluir con objetos químicos de consumo, con la ingesta compulsiva de alimentos o con actuaciones maníacas con alto gradiente tanático y masoquista. Los síntomas no son sino gritos desesperados para que acuda el Padre, aunque más no sea tardíamente bajo los modos que despliega toda autoridad represiva, sea psiquiátrica, policial y/o legal.

5          – Violencia: los delincuentes juveniles que torturan, mutilan y matan a víctimas indefensas, evidencian un fuerte resentimiento vengativo, producto de una organización familiar “perversa”, con roles parentales invertidos o aún colapsados. La sordidez de una infancia sin amor y sin Ley, arroja a los jóvenes a la anomia y a un circuito infernal de transgresión y castigo.

Si al autoritarismo de los sistemas tradicionales se le oponía la rebeldía, que buscaba la liberación de todo yugo opresivo, a las sociedades disgregadas de la posmodernidad las invade una violencia pulsional caótica, que no logra más que convocar el castigo represivo del Padre cruel e irascible.

Los severos y sádicos pasajes al acto, evidencian al sufrimiento masoquista como única meta pulsional, y resultan expresión de una estructura familiar caracterizada por padres ausentes, incapaces de imponer el orden libidinal necesario para contener el primitivo universo pulsional de niños abrumados por el maltrato, los abusos sexuales, las injurias, los castigos sádicos y el desprecio.

La disolución de la estructura familiar impide la consolidación subjetiva en el marco del principio del placer y la ética que le es consubstancial, y fuerza restituciones actuadas y violentas, a través de las cuales se busca finalmente algún orden de reconocimiento, basado en equivalencias pulsionales sin metaforizar. De modo tal que las intolerables vivencias de desprecio y desamor padecidas durante la infancia, se pretenden vanamente estabilizar a través de las acciones maníacas, brutales y compulsivas, que finalmente ubican a los jóvenes en el lugar del resto, sobre el trasfondo de la pasión mortífera por la nada como única causa.

Los delincuentes así como los vándalos que integran las “barras bravas” y las pandillas juveniles, pretenden de este modo saldar con el dolor y la muerte procurada a víctimas inermes, las múltiples formas de “muerte simbólica” padecidas en la orfandad de una infancia signada por un régimen incestuoso sádico- vengativo.

6 –  Tribus urbanas: Estas se encuentran integradas por adolescentes  que conforman fraternidades autosegregadas, que se agrupan en organizaciones seriales masificadas, basadas en identificaciones especulares entre pares, lo que deriva por tanto en una marcada agresividad hacia el diferente.

Los líderes violentos y autoritarios de estos grupos sectarios, exacerban al extremo los particularismos grupales, con el objetivo de compensar a través de fuertes identificaciones imaginarias, la inconsistencia del sistema normativo y la crisis y la decadencia de las instituciones.

La neo-segregación en la actualidad ya no se basa en la oposición ni en la rebeldía al discurso imperante, sino que sus integrantes se sostienen sobre idealizaciones narcisistas de ídolos musicales o en torno al consumo compulsivo de objetos adictivos, por lo que carecen de potencialidad transformadora. El grupo se organiza pues en torno a certezas consolidadas conformadas por enseñas, emblemas, marcas, modas y estilos “bizarros”, los que desplazan a los ideales y a valores sublimatorios.

La sociedad actual muestra pues signos inquietantes de un severo colapso ético que se caracteriza por[4]:

a. El reemplazo de la Ley simbólica y del concepto de autoridad que les inherente, por un orden seudo permisivo, que en lugar de otorgar mayores opciones de libertad, ha derivado paradójicamente en conductas provocativas, punitivas y de riesgo, que reinstalan prohibiciones aún más rígidas, dado que excitan la inflexión sádica y superyoica de la Ley.

b. La transgresión tiende a ser elevada a la categoría de ley, tal como lo evidencian la impunidad, la corrupción, la pornografía, la obscenidad, la violencia, los fraudes y las coimas.

c. Determinadas manifestaciones artísticas exhiben a objetos de desecho y visibilizan “la castración real”, en lugar de exponer las manifestaciones sublimes de todo procesamiento sublimatorio logrado[5]. Así, y a modo de ejemplo, se ha llegado al extremo de crear un espectáculo de danza al borde de la locura, dado que se ha pagado en Londres a una bailarina epiléptica para que suspenda la medicación, con la intensión de que con el agregado de la privación del sueño, el ayuno y la ingesta de estimulantes, sufra un ataque en escena[6]. Se pretende explorar su “otra identidad” como minusválida, para poder así exponer a laenfermedad como espectáculo, en la misma dirección que Orlan filmaba sus múltiples operaciones estéticas.

Frente a este panorama se hace más necesaria que nunca la reivindicación del legado freudiano, que ha venido en la modernidad a renovar el Pacto con la Palabra, y a sostener el mensaje ético que instalar el diálogo entre el Yo y el Tú.

La escucha interpretativa que propone el psicoanálisis permite recuperar la dignidad subjetiva, así como posibilita el reencuentro con la singularidad absoluta que deriva del conocimiento de la Verdad del propio deseo.

El análisis busca restituir la figura del Padre, para recomponer la relación del sujeto con la Ley, depurada claro está, de sus suplementos obscenos superyoicos y de todo exceso represivo.

La alienación del hombre contemporáneo reside pues –entre otras causas sociales, económicas y políticas concurrentes– en la ausencia de referencias identificatorias que sostengan la ética de la diferencia, en la abolición de los límites, en la indistinción de los lugares y las jerarquías simbólicas, en la falta de reconocimiento amoroso parental y en la precariedad del universo discursivo.

Entonces el sujeto, replegado sobre si mismo, se aísla del encuentro responsable con el Otro, con la consiguiente ruptura de los vínculos intersubjetivos, lo que acrecienta a vez la angustia innominada y el vacío existencial. De aquí derivan los intentos de estabilización subjetiva a través de los pasajes al acto violentos, las conductas punitivas, y las regresiones a los goces alucinatorios de las adicciones.

En este contexto la función del analista deviene esencial, dado que su práctica articula simultáneamente la hospitalidad de la atenta escucha –necesaria para reinscribir al sujeto en el registro discursivo–; la contención afectiva –esencial para rescatarlo del goce autoerótico que procuran los síntomas y las adicciones; y lapuesta de límites– decisiva para trascender la anomia y reinstalar el respeto a la Ley.


[1] Tal como se desprende del magistral trabajo de Freud (1925) “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica”

[2] Las fallas del padre coexisten habitualmente con figuras maternas fálicas, -dominantes e hipererotizantes- que desconocen su palabra, y no lo habilitan por ende para operar la “castración simbólica”. Se trata habitualmente de padres “maternizados” y/o ausentes, que no asumen su rol de portadores de la Ley.

[3] Se observa así como los niños imponen la Ley a sus padres, así como los adolescentes “no pueden no gozar”, como condición para afirmar algún orden de reconocimiento y sostener su pertenencia grupal.

[4] He desarrollado esta temática en mi libro “La ética del sujeto” Biblos, Bs. As. 2008

[5] En tal sentido se observa la exhibición de cuerpos en descomposición, de cadáveres y de objetos anal-excrementicios como “expresiones artísticas”.

[6] Véase la nota “Espectáculo de danza al borde la locura” en el periódico La Nación, sección Espectáculos, pág. 1 del 21 de noviembre de 2009.

Fuente: El Sigma

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