EMANCIPACIÓN Y REDENCIÓN. Más allá del Estado. Cuarta parte.

Por Martín Uranga

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Siguiendo los lineamientos de Rosenzweig, vimos en nuestra introducción que la Redención consistía en la acción de los hombres en el Mundo al servicio de la tramitación de los goces autorreferenciales. Implica la realización ética en acto en términos transhistóricos que, lejos de implicar un movimiento de clausura, conlleva una apertura del espacio desiderativo. Es la irrupción de lo inesperado, de lo inadmisible, de la articulación plena de la castración a través del amor. Constituye el encuentro entre la máxima religiosidad y la vivencia del ateísmo como utopía al fin realizada (ver mi “Lenguaje-Psicoanálisis-Ateísmo-Mesianismo”). Es la posibilidad actual y concreta de lo imposible. Es la Revelación del Padre, ya no mediada por la fe, allí donde su fantasma no deja de desgarrarse. La efectuación de la Redención supone la praxis de los hombres en tanto afectados por la Revelación. Sujetos de la Ley (legalidad simbólica), es desde su puesta en acto que el movimiento redentor adquiere su dinámica. Todas estas consideraciones forman parte de la dimensión que denominamos religioso-comunitaria. Es el área existencial por excelencia. Estamos aquí ante la determinación hiriente del sujeto por la Palabra, que busca su horizonte ético a través de la Ley que se desprende del lenguaje. La Redención tiene lugar a través de la destitución de la idolatría pagana que filtra una y otra vez la Revelación.

Si pensamos en términos de la dimensión político-social, aquí también los hombres se ven abocados a una búsqueda que promueva su bienestar integral en detrimento de las lógicas opresivas alimentadas por los semblantes autorreferenciales y omnipotentes. Estamos aquí en el terreno de la historia política, articulada, según vimos, por la presencia del semblante estatal que se instituye en un movimiento de negación de la Ley. Los diversos componentes fetichísticos que lo conforman, alteran estructuralmente el devenir simbólico al servicio de mistificaciones imaginarias que dividen la sociedad a través de diferentes contradicciones artificiales que padecen del signo de la opresión y de la neurosis. El Otro estatal es el máximo exponente de la idolatría en el ámbito secular. En esta dimensión, tiene lugar por parte de los hombres un movimiento que tiende, a través de los impulsos éticos que se constituyen como resonancia de la Ley, hacia el fin de toda forma de opresión y explotación. A este último, lo podemos denominar Emancipación.

Es de radical importancia poder distinguir Redención y Emancipación. Mientras la Redención es efecto de la Ley y tiende a la trascendencia existencial de los goces, la Emancipación promueve el fin toda forma de opresión social. Ambos movimientos pueden tener distintos modos de afectación mutua, pero no se solapan ni convergen. La Redención no se realiza en la historia sino que es transversal a la misma. Se anuncia a través de la vigilia esperanzada en un contexto de plegaria y praxis caritativa que promueva el advenimiento pleno de la Ley y de la Gracia. Tiene una lógica asintótica que se articula en torno al más allá de un Dios que causa su propia kenosis y anonadamiento a través de la carencia que le es inherente (ver mi “Lenguaje-Psicoanálisis-Ateísmo-Mesianismo”). La Emancipación se realiza en la historia. Supone el más allá del Estado. La maquinaria político-estatal, al constituirse como negación infatuada de la Ley, lejos de promover un movimiento de superación de sí misma, busca perpetuar una lógica de dominio neurótico y opresivo. En este sentido, el más allá se presenta en un horizonte no de trascendencia sino de desarticulación. En la Redención, se trasciende el fantasma paterno, en la Emancipación el Estado se descompone desde sus bases más íntimas.

Esta distinción, a la cual pudimos acceder a partir del análisis de las dimensiones humanas que delimitamos desarrollando el pensamiento de Rosenzweig, no tiene lugar en el constructo teórico ni en la praxis de las corrientes emancipatorias que analizamos anteriormente. Marxistas y anarquistas, por distintas vías, idealizan al Estado. No pueden no hacerlo, debido a que al no contemplar el malestar existencial inherente a la alienación que causa el lenguaje, al no advertir la dinámica redentora que promueve la Revelación, el orden político se les presenta como autónomo, y, en este sentido, autosuficiente. Producto de la voluntad de los hombres, o del desarrollo de las fuerzas productivas, o del afán de dominio, o del progreso histórico, al no poder articularlo como negación de la Ley, el Estado se erige en ídolo omnipotente. Es así como las corrientes emancipatorias, legatarias del idealismo monista, no logran revertir las lógicas estatalistas de filosofías como la hegeliana, la cual, desde una concepción análoga, consagra positivamente lo que aquellas idealizan por la negativa. El idealismo no puede reconocer la naturaleza de síntoma del Estado. Por lo tanto, lo consagra de modo positivo como fetiche omnipotente (Hegel), lo fortalece en tanto instrumento imprescindible para la Emancipación (Marx), lo torna invulnerable al entificarlo como el absoluto agente causal del malestar existencial (anarquismo), o simplemente lo considera como necesario e inevitable (denominador común, más allá de los matices, de las diferentes corrientes políticas de opinión). Distintos modos de idolatría que resisten el reconocimiento de Dios, el Hombre, y el Mundo.

La idealización negativa del Estado trajo como consecuencia la conformación de alteridades que padecen de la lógica estatalista. Los marxistas intentaron construir partidos políticos especulares al poder estatal, pretendiendo utilizar la política al servicio de la Emancipación. Mayormente inspirados en el ideal jacobino burgués, reprodujeron la apetencia insurreccional, la idea del progreso, la consolidación de las jerarquías, la exaltación del vanguardismo politicista, la escisión entre medios y fines, el violentismo y la aspiración al poder estatal.

Por su parte, advertidos de la contaminación estatalista por parte del “socialismo autoritario”, los anarquistas buscaron crear federaciones o comunas descentralizadas haciendo hincapié en comenzar a vivir prácticas y valores humanos en abierta contradicción con los disvalores opresivos del Estado. Considero que estos intentos han expresado, histórica y conciencialmente, las pulsiones libertarias más consecuentes al servicio de la Emancipación. Sin embargo, de acuerdo a lo reseñado con anterioridad, podemos pensar que la filosofía idealista mayormente imperante en estas corrientes, no habilitó a dar cabida en el seno de sus comunas al impacto del reconocimiento de la legalidad simbólica que, de haber tenido lugar, podría haberle infundido un crecimiento subjetivo insospechado. El rechazo de las míticas redentoras, contribuyó a que las mismas continuaran prisioneras de la alienación que les fuera impuesta por la tradición estatalista. En lugar de contribuir al desbaratamiento de las ataduras estatales de las religiones institucionalizadas, liberando las míticas redentoras para ponerlas al servicio de la Emancipación, identificaron a Dios con el Estado, haciéndose de esta manera, sin saberlo, cómplices de la histórica pretensión de las burocracias religiosas que, desmintiendo la alteridad divina, se instituyeron como garantes estatalistas de una divinidad paganizada. La consigna Ni Dios ni Estado es trágica por distintos motivos: a) consolida la idea del poder político que concibe a Dios en términos estatalistas, b) supone la no distinción entre la legalidad simbólica redentora y el derecho positivo particularista, clasista y opresivo, c) fusiona la deidad con la política, con lo cual se paganiza a Dios al mismo tiempo que se otorga al Estado la consistencia omnímoda del fetiche. Se contribuye de este modo a la certificación de la ideología dominante, consagrando idolátricamente a Dios como garante y sostén de un poder estatal idealizado que destina a la humanidad al altar de sus sacrificios.

Esta perspectiva filosófica de la Emancipación, por lo tanto, en el mismo movimiento en que se priva de Dios como fuerza ética y redentora, consagra un ídolo feroz al servicio de la explotación y la neurosis de Estado.  

 Una vez más, intentando introducir en la compleja realidad humana la dimensión de la legalidad simbólica que constituye su anclaje primordial, recurriremos a Franz Rosenzweig para orientarnos hacia una visión alternativa posible de la Emancipación y del Estado.

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Comments

  1. Hugo Savino says:

    Ani, suscribo esta frase de Uranga: (recirculo el trabajo) La idealización negativa del Estado trajo como consecuencia la conformación de alteridades que padecen de la lógica estatalista. Los marxistas intentaron construir partidos políticos especulares al poder estatal, pretendiendo utilizar la política al servicio de la Emancipación. Mayormente inspirados en el ideal jacobino burgués, reprodujeron la apetencia insurreccional, la idea del progreso, la consolidación de las jerarquías, la exaltación del vanguardismo politicista, la escisión entre medios y fines, el violentismo y la aspiración al poder estatal. Date: Wed, 5 Nov 2014 14:02:24 +0000 To: hugosavino@hotmail.com

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    • Si, concuerdo contigo Hugo, muy interesante trabajo el que viene articulando Martín Urania en sus entregas sobre Emancipación y Redención. Justamente, la articulación de estos dos conceptos me parece fundamental. Seguimos. Un abrazo

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