EMANCIPACIÓN Y REDENCIÓN, Más allá del Estado. Primera parte.

Por Martin Uranga  

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Siguiendo con el esquema de Rosenzweig que desnuda, a través de la tripartición señalada en la introducción, el desgarro estructural causado por el lenguaje, podemos pensar que la alteridad que el mundo simbólico inscribe no puede no tener su incidencia al momento de pensar la configuración política de la sociedad. Así, en la conformación social resultante coronada por la emergencia del Estado, vamos a encontrar indicios y señales de los mecanismos que pueden advertirse tanto en el hecho religioso como en la alteridad inconciente del hombre moderno. Es aquí donde el pensamiento de Karl Marx nos resultará de imprescindible utilidad al momento de centrarnos en el hecho político.

Al igual que Freud, Marx fue considerado uno de los “maestros de la sospecha” que la Modernidad alumbró. Ambos entienden que no es posible hacer una interpretación de sus respectivos objetos de estudio desde lo apariencial y comúnmente consensuado como realidad efectiva, sino que de lo que se trata es de develar los mecanismos inadvertidos que subyacen en el interior de los hechos a analizar. Si Freud descubre las lógicas inconcientes determinadas por la sexualidad infantil que alimentan los síntomas neuróticos, Marx revelará las dinámicas de explotación y dominación que determinan la superestructura político-social. De esta manera, la división irreductible de la sociedad en clases irreconciliables, así como la concepción del Estado como instrumento de la clase dominante para hacer efectivos sus privilegios, se constituyen en pilares estructurales al momento de subvertir las significaciones generalmente admitidas que entienden a la división clasista como una forma imprescindible de especialización del trabajo, y al Estado como un poder neutral y necesario que vela por la continuidad de la civilización. Si Freud cuestionó la hipocresía social, que negaba tanto la sexualidad infantil como el acontecimiento del inconciente, de manera análoga, Marx desbarata la mendacidad del sistema estatalista burgués que alega pomposamente los cimientos de una sociedad de ciudadanos libres sobre la base de la negación de la esclavitud asalariada.

De acuerdo a lo señalado en la Introducción, podemos distinguir tres dimensiones humanas: a) la religioso-comunitaria, b) la singular-desiderativa, y c) la político-social. Veamos de qué modo se presentifica la alteridad en cada una de ellas. En la religioso-comunitaria surge como Dios a través de la Revelación de la diferencia irreductible inscripta a partir del significante del Nombre impronunciable posibilitador de todos los nombres (ver a este respecto “La fe en el Nombre” de José Milmaniene). En la singular-desiderativa, como Inconciente que tramita el deseo sexual en tanto pura falta que relanza una y otra vez el devenir subjetivo. En la político-social, como Estado en tanto concreción histórica del proceso de emancipación de la naturaleza.

Ahora bien. Estas distintas formas de alteridad no sólo están afectadas por dinámicas propias con puntos de convergencia, contradicción y exclusión entre ellas, campo de inestimable valor que no será analizado en estas líneas de trabajo, sino que a su vez no poseen el mismo estatuto. Intentaré justificar por qué. Entiendo que mientras que Dios y el Inconciente constituyen instancias propulsoras de salubridad en tanto suponen en su horizonte las condiciones de su atravesamiento (ver mis reflexiones en Lenguaje-Psicoanálisis-Ateísmo-Mesianismo), el Estado constituye un poder negativo, que si bien evoca la legalidad simbólica, lo hace a través de una lógica de apropiación y negación de la misma, instituyéndose a sí mismo de un modo naturalizado que no contempla la posibilidad de su propia superación. Así como Dios y el Inconciente están afectados por una lógica destitutiva de sí mismos, el Estado se presenta como una instancia de concreción progresiva y triunfalista. En este sentido, el sistema hegeliano es un ejemplo paradigmático de la omnipotencia inherente a la lógica estatalista.

Durante millones de años, 100.000 si es que utilizamos como referencia la aparición del homo sapiens sapiens, en los difíciles momentos de afirmación de la especie en el contexto de una naturaleza hostil, las comunidades primitivas no se organizaban en torno a un poder estatal centralizado, burocrático y jerárquico, ni estaban divididas en clases sociales con su lógica inherente de explotación. Son los tiempos, en términos freudianos, del clan fraterno. La perspectiva de emancipación de la naturaleza iniciada por la especie durante milenios, sufre un cambio cualitativo a partir de la aparición de las sociedades estatales en los comienzos del período neolítico (ver “Los orígenes de la familia, la propiedad privada y el estado”, de Engels, y, desde una visión más libertaria y menos estatalista, “Origen mujer”, de Sara Morace). La sociedad fraterna y comunitaria es reemplazada por la organización estatal, clasista, patriarcal y jerárquica. Walter Benjamin entiende, en un nivel histórico de lectura, que algunas consideraciones del libro del Génesis deben interpretarse como referencias a este período no estatal de la vida humana. La mítica judeo-crisitiana del Edén originario sería, de este modo, el eco mitificado de aquel pasado comunitario previo a la organización estatal y política. Así, “la caída”, signo de un profundo cambio en la condición humana, evocaría aquel trastocamiento fundamental de las condiciones de vida. Siguiendo con esta vía de lectura benjaminiana, podríamos pensar que el proceso de emancipación humana de la naturaleza sufre un vuelco sustancial con la aparición de una lógica novedosa, la estatal, que lleva en su fuero más íntimo el signo del pecado.

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  1. […] acuerdo a lo trabajado en la primera parte, dijimos que el Estado es una alteridad con características diferentes a las conformadas en la […]

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