pliegues de tiempo con piel



De la frontera al pliegue, hago un giro conceptual, generando, re-generando, géneros.
Se trata del espacio, del lugar que ocupa un cuerpo en devenir y de este giro conceptual que me lleva a pensar lo profundo como superficie: “lo más profundo es la piel” dice Paul Valery, y yo, recorro superficies y giro.
¿Cómo es que se construye un yo? y, ¿A través de qué mecanismos yo devengo otro?
Hacer de la frontera un pliegue, un pliegue que se desliza en un plano de inmanencia, un pliegue que va creando interioridad y exterioridad a partir de las modulaciones que crean sus movimientos.

No hay nada que descubrir, no hay arqueología posible para desenterrar lo profundo. Lo profundo es la piel, he dicho. Y el adentro es un pliegue del afuera. Como la nave de los locos de Foucault, este encierro de la locura en el afuera absoluto del océano. El afuera absoluto. El pensamiento del afuera. ¿Qué sería de un yo sin un afuera? ¿Sin lo abierto que en su extremo deviene encierro? Yo soy un otro, y pienso con Pessoa que “somos algo que sucede en el entreacto de un espectáculo”.
No el espectáculo, sino el entre-
Acto que hace pliegue, pliegue que es movimiento. Superficie, piel.
Hago un giro conceptual,
¿Género?
Un pliegue en el cuerpo. Ser mujer, abrirse hasta navegar el encierro, hasta la locura.
Un pliegue, mujer, espacio.
Un pliegue, carne, huella, muerte, tiempo.

Me pidieron que escriba, cuando no podía hacerlo.
Escribir
No puedo
Nadie puede
Hay que decirlo
No se puede
Pero se escribe
Una y otra vez regresa este párrafo del libro “Escribir” de Marguerite Duras. Una y otra vez, ese compás de imposibilidad, de generar algo desde la imposibilidad… yo, genero.

El café comercial, Madrid. Un encuentro para la tarea compartida de analizar la disgregación del sujeto a partir de “Escribir”. Raquel obsesionada con la lectura adorniana yo, intentando Lacan.
Raquel escribe desesperadamente, hojas y hojas alrededor del café y los cigarros, todo es humo en el aire del Comercial. Humo y calor, voces que se mezclan con el olor a churros y tiempo. Diarios y tertulias, habla madrileña compulsiva, acelerada, atropellada.

       la muerte de una mosca es la muerte, ahí está la fuerza del materialismo filosófico. Todo el universo se concretiza en esa mosca muerta.
Yo estoy pasmada, antimetafisicamente pasmada. Momento para reir.
La muerte y punto.

Escribir, no se puede. Pero escribimos.

A través de la ventana se abre la ciudad, desde la esquina del Comercial, la Glorieta de Bilbao, la boca de metro, el Kiosco de la esquina. Uno se puede pasar horas mirando el movimiento anónimo. El camarero llega con las cartas, no hay espacio en la mesa.

– Yo no puedo comer nada que tenga ojos -dice Raquel-  así que venga, un pincho de tortilla.
Raquel encuentra siempre un argumento provocador ante las decisiones límite en la vida.
– un mixto de jamón y queso, pido yo, sin pretensiones políticas.
Comimos, escribimos, tejimos permanencias.


Madrid se despliega vertiginosamente a través de frases y de encuentros, a través de bares y de calles. La barra de un bar, dijo Cristina, es ese pliegue del que tu hablas Ani, ¿te das cuenta? Ahí están moebianamente lo público y lo íntimo. Lo más extraño y anónimo enlazando discursos, tejiendo continuidades, creando intimidad. La barra de un bar es el umbral donde la embriaguez hace razón.

– Vente un año sabático aquí, a escribir la tesis
– Eso es lo que quiero
– No te olvides de lo que dice Blake: “aquel que desea y no actúa, engendra peste”.

Escribo.


Tengo una obsesión por los pliegues que me recuerda la frase de Barthes: “Padezco una enfermedad, veo el lenguaje”.
Pliegue-espacio
Pliegue-Tiempo
Pliegue-sexo-muerte


Escribo.

Algo sucede en el entreacto y empieza a llover. Una llamada en medio del espectáculo académico, y todo el saber se hace trizas. La muerte tiene cara de mujer. La muerte obscena irrumpe en Madrid.

Escribo.


Entro y salgo de la clase de Marinas, intento frenar a la bestia. Quiebro las alas metafísicas.
La muerte de una mosca es la muerte.
Entro al salón de clases, algo hace sentido, un coqueteo poético, la agudeza de Marinas, retomo el texto, le saco punta a las palabras.
Punto.
Cuando empieza a llover ya todo ha terminado, camino por las calles sin paraguas, solo lluvia y  piel.


Luego, escribo.

Caminar por las calles, como por un texto que se lee a sobresaltos, teniendo a la vuelta de la esquina la extrañeza de un instante. Escribir como quien camina por una ciudad nueva y descubre, en la siguiente palabra, que ya no es uno quien escribe, que Yo dejó paso a lo Otro para, irremediablemente desaparecer. ¿Qué sucede entre palabra y palabra?  Un intervalo doloroso diría Pessoa.

Fernando en la Rua Garret me espera atemporal y poeta. Yo me dirijo a él desorientada, timón en mano de un auto cuya dueña, copiloto, duerme sin imaginarse que hemos pasado de largo la entrada a Porto y tomamos autopista a Lisboa. Sin planos, sin planes. Solo la noche, un disco de fados acompañando y, el sueño cómplice de una amiga.
Lisboa esta hecha para perderse, las calles, curvas, señales, todo te va llevando al lugar que menos te imaginas. Ella decide, tú debes pactar.

Yo pacté para llegar hasta el poeta. Lisboa guió mis pasos a cambio de unas alas metafísicas rotas que llevaba en la cartera.
Hasta ahora me pregunto qué es lo que haría Lisboa con mis alas. Yo con el poeta aprendo antimetafísica.
Una tarde conversando sobre filosofía me dijo: piensa en esto no como quien piensa, sino como quien respira.
Y respiré. Y pensé en eso, y lloré.
Es cierto que cuando me lo dijo, Fernando tenía una sombra en el rostro, una otredad en la voz. Es cierto también que cuando lo escuché, se abrió algo en mi piel, un pliegue quizá, no sé, pero ya no eran necesarias las alas.
Por cierto ¿qué haría Lisboa con ellas?

Creo que Fernando y Lisboa se citan algunas noches de verano, Lisboa le canta fados eternos, le muestra las alas, lo pierde en sus curvas. Fernando se abre en heterónimos para recorrer, a la misma vez, las calles y los vientos, los muros y las sombras, con cuerpo, con mar, con saudades.

Lisboa pertenece al afuera, Lisboa se hunde en el Tajo, Lisboa me lleva hasta el poeta.

Volver a Madrid luego de un encuentro así no puede ser fácil. El camino se cierra, las pistas pierden los colores y el puente Vasco de Gama parece desaparecer entre la lluvia que se desata al iniciar el día. Una vez que conseguimos dar con el puente, cruzarlo nos tomo minutos que se volvieron horas, que se volvieron días. Fueron como tres los días  que transcurrieron cruzándolo, las aguas modulaban olas y tiempos por debajo de nosotras.

Yo tenía en Madrid una cita con el secretario de la facultad de filosofía, sin embargo a esa hora seguía atravesando el puente Vasco da Gama, un puente que no cree en el tiempo. Timón en mano, sin conducir nada. Regresar a la temporalidad con las manos vacías resultaba mas complicado de lo que los versos de Pessoa mostraban.

Mi amiga no dejaba de hurgar en el mapa tratando de encontrar una solución.
Lisboa esta fuera del tiempo, le dije, tenemos que pactar.

De regreso a Madrid, una película empezaba a las nueve de la noche en los Renoir de la Plaza de los Cubos,  caminando por Princesa rumbo al cine, las calles empiezan a estirarse, la esquina mas cercana se vuelve de una lejanía inalcanzable. Lo cercano se torna objeto de ausencia, la melancolía lo tiñe todo, ¿llegaré a tiempo?
Esta extraña saudade me alejaba de aquello que empezaba a ser deseado. Cuanto más rápido caminaba mayor era la dilatación del asfalto, de las líneas que forman la vereda. Todo se alargaba perdiéndose en un horizonte sin mar. Planos, planos, solo planos sobre los que mi cuerpo se desplaza absurdamente. Pierdo la noción del tiempo. Paro. Se me acerca una esquina y la doblo, la doblo. Ahora mi paso regresa al tiempo, alcanzo las líneas, algo es posible.
Giro, reversos del tiempo, mis manos se arrugan al señalar la ruta, pliegues de las calles madrileñas que camino con nostalgias del poeta. Pacto de tiempo con piel.

Entrevista pessoana

Entrevista sobre el libro "Los Pliegues del Sujeto"

A partir de la publicación del libro «Los Pliegues del Sujeto», algunos medios han tenido la generosidad de entrevistarme y hacer notas al respecto.
aquí, Roberto Limo del diario El Correo:

CORREO libro 17.03.11

Los Pliegues del Sujeto, Una lectura de Fernando Pessoa

Por José Milmaniene

En este logrado texto Ani Bustamante  despliega una rigurosa revisión de   la teoría psicoanalítica del sujeto, a la que enriquece con el estudio de la obra poética de Fernando Pessoa, la que opera como ejemplo alegórico privilegiado de la misma.

La autora está persuadida que el psicoanálisis actual debe repensar  la subjetividad  a la luz de los renovados aportes filosóficos, artísticos y literarios,  que no sólo exponen en acto lo enunciado conceptualmente, sino que aportan  la riqueza existencial que deriva de la conjunción del Saber con la Belleza.

 Se trata pues de un texto que propone una intertextualidad fecunda entre el campo freudiano y el evento del lenguaje, lo que genera un efecto inédito de placer, que deviene del plus de sentido que se  gesta cuando se articula  la teoría con  el decir poético de Fernando  Pessoa.

En la primera parte la autora desarrolla con lucidez el complejo proceso de constitución subjetiva, a la luz de los aporte de Freud, Lacan, Winnicott y Deleuze.

Además de una exhaustiva exposición de los lineamientos teóricos de estos autores, Bustamante despliega el original concepto de pliegue subjetivo. Si bien se trata de un  nombre teórico de filiación deleuziana, Bustamante  lo articula con el corpus freudo -lacaniano, lo que le otorga una mayor potencia clínico-existencial.

Los pliegues  definen la particular arquitectura simbólica del sujeto, constituido por  bordes, torsiones, cortes, discontinuidades, corrientes libidinales, intervalos significantes, litorales, nombres y vínculos objetales.

Esta compleja estructura se despliega en ejes temporales signados por la resignificación a posteriori,  en un espacio fantasmático que si bien se puede formalizar  por modelos topológicos, encuentra en las metáforas poéticas su campo de expresión privilegiado.

Se trata de  un sujeto facetado, hecho de heterónimos- sean estos latentes o manifiestos –  y de rostros múltiples, que no acepta ninguna totalización ni síntesis unificada.

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Paraje «Las tunas»

Por Mónica Arzani

La memoria es una gran embaucadora, pero no se puede prescindir de ella; la definiría entonces como un manchón de tinta ya seco, que no se puede lavar, pero sí en cambio bautizarlo de palabras con ese acto heroico que es el escribir. El recuerdo de la mujer está mojado por las sombras, no aparecen sus facciones por más que insista. Su presencia es toda ausencia. Tendré que atarla entonces a lo que puedo imaginar de ella.

La mujer  ya olvidada estaba oculta bajo una armadura, arropada en su deseo, en esa calma feroz y ardiente de la siesta en las sierras. Toda ella era falta de cordura, insensatez. Vestía un overol de lona color naranja con camisa de mangas largas ceñida en los puños y cuello alto cerrado con un botón apretando la garganta. Las botamangas de los pantalones le cubrían los zapatos y los ruedos absorbían cualquier fluido grasiento  de la estación de servicio y barrían  también los desperdicios. Su cabeza lucía rapada y su rostro exudaba agua y vapor en una dilapidación gozosa justificada por los cuarenta grados  de temperatura a la sombra.

En el almacén anexo a la estación, su perra  color ocre se arrojaría sobre cualquier alma que atravesara el umbral para herir la quietud de las dos de la tarde.

La estación estaba atendida sólo por mujeres. En el otro surtidor se podía ver una jovencita con un gorro en la cabeza y un vestido flojo de empeñosa desprolijidad, era hermana de la otra, evidentemente no eran mujeres de mirarse en los espejos  ni de cifrar sus esperanzas en flores.

También hubo otra hermana que ejercía el oficio más antiguo. Se fue en un colectivo prostibulario que regenteaba un polaco, simplemente un colectivo estacionado en un basural y con las ventanas y las puertas cubiertas por trapos de dudosa higiene. Las tres eran las hijas del Belga y de su mujer, si así puede llamársele porque desde la consumación carnal del matrimonio no volvió a dirigirle la palabra al hombre que ella nombraba como esposo y que un día desapareció sin dejar rastro.  Esas dos hijas y esa madre vivían en el paraje Las Tunas. Un camino pedregoso, oloroso y plagado de inmundicias (desovaban allí los camiones de basura), las llevaban desde el pueblo hasta el galpón que siempre habitaron.

Compartían el mismo lecho. Antes que el padre y la hija que ejercía el antiguo oficio partieran, la madre distribuía cuidadosamente los lugares en donde reposarían los cuerpos. Al belga no lo quería al lado de ella. Podían dormir junto al padre la hija que trabajaba en la estación de Servicio, a quién la madre no consideraba una mujer, la más pequeña que no tenía formas femeninas aún, y al lado de ella como para ser custodiada durante el sueño se acostaba  la puta, porque nunca se sabe, pensaba la madre de las tres, estas putitas provocan y el hombre es siempre un hombre y a tres cuerpos de distancia no les va resultar fácil trenzarse.

Un día, para sorpresa de todos , volvió el Belga y se acostó en la cama como siempre. Las tres mujeres  juntaron sus cuerpos para cederle un poco de lugar ( la putita ya había huido). Cuatro cuerpos y una cama, y una mujer que seguía enojada con él y a él que no le importaba, total nunca le había hablado.

Sólo fueron conjeturas acerca de cómo atravesó el amor la armadura de esa muchacha que sólo  aflojaba un poco para poder dormir o se despojaba de ella por partes para someterse a una higiene rápida y dudosa. El embarazo no fue detectado ni por los familiares ni por los clientes, más que nada por la imposibilidad de intuir bajo las ropas de faena, un cuerpo que  obrara de morada. Los dolores de parto comenzaron en la estación de servicio, hizo todo el camino caminando y parió sola en el galpón, como acostada no pudo, probó entonces agachada sobre el piso de tierra.

Su madre tuvo entonces un  motivo para dejar de hablarle también a ella. El Belga en cambio se sintió feliz de tener en sus brazos a un niño, la inservible de su mujer solo le paría hembras; también se sintió feliz de tener que hacer medio espacio más en la cama, porque cada baja en la cama significaba dormir más tranquilo, pero al belga no le importó por que siempre había soñado con ese momento.

Un día la mujer de la estación de servicio  notó al acostarse que en la cama faltaban  un cuerpo y medio, y presintió que no volvería a ver ni a su padre ni a su hijo.

La mujer buscó en vano por la terminal y la estación de trenes, nadie supo informarle sobre el destino de los desaparecidos. Entonces salió de sí  y dejó las sombras a las que estaba habituada, el trabajo, el galpón, la armadura. Se vistió entonces con el único vestido que dejó su hermana, la puta, y que le ceñía el cuerpo denunciando sus formas femeninas, y así, con la clausura deshecha, marchó por las calles desiertas como una guerrera de cabellos de heno y mirada azul, tan hermosa como el alba primigenia. Los madrugadores dicen que la vieron tomar un micro en la terminal. 

 

 

geografias




¿Cómo empezar a escribir sin un hilo conductor? no lo encuentro, he salido a su búsqueda y he encontrado una madeja, como cuando quedan restos de pelo entre las sábanas haciendo bolitas ingrávidas al salir el sol.









Saboreo el límite del tiempo, el borde de los días en Madrid.

Domingo dilatado, gris de invierno, los minutos se arrastran por el suelo, por las calles, las veredas. Mientras maletas y chocolate dejan el rastro necesario. 
Los minutos son ese espacio por el que palpo la orilla.
La orilla de las playas limeñas va ganando espacio al blanco de mis sábanas. Moja mis restos de pelo en la almohada,               
 arremete con espuma y aliento del Pacífico.


Puedo oler el acantilado.

Mi cuerpo es una construcción de mares, montañas, calles y veredas… gran vías y barrancos.
Malasañas-Miraflores
li-ma-ma-drid
mamamamamamama

Ayer en la exposición “Atlas” del Reina Sofía, encontré este fragmento en una de las paredes:



«¿y si el atlas no fuera sino el resultado –ignoto o calculado- de nuestros desplazamientos más íntimos? ¿de nuestras derivas pulsionales o conceptuales, visuales o corporales, sentimentales o políticas? ¿de nuestras autobiografías espacialmente reordenadas y acompasadas por los movimientos de nuestro cuerpo?»

No hay hilo conductor. Trazo, trazos y garabatos. Pelos, piel, cuerpo al viento de la escritura imposible… 





Clínica de la diferencia en tiempos de perversión generalizada






De José Milmaniene. Editorial Biblos. 2010

Por Martín Uranga

El nuevo libro de José Milmaniene nos convoca a reflexionar y a tomar posición acerca del malestar subjetivo de nuestros tiempos signado por la perversión generalizada que emerge como efecto de la disolución de las categorías diferenciales. Luego de la fecunda trilogía en la cual abordó la dimensión temporal, tópica y ética del sujeto, el autor nos sumerge, a través de la variada y polisémica intertextualidad a la cual nos tiene acostumbrados, en la problemática central que la contemporaneidad revela como amenaza cierta para las bases constitutivas de la existencia: el colapso de la diferencia. Así, Clínica de la diferencia en tiempos de perversión generalizadaresulta un testimonio elocuente de las vivencias devastadoras que padece el sujeto de nuestra época, como consecuencia de la degradación y destitución de la Ley del Padre y del auge de los goces anómicos y parasitarios gobernados por la pulsión de muerte desanudada del Eros. Si, tal cual el autor nos recordaba en La ética del sujeto, el sujeto se constituye como tal a partir de la asunción ética del compromiso con la preservación de la diferencia irreductible que el Otro evoca, ahora nos dirá, siguiendo los estrictos lineamientos freudianos, que el estatuto de esa diferencia es sexual. De esta manera, el no reconocimiento de la diferencia sexual, signada por la diferencia sexual anatómica, se erige en el articulador por excelencia de las “nuevas formas del síntoma” que aparecen descriptas y trabajadas en el texto. Milmaniene nos convoca, para pensar la subjetividad posmoderna, a revalidar una y otra vez el hallazgo freudiano referido a la condición sexuada del sujeto que aloja como punto traumático esencial la metaforización nunca acabada de la diferencia entre los sexos. Si la diferencia sexual es constitutiva es porque el sujeto adviene como sexuado, y es aquí donde la impronta levinasiana vigorosamente desarrollada en La ética del sujeto, se entrama de manera activa y fructífera con los aportes psicoanalíticos de Massimo Recalcatti que el autor realza en Clínica de la diferencia…. Ética y sexualidad se entraman de manera indisociable, siendo que el reconocimiento de la diferencia inasible del Otro dependerá de la posibilidad de subjetivar la diferencia sexual en el orden simbólico a partir de la consideración de lo real ineliminable de la condición anatómica. Es así como el texto resignifica la dimensión ética a partir de la mirada psicoanalítica. Los ecos de la firme explicitación acerca de la dimensión central de la ética que el autor nos legara en La ética del sujeto, no dejan de resonar en las consideraciones vertidas en su nuevo trabajo. Porque Milmaniene nos presenta la variedad polimorfa de los síntomas epocales, y en todos ellos se advierte la claudicación ética producto de la defección de la Ley simbólica instituyente. De esta manera, nos presenta los fenómenos de las “tribus urbanas”, el “apetito de muerte”, los variados trastornos alimentarios, las adicciones, en un entramado narrativo que nos sitúa la “perversión generalizada” como característica esencial de un tiempo en que “la suspensión de los ideales simbólicos, y la concomitante desintegración de la autoridad, ha derivado en su reemplazo por ideales imaginarios, signados por figuras superyoicas que gobiernan la vida y no permiten no gozar.” 

Es justamente a partir de la consideración de nuestra época bajo el signo de la perversión generalizada y del empuje al goce, que el autor recrea las posiciones transclínicas que había conceptualizado en El lugar del sujeto. Allí, nos hablaba de las posiciones narcisista, paranoide, depresiva, melancólica, fetichística, hipocondríaca, adictiva y sublimatoria, como expresiones transclínicas de la subjetividad. Ahora, a partir de la advertencia del lugar central y decisivo que ocupan la defección del lugar del Padre y el ataque pulsional a su Nombre en la constitución subjetiva posmoderna, es que necesita extremar las posiciones al punto de polarizar las manifestaciones transclínicas en dos modalidades: “las patologías tributarias de la falta en tanto vacío nombrado”, y “los cuadros en los cuales falta la falta”. Milmaniene sitúa en la desestimación de la Ley y de la diferencia que la misma evoca, el articulador central del padecimiento actual signado por la perversión generalizada, y es esta convicción la que lo conduce a situar la contradicción esencial de nuestros tiempos en términos binarios. En tiempos donde la “diversidad” es uno de los nombres del polimorfismo en auge, el autor siente la necesidad de recuperar el eje de la “Verdad necesaria” recuperando la lógica binaria que la perversión generalizada combate. Así, Milmaniene sitúa la contradicción dialéctica esencial de nuestra época sin dispersarse en nominaciones excesivas que podrían diluir lo esencial. Ubica de esta manera dos posicionamientos básicos como formas esenciales de manifestación del malestar actual, que atraviesan como formas epocales de expresión las clásicas estructuras de neurosis-psicosis-perversión. Si en nuestra época la verdad de la diferencia es sustituída por un “pluralismo” degradado que encubre la tiranía pulsional, el autor realza la necesidad de sostener el binarismo que sanciona la salud y la enfermedad, lo prohibido y lo permitido, lo sagrado y lo profano, lo masculino y lo femenino, los padres y el hijo.
La reivindicación de la lógica binaria permite introducirnos en un tema capital abordado en el primer capítulo del libro: la cuatriplicidad. Alli, el autor nos habla de los términos masculino/ femenino/padres/hijo introducidos por Milner como categorías diferenciales absolutas propias del Nombre judío. Milmaniene, retomando la necesidad de sostener la lógica binaria que se opone a la dualidad especular, nos recuerda de este modo que la única manera de propiciar el advenimiento del sujeto es a partir del reconocimiento del binarismo articulado por la diferencia que la terceridad evoca. Así, reconocerá el antijudaísmo como manifestación esencial de los tiempos, debido a que la Ley que sostiene el Nombre y la inscripción de las categorías diferenciales que le son inherentes, constituye el blanco de ataque de las políticas de goce en auge. La diferencia sexual y la generacional tienden a ser abolidas, y, con ellas, el binarismo que estructura los opuestos posibilitadores del universo desiderativo queda a merced del polimorfismo y de los extravíos imaginarios. 
Resulta de particular interés que así como el libro comienza con la denuncia del antijudaísmo posmoderno, culmina con claras referencias al mesianismo cristiano. Es que al autor no se le escapa que las grandes tradiciones universales portadoras de los mesianismos históricos inscriptos en el universo de la cultura, el judaísmo y el cristianismo, constituyen una referencia ineludible al momento de replantear la idea sostenida en La ética del sujeto acerca del carácter de mesianismo secular inherente al discurso y a la práctica del psicoanálisis. Así como sostendrá la necesidad de perseverar en la Ley, posición propia del judaísmo, nos hablará de la suspensión de la Ley característica del mesianismo cristiano, que lejos de negarla, considera a la Ley llegada a su plenitud por el advenimiento del Mesías, y que espera su cumplimiento radical al fin de los tiempos introduciendo la “espera mesiánica” que anula y hace inoperante en cada momento “la vida que efectivamente vivimos, para hacer aparecer en ella la vida por la que vivimos”. En este contexto, la advertencia que nos había hecho en La función paterna (2ª edición) acerca de “la despoetización del psicoanálisis”, alcanza toda su magnitud al pensar el evento poético del lenguaje como posibilidad sublimatoria auspiciada por la suspensión mesiánica de los significados y los intercambios habituales de sentido. La “espera mesiánica”, es un acontecimiento poético que habilita el devenir de los núcleos asemánticos de la palabra, “de modo tal que la lengua gira en vacío, mientras se dasactivan radicalmente los contenidos imaginarios del lenguaje.” Pareciera que para Milmaniene el pensamiento mesiánico constituyera la “ficción simbólica” esencial, que al sostener la nominación poética de la falta a partir del despliegue de la diferencia, precave de los “simulacros imaginarios” que sostienen el empuje al “vacío lleno de goce” que la Cosa presentifica. De esta manera, el mesianismo laico podrá inscribirse a partir de la promoción de un trabajo poético entramado en un decir sostenido en el evento placentero del lenguaje, que constituya un testimonio trascendente de la libidinización de la falta. 
En la consideración de los mesianismos históricos, el judío y el cristiano, el autor vuelve a reivindicar el pensamiento binario. El mesianismo, núcleo sintomático que aborda la diferencia en su dimensión radical, se expresa por dos vías históricas irreductibles entre sí. Ambas necesarias, como diría Rosenzweig, y al mismo tiempo atravesadas por una diferencia ineliminable debido a que allí se expresa la imposibilidad de lo real. Entre la observancia de la Ley propia del judaísmo, y la tensión hacia la destitución narcisista que el cristianismo auspicia, quizás sea posible articular la utopía psicoanalítica que permita sostener el “gesto metafísico”, en palabras de Zizek, para confrontar de manera creativa la “imbecilidad de lo real”. 

Clínica de la diferencia en tiempos de perversión generalizada es un libro que da cuenta de la necesidad perentoria e inexcusable de propiciar un desarrollo teórico y práctico acorde al rigor que los tiempos exigen. La cultura está cuestionada en sus bases fundacionales. El malestar en la cultura ha cedido su paso al cuestionamiento radical de la misma. Como bien nos recuerda el autor, la Ley no es producto de la cultura sino que constituye su fundamento. La prohibición del incesto y del parricidio, con la consecuente promoción de la interdicción del apego a lo Mismo y el auspicio de la libidinización de la diferencia, se erigen de este modo en pilares de la misma cultura así como de su malestar inherente. Por eso mismo, el ataque a las bases constitutivas de la Ley supone la degradación de la cultura, y con ella, la devaluación de las coordenadas esenciales del sujeto. El tiempo del sujeto del que nos hablara Milmaniene, queda de este modo colapsado por la pretendida inmortalidad del narcisismo que reniega de la finitud y de la trascendencia. El lugar del sujeto, entramado por la libidinización del vacío que se constituye en morada de la falta en ser, es sustituido por fuertes anclajes imaginarios de dimensión mortífera. Mientras que La ética del sujeto, queda obturada por el apego extremo a la mismidad que reniega de la diferencia. Los pactos perversos de los que Milmaniene nos hablara en Extrañas parejas, han perdido su rasgo esencial de ser secretos y esquivos a la mirada social para pasar a la demanda activa de reconocimiento. No para lograr la sanción simbólica en sí, lo cual entraría en contradicción con su propia estructura, sino para quitarle al orden sociosimbólico la potencialidad de legitimar la diferencia. En tiempos de perversión generalizada, se busca degradar la terceridad simbólica articulada en el ordenamiento sociojurídico al lugar del testigo que reafirme con su complacencia o su impotencia la consagración gozoza de la consistencia imaginaria. No basta ya con el “contrato secreto”. El auge militante, orgulloso y exhibicionista de los goces compactos, impulsa al plano público la transgresividad al nivel de la norma para quitarle a la legalidad toda eficacia simbólica auténtica. 

El nuevo libro de José Milmaniene nos propone el desafío de evitar caer en la trampa posmoderna de “abrir preguntas” que cuestionan la ética de lo simbólico en sus mismas bases constitutivas, para avanzar hacia la utopía de decir poéticamente las incógnitas esenciales que suponen la “Verdad necesaria”. Asertivo y poético al mismo tiempo, nos descubre que la suspensión de los efectos imaginarios y mortificantes del lenguaje requiere a su vez de posiciones firmes que en su mismo acto de afirmación permitan evocar con renovado placer y “dolor de existir” los inevitables núcleos indecibles de la condición humana. Transmisión y saber se anudan de modo fructífero, en un libro que no recurre a las conceptualizaciones esquemáticas ni al academicismo de los saberes construidos. Asimismo, no será a partir del recurso a la matematización desubjetivante del discurso que Milmaniene buscará despejar los núcleos imaginarios de sentido. Clínica de la diferencia… apela al sujeto, lo convoca a un ejercicio poético-narrativo portador de un plus de saber que se ofrece generosamente a quien se deja perder en su rica y polisémica trama intertextual. Su texto es en sí mismo una poesía, un acabado ejemplo sublimatorio de cómo puede el universo discursivo evocar las imprescindibles convicciones en un contexto elaborativo que recorre los temas eternos haciendo del acto de lectura un acontecimiento analítico en sí mismo. Milmaniene nos recuerda que la voz del Shofar supone el sin sentido radical y agónico del Padre a partir del cual la Ley se inscribe. Dejémonos tocar por la voz que recorre el texto, que en su sonoridad poética inclaudicable nos devuelve las convicciones esenciales de las “ficciones simbólicas” que una y otra vez hieren auspiciosamente nuestra existencia para recordarnos que estamos vivos y necesitados de escribir con poesía el imperecedero afán de trascendencia que nos anima.

(Fuente: Letra Viva)

Rompiendo el silencio

He pasado mucho tiempo escribiendo sobre el hecho mismo de escribir. La escritura escribiendo un síntoma, rodeando mis nadas y mis noches, tocando lo imposible de significar.
Llevo, sin embargo, muchos meses sin escribir nada en este blog.
Mis manos pesan, retroceden.
La lengua suena en otras geografías, aun sin traducción.
Debo pedir perdón a los que acompañaban el ritmo de los post de trazo freudiano, por este inesperado blanco, y por ese rugir que no alcanzo a escribir… todavía.
Algo surgirá de esta ausencia, y espero reencontrarlos con su generosa lectura, comentarios, intercambio y amistad.
Un abrazo

Tiempo y Amor (segunda parte)

Por Ani Bustamante

Voy a formular una primera pregunta que esbozaré como punto de partida de una larga tarea: ¿cómo es el tiempo en el amor? ¿cómo se articulan acontecimiento y sexuación?

Es necesario que los instantes y las duraciones se pongan en funcionamiento para entrar en cierta lógica temporal que relacionaré al encuentro con el otro. Para esto usaré algunas ideas que Lacan expone en su texto: El Tiempo Lógico o el aserto de certidumbre anticipada.
En él trabaja el tema de la reciprocidad entre sujetos y la manera como el movimiento temporal del otro determina mi propio movimiento y viceversa, en la búsqueda de saber quién soy.

Voy a articular los tiempos lógicos de Lacan a partir de la idea del amor.
Tenemos, entonces:

1) Instante de la mirada
2) Tiempo de comprender
3) Momento de concluir

¿Cómo juegan estos en el encuentro sexual?

Vamos a la escena del baile amoroso:
Pensemos en el movimiento de una pareja y sus primeras señas de amor: al comienzo del baile se requieren estas señas… se avanza, se intuye, luego hay una duda, una suspensión en la que pensamos ¿será que esas señas son para mí, o es que ha pasado una abeja por delante?.. se reinicia el juego, señas van, señas vienen…. vacilación. ¿Por qué lo hace? y así podemos entrar a un circuito infinito, mientras esperamos el dato perfecto, el cálculo infalible. Sin forma de concluir.

El amor se juega en el acto, justamente, en ese acto que pone en evidencia nuestro límite. Una vez bailado y pillado algunos movimientos se realiza la apuesta y se concluye. Este momento de concluir resignifica y reabsorbe los momentos anteriores.

Bajo algunas circunstancias podemos llegar a una conclusión a partir de un INSTANTE DE MIRAR, un golpe de percepción que me de una evidencia obvia. En este caso no hay interpelación al otro, al movimiento del otro (el otro está en condición de estatua a la que se mira congeladamente). Aquí no hay baile, ni movimiento que haga posible un enigma que dispare el deseo.
Podríamos decir que estamos capturados por la mirada, fascinados y congelados, pues no se pone en juego nada de la subjetividad.

Bajo otras condiciones es necesario un TIEMPO DE COMPRENDER para así llegar a un MOMENTO DE CONCLUIR.

EL TIEMPO DE COMPRENDER precisa de una detención para observar el movimiento del otro, que a su vez hace lo mismo con nosotros. Hay un reconocimiento, hay algo en el campo del otro que me dará la clave para saber quién soy. Esto traerá duda, movimiento y vacilación:

Chabuca Granda canta este enigma:

“Como sera mi piel junto a tu piel, cardo ceniza como sera..
Si he de fundir mi espacio frente al tuyo
Cómo será tu cuerpo al recorrerme
Y cómo mi corazón si estoy de muerte»

Luego llega un momento, un momento preciso que hay que pillar, un momento de CONCLUSIÓN. Para poder llegar a esta conclusión hay que dejar de mirar y abandonar la comprensión. Pues ya no hay nada que comprender.
De alguna manera este MOMENTO DE CONCLUIR es como el INSTANTE DE LA MIRADA, pero mediado por el encuentro con el reconocimiento del otro. Mediado por el movimiento, el lapso, el baile, el circuito libidinal.

Concluir es un ACTO en el que ya no se depende del movimiento del otro, y en el que se pone en juego una apuesta. Ahí está el sujeto solo con su acto. Ahí está la soledad del instante.

Como diría Octavio Paz:
avanza, retrocede, da un rodeo
y llega siempre.

Los tiempos del sujeto: Acontecimiento y Amor (Primera Parte)

 

Por Ani Bustamante

Introducir la posibilidad del acontecimiento es lo que interesa en psicoanálisis… y en la vida misma. Como aquello que rompe con la idea cronológica del tiempo, cambiando el pasado e interfiriendo sobre el futuro.

Si tomamos distancia de la línea cronológica que es la de la predicción, el cálculo y el control (anulación del amor, el arte y lo nuevo). ¿Con qué nos quedamos? ¿Cómo entendemos esta vida y sus cruces temporales? ¿Cómo entendemos que de pronto lo que creí haber sido se descoloque en el instante en que me encuentro con el amor, con un impacto estético o con la muerte?

Me interesa trabajar la manera como se puede articular estas dos dimensiones:

a) La duración: como aquello que se sostiene imaginariamente en una línea cronológica continua, predecible y sin fisuras. Que obtura el advenimiento de lo nuevo y por lo tanto nos deja presas de la repetición. Una duración que sería algo así como “un eterno retorno de lo MISMO”, una lógica del calco, de creer que lo que vivo ahora es un calco de mis relaciones tempranas, por ejemplo.

b) El instante: como aquello que introduce lo discontinuo, la irrupción de algo que escapa de una lógica causal, aquello que no entra en las conexiones y el cálculo y que por lo tanto nos puede angustiar y/o abrir a la creatividad. ¿Aquí podríamos pensar en un eterno retorno de lo diferente?

Hace varios años, una frase de Bachelard me inspiró:
“El tiempo sólo tiene una realidad, la del Instante. En otras palabras, el tiempo es una realidad afianzada en el instante y suspendida entre dos nadas. No hay duda de que el tiempo podrá renacer, pero antes tendrá que morir. No podrá transportar su » ser de uno a otro instante para hacer de él una duración. Ya el instante es soledad…”

Este tiempo al que hace referencia Bachelard, como tiempo efímero, como tiempo que se nos va de las manos desvaneciéndose ¿puede relacionarse con la idea de sujeto en psicoanálisis? Es decir, de sujeto en tanto suspendido entre dos significantes, como efecto de un intervalo, como evanescente?

Dice Octavio Paz
lo que pasó no fue pero está siendo
y silenciosamente desemboca
en otro instante que se desvanece. ( piedra de sol)

Lacan en el seminario 11 dice que “La función de algún modo pulsativa del inconsciente, en la necesidad de evanescencia que parece serle de alguna manera inherente: como si todo lo que por un instante aparece en su ranura estuviese destinado, en función de una especie de cláusula de retracto, a volver a cerrarse, según la metáfora usada por el propio Freud, a escabullirse, a desaparecer”

Como contrapartida a esta realidad del instante, de lo efímero y discontinuo, el sujeto de manera natural, intenta mantenerse en una línea diacrónica (entendida como imaginaria) que le permita estar en una lógica predictiva y calculadora que pretenda ver el futuro como aquello que es “posible” que se presente, para luego comprenderlo como “necesario” (evitando reconocer el carácter contingente de un acontecimiento)… ahí estamos cómodos, negando el hecho de que el tiempo puede introducir lo imposible (de pensar o prever) y que puede llevarnos a cuestionar o agujerear el sentido que teníamos establecido.

Así, el encuentro con un acontecimiento contingente es interpretado como “algo que estaba escrito”, como algo necesario, esto calma la angustia que ocasiona aquello que escapa al control y se presenta como imprevisto, no calculable, ni medible. Nuestra tendencia es buscar conexiones que borren el carácter contingente y reintroduzcan una causalidad.

¿De qué manera estas dos tendencias: la del instante discontinuo y la de la duración lineal pueden convivir? Busco una suerte de unidad en la discontinuidad, un cuerpo que cohesione la dispersión de los instantes. Una relación en medio de la “soledad del instante” que postula Bachelard.

Freud en su artículo “El poeta y la fantasía” (1908) postula que es la presencia del deseo la que hace resonar juntos presente-pasado y futuro… estos, dice: “son como las cuentas de un collar engarzado por el deseo”
Esto tiene que ver con la idea de una primera satisfacción de deseo que deja la huella de una pérdida (primera satisfacción del deseo como lugar mítico) que pone a andar el circuito del deseo y que instala una ilusión de un futuro en el cual ese deseo (que por estructura nunca se realiza) se realiza.
Aquí la fantasía de ese cumplimiento de deseo opera como articulador que cohesiona los acontecimientos. Sin embargo creo necesario buscar esos cortes en la fantasía que den lugar a lo nuevo, a lo impredecible. Y no introducirnos en el futuro como mera repetición del pasado (aunque este futuro prometa la satisfacción del deseo)

Badiou dice:
“El tiempo es múltiple en sí mismo. Yo diría que el tiempo es el ser-no-ahí del concepto… para mí resulta esencial pensar la verdad, no como tiempo, o como ser intemporal, sino como interrupción…. No se puede buscar lo verdadero del lado de la memoria”
Porque del lado de la memoria nos encontramos con esta linealidad y este imaginario que tapona. Pessoa decía que preferia el recuerdo porque en él no se veía acotado por límites temporales o espaciales.
Traslado esta idea de interrupción en Badiou a una elaboración lacaniana de la temporalidad basada en los primeros aportes freudianos sobre el efecto retroactivo.

Tenemos dos líneas:
La línea proyectiva y la línea retroactiva

La Línea Proyecctiva tiene que ver con:
La Sucesión
El Sentido único
La Predicción
La Proyección
La Espera

La Línea Retroactiva con:
La Interrupción
La Suspensión
Lo dicho (en el decir) como dimensión de la verdad
El Acontecimiento

Venimos hablando de la duración y del instante, y de cómo ante la necesidad de articular los distintos modos de presentación del tiempo vimos que Freud pone al deseo como lo que engarza. Lacan continuará esta idea construyendo este grafo. Podemos ubicare el acontecimiento, lo inesperado, en la intersección de estos dos tiempos (retroactivo y progresivo) y pensarlo a la manera de Niezsche: como una puerta, una puerta a la que llama INSTANTE y en la que se encuentran dos infinitos: el que viene del pasado y el que va hacia el futuro.
En ese preciso instante, en esa zona de umbral que agujerea el sentido ¿podríamos pensar que el tiempo adquiere carne?

Y aquí me arriesgo a proponer algo: LA NOVEDAD Y LA SECUENCIA DIACRONICA SE ARTICULAN SUBJETIVAMENTE EN EL CUERPO SEXUADO. EN EL AMOR (EL AMOR DESDE EL PUNTO DE VISTA DEL ACONTECIMIENTO)

Propongo esto basándome en que es el agujero la condición de posibilidad del deseo y lo que permite que la libido haga un recorrido en los bordes. Mantenerse en el acontecimiento sin reducirlo a lo necesario de la causalidad es introducirnos en lo imposible, en el encuentro con lo inesperado… lo cual trae tanta angustia, como el mismo hecho de desear, pero es a la vez posibilidad de instalación de la subjetividad en tanto creación de algo nuevo.

Este instante, como tiempo del acontecimiento y como puerta, sería un lugar vacío que sin embargo potencia que algo se concrete, que el tiempo tome cuerpo. Es en el cuerpo donde se anuda el éxtasis gozoso, con las huellas de la memoria, el lugar donde la memoria recorta sus pretensiones absolutas para alojarse en los pliegues de la carne.

Tenemos entonces este cuerpo sexuado, este cuerpo que sufre/goza los avatares del amor. Cuerpo como zona de umbral, como puerta que abre y cierra, que pulsa rítmicamente produciendo el encuentro con lo inconsciente.