Escribir una textura

Por Ani Bustamante

Luego de varios años de indagar en la palabra y sus sentidos, luego de intentar sacarle toda la sustancia al devenir significante, caigo (cómo no iba a hacerlo) en el punto de imposibilidad. Imposibilidad de significar.
En ese punto me alojé, casi para ver y para tocar aquello que el desgastado lenguaje no me podía brindar.
Luego de instalarme en ese punto vertiginoso me di cuenta de que no era viable (al menos si quería sostener una posición no esquizofrénica) navegar en el afuera absoluto. Ayer se lo decía a una amiga: “estas jugando a la nave de los locos de Foucault” y, hoy me pregunto ¿será que este estar por fuera del discurso, ya sea en el exterior absoluto o en el agujero, tiene que ver con “lo” femenino? Lo femenino en tanto lugar que no se sujeta del todo al orden significante, como lugar en el que se pone en marcha un tipo de goce que pasa del falo. Sobre esto escribiré un próximo artículo, aqui sólo intento señalar esta posición que hace borde con el afuera y que puede pensarse desde el lado femenino (siguiendo las líneas lacanianas).
Al encontrar no viable navegar en la nave de los locos, regresé a mis espacios de umbral, a mis zonas de orilla. Releo un texto de Lacan y una frase me captura:

“Entre el goce y el saber, la letra haría el litoral”.

La letra está ahí para no caer en el agujero impensable que se abre cuando se borran todos los límites frente al goce. No tiene significación, pero sostiene. Cuando escribe sobre el litoral, Lacan está pensando en la escritura china que es un arte de vida. Le llamó la atención lo que los chinos llaman Yin Yun que significa caos original y que es ordenado a partir de un primer trazo de pincel:

“El Trazo no es una simple línea. Por medio de un pincel, embebido en tinta, el artista coloca el Trazo sobre el papel. Por su pleno y su perfil, su Yang y su Yin, el empuje y el ritmo que implica, el trazo es virtualmente y a la vez forma y movimiento, volumen y tinte. Constituye una célula viviente, una unidad de base de un sistema de vida” (François Cheng).

Así como este trazo único de pincel ordena el caos, la letra ordena las pulsiones y permite que le significación posterior sea posible.

Aquí me hace falta hacer surgir, del brillo de esta pantalla, una textura opaca que suprima la mirada y la palabra y ponga en juego el tacto. ¿Cómo escribir una textura? es la pregunta que ahora me obsesiona. Pienso en poesía, creo que ella sabe de ese tacto y de esa letra, en la medida en que no se deja domesticar por las reglas de la gramática y es capaz de salir del orden fálico (para mostrarnos ese otro goce)

Entiendo lo poético como aquello que hace nacer algo nuevo, como condición de posibilidad de alteridad, de diferencia. Cómo una manera de tratar el cuerpo, como una manera de hacer cuerpo. Un cuerpo con orillas, con litoral entre el orden del saber y el del goce.
Porque si nos pensamos desde el puro goce estamos perdido, pero, si nos pensamos desde el puro saber, estamos petrificados en un punto tan localizable que ya no se puede devenir otro. Encarcelándonos en nuestras predeterminaciones y en el amo del discurso dominante.

Blanca Varela, la subversión de la letra

Por Ani Bustamante


«Llegamos con la puntual indiferencia del nuevo día
saltando sobre la desgracia con precisión de atletas.
Hemos dormido bajo las estrellas
hemos
perdido el tiempo.»
(Blanca Varela, Palabras para un canto)

Hemos perdido a Blanca Varela, murió ayer después de una larga enfermedad. Su brutal precisión con la palabra, su golpe seco, implacable, nos deja una herida abierta a fuerza de bella poesía y, la tristeza de este día enredando el aire.
Empecé a leerla en la universidad, llevaba un libro conmigo para abrirlo en el primer espacio que Kant o Heidegger dejaran libre. A partir de ese encuentro no pude desligar más filosofía de poesía. No había metafísica, ni existencialismo, ni ser-para-la-muerte, que no se rindiera ante las palabras de Blanca.
Supe que «Ese puerto existe» y que la filosofía que me interesaba tenía como centro un vacío, un entre líneas que sólo la poesía podía rozar. Que el psicoanálisis que me proponía seguir tenía que partir de «la letra», cuyo motivo principal no sea llenarlo todo de sentido, sino imprimir una marca, un trazo, una huella. Para permitir la ausencia y transformarla en poesía.
Este es un personal homenaje a la poeta, mi gran maestra. Te iré a buscar, ya no por las calles de Miraflores o Barranco, sino por librerias, abismos de tiempo y alguna que otra cosa que pueda escribir….

SIN FECHA (Blanca Varela)
a Kafka

Suficientes razones, suficientes razones para colocar primero
un pie y luego otro.
Bajo ellos, no más grande que ellos ni más pequeña, la
inevitable sombra que se adelanta y voltea la esquina, a
tientas.
Suficientes razones, suficientes razones para desandar,
descaer, desvolar.
Suficientes razones para mirar por la ventana. Para observar
la mano que cuenta a oscuras los dedos de otra mano.

Poderosas razones para antes y después. Poderosas razones
durante.
La hoja de afeitar enmohecida es el límite.
Lasciate ogni speranza voi ch’entrate.
No se retorna de ningún lugar. Y la regla torcida lo confirma
sobre el aire totalmente recto, como un cadáver.
Y hay otras.
Palidez, sobresalto, algo de náusea.
Misterioso, obsceno chasquido del vientre que canta lo que
no sabe.
La luz a pleno cuerpo, como un portazo. Adentro y afuera.
No se sabe dónde.
Y las demás. ¿Existen?

Infinitas para la duda, evidentes para la sospecha.
Dejarse arrastrar contra la corriente, como un perro.
Aprender a caminar sobre la viga podrida.
En la punta de los pies. Sobre la propia sombra.
No más grande que ellos ni más pequeña.

Uno, dos, uno, dos, uno, dos, uno.
Uno atrás, otro adelante.
Contra la pared, boca abajo, en un rincón.
Temblando, con un lívido resplandor bajo los pies, no más
grande que ellos ni más pequeño.
Tal vez, tal vez la estancada eternidad que algún alma
inocente confunde con su propio excremento.

Malolientes razones en la boca del túnel.
Y a la salida.
A la postre tantas razones como cuellos existen.

Defenderse del incendio con un hacha. Del demonio con
un hacha, de dios con un hacha.
Del espíritu y la carne con un hacha.

No habrá testigos.
Se nos ha advertido que el cielo es mudo.

A la más se escribirá, se borrará. Será olvidado.
Y ya no existirán razones suficientes para volver a colocar
un pie y luego el otro.
No obstante, bajo ellos, no más grande que ellos ni más
pequeña, la inevitable sombra se adelantará.
Y volteará la misma esquina. A tientas.

Pessoa, Vila Matas y la pasión por desaparecer

Por Ani Bustamante

Lejos de las tesis narrativas que proponen que la escritura es un dispositivo que permite la integración del yo, Fernando Pessoa muestra como, a través de ella, el yo se desgarra y multiplica, generando un universo de personajes, cada uno de los cuales con personalidad y literatura propia. Asi pone en juego la experiencia de la otredad en uno mismo, juego que, en el caso Pessoa, es literario y no un brote esquizofrénico. Es interesante ver el punto en que locura y escritura se cruzan, punto en el que, si ponemos los dos pies, probablemente caigamos en el abismo de la identidad.

Hace unos días terminé de leer el Doctor Pasavento de Enrique Vila Matas, el libro me capturó desde la primera página, ni bien empecé a leerlo me encontré con la pregunta: «¿De dónde viene tu pasión por desaparecer?». Me sentí involucrada, cuestionada, pues el pulso de esta pregunta ha acompañado mi investigación sobre la obra de Pessoa. Para mi era motivo de celebración el encontrarme con un libro que inicia su ruta con una interrogación que invita a caminar por los laberintos del Libro del Desasosiego en el cual Pessoa ensaya ese devenir-otro, esa despersonalización que luego explotará y tomará forma de obra heterónima:

«Yo, realmente yo, soy el centro que no hay en todo esto sino como una geometría del abismo; soy la nada en torno a la cual gira este moviemiento sólo por girar, sin que ese centro exista por otra razón que no sea la de que todo círculo lo tiene. Yo, verdaderamnete yo, soy el pozo sin paredes, pero con la viscosidad de las paredes, el centro de todo con la nada en torno» (El Libro del Desasosiego)

La escritura, como movimiento de significantes alrededor de un abismo, es un asunto trabajado por Lacan y cuya puesta en acto encontramos en escritores como los aqui citados. Esta escritura, en su devenir, produce otredades. De tal manera que al terminar una línea encontremos que lo escrito no es nuestro, que es de un otro que habita en nosotros. Sabemos con el psicoanalisis que eso ‘otro’ es justamente lo inconsciente, aquello íntimo que, sin embargo, nos es ajeno. Vila Matas, con su Doctor Pasavento busca un ‘escribir para ausentarse’, para dejar atrás el nombre que lo predetermina etiquetándolo entre los vapores de la fama y la imagen. Ausencia que, sin embargo, tiene como revés, la búsqueda de un otro reconocimiento.

 Vila Matas hace un recorrido delicioso por ese hilo que a traves de la historia ha ido tejiendo y destejiendo la idea de identidad. Desde Montaige y la aparcición del sujeto moderno construido a partir el ensayo, hasta Walser y la escritura de la desposesión, lo insignificante y la desaparición.
La escritura será el eje de esta novela, la escritura y su imposibilidad. Imposibilidad, también, de encontrarnos como seres humanos completos. Es precioso ver el tejido que hay entre identidad y escritura, resaltar cómo en estos tiempos, asi como el libro ya no es más un ‘libro cerrado’ como unidad completa, sino más bien, libro abierto y diseminado, el sujeto es vivido de similar manera, abierto, plural y fragmentado -este asunto lo trataré en un próximo post-

Fernando Pessoa y Vila Matas nos muestran la desaparición del sujeto como intrínseca al acto de escribir. La paradoja consiste en que ahí en donde el yo desaparece, irrumpe un otro (otro de lo inconsciente) para escribir algo que irá rodeando siempre los agujeros de la realidad. La escritura, como el camino, no pueden separarse del abismo, como dice Vila Matas en una entrevista en el blog de Kevin Heredia:

El abismo, en una primera lectura, suena como si fuera el final del camino. Pero cada vez estoy más convencido de que el abismo es el propio camino. Es decir, que no hay camino sin abismo.


¿Yo me llamo todos los días igual?

Por Ani Bustamante

Lunes por la mañana, ella amanece con una luz blanca y un recuerdo inventado en la memoria. ¿cuál es el hilo invisible que sostiene la continuidad de la identidad? El cuerpo es joven, el alma sin puntas para marcar los días. La lengua insípida deja el bello cuerpo desnudo y crudo, justo para ser presa de los goces mortíferos que arrasan con los nombres.

Al final, un campo abierto y la piel descolgando en pliegues.
Al comienzo, una habitación con luz, la búsqueda de una huella para empezar la ruta. Ausencia.

Al final, la mirada vidriosa, el paso frágil y lento. El cuerpo cayendo al abismo de la nada.
Al comienzo, la mirada brillante, el foco enceguecedor de un sueño húmedamente embriagador, el paso rápido, el cuerpo elevándose en la nada.

En el medio, la vida adulta y sus preocupaciones cotidianas. La estabilidad.


La semana pasada conversaba con los ancianos de una residencia en Madrid, los cuales fueron llegando a la reunión a regañadientes pues preferían quedarse viendo televisión o simplemente deambulando con el vuelo de una mosca. Sin embargo fueron llegando, poco a poco, despacito, arrastrando los pasos caídos más por el peso de la depresión que por el tiempo. La poeta recobraba el aliento al hacer oír su voz y su ritmo a los compañeros. El viejo decepcionado de la vida dijo: “yo me llamo todos los días igual”, mientras yo me preguntaba por ese nombre y esa huella… ¿qué sostiene el gastado hilo que recorre la supuesta identidad?

Una voz y un nombre.

Nada.

En el reverso Ellos, jóvenes y bellos responden al sin-sentido de la vida pinchando su elástica piel y mezclando sus hormonas con pastillas alucinadas. ¿Por qué creyeron que el amor haría las cosas más fáciles? se preguntaba ella.

En una semana presencié el encuentro de la adolescencia y la vejez a través de una película ferozmente bella “Better Things” de Duane Hopkins. En ella, con espléndida fotografía y gran uso del silencio, el director va desgarrando los velos imaginarios, los espejos, las identidades, dejándonos en una nada, que es cuerpo desprovisto de símbolos, que es cuerpo para la muerte y para el consumo.

¿Yo me llamo todos los días igual? ¿Todos los días igual?

Colegios, Residencias… lugares de normalización. Lugares para “todos igual”, donde el nombre no es creación íntima y peculiar, sino el sello determinante que viene dado por un Otro. La pasividad del viejo que es nombrado y clasificado “todos los días igual” se contrasta con el movimiento de otro viejo que un día entró en mi vagón de metro. Medio descuidado, medio delirante, se sentó a mi lado. Su cuerpo un tanto inclinado hacía adelante mirando la ventana del frente a la entrada de cada estación. De pronto la voz de una maquina sale por los altavoces del tren anunciando el nombre de la estación, ese día estábamos llegando a “noviciado”. El viejo, atento y mirando el cartel con el nombre, hablaba solo y decía: “¿no-viciado? claro, sin vicio, porque aquí no hay vicios… lo dice ahí: NO VICIADO, no viciado, no viciado”. Se le veía muy satisfecho, con su nuevo nombre y sus fachas descuidadas. Con sus fechas alborotando la línea del tiempo.

Los trazos de una ciudad: Chabuca Granda, Walter Benjamin, Fernando Pessoa

Por Ani Bustamante

“Y, si la oficina de la Rua dos Douradores representa para mi la vida, este mi segundo piso, donde vivo, en la misma Rua dos Douradores, representa para mí el Arte. Sí, el Arte, que vive en la misma calle que la Vida, aunque en un sitio diferente, el Arte que alivia la vida sin aliviar el vivir… Sí, esta Rua dos Douradores encierra para mi todo el sentido de las cosas, la solución de todos los enigmas, salvo el hecho de la existencia misma de los enigmas, que es lo que no puede tener solución” (Fernando Pessoa, El Libro del Desasosiego).

Ayer estuve intercambiando con amigos en España versiones diversas de La Flor de la Canela de Chabuca Granda. Ante mi necesidad de explicarles las sensaciones y los olores limeños se me ocurrió mandarles videos y canciones de Chabuca. Mis amigos dejan que les cuente y que en ese contar descubra los olores de canela sobre mi piel. Ahora que aún perfuma el recuerdo y que vivo apasionada por los signos y caminos de cada ciudad. Ahora que ya pasié Lisboa de la mano de Pessoa, y recorrí los pasajes parisinos con Benjamin, ahora… contándoles y cantándoles a mis amigos la Flor de la Canela, me doy cuenta de esos hilos que trama lo inconsciente y que van dibujando el camino de nuestros afectos, nuestros deseos y opciones vitales. Y luego de las ruas en Lisboa y los pasajes en Paris, (re)encuentro a esta narradora peruana de los caminos, las flores, los olores, los puentes y ríos, de los balcones limeños, los faroles, las casonas, y todos esos aromas de mixtura que Chabuca nos sabe contar. No sabía, no sabía que ese caminito alegre con luz de luna o de sol que he de recorrer cantando por si te puedo alcanzar… alcanzaba, en su cadencia, el ritmo de mis pasos.

Estas son marcas que caminamos sin pensar. Benjamin nos propone acercarnos a la arquitectura de la ciudad como a una semiotica en la que podemos encontrar en la materialidad de las calles, pasajes, luces y demás detalles la expresión de un inconsciente. La fisiognomía muestra en lo particular del detalle externo, una dimensión interna. Benjamin propone esta exploración concreta de lo cercano, de aquello que está al alcance de la mano y que en su materialidad es capaz de abrir una dimensión profunda de la historia y del deseo. Así como Benjamin, Proust nos muestra la memoria evocada desde el sabor de una magdalena y Chabuca el olor de los jazmines, el jacarandá y la canela como disparadores de un ensueño que evoca la memoria.
Este carácter material a partir del cual se abre el tiempo y el espacio podemos vincularlo a algunas líneas psicoanalíticas como por ejemplo las que aparecen con el concepto de rasgo unario. Este es una marca constitutiva del sujeto que otorga una singularidad que está ahí previa a la significación, emparentada a las pulsiones y al cuerpo. Este primer trazo, que es pura materialidad ausente de sentido, sirve como soporte para que la ruta significante abra camino. Lacan apunta a esto cuando plantea la necesaria demarcación de la “letra” como lugar en el que algo de lo imposible de simbolizar en el sujeto sea señalado, circunscribiendo su materialidad como punto a partir del cual algo pueda trazarse. Esto lo compara con el trazo chino:

“El Trazo no es una simple línea. Por medio de un pincel, embebido en tinta, el artista coloca el Trazo sobre el papel. Por su pleno y su perfil, su Yang y su Yin, el empuje y el ritmo que implica, el trazo es virtualmente y a la vez forma y movimiento, volumen y tinte. Constituye una célula viviente, una unidad de base de un sistema de vida” Cheng, François; Lacan y el pensamiento chino.

La letra, con su son, su cadencia y su ritmo, toca una materialidad que araña nuestro cuerpo y los misterios de sus formas de gozar. A esto sólo se puede llegar con la palabra poética. En los últimos tiempos descubro que, con Chabuca Granda, tenemos la descripción de una Lima que, no es sólo anécdota, sino que contiene trazos que atraviesan a los que nacimos en esta mixtura limeña de sabores y colores. Creo que hay algo de nuestra historia y de nuestro espacio que no puede ser pensado, el impasse lo sentimos en diversas problemáticas de poder, racismo y violencia en Lima. Hay una ruta que propone Benjamin y que sigue Chabuca, a ella tenemos la posibilidad de acercarnos para olfatear las calles y los rincones, escuchar el pulso y la cadencia. Colocar algunas puntuaciones necesarias. Saborear, disfrutar y saber hacer uso de un buen gozar.

Lima, un mapa

Por Ani Bustamante

Llegar a Lima en pleno invierno, húmedo y gris, redescubrir sus costas y su acento es una experiencia que he decidido volcar hoy en algunas palabras, quizás porque el cuerpo a cuerpo con mi ciudad me sobrepasa.
Pienso en Lima como en un mapa, y no puedo evitar empezar a dibujar mi deseo en él, así, entre la gastronomía (orgullo nacional) y el añorado mar, me interrogo por el lugar que ocupa el psicoanálisis en este país.
De pronto, entre bienvenidas y preguntas, surgen sugerencias proponiendo formulas para el éxito y la pose. En medio de un país que intenta resurgir y tener voz propia, las preocupaciones por el estatus disuelven las singularidades. Grupos cerrados, discursos trasnochados sobre la pertenencia coagulan identificaciones que nos tornan viejos aislados en sus sueños grandiosos.
Pensar es perderse continuamente, como diría Benjamin: “importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje.” Y es este el aprendizaje que creo, debemos intentar. Pensar, decía, es perderse, perder las propias identificaciones, perder la idea sólida que tenemos de nosotros mismos (como un yo narciso y solo) y de lo que creemos nos pertenece.
Estoy intentando aprender a perderme en mi ciudad de origen.
Hablar sin predeterminar el discurso a un a priori doctrinario ¿será posible? En todo caso sacudirme el polvo (si es que todavía no se han creado rocas y piedras inútiles) y pasear un poco, hablar buscando una diferencia, escribir para perder.

Poética en psicoanálisis

Por Ani Bustamante

La palabra en psicoanálisis tiene la peculiaridad de ser aquella que cumple la función de constituir al sujeto. Es una palabra que, en su decir, va bordeando lugares no representados. Palabra capaz de mantener la oscilación propia de lo humano haciendo, de ese movimiento, un desplazamiento deseante. Esta palabra, por lo tanto, crea un lugar, demarca un territorio, hace frontera y despliega significantes. Y este movimiento es pues, lo que a mi modo de ver, genera subjetividad.

Así, el lugar del sujeto, en tanto sujeto del inconsciente, está en relación a su posición deseante y a la manera como se articularán este deseo con la ley y los límites. Este lugar es el que marca el itinerario de nuestra vida y de nuestros vínculos. Lugar que no responde a la lógica de la razón sino a un rasgo característico y no estandarizable de cada ser humano, este es: su peculiar forma de gozar.

El goce a diferencia del placer, pide siempre más. No es descarga sino carga pulsional que no acepta límites y que, de no ser acotada lleva hasta la muerte. Es por esto que el goce deviene dolor, siempre instalado en el cuerpo. El deseo, por otro lado, responde al orden simbólico, está modulado por la mediación de la palabra, supone límites y da acceso a la posibilidad de sublimación.
Uno de los aportes de Lacan consiste en entender las producciones inconscientes como aquellas que generan goce, es decir, como aquellas que pretenden ir siempre más allá del principio del placer. El sujeto pues, se construye en la medida en que pueda transformar la violencia del acto en sublimación subjetiva y la crudeza pulsional en erotismo.
El trabajo en psicoanálisis implica el reto de ligar la palabra con la sexualidad. Así nos encontramos haciendo trama entre sentido y sinsentido, tejiendo palabras que hacen borde con lo irrepresentable y desde allí, adquieren dimensión erótica y significante. Las preguntas que se abre son las siguientes: ¿Cómo es ese decir propio del analista? y ¿cómo se puede llegar con la palabra poética a tocar el cuerpo de la pulsión?
Un punto importante que introduce Lacan es el descolocamiento del eje del sentido, para darle un lugar fundamental al sin sentido. Así la tensión entre ambos es generadora de movimiento y creación. Para el ser humano la búsqueda de sentido es inagotable, la cadena significante puede desplazarse hasta el infinito si es que no aceptamos un corte que detenga el desplazamiento para brindarnos un significado provisional, siempre incompleto (la forma y el momento de colocar el punto es lo que retroactivamente da un significado a la cadena). El sentido recorre y abre nuevas rutas, se pierde para volverse a retomar, se cierra y se abre y en ese latido se introduce un lugar y un tiempo para el sujeto.
Es por lo tanto importante darle un lugar a aquello que esta fuera del sentido en el texto de un paciente, sin intentar otorgarle de inmediato una interpretación, sino más bien mantener un momento de vacilación, de incertidumbre en donde aquello que no hace cadena, que no hace sentido, sobresalga, resalte, como un trazo material que hay que reconocer para, a partir de él, construir. Oír entonces ese ritmo dado por la puntuación, señalar esa métrica que, tartamuda, muestra un tono, y… seguirlo.
Dejar que la letra, como materialidad del lenguaje carente de significación, tenga un lugar y pueda ser acogida en ausencia de significación.
(Allí donde no hay significación se instala un goce muy particular)
Esta letra-cuerpo, esta letra-goce, es el asiento pulsional (que nunca accede a la representación) a partir del cual creamos sentido.
Lo que descubre lacan es que solo con la interpretación, con la búsqueda de desentrañar contenidos ocultos, no se logran cambios profundos en el paciente. Es decir, la comprensión de lo que acontece en la vida, el llenar todo desde lo simbólico, no solo no logra modificar la posición del sujeto sino que puede hacer, con él, alianza obsesiva.
Es pues un pensamiento marcado por la paradoja, el sentido trae su sinsentido, la cadena significante se desplaza abriendo camino, atravesando las posiciones rígidas de un yo que no quiere salir de si-mismo. Este trabajo metonímico, es decir de desplazamiento constante, es el que caracteriza al inconsciente, y lo podemos descifrar en la estructura misma del lenguaje.
Ahora bien, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de sin-sentido?
El sentido siempre se nos escapa, se desplaza en una metonimia buscando significantes nuevos, no se queda pues capturado en ningún significante. El sentido así como el deseo están siempre en fuga: “la fuga de sentido es una propiedad de estructura de sentido” (Miller) y esta fuga nos hace oscilar dentro y fuera del orden simbólico. Colocarse en una posición exclusivamente simbólica, interpretativa, es llevar la cadena significante hasta el infinito, pues siempre hay algo más que decir, algo más que interpretar
(*problema del “análisis interminable”).
Por ello es importante darle un lugar en la clínica a aquello irrepresentable. Freud explica esto cuando dice que hay una dimensión imposible (de representar) en el sueño, a la que llama: “ombligo del sueño” y cuando nombra como “roca viva del inconsciente” a aquello que marca un límite en el análisis.
A pesar de no darle un claro lugar teórico, Freud nos deja sus intuiciones acerca de esta materialidad del lenguaje cuando afirma que el relato de un sueño es un “Texto Sagrado” que debe ser tomado en forma literal.
Ese lugar al que no podemos llegar con la razón, está inscrito sin embargo en lo psíquico a la manera de una huella, a la manera de un trazo, pura letra, que insiste, que se repite una y otra vez, en este mecanismo propio del inconsciente que es la repetición y que tiene que ver con aquello que no es representable pero que desde su materialidad pulsional regresa… como goce, como dolor, como muerte.
La letra para Lacan es el significante fuera de su función de producir significaciones, la letra es aquello que tiene consistencia material. Es aquello que retorna y se repite, insistiendo en inscribirse en la vida del sujeto.
Vayamos al aporte de Julia Kristeva sobre el estatuto material del lenguaje: para ella es importante analizar en el texto del paciente tanto el sentido y la significación, como aquello que se captura a través de la voz, del tono, del acento, y que llama “materialidad del lenguaje” (la letra para Lacan)
Esta dimensión material se encuentra de manera privilegiada en la poesía. Así Kristeva dice: “El lenguaje poético interrumpe el significado o, al menos, permite toda una variedad de nuevos significados e incluso nuevas formas de comprensión”. El lenguaje poético interrumpe e irrumpe en el significado creando una fuga de sentido.
Insisto en que la palabra analítica no tiene como única finalidad la comprensión, ni siquiera la metaforización de los contenidos psíquicos, ni de los síntomas. Insisto en que lo peculiar del trabajo analítico es darle un lugar a eso que no es representable que se arraiga en el cuerpo y que toma forma de síntoma o de goce.
Si nos adentramos en esta paradoja que se instala en el momento en el que el sentido fuga y se encuentra con el sinsentido, casi como en reversibilidad, podemos abrir una zona que llamaré “intervalo”. Este intervalo sería el lugar en donde surge el erotismo.
(Así, de la misma manera como Winnicott propone un “Espacio Potencial” en donde se estructura el self desde el juego, yo propongo una “Zona de Intervalo” en donde se construye el sujeto desde el erotismo)
Barthes explora bellamente este lugar que les propongo:
“¿el lugar más erótico del cuerpo no está acaso allí donde la vestimenta se abre?… es la intermitencia, como bien lo ha dicho el psicoanálisis, la que es erótica: la de la piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el pulóver), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga); es ese centelleo que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición-desaparición”
Y así como la vestimenta se abre, el lenguaje también lo hace, produciendo erotismo. Erotismo ENTRE la palabra que llena de sentido y la palabra-letra que escapa de toda significación. Erotismo que surge cuando al abrirse el lenguaje cual polifonía, rodea la desnudez del sinsentido, creando modulaciones de una belleza tal que hace temblar al sujeto sexualizándolo.
Es esa aparición-desaparición la que está en juego en psicoanálisis, la tensión entre ser y no ser, el intersticio que da paso a lo nuevo, que irrumpe fuera del control del yo. Aparición-desaparición del sentido, que hace oscilar al sujeto, haciendo de la oscilación un ritmo que genera movimiento y transformación.
Traigo aquí la poética como manera a través de la cual el terapeuta accede a esa zona de intervalo en la que el sujeto se construye (y deconstruye) anudando sexualidad y deseo con razón y lógica, de tal manera que no queden deshilvanados produciendo los serios desordenes y fragmentaciones que vemos en la clínica.
Lo que importa es descubrir cual es la forma particular con la que cada paciente configura sus goces, esa arquitectura es la que constituye su subjetividad y nada tiene que ver con una arqueología racionalizante exenta de la dimensión sexual. El discurso tiene la función tanto de dar sentido como de vérselas con el vacío y con lo irrepresentable. La manera como el sujeto se relacione con este vacío, es decir con su condición incompleta es lo que se explora en el lenguaje.
Lenguaje y goce se relacionan de la siguiente manera:
El goce de dar sentido es llamado por Lacan: Goce fálico[1]. Este tiene que ver con la creación de una cadena que conecte significante tras significante, dando consistencia simbólica.
El goce de estar fuera de sentido es llamado: Goce del Otro. Este goce da la espalda a lo simbólico y se arraiga en el cuerpo. Es el lugar de la perversión.
La palabra en psicoanálisis transita por estos goces, anudándolos. El paciente llega a consulta con su versión singular (con subversión) inconsciente, y nos muestra sus síntomas. La propuesta analítica es la de recorrer, como un hilo a través del tejido del lenguaje, el texto del paciente y anudar sentido con sinsentido, palabra con cuerpo. La costura adecuada permitirá que lo pulsional alcance el lugar del deseo y por lo tanto que el sujeto desplace su posición en un devenir deseante, que es a su vez devenir creativo, social y vincular en la medida en que pone en juego una palabra que circula y hace lazo.
Al goce del fuera de sentido se amarra el goce de dar sentido. En esa articulación se produce un momento de sublimación y una renuncia a la búsqueda del Todo y lo Imposible.
Julia Kristeva dice:
“El acto de nombrar implica abandonar el placer y el dolor de la identificación carnal, de la textura carnal”
Y este nombrar del analista lleva en sí articulados dentro y fuera de sentido. Palabra en análisis que rasguña la significación a la vez que late, suspira, corta, colocando al analista en ese borde necesario para llegar a la textura mas profunda del paciente y tejer en ella la piel con el deseo y la palabra.
Kristeva sigue:
“al sentar estas palabras, al repetirlas, al puntuarlas, les damos una consistencia de símbolos cosificados, las acercamos a las representaciones de cosas… el análisis trabaja primeramente juegos sensoriales, después palabras: pero palabras-placeres, palabras-cosas, palabras fetiche. Para calificar esta nominación a la que el terapeuta se abandona, podemos decir que es un arte de producir, partiendo de la carne de los signos, objetos transicionales”
Estas palabras hacen pliegue y permiten llegar al cuerpo del síntoma, ese síntoma que va mostrando la manera singular que tiene el sujeto de gozar y de asumir la castración. Estas palabras hacen pues, transitar de lo obsceno a lo sublime, modelando la pulsión y accediendo al deseo.
La sublimación atempera la descarga obscena pulsional a través de un impacto estético. El efecto del lenguaje poético es la irrupción de la belleza que se introduce allí en donde el sujeto se pierde, desaparece en un exceso de goce, en un exceso de sin-sentido, que termina siendo una cara de la muerte. La belleza es pues ese instante en el que lo insoportable puede sostenerse y volverse obra.
Rilke dice:
«Pues la belleza no es nada sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente desdeña destrozarnos…»
Es esta terrible-belleza (oxímoron que muestra el anudamiento vida-muerte, dolor-placer) la que a través de la poesía puede sostenerse. La belleza es, el momento justo de la sublimación, cuando en es ese centellear, ese parpadear podemos darle un lugar a lo terrible en tanto envuelto por la capacidad poética y moduladora del lenguaje.
Kristeva dice sobre esto:
“La belleza, por ejemplo, sería necesaria para el crecimiento psíquico y para la eclosión de los pensamientos, pero no puede existir mientras el analista que conduce este proceso no sea capaz de crear, por su propia cuenta tanto como por la del otro, una belleza y un goce similares”
El analista tiene, pues, que ser capaz de explorar la forma como estructura su propio goce y, darle lugar a esta belleza que surge cuando el síntoma se transforma en obra.
[1] Para Lacan el significante fálico es el que funciona como eje, organizando la cadena significante.