Ciudades Heterónimas

Por Ani Bustamante

En medio de saudades, de cartas que evidencian lejanías y afecto, veo dibujarse entre ausencias y letras, una suerte de personaje-ciudad. Hoy desperté con una cartografía que me llevó a caminar por Corrientes, cruzar Gran Vía y llegar hasta malecón Armendariz. Una vez ahí, frente a mis bordes limeños, decidí continuar, con paso lento, para sentir en los pies la textura de la extrañeza de las olas al rozar la playa de la infancia.

Seguí caminando mirando al mar de reojo, un sonido llevó mis pupilas a llenarse de azul para  divisar un barco que llevaba consigo una banda de músicos delirantes.

Terminé el desayuno,

ya sin galletas ni mermelada, mis manos vacías buscaron el cotidiano ejercicio de las teclas, el sonido y las palabras.

El buzón de entrada trae noticias Argentinas.

Es evidente el espacio que se abre entre el muelle y el navío, y en él invento una ciudad con fragmentos de las ciudades queridas, recorridas. Una ciudad que, así como yo, es muchas. Con puentes, ríos y alamedas construidos entre aviones y cartas.

Me pregunto por lo que inspira a formar esta recolección de fragmentos urbanos que es una manera de ganar territorios… perdiéndolos.

Una manera de territorializarse a costa de desterritorializarse.

La lógica del no-todo parece asomar.

Me faltan palabras para dar cuenta de esta sensación. Para dar, lo que no tengo.

Me faltan.

Asomo por la ventana buscando nuevos aires.

Pasa por Larco un hombre perdido, se le ve joven e inquieto. Camina con un pie en la vereda y otro en la pista. Mira hacia arriba y toca mi mirada, señala un afiche que dice: “despenalizar la marihuana” y dibuja cenizas con sus manos.

Miro hacia dentro del cuarto, está encendido el fuego sagrado de la música.

-Tenías razón Lucho,  digo entre cita y cita, qué bien suenan las cuerdas cuando la loca sale a escena.

¿La loca? ¿quién es ella que habita en los intersticios? ¿dónde vive?

– Un quieto fingidor de árbol, dice: ella vive en el volcán.

Mientras las cenizas pluralizan la tierra una, en ciudades de fuego, en suspiros de España, en Aires del puerto de Lisboa.

pliegues de tiempo con piel



De la frontera al pliegue, hago un giro conceptual, generando, re-generando, géneros.
Se trata del espacio, del lugar que ocupa un cuerpo en devenir y de este giro conceptual que me lleva a pensar lo profundo como superficie: “lo más profundo es la piel” dice Paul Valery, y yo, recorro superficies y giro.
¿Cómo es que se construye un yo? y, ¿A través de qué mecanismos yo devengo otro?
Hacer de la frontera un pliegue, un pliegue que se desliza en un plano de inmanencia, un pliegue que va creando interioridad y exterioridad a partir de las modulaciones que crean sus movimientos.

No hay nada que descubrir, no hay arqueología posible para desenterrar lo profundo. Lo profundo es la piel, he dicho. Y el adentro es un pliegue del afuera. Como la nave de los locos de Foucault, este encierro de la locura en el afuera absoluto del océano. El afuera absoluto. El pensamiento del afuera. ¿Qué sería de un yo sin un afuera? ¿Sin lo abierto que en su extremo deviene encierro? Yo soy un otro, y pienso con Pessoa que “somos algo que sucede en el entreacto de un espectáculo”.
No el espectáculo, sino el entre-
Acto que hace pliegue, pliegue que es movimiento. Superficie, piel.
Hago un giro conceptual,
¿Género?
Un pliegue en el cuerpo. Ser mujer, abrirse hasta navegar el encierro, hasta la locura.
Un pliegue, mujer, espacio.
Un pliegue, carne, huella, muerte, tiempo.

Me pidieron que escriba, cuando no podía hacerlo.
Escribir
No puedo
Nadie puede
Hay que decirlo
No se puede
Pero se escribe
Una y otra vez regresa este párrafo del libro “Escribir” de Marguerite Duras. Una y otra vez, ese compás de imposibilidad, de generar algo desde la imposibilidad… yo, genero.

El café comercial, Madrid. Un encuentro para la tarea compartida de analizar la disgregación del sujeto a partir de “Escribir”. Raquel obsesionada con la lectura adorniana yo, intentando Lacan.
Raquel escribe desesperadamente, hojas y hojas alrededor del café y los cigarros, todo es humo en el aire del Comercial. Humo y calor, voces que se mezclan con el olor a churros y tiempo. Diarios y tertulias, habla madrileña compulsiva, acelerada, atropellada.

       la muerte de una mosca es la muerte, ahí está la fuerza del materialismo filosófico. Todo el universo se concretiza en esa mosca muerta.
Yo estoy pasmada, antimetafisicamente pasmada. Momento para reir.
La muerte y punto.

Escribir, no se puede. Pero escribimos.

A través de la ventana se abre la ciudad, desde la esquina del Comercial, la Glorieta de Bilbao, la boca de metro, el Kiosco de la esquina. Uno se puede pasar horas mirando el movimiento anónimo. El camarero llega con las cartas, no hay espacio en la mesa.

– Yo no puedo comer nada que tenga ojos -dice Raquel-  así que venga, un pincho de tortilla.
Raquel encuentra siempre un argumento provocador ante las decisiones límite en la vida.
– un mixto de jamón y queso, pido yo, sin pretensiones políticas.
Comimos, escribimos, tejimos permanencias.


Madrid se despliega vertiginosamente a través de frases y de encuentros, a través de bares y de calles. La barra de un bar, dijo Cristina, es ese pliegue del que tu hablas Ani, ¿te das cuenta? Ahí están moebianamente lo público y lo íntimo. Lo más extraño y anónimo enlazando discursos, tejiendo continuidades, creando intimidad. La barra de un bar es el umbral donde la embriaguez hace razón.

– Vente un año sabático aquí, a escribir la tesis
– Eso es lo que quiero
– No te olvides de lo que dice Blake: “aquel que desea y no actúa, engendra peste”.

Escribo.


Tengo una obsesión por los pliegues que me recuerda la frase de Barthes: “Padezco una enfermedad, veo el lenguaje”.
Pliegue-espacio
Pliegue-Tiempo
Pliegue-sexo-muerte


Escribo.

Algo sucede en el entreacto y empieza a llover. Una llamada en medio del espectáculo académico, y todo el saber se hace trizas. La muerte tiene cara de mujer. La muerte obscena irrumpe en Madrid.

Escribo.


Entro y salgo de la clase de Marinas, intento frenar a la bestia. Quiebro las alas metafísicas.
La muerte de una mosca es la muerte.
Entro al salón de clases, algo hace sentido, un coqueteo poético, la agudeza de Marinas, retomo el texto, le saco punta a las palabras.
Punto.
Cuando empieza a llover ya todo ha terminado, camino por las calles sin paraguas, solo lluvia y  piel.


Luego, escribo.

Caminar por las calles, como por un texto que se lee a sobresaltos, teniendo a la vuelta de la esquina la extrañeza de un instante. Escribir como quien camina por una ciudad nueva y descubre, en la siguiente palabra, que ya no es uno quien escribe, que Yo dejó paso a lo Otro para, irremediablemente desaparecer. ¿Qué sucede entre palabra y palabra?  Un intervalo doloroso diría Pessoa.

Fernando en la Rua Garret me espera atemporal y poeta. Yo me dirijo a él desorientada, timón en mano de un auto cuya dueña, copiloto, duerme sin imaginarse que hemos pasado de largo la entrada a Porto y tomamos autopista a Lisboa. Sin planos, sin planes. Solo la noche, un disco de fados acompañando y, el sueño cómplice de una amiga.
Lisboa esta hecha para perderse, las calles, curvas, señales, todo te va llevando al lugar que menos te imaginas. Ella decide, tú debes pactar.

Yo pacté para llegar hasta el poeta. Lisboa guió mis pasos a cambio de unas alas metafísicas rotas que llevaba en la cartera.
Hasta ahora me pregunto qué es lo que haría Lisboa con mis alas. Yo con el poeta aprendo antimetafísica.
Una tarde conversando sobre filosofía me dijo: piensa en esto no como quien piensa, sino como quien respira.
Y respiré. Y pensé en eso, y lloré.
Es cierto que cuando me lo dijo, Fernando tenía una sombra en el rostro, una otredad en la voz. Es cierto también que cuando lo escuché, se abrió algo en mi piel, un pliegue quizá, no sé, pero ya no eran necesarias las alas.
Por cierto ¿qué haría Lisboa con ellas?

Creo que Fernando y Lisboa se citan algunas noches de verano, Lisboa le canta fados eternos, le muestra las alas, lo pierde en sus curvas. Fernando se abre en heterónimos para recorrer, a la misma vez, las calles y los vientos, los muros y las sombras, con cuerpo, con mar, con saudades.

Lisboa pertenece al afuera, Lisboa se hunde en el Tajo, Lisboa me lleva hasta el poeta.

Volver a Madrid luego de un encuentro así no puede ser fácil. El camino se cierra, las pistas pierden los colores y el puente Vasco de Gama parece desaparecer entre la lluvia que se desata al iniciar el día. Una vez que conseguimos dar con el puente, cruzarlo nos tomo minutos que se volvieron horas, que se volvieron días. Fueron como tres los días  que transcurrieron cruzándolo, las aguas modulaban olas y tiempos por debajo de nosotras.

Yo tenía en Madrid una cita con el secretario de la facultad de filosofía, sin embargo a esa hora seguía atravesando el puente Vasco da Gama, un puente que no cree en el tiempo. Timón en mano, sin conducir nada. Regresar a la temporalidad con las manos vacías resultaba mas complicado de lo que los versos de Pessoa mostraban.

Mi amiga no dejaba de hurgar en el mapa tratando de encontrar una solución.
Lisboa esta fuera del tiempo, le dije, tenemos que pactar.

De regreso a Madrid, una película empezaba a las nueve de la noche en los Renoir de la Plaza de los Cubos,  caminando por Princesa rumbo al cine, las calles empiezan a estirarse, la esquina mas cercana se vuelve de una lejanía inalcanzable. Lo cercano se torna objeto de ausencia, la melancolía lo tiñe todo, ¿llegaré a tiempo?
Esta extraña saudade me alejaba de aquello que empezaba a ser deseado. Cuanto más rápido caminaba mayor era la dilatación del asfalto, de las líneas que forman la vereda. Todo se alargaba perdiéndose en un horizonte sin mar. Planos, planos, solo planos sobre los que mi cuerpo se desplaza absurdamente. Pierdo la noción del tiempo. Paro. Se me acerca una esquina y la doblo, la doblo. Ahora mi paso regresa al tiempo, alcanzo las líneas, algo es posible.
Giro, reversos del tiempo, mis manos se arrugan al señalar la ruta, pliegues de las calles madrileñas que camino con nostalgias del poeta. Pacto de tiempo con piel.

Entrevista pessoana

Paraje «Las tunas»

Por Mónica Arzani

La memoria es una gran embaucadora, pero no se puede prescindir de ella; la definiría entonces como un manchón de tinta ya seco, que no se puede lavar, pero sí en cambio bautizarlo de palabras con ese acto heroico que es el escribir. El recuerdo de la mujer está mojado por las sombras, no aparecen sus facciones por más que insista. Su presencia es toda ausencia. Tendré que atarla entonces a lo que puedo imaginar de ella.

La mujer  ya olvidada estaba oculta bajo una armadura, arropada en su deseo, en esa calma feroz y ardiente de la siesta en las sierras. Toda ella era falta de cordura, insensatez. Vestía un overol de lona color naranja con camisa de mangas largas ceñida en los puños y cuello alto cerrado con un botón apretando la garganta. Las botamangas de los pantalones le cubrían los zapatos y los ruedos absorbían cualquier fluido grasiento  de la estación de servicio y barrían  también los desperdicios. Su cabeza lucía rapada y su rostro exudaba agua y vapor en una dilapidación gozosa justificada por los cuarenta grados  de temperatura a la sombra.

En el almacén anexo a la estación, su perra  color ocre se arrojaría sobre cualquier alma que atravesara el umbral para herir la quietud de las dos de la tarde.

La estación estaba atendida sólo por mujeres. En el otro surtidor se podía ver una jovencita con un gorro en la cabeza y un vestido flojo de empeñosa desprolijidad, era hermana de la otra, evidentemente no eran mujeres de mirarse en los espejos  ni de cifrar sus esperanzas en flores.

También hubo otra hermana que ejercía el oficio más antiguo. Se fue en un colectivo prostibulario que regenteaba un polaco, simplemente un colectivo estacionado en un basural y con las ventanas y las puertas cubiertas por trapos de dudosa higiene. Las tres eran las hijas del Belga y de su mujer, si así puede llamársele porque desde la consumación carnal del matrimonio no volvió a dirigirle la palabra al hombre que ella nombraba como esposo y que un día desapareció sin dejar rastro.  Esas dos hijas y esa madre vivían en el paraje Las Tunas. Un camino pedregoso, oloroso y plagado de inmundicias (desovaban allí los camiones de basura), las llevaban desde el pueblo hasta el galpón que siempre habitaron.

Compartían el mismo lecho. Antes que el padre y la hija que ejercía el antiguo oficio partieran, la madre distribuía cuidadosamente los lugares en donde reposarían los cuerpos. Al belga no lo quería al lado de ella. Podían dormir junto al padre la hija que trabajaba en la estación de Servicio, a quién la madre no consideraba una mujer, la más pequeña que no tenía formas femeninas aún, y al lado de ella como para ser custodiada durante el sueño se acostaba  la puta, porque nunca se sabe, pensaba la madre de las tres, estas putitas provocan y el hombre es siempre un hombre y a tres cuerpos de distancia no les va resultar fácil trenzarse.

Un día, para sorpresa de todos , volvió el Belga y se acostó en la cama como siempre. Las tres mujeres  juntaron sus cuerpos para cederle un poco de lugar ( la putita ya había huido). Cuatro cuerpos y una cama, y una mujer que seguía enojada con él y a él que no le importaba, total nunca le había hablado.

Sólo fueron conjeturas acerca de cómo atravesó el amor la armadura de esa muchacha que sólo  aflojaba un poco para poder dormir o se despojaba de ella por partes para someterse a una higiene rápida y dudosa. El embarazo no fue detectado ni por los familiares ni por los clientes, más que nada por la imposibilidad de intuir bajo las ropas de faena, un cuerpo que  obrara de morada. Los dolores de parto comenzaron en la estación de servicio, hizo todo el camino caminando y parió sola en el galpón, como acostada no pudo, probó entonces agachada sobre el piso de tierra.

Su madre tuvo entonces un  motivo para dejar de hablarle también a ella. El Belga en cambio se sintió feliz de tener en sus brazos a un niño, la inservible de su mujer solo le paría hembras; también se sintió feliz de tener que hacer medio espacio más en la cama, porque cada baja en la cama significaba dormir más tranquilo, pero al belga no le importó por que siempre había soñado con ese momento.

Un día la mujer de la estación de servicio  notó al acostarse que en la cama faltaban  un cuerpo y medio, y presintió que no volvería a ver ni a su padre ni a su hijo.

La mujer buscó en vano por la terminal y la estación de trenes, nadie supo informarle sobre el destino de los desaparecidos. Entonces salió de sí  y dejó las sombras a las que estaba habituada, el trabajo, el galpón, la armadura. Se vistió entonces con el único vestido que dejó su hermana, la puta, y que le ceñía el cuerpo denunciando sus formas femeninas, y así, con la clausura deshecha, marchó por las calles desiertas como una guerrera de cabellos de heno y mirada azul, tan hermosa como el alba primigenia. Los madrugadores dicen que la vieron tomar un micro en la terminal. 

 

 

geografias




¿Cómo empezar a escribir sin un hilo conductor? no lo encuentro, he salido a su búsqueda y he encontrado una madeja, como cuando quedan restos de pelo entre las sábanas haciendo bolitas ingrávidas al salir el sol.









Saboreo el límite del tiempo, el borde de los días en Madrid.

Domingo dilatado, gris de invierno, los minutos se arrastran por el suelo, por las calles, las veredas. Mientras maletas y chocolate dejan el rastro necesario. 
Los minutos son ese espacio por el que palpo la orilla.
La orilla de las playas limeñas va ganando espacio al blanco de mis sábanas. Moja mis restos de pelo en la almohada,               
 arremete con espuma y aliento del Pacífico.


Puedo oler el acantilado.

Mi cuerpo es una construcción de mares, montañas, calles y veredas… gran vías y barrancos.
Malasañas-Miraflores
li-ma-ma-drid
mamamamamamama

Ayer en la exposición “Atlas” del Reina Sofía, encontré este fragmento en una de las paredes:



«¿y si el atlas no fuera sino el resultado –ignoto o calculado- de nuestros desplazamientos más íntimos? ¿de nuestras derivas pulsionales o conceptuales, visuales o corporales, sentimentales o políticas? ¿de nuestras autobiografías espacialmente reordenadas y acompasadas por los movimientos de nuestro cuerpo?»

No hay hilo conductor. Trazo, trazos y garabatos. Pelos, piel, cuerpo al viento de la escritura imposible… 





Marcela Pernía. Una huella, un poema

Un largo trayecto de Trazo Freudiano y de Aniverso fue escrito en intenso y riquísimo intercambio con Marcela Pernía, autora de los blogs: «Itinerarios en el arte»,»Letra deriva» y «La máscara y el poema».
El texto compartido y sus comentarios acompañaban muchos de mis posts. Es dificil encontrar una escritura, un pensamiento y sensibilidad, tan finamente complejos.
La voz poética de Mar sostenía mi pluma cuando ésta desfallecia.
Ahora, en esta tan oscura noche, intento sostener con mis letras su irremediable ausencia.
Y aunque sé que este es un blog dedicado, básicamente, al psicoanálisis y la filosofía, no encuentro manera de acercarme a estos discursos sin la textura poética, sin pulsar el propio límite entre la teoría y la puesta en juego de la subjetividad… ella, la que se articula en la temporalidad, en la concatenación de instantes que juegan y fingen duración. Instantes que, de pronto, marcan el quiebre, la disrrupción. El corte.

Es la única manera que tengo de sostener este blog. Esta es mi posición.

Hoy son tuyas mis letras Marcela, tienes aquí un lugar.
Ahora que danzas en esos abismos imposibles en cuyos bordes escribias.
Déjame que inscriba uno de tus poemas:

XLI

En el latido que quiebra
la frágil envoltura de las apariencias
en el reverso de la palabra
y su conjuro
en la mirada y su distracción
del infinito
en el cuerpo acariciado
como tibio talismán contra la muerte
en la piel de la locura
más callada
en el fruto de las bocas colmando
el lenguaje del delirio
en la mímica del agua
como simiente de la urgencia de las manos
en el tibio despertar de las ofrendas
de este cuerpo mío
en la fidelidad de la ausencia
cual urdimbre de sutiles matices
en el reinventarme en corazón ajeno
bajo ecos de lejanas melodías
en el son del viento que despide
en suave aleteo
en libre paneo suspendido
la eternidad de lo efímero
Amor
para que sobrevivas
[yo no diré mi poema y he decirlo]
con su agua y su fuego
con su mar en las venas
palabra por palabra hasta echar andar al mundo
como acuerdo de dioses primigenios
palabra que se piensa hacia adentro
corazón espejo para mirarnos lo que somos
poema de agua para nadie
infinito en su humedad estremecido y frágil
como lluvia que confunde las palabras con agujeros o pájaros
como puntas de estrellas clavándose en la luna

Marcela Pernía.

Gracias Mar, por tu huella, por tu trazo.

Duraciones discontínuas, o la insistencia del instante.

Como dije en anterior post (martes 6 de octubre), este blog ha sido tomado por el espíritu de la discontinuidad. De pronto… el blanco, el silencio y, un ritmo musical que parecia escribirse solo y por fuera de este espacio.
Hago uso de esta sensación para pensar el asunto de la temporalidad y el ritmo pues siempre me ha llamado la atención la pregunta por el instante.
En el instante me alojo, frente al titubuear arritmico de las teclas para preguntarme ¿qué es la duración? ¿qué el instante?
¿Acaso podemos pensar el tiempo del sujeto como una discontinuidad? Si esto fuera asi, las consecuencias en la idea de memoria serían relevantes. Bachelard dice en «La intuición de instante» que el recuerdo no está sostenido en la duración, sino solo en el instante (no sé por qué digo «solo»). Es decir, no recordamos duraciones.
Por otro lado Badiou piensa que «no se puede buscar lo verdadero por el lado de la memoria. La verdad es desmemoriada; es incluso, al revés de lo que piensa Heidegger, el olvido del olvido, la interrupción radical», pues finalmente el olvido en cuestión es «del propio tiempo», en un intento de afirmar inmortalidad.

Si la memoria se construye con trozos de sueños e imágenes fantasmáticas no podemos sostener el ser en ese supuesto hilo (el de la memoria), entonces ¿qué es lo que dura? ¿qué se mantiene?
¿acaso, justamente, el hecho de ser discontínuos? ¿acaso el ritmo entreverado intentando escribir en medio del silencio de la noche?

Muerte y resurrección en dos poemas místicos: un anónimo y un poema de Héctor Viel Temperley

Por Jorge Cabrera

Mas, no era también él,
otro viajero de la eternidad con un va y viene
de escamas de minutos
bajo las plumas de las nubes, que, a su vez,
palidecían hacia el olvido?
Juan L. Ortiz, El Gualeguay

Primer movimiento: Cristo o el cuerpo del hombre en la cruz

La imagen de Cristo en la cruz es la imagen fundante del desamparo, de la soledad del hombre que se ha entregado (que ha sido entregado) para salvar a los otros hombres. Jesús yace solo (“¿Por qué me has abandonado, padre?”) para que los demás (hijos) vivan y continúen el camino hacia la redención. Dios escribe (sería más acertado decir “dicta” porque Dios no escribe, hace escribir) su poema, el Génesis, en una semana; el hijo necesita treinta y tres años para completar su mejor obra: su muerte y su resurrección. El padre da el verbo, el hijo escribe (inscribe) con sus manos atravesadas sobre el madero. La imagen de Cristo en la cruz contrasta notablemente con la del hombre joven, pastor de almas, y que en algún momento predica: “… he venido para traer la discordia entre los hermanos”. Contrasta pero conviene ya que movimiento y quietud son las dos caras de la vida (¿tocamos o no tocamos dos veces el mismo río?). Los hombres, los hombres que escriben, suelen dejar su leyenda (leyenda: lo que debe ser leído), su inscripción funeraria, para que la letra quede una vez que el cuerpo del poeta ya no esté. Se escribe (siempre) para dar testimonio de lo que no está, de lo que no estará. Recuerdo, a continuación, el epitafio escrito por el poeta chileno Jorge Teillier, citado por el psicoanalista José Milmaniene en su libro Clínica del texto:

Me despido de una muchacha cuya cara suelo ver en sueños, iluminada por la triste mirada de linterna de trenes que parten bajo la lluvia. Me despido de la nostalgia –la sal y el agua de mis días sin objeto– y me despido de estos poemas: palabras –un poco de aire movido por los labios–, palabras para ocultar quizá lo único verdadero: que respiramos y dejamos de respirar.

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Tocando la Letra

A René,
por su compás y ladrido inolvidables

Llevo varios meses sin poder escribir, tengo este blog detenido, como detenidos están mis dedos frente a las letras que configuran algún sentido.
Hoy, leyendo un libro sobre filosofía de la música dije: “basta”.
Pero ¿cómo basta? cuando parece que estoy frente a aquello que no se puede inscribir. Lacan diría que esto tiene que ver con: “aquello que no deja de no inscribirse” y que nos coloca frente a lo real, es decir lo imposible de simbolizar o imaginarizar. Real que intentará significarse, una y otra vez, haciendo borde alrededor de un agujero.
Dedos detenidos frente a la articulación significante de las letras se ponen en marcha a través de la creación de sonidos y ritmos. Juego con la pulsación temporal de aquello que no alcanza un nombre.

Días atrás, estando todavía en Lima, inicié una aventura de sonidos y ritmos con el cajón peruano. La significación enmudecía mientras la madera tomaba cuenta de la pulsión. Mientras la textura y la sensación dejaban de lado a la “lógica del sentido”.

El acto de saber entrar en el compás, de sacar el ritmo en los márgenes de la consciencia, de entender que la incesante pulsación no para y que hacemos, ahí en donde el tiempo es el amo absoluto, una pirueta. Danza entre límites y sonido.
Justo ahí en donde la cultura negra peruana teje el dolor de la esclavitud con la fiesta por la advenida libertad. Festejo de cajones en medio de la pobreza, festejo que sabe salir del patrón (musical) para complejizarse en un transe mestizo que celebra la libertad (que no es otra cosa que el reconocimiento y respeto de la subjetividad). No hay más amo que el tiempo, y con él, se logra música.

Ahora, frente a la página en blanco, solo oigo el torpe teclear de mis dedos. Intento entrar y salir de la significación haciendo con cada letra una caricia de madera. Toco mi cajón escribiendo… “panalivio” entre la vida y la muerte, entre lo nombrable y lo innombrable (quizá lo que quiero decir se esconde entre un punto y otro… en el vacío de una línea)

En Madrid, trato de retomar mis ritmos negros, la marinera y el vals… el andar alegre de René mi perro, que partió en esos días limeños, entre toques de cajón y olor a canela.
Estoy al borde y no puedo… escribir.
No hay manera de cifrar la muerte, de domesticar el tiempo, de nombrar el goce y el festejo.
Algo no cesa de no escribirse en la textura de la madera, mientras las manos vuelan descubriendo un baile imposible.

Los caminos de Chabuca Granda

Por Ani Bustamante

Chabuca Granda, hermosa mujer peruana, musa inspiradora de mis días en Madrid, no deja de sorprenderme cuando, lejos del susurrar de sus canciones en la cotidianidad limeña, me acerco a ellas desde la distancia, desde otras calles, otros puentes. Cuando, despacio, vuelvo a su poesía y a la revolución de sus sonidos.

Quizá la faceta más conocida de Chabuca sea la del tiempo de cantarle a la tradición de una Lima antigua y señorial, cantar para no perder las calles, los perfumes y sabores.

Que Chabuca nos hace rememorar, queda bastante claro. Cuando habla de la memoria pareciera que todas las notas musicales se pusieran de acuerdo para hacernos viajar en el tiempo y recuperar algo de lo irrecuperable.

Y aquí hay algo que esta señora de viajes y de sueños, me sigue enseñando: la gran paradoja del ir y venir, la necesidad de recordar el olvido. Todo esto mostrado desde su necesidad de imprimir con canciones las huellas de Lima y sus recovecos, las alturas de los andes y su grandeza, el ritmo y sensualidad del negro peruano. Los múltiples personajes de su universo conjugan con el canto a lo perdido, con el sonido evanescente, con aquello que hay que olvidar; como cuando canta, casi adormeciéndonos: “cuando ya se me olvide habré olvidado, viviré adormecida liberada, no ansiaré una respuesta, pues no habré preguntado…”
Chabuca dice, al oído afinado, que hay algo de la tradición, de lo pasado, que se sostiene en el vértigo del futuro, en la herida de la pérdida… y ahí, ella, mujer de ríos de vino, se juega con el propio cuerpo cuando dice:
«Balbucearte de nuevo en los puentes mi voz, y dejarte caer otra vez pobre voz, otra vez»

La voz, ya separada del cuerpo, caída. Regresa desde otro lugar, desde el otro lado del puente para mostraros una cierta extrañeza frente a nosotros mismos. En el caso de Chabuca, los recorridos líquidos no dejan de hacerme pensar en los flujos del movimiento del deseo, con aquello que imprime y con lo que pierde. Con aquella palabra que se dice para grabarnos en la memoria al “viejo puente, el río y la alameda”, y con aquella voz caída que irrumpe en el tiempo necesario de la pérdida (que hará posible la irrupción de otro puente, otro río y otra alameda). Y con ellas, la palabra y la voz, dejarnos llevar, dejarnos perder en la entrega de esta poeta a su ser peruana y a sus orillas de mujer:
Llegaré a las orillas de un río de vino,
llegaré;
A borrar caminos
A dormir olvidos, llegaré…